Soñé sicologías

Todo y nada se explica en literatura por sicología (o por extensión sociología). Lo que no es de extrañarse dada la profundida sicológica que se puede atribuir sin fallar a la experiencia humana, a un pensamiento que no solo supera el lenguaje sino que lo define. Y todo eso, bien, felicidades. ¿No mencioné que existen procesos coherentes y desproporcionados? A veces me parece que la sicología es una herramienta que en la crítica nos provee de una dósis grande de desproporción. Por eso, con un poco de mesura, me abstengo de practicarla metódicamente, le tengo un escépticismo que me gusta considerar sano. No exageremos la dimensión del problema, somos pocos y un poco ridículos los que practicamos la forma de ficción nombrada “crítica literaria”, si unos cuantos enajenados entre nosotros exigen aquel veneno o este otro ¿qué tiene de relevancia? Que en los lectores se filtren estas supersticiones me preocupa un poco más. Inducir al lector en error siempre es grave.

Por otro lado, saludo la inteligencia de la sicología que se emplea en el estudio de los sueños. No la veo como algo confiable, digno de erigirse como única metodología, pero aplaudo su afán de empeñarse en una lucha perdida de antemano. Explicarse el sueño humano es imposible, no hay un solo tipo de sueño sino una cantidad arbitraria. Más importante, el sueño de mañana no será el de hoy. Entonces saludo la disciplina sicológica en la mutua impotencia que comparte en lo onírico con la literatura.

Ahora, como buenos seudo-pensadores propongamos un ejercicio, un caso de estudio. Nuestra imaginación debe conjeturar cómo soñaba un hombre primario, aquel con una vida simple de cazador, con algunos rudimentos del lenguaje por supuesto, pero sin el peso social que conceptos como país, nación o religión pueden pesar en nuestra identidad. Y este hombre es un animal social y forma parte de una tribu de hombres, participa a sus actividades y tiene una vida de constante trabajo y ejercicio. Su vida, réplica de lo salvaje de cada animal, es de por sí un poco vaga, pero la admitimos. ¿Sus sueños? ¿cómo representar los sueños de un hombre así?

Se sabe que el cine es un fenómeno revolucionario, los libros y las historietas no pudieron evitar caer en su vorágine de ángulos y temporalidades, imitando lo que nuestra mirada simplemente percibe ante cualquier ficción fílmica. Es arduo hacer sentido al concepto mismo de close-up cuando uno no lo ha visto reproducido casualmente en grabaciones. En la literatura existen, por supuesto, la poesía ha obrado transgresiones proféticas en sus estéticas varias, no obstante, si tomamos la obra absoluta de los hombres, nadie se sorprenderá de que el efecto de acercamiento del punto de vista se multiplique literalmente por cientos entre las ficciones posteriores al cine y esas que lo preceden. A todo esto me dirán, “qué lindo choreador, ¿qué nos importan tus estadísticas inventadas?”, pues su interés busca ilustrar un procedimiento: ¿cuántos sueños habrán tenido acercamientos y planos efectivamente fílmicos entre los espectadores asíduos del cine y aquellos que nunca lo experimentaro ¿qué se puede argumentar de dicho déficit?

Economicemos palabras, el lector avisado conoce el enigma a resolver. Aquel hombre primitivo tan poco influenciado por el lenguaje narrativo, por las ficciones, ¿soñará de la manera ordenada y secuencial que percibe el hombre moderno?

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