Des outils pour le bourreau

El blog presente nada en la extrema libertad que resulta evidente al notar lo inmensamente flexible que es la reflexión y el trabajo literario. Admitamos de antemano que el autor no dedica un tiempo extremo al proceso técnico de impartir letras con rigor, y que más bien asume el discurso como una manera de pensar, precaria y limitada, digna en cierto modo del medio funesto e inmediato en que la misma se proyecta. Son gustos de simetría damas y caballeros, la idea primitiva de que a cada tarea le corresponde una herramienta, la del bricoleur.

Sin duda la misma flexibilidad oculta las barreras netos de lo que se puede concebir como un límite literario. Podemos escribir un cuento humorístico como un drama histórico ¿qué nos detiene? Toda pretensa de proporción y correspondencia que la idea de una “caja de herramientas de estilo literario” puede implicar, puede ser abolida si el método se justifica. En el lenguaje muchas cosas sobran, hay espacio de maniobra. Me caso con la idea de proporción por snobismo y un poco por pereza, es evidente que en las letras el potencial da para mucho más.

Y esta plática que se centra en estilos o propósitos depende en realidad del tipo de lector que uno asume. Hay maneras de forzar un género dentro de otro, partiendo de la suposición desalentante que un eventual lector lo acepte. Esa condición impenetrable durante el tiempo y capaz de refutar cualquier universalidad es inmensamente real, cualquier editor entiende que se pueden llenar librerías con libros que nunca tendrán éxito, independientemente de cuan satisfactoria sea la proeza técnica de aquellos. La pregunta sobre la parcialidad del lector futuro (¿cuál es el lector?) es indispensable para el sobrevivir inmediato de las letras. Quienes creemos en la trascendencia del arte, podemos conceder que la vida del mismo se luche día a día en un riesgo constante de final. Después de todo, la raza humana fue casi de la extinción en su momento. Nada está jugado.

Decíamos pues, del punto de vista estrictamente técnico, soy de los amantes de la proporción y la regla, esos que construyen pensando en la mejor manera de construir, ensoñados en que el concepto de “ser mejor” tiene validez. Más por intuición o por experiencia que por una letanía de valores morales que así lo exijan, tal vez justificar el asunto sea incurrir en un error ridículo. ¿Para qué justificaríamos que un método o el arte mismo son sin justificación? Existen argumentos que es mejor evitar para ahorrarse su frágil circularidad. Creo en la proporción y en la muerte, aquí vamos a lo que se revela: el medio de subsistencia. La teoría literaria que logrará que dentro de dos generaciones aún se lean libros, y que aquellos logren reflejar lo que la literatura de hoy expresa en uno (o algo análogo). ¿Y qué? La literatura es algo vivo y la proeza técnica de cualquier estilista es poco para esta dimensión siempre actual. Cualquier pensamiento e idea caduca. Entiendo esto y aventuro de todos modos el método que acaso corresponderá a oídos sordos.

La forma corta es la primera llave. Existen nombres diversos que no se corresponden forzosamente: leyenda, cuento, short story o nouvelle. Lo explícito de las tradiciones y los términos es irrelevante, como de costumbre. Me proyecto en una dimensión vuelta irrelevante en el siglo pasado: el éxito y la supervivencia de un texto poco dependían de su longitud, dentro de un rango bastante amplio. No obstante, la invención del lector común y corriente es posterior a la imprenta, lo que quiere decir que internet y la desmaterialización de la lectura son la primera gran revolución del libro que es seguida por los incansables ojos de lectores incontables. Cada año nacen nuevos hombres que no leerán como nadie del siglo XX leyó, esto no es licencia poética, es una realidad objetiva. El espacio de lectura está cambiando, la densidad y la especificidad que cada idioma juega parte diferente en la asimilación de los textos, mas en general nuestra atención gira hacia lo específico y lo compacto. Hasta aquí la tésis que acaso requiere una fuerte justificación, luego eligiré como atacarla adecuadamente para ilustrar su fragilidad, por el momento solo quiero presentarla y exacerbar la dimesión técnica que me interesa.

Si uno admite que el estilo no ha muerto aún, y que prevalecerá entre la infinita nube de discursos que plagan nuestro universo ¿por qué no elegir una estrategia de supervivencia que se imponga por el estilo? Estudiar, profundizar y comprender los nuevos tipos de forma corta serían un instante crítico en el que los productores mantienen esta ilusión de valía, renovando su propia ficción por la mirada crítica. Pienso que en ello puede jugarse el único futuro que nos queda a los escritores. Por fortuna o desgracia (como siempre ¿no?) es una apuesta sin seguridades.

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