Segunda necesidad

Voy a hablar de mi biblioteca en toda su irrelevancia, en su contingencia de objeto físico y de catálogo un poco arbitrario, ciertamente parcial de mis gustos literarios, de las literaturas que me habitan. Y como he abordado el tema anteriormente, es importante que afirme este reducido interés, pues la recurrencia puede inclinar a uno o a otro a identificarme demasiado con esta colección de textos particular, pensar que algo de mi admiración al mundo de los libros debe filtrarse en estos ejemplares físicos que de algún modo se imponen en mi cotidiano. Una biblioteca no tiene la contingencia física de un cuerpo viviente, no suda, no se gesta y no muere en ritmos rigurosos y en cierto modo predispuestos, sino que verdaderamente corresponde al azar de la cultura, que se nos impone solo de manera modorra y no sabía encadenarse en nuestra alma. Aún así, algo de sentido le atribuyo a la biblioteca como símbolo y en esa instancia, su existir supera a su pertinencia real. Es fundamental que yo tenga una biblioteca, pero su contenido no es la razón detrás de dicha necesidad.

Acumular es un ejercicio humano muy elocuente, mas en el mar de sutiles impresiones que nos labran, resulta uno cacofónico y distractor. En la simple multiplicación de elementos se crea una oportunidad de ocultar, se participa en la alquimia propicia a mostrar al árbol y también al bosque, de  admitir redundancias inútiles que entretienen a quien tiene la voluntad de perdere. Hay mucho que se puede disfrazar gracias a la suma y en su carácter de conjugar elementos numerosos, no pienso que la simple cantidad opere mucho en mi. Si la biblioteca no se me impusiera, evitaría del todo su existencia.

La función de este objeto no sería performativa, en ningún momento importa gran cosa que libros figuran en su lista. No hay rigor para entrar en ella, llegan los textos conforme la oportunidad se presenta, si bien en determinado momento algunos se admiten más urgentes que otros. Por supuesto, no hay un límite de tiempo que se le impone, en ningún momento me ha cruzado por la mente leer todos los libros que contiene. Me di cuenta de esto al hablar de la desproporción y los proyectos en mi entrada anterior, habría algo de exigente en intentar leer todos los libros que tengo, nunca los he conseguido con el fin de terminarlos. En cierto momento tal vez me incline por consultar uno u otro, en esos casos, me parece razoable que esten a la mano.

El espacio que ocupan estos libros ordenados no tiene como privilegio inclinarme a su lectura. Esto es normal, la relación lógica sería la inversa (entrarían a la colección libros que amo leer).  No profeso la idea de lecturas necesarias, por esto no sería razonable conformar la biblioteca con criterios específicos. Dicho todo lo anterior, el símbolo debe rigurosamente existir, no me puedo liberar de su estigma.

Para alguien que ama las letras (se puede que yo las ame), siempre hay rituales diversos que acompañan el leer. Predico que tengamos una máxima conciencia de estas prácticas con el fin de que no economicemos lucidez crítica, que nada se nos vuelva pura costumbre. Entre mis manías personales practico el culto a la relectura, el texto que permanece cuando el lector se ha ido. Sin embargo, no sabría aplicar una relectura metódica, esto le restaría la vida que busca encontrar. La biblioteca insensata, ciega, es el espacio propicio para divertir las relecturas hipotéticas. Acumulo, más no es la cantidad de textos contenidos que me interesan.

El segundo dilema, ya lo han deducido. Entiendo que si mi gusto por la relectura me obliga a consacrarle una biblioteca, mi inclinación a abordar los textos que en ella no he leído se funda en una vaga contingencia. La probabilidad de que lea un texto hallado en un estante de la biblioteca universitaria o de mi propia biblioteca no es radicalmente diferente. Si es un privilegio formar parte de mi colección, algo tiene también de triste.

¿Será que mientras algo es más necesario es potencialmente también más desesperado?

Multiplicar lo cierto

Aunque lo hallo algo penoso debo confesarme admirador de los proyectos colosales, con todo lo curioso que pueda parecer cuando se tiene en cuenta que soy admirador de las formas cortas. No quiero decir que exista una oposición fundamental a este respecto, los poemas de Whitman no se caracterizan por su longitud mas su proyecto escrito es desproporcionado. Esto me empuja a una constante fragmentación, una suerte de acumulación de fuerzas contrarias que crean conjuntos que a primera vista se sienten caóticos. Pregono que no hay una sola materia literaria y esta variedad me sustenta. No se extrañen que descrea en mucha medida del consabido realismo que muchos escritores practican sin titubear.

El realismo es un género literario en todo sentido y no se debe aislar ciegamente de otras prácticas literarias. En efecto, la audiencia de un texto realista suele ser particular, pero ¿no se puede decir lo mismo de los ensayos o del teatro? Si bien la idea de que el realismo, con su poder documental, tiene gran vocación de expresar situaciones sociales y comunicarlas a la población -como una suerte de periodismo alterado-, no se puede sino reconocer que grandes textos de crítica social se han basado en postulados menos mundanos -todo el género de las distopias futuristas parte de este concepto-. Otro valor más nuevo -si existe la novedad en literatura- es reconocer el espectro intimista que cierto realismo nos invita a expresar. Sin profesar un mínimo de verdad, la autobiografía o la ficción biográfica pierde el aura que encanta a muchos lectores de hoy día. Negar el atractivo de lo íntimo que se vuelve publico en la época de internet es algo necio, se puede decir que una fuerte corriente biográfica, aunque se construye con herramientas propias, sigue perteneciendo en buena medida al género total al que llamamos realismo por darle una consonancia evocadora.

Claro, la literatura desde sus comienzos fue algo muy aristocratico -luego burgués-, lo que inclina este arte a funcionar dentro de una esfera de manifesta intimidad. Me temo que el realismo intimista sea más antiguo que la crónica social que se aparenta al periodismo, los japoneses ejercieron el género del diario como literatura desde hace muchos siglos, los chinos no fueron ajenos a este mismo tipo de expresión. El feudalismo, concentrando su inteligencia y su estetismo en un grupo limitado, era coherente con la ficción interior. Por otro lado, los relatos generalizados de índole social o histórica sufrieron una contaminación por lo que llamamos ficción pura, el folklore y la épica son deformaciones naturales y esperadas de lo que podría tenerse por testimonios rigurosamente realistas. No invento la rueda al decir que el realismo es un tipo de literatura tardía, mi insistencia viene de que en nuestra sociedad materialista, su obviedad y omnipresencia nos puede inclinar a descartarlo como algo más allá de la ficción común, como si en ello hallase sentido finalmente lo escrito.

A ese nivel, no vale la pena establecer jerarquías ni jugar al educador: si una cosa viene antes que otra, si la literatura tiene prioridad al enfocarse en lo social o si en ello es vana, es cosa de la práctica y de la actividad de cada quien. ¿Para qué partir en un pensamiento cuyo fin único es descartar la opinión de los demás? Si no ayuda a nuestro desarrollo intelectual ni nos brinda placer, mejor abstenernos de la crítica fácil. Mejor reafirmemos el valor de lo real como género, de su situación como limite en el uso de la ficción. Esto es muy sencillo y no nos tomará, espero, más que un breve párrafo.

Si yo decido escribir sobre un mundo donde la Unión Soviética nunca colapsó, puede parecer que nado de inmediato en la ficción pura. Esto no es verdad, pues el realismo jamás trata de una estricta descripción de hechos, un realismo es una exigencia lógica que descarta cosas como lo sobrenatural y lo indefinible. Si no se pudiera escribir de manera realista sobre cosas que nunca pasaron, no habría nada de literario en lo real, sería una colección de descripciones fatigadas. El realismo dicta que si yo hablo de un mundo donde la Unión Soviética no colapsó, los eventos subsecuentes respetarán este aspecto central sin modificarlo excesivamente. Porque si en ese mismo relato el Imperio Mongol suplantó a las dinastías de China, entonces mi texto realmente no es solo el relato de un mundo de Unión Soviética, sino otro completamente aparte donde una cantidad de historia se ha rescrito caprichosamente. Mientras más me alejo de lo concebible de mi premisa, menos puedo consagrarme a un realismo fundamental. Hay ficción en cualquier texto y en el género dicho de lo real, las inflexiones de la ficción deben reducirse a un mínimo para no violentar lo que el texto comunica. Así es, pues, que el realismo exige formas de narración formalizadas, como un soneto exigiría una rima o una métrica. Esto lo hace un género a parte entera, en un sentido de orientación material de las palabras en la página.

No obstante, al hablar de género…

Edad de razón

Aunque no dudo de la inteligencia de los editores (¿por qué habría duda? un poco de fe en el género humano en general no hace daño a nadie), no espero de ellos juicios o conceptos extremadamente originales. No digo por esto que no haya una cantidad de innovaciones articulables en la edición, sino que la naturaleza del publicar, acto social y publico en sí, responde al caracter evolutivo de nuestra cultura y nuestras instituciones, cuyo metabolismo no responde a la creatividad individual. Hay una cadencia para estos ejercicios que un editor avisado logra combinar con sus económicos proyectos, no pienso que en dicho balance, que algunos violentos pueden figurar como pudor, exista una crítica sólida hacia los difusores de letras. Dicho de otro modo: ¿para qué inventar la rueda si tantos fenómenos sociales ya se han cimentado en nuestros imaginarios? Mejor tomar los impulsos existentes que repetir el trabajo desde nada.

Un ejemplo: la literatura juvenil. Los critiqueros pueden tenerla como un género menor y otros más avaros en sus conceptos, como uno inexistente. ¿Hay un momento en que al escribir el adjetivo juvenil se adscribe a nuestras ficciones? ¿se trata de una voluntad anterior o una evaluación externa? ¿se puede negar su concreto mercado? Hay que ser muy formal y esencialista (además de necio) para desear refutar la factualidad de un lectorado de textos para juventud. Además se permite, como he dicho, que la inspiración venga de otro sitio, no todo pensamiento debe nacer estrictamente literario. Dos tésis aparecen: la edad dictaría la afición y el mercado se construye cual lenguaje.

Respecto a nuestra primera premisa, la experiencia personal suele tomarla por evidente. Entiendo que el apostol Pablo tuvo el atino de decir que los niños actuaban y pensaban como niños, mientras que los adultos actuaban su edad. Me permito remontar tanto en el tiempo pues esto se conjugaba en una época sin adolescentes, abierta a matrimonios infantiles (se perdía la niñez al casarse, lo que hace de este término oximoron) y en general distinta a nuestra jerarquización legal del tiempo biologico humano. Por eso précisamos la experiencia personal y no tratamos puramente de evidencia al hablar del asunto: alguien que ha crecido en un mundo con conocimiento generalizado sobre los organismos humanos se le puede presentar obvio algo que no siempre lo fue. Aún así, el niño piensa y actúa como niño, la infancia se encuentra en un actuar que con el tiempo se vuelve un ser, y luego -salvo algún menoscabo químico- se deja atrás. Se habita y se abandona la niñez.

Volviendo a la epístola en cuestión, al tratar evidencias, Pablo insiste con un valor de énfasis. Para él se sobreentiende que uno transforme su actividad y su espíritu al crecer, su mención busca précisar los objetos que discute por la diferencia. Hablar de literatura de juventud es, a su modo, suponer la existencia de un joven lector y apostar por lo que lo distingue. Y también en Corintios se nos presta la lógica que dicta la edición, lo que es de la niñez (y de la juventud), se abandona para dar paso a lo de adulto. Pero el editor moderno existe en un mundo de supuestos letrados posteriores al primer cristianismo, entiende que la lectura no es una práctica natural por ser de adulto, y reconoce con desaliento que solo una fracción de los humanos leemos toda la vida. La trascendencia religiosa no se resuelve a admitir que vale más la pena que se tenga fe un par de minutos que jamás en la vida. El mercado editorial es más práctico y da por salvado cualquier libro que logra leer (el cual presume incluso leído). Hay algo de paradójico en la admisión de que vendemos libros sin que necesariamente estos sean leídos. ¿Nos debe sorprender que se desmistifique mucho de la convicción religiosa que tenemos a la lectura en estas instancias? ¿no es verdad que de todos modos se conjuga en algún ingenio?

Una cosa que Pablo no dice es que se es niño con el fin de ser adulto, así tampoco la lectura juvenil supone guiarnos a una literatura “más grande”. Creemos con superstición que abandonaremos lo que no corresponde a nuestra edad y nos regocijaremos en el sitio que nos es apropiado, en un plano ideal que nos corresponde por derecho y naturaleza. Solo que no es verdad que exista una línea natural entre las ficciones o la lírica, hay un desarrollo dispar cuyo orden solo se puede imaginar al créer ciegamente lo que dicen las revistas literarias o la crítica. Porque Pablo, por ejemplo, no habla de ser adulto para suponer todo resuelto y cada quién a su casa. Si existen cosas como la fe es que las progresiones no son tan transparentes como una serie de categorías en la biblioteca y así.

(Y como lo más importante en el amor, no odien la literatura juvenil)

Sin título

La literatura se entiende por analogías y no por definiciones, tampoco es un sitio de descripción. Hay lecciones que tirar de ello al grado que pienso hoy día que aprenderíamos más de las letras, muchas veces, comparándolas con descabelladas materias en vez de tratando de someterlas a un juicio general. Nos gusta lo absoluto, anticipa y corrige todo un universo de objeciones que lo particular sabe propulsar, y en su simple economía hipnótica nos inclina hacia la consabida pereza humana. Y por otro lado, la literatura es un trabajo antes de ser un oficio, se conjuga en un esfuerzo primario, en un carácter de acción que la reinventa en permanencia. La analogía que es reinvención, alcanza una verdad de lo escrito que no alcanzamos con métodos más estructurados, intuye y luego se preocupa por refutar.

Es un asunto que se conjuga en la más estricta parcialidad. Admitir una analogía total para lo literario es en cierto modo buscarle un reemplazo. Si cada cosa en las letras es como en el cine, mejor hacer películas. Los iconoclastas predican el falseo de los atributios divinos por medio de su representación, quienes veneran las imágenes descartan esta identificación atenuando las características comunes entre el ente abstracto y el objeto en que lo manifestamos. ¿Quién atribuye lo divino a estas figuras? El que cree en su poder, entre ellos, los propios iconoclastas al imponerles un veto. Por supuesto, en este ataque se supone que la fuerza de una figura es de ficción, que la influencia de estos objetos consiste en privar al devoto de una relación más directa y feliz con lo santo, o realmente en casos extremos, inclinarlo a ser engañado por algo de orden maléfico. En fin, es similar pues el concepto de mal es un poco relativo, no está aquí a lo que quiero llegar. ¿Mi ejemplo queda claro? Prosigamos.

Una analogía sirve para comprender, la enunciamos en lo primario, como si pudiese ser evidencia. No caeremos en el artificio de darle poderes que no posee, de alterar lo escrito con poderes mágicos (como un observador desdibujando la certeza de un fenómeno físico). Vivimos en un tiempo de información, la dimensión que lo dicho cobra en nuestro imaginario es grosera. La literatura no es así, hilar analogías no logrará modificar la verdad, atravesemos la licita incomodidad de nuestra época y tratemos a las palabras cual si solo eso fuesen. Nuestro avance en dicho camino, no es hasta el fin, con la pasión del que sabe defenderse de todo. No nos jugamos la vida eterna, no somos teólogos. Liberar el pensamiento está bien, yo prefiero que compartan sus ideas, renovar la palabra pues por ese medio se recupera la literatura verdadera. Si no puedes decir bien lo que es, menos podrás escribirlo. La incapacidad de formular una digna analogía es un callejón.

Por eso más las ventilaciones y menos el ensayo. El investigador requiere un asiento enorme para levantar una conjetura cualesquiera, colecciona más los argumentos intelectuales que los estéticos, construye estructuras de numerosas piezas, cuyo fin ya no es la forma sino una arquitectura lograda. Una analogía desprovista de estas exigencias desproporcionadas es más como las pirámides que flotan o los puentes a la nada, puede responder a una experiencia real y despertarnos, puede ser sueño que interpretamos. Hay pasajes entre descripción y definición, analogía y método científico. El mundo del discurso tiene paredes frágiles, hay que admitirlo, en ello se juega mucho del placer que nos provoca.

Todo para decir que haremos eso, la analogía, ahora en método de comprensión, ya no en accidente. Y es un propósito que he armado pensando en lo análogo como muy temporal, casi instantáneo, ido al solo parpadear. Desarmado. Entre todos los procesos que vienen de la forma, ese me pareció el más urgente. El apropiable entre los métodos, donde encuentro de nuevo al objeto de devoción. No tomé esta voluntad como la constatación de un modelo nuevo…

 

Dejuicio

Me expreso de forma libre sobre las editoriales y los premios pues en el fondo no me incumben. Y si esto suena suficiente para clamar un mínimo de neutralidad, debo admitir por otro lado que juego un poco con ellos como lo haría con una broma recurrente y un poco ridícula. Seguramente cada editorial, cada jurado literario, está constituído de gente que dedica su vida a la causa del puro arte y no merece sino nuestro respeto y admiración. Yo elijo pensar que las cosas son exactamente así, sin una ápice de deshonestidad ni interés de ninguno de sus actores. O sea, prácticamente les debo respeto infinito, en la medida en que ignoro prácticamente todo sobre el asunto. Dicho esto, soy enteramente impune al tratar estos temas así que me permitiré neciamente seguir con mis repetidos y crueles ataques. Por puro mal gusto.

Excepto hoy. Quiero reconocer que los jurados que distribuyen galardones literarios son gente bastante valiente. No tengo manera de expresar mi admiración sin que pase como un insulto apenas disimulado, por eso me obligué a redactar la introducción del párrafo anterior. Es un tema delicado pues de veras 90% del tiempo al hablar de los premios los cito sin un concepto de prestigio. Para mí más que una garantía de calidad, el concurso literario es más como un regalo, se le da a quién sea mientras al que lo entrega le venga en gana, sin que esto sea necesariamente algo malo. En el peor de los casos el asunto resulta muy arbitrario. Es más ridículo pretender que estos reconocimientos se deben un modelo de justicia, que por ejemplo se puede errar al no premiar a algún autor eminente. No se puede errar dando un regalo, el concepto mismo de premio reservado debería llenarnos de contrariedad.

Del punto de vista de los jurados mi noción de arbitrario se desborona. Hay algo en elegir un autor que se expresa como un ejercicio crítico en todo su sentido, muchos nos cuidamos de tratar una gama limitada de autores y erramos al dar demasiada importancia a lo que decimos. ¿No es lógico que los que presumimos ser grandes lectores nos topemos con basofia todo el tiempo? Y sin embargo la crítica supone una selección, lo editorial el desentierro de un tesoro, las competencias el potencial de lo infinito en cada pluma nueva. Si tan solo nuestro mundo fuese tan perfecto y la acción crítica no nos comprometiera tanto. Hablar del fondo literario es una obligación de exponerse al error, esto es sano y está bien. Lo que me da vértigo respecto a los jurados es su voluntad al tomar decisiones con el dinero de alguien más. Es como ser banquero. Y por supuesto, el mundo de la editorial es una suerte de apuesta constante, solo que ese es un trabajo de inversionistas profesionales, forzosamente suicidas y que fallan en sus metas -económicas- muy pero muy seguido. El jurado por su parte es como la comprobación de que el lectorado se funda en azares y comunicación, su nombre es usado como prestigio, es una herramienta que solo sabría ser efectiva un cierto número de veces. Incluso al declarar un premio desierto el jurado gasta dinero ajeno ¿no hay algo absurdo en empeñar su nombre así y sacrificar la propia credibilidad?

Sea lo que sea, yo lo considero una tarea sumamente valiente, soy de esos chapados a la antigua que piensa que nuestro buen nombre crítico es de lo poco que los autores tenemos como propio. Es generoso y optimista prestar nuestro juicio en circunstancias que suelen ser menos que felices -premiados que no están a la altura de este riesgo, de este acto deliberado-. Aunque debería admitir que una figura pública no es lo que era desde que nuestros discursos comunitarios pasan por internet y parecen haber perdido algo de su gravedad. Sí, las declaraciones suelen lanzar polémicas, pero en un nada se tachan de descuido y se desmienten. La figura sería toda otra y un aspecto que redime al gesto aventurado del jurado, podría darse por terminado.

Quién sabe, la sociedad se puede transformar de tal forma que no me quede nada bueno que decir del asunto.

El sentimiento trágico en la lectura

Criticar libros malos es fácil, primero que nada hay muchísimos. ¿Qué hay que escarvar para encontrarse con horrores que nunca debieron publicarse? ¿qué tantas letras se hunden en el fango irredimible de la mediocridad? Lo que tal vez sea peor: una lectura que se admita resuelta de antemano provee poco o casi nada a los lectores potenciales de su análisis correspondiente. Y en medio de todo esto, rememoro que en internet el humor ante lo mal hecho y el ataque a consabidas pobrezas es fuente de entretenimiento para muchos. Como si fuese un concurso de popularidad, patear al caído, un rey de carnaval.

Ahora, podemos inclinarnos al pedantismo intelectual que practicamos de costumbre, o podemos genuinamente regocijarnos del humor. Yo efectúo la división en este argumento porque lo gracioso -o lo que se pretende gracioso- está muy agobiado en esta época moderna en que se debe entretener en escalas cada vez mayores. Cualquier traslación del humor tiene gran potencial de conjugarse en una reflexión legítima, especialmente en el territorio de la ficción en que “lo que no es” es ejercicio de todos y cada uno. ¿Hay rol social en la literatura? Quién sabe, más si lo hubiera seguramente vendría de su manera peculiar de redefiniros frente a lo real. El humor es exactamente así, se quiere rigurosamente ficticio. Decimos que las narraciones pueden inclinarse al historicismo y desdibujar barreras con la realidad, pues hay de eso también al bromar, sin que se reduzca por ello el núcleo de ficción que late en ambos géneros de expresión. Para ser breves: dar risa es cosa de inteligentes, reir también, por ende.

Alguna vez hubo reglas morales en la ficción, pero hoy en día admitimos que la moral convencionar responde a un grupo de ecuaciones probabilísticas que se relacionan con el canon de una cultura o un tiempo. Una broma puede expresarse como algo brutal y de mal gusto, así en casi todo el mundo ¿no? Mas a fuerza de exponer la misma situación a un grupo cada vez mayor, algunos aceptarán de buena gana el humor sugerido y lo encontrarán al menos “algo gracioso”. Dijimos hace poco que todo se argumenta, la idea en sí supone que en cierto instante del decir, ningún tema es sagrado. En esa impunidad modero mi elogio al humor. Si me pongo a bromear sobre lo que me violenta en un texto que hallo tremendo en su pobreza o en el desatino de algún verso, admito de antemano que una audiencia mínima (acaso aún menor que la que manejo con mis actuales desvaríos) en ellos verá gracia. Y es una impotencia muy grande si uno cree en la universalidad de la narración y cree que las bromas, como otras tantas formas de inteligencia, pueden manifestarse con magnificencia y tocar a muchísimos. Habría que leer ahí una admisión de propósito: un humor generalizado no estaría en tal o cual experiencia personal, la rareza de cada audiencia les daría algo que atesorar en una reflexión poco común que los refleja infalibles.

¿La identificación cuenta tanto al bromear? Se me ocurren ejemplos que refutan dicha generalización, pero entiendo que en cierta medida cada expresión humana cuenta ante los otros como producto. Ustedes compran en cierta medida lo que les digo y, me gusta suponer, una vaga necesidad que hay en ustedes se sacia un poco al terminar el texto que propongo. Unos me tendrán por amigo, por desconocido respetable, por farsante. Pienso que la idea de regateador de textos no es del todo inadecuada en la mayoría de los casos. En dicha medida, sí, el humor tiene un fenómeno de identificación sencillo y embrutecedor como podría haber atacado Bretch. Y es una cosa que de nuevo escapa a mis elogios, repudio la broma que se presta a la facilidad y que hace pasar los tragos que son muy amargos. Hay algo cobarde en eso -sin que la cobardía sea una censura, recordemos que el valiente tiene la desalentadora costumbre de morir temprano-. En fin, todo esto para decir que he pensado en hacer humor sobre textos ingratos, pero dos desméritos me previenen de dicha tentación. Primeramente, no quiero sonarles simpático, sería deshonesto de mi parte usar una pura proeza técnica para ocultar la terrible persona que soy -usar la literatura para el mal-, segundo, sería hacerle un favor a un texto poco logrado, prestándole notoriedad.

¿Ven mi dilema? He leído textos desde hace rato y no puedo escribir en mi blog de literatura sobre ellos porque no se merecen ni el chiste. ¿Por qué le dan premios a textos así?