Otra de detectives

Dijo Kasai Kiyoshi, en un contexto que en el fondo no nos importa, que la desaparición de la literatura pura arrastra consigo la desaparición de la literatura popular a la que se oponía, la pureza o impuresa, la cultura o la distracción no tendrían sentido. No hay que entablar argumentaciones semánticas sobre lo que sería la literatura pura, admiremos más bien el razonamiento, perfectamente traducible para quienes nos embrutecemos en la crítica literaria, tanto por su evidencia como por su caracter inaceptable. ¿Qué nos queda de la literatura popular si su análogo puro no existe?

Imaginemos que las dos tésis descabelladas que voy a describir son, ambas, válidas en nuestra realidad: 1) La literatura pura existió, 2) la literatura pura ya no existe. No veo por qué alguien tendría problema alguno en construir sistemas de crítica alrededor de estas facilidades, se entiende que el historiar literario cuenta de muertes y desapariciones conceptuales. Además, la pureza es algo que desestimamos en nuestras sociedades híbridas, entrelazadas y mestizas, he conocido críticos que no pueden siquiera concebir una literatura relacionada, que han efectuado el salto del universo sucio y moribundo de objetos contaminados, sin análogo ideal. ¿Por qué no? En el fondo nunca hemos creído en las recetas perfectas ni en los textos que durarán para siempre. De hecho, la existencia de una literatura pura postula más problemas teóricos que su desaparición, como, podemos imaginar, un dios muerto es menos provocador que uno sobreviviente. Aceptando la clausula inicial, ¿podría morir de veras cualquier cosa pura?

Por supuesto, volviendo al razonamiento, en su elegancia adivinamos cierta malicia. No hay literatura popular si la única literatura que existe es popular.  Ser popular es un no-ser, mientras que la única gracia correspondiente a cualquier fenómeno escrito es su permanencia, la vejez necesaria para que comprobemos que el texto existe. Sin embargo en lo que concierne a un lector sin estigmas dialectales, la experiencia de arte popular es enteramente lógica. ¿La elegancia de este juicio debe relevarse al mero artificio o en su rigor lógico podemos encontrar una descripción genuina de nuestras espectativas lectoras?

Si hablo del lector es porque en determinado nivel podemos admitirnos educados en cuanto a la lectura, recordemos que mucho de lo que leemos es guiado por editoriales, que son a la vez difusores de la cultura y negocios importantes. Sabemos que la literatura popular puede estar bien escrita, y sabemos que los textos bien logrados suelen admitir algún exito entre las masas lectoras. En efecto, se publican muchos textos que no tienen mayor ambición estética que el entretenimiento. La no-cosa es quizás el reverso: la idea de que se publica sin el afán de entretener, tan solo por amor al arte, por puro valor cultural. Y volvemos a nuestra ilusión cómoda de que lo puro no existió y no sabría existir.

Se me ocurre una analogía con los procedimientos matemáticos y su empleo. En la vida real, las matemáticas no son como en la escuela, no hay nadie que te diga cuándo se puede hacer o no hacer una cosa, por lo que puedes emplear métodos en circunstancias donde producen fácilmente sinsentidos. Solo que el método es llevado a cabo sin error y sin contrariar reglas previas que lo descartarían como absurdo. Así son muchas veces los juicios críticos, por más que pasemos una y otra vez sobre el mismo razonamiento, no atinamos en encontrar defecto en él, pues técnicamente empleamos nuestras herramientas críticas de la manera adecuada. La perfección dialéctica, sabemos bien, dista de ser lo mismo que la verdad. Entonces nos podemos instalar de nuevo en el plano abstracto e interrogarnos ¿la literatura popular es algo sin su contraparte?

Dije antes que el contexto en que Kasai empleó su frase no nos interesa y me sostengo en mi argumentación. No importan los motivos del autor, solo importa que existen en un contexto cualesquiera. Si vemos el problema sobre el tiempo, debemos sobreentender que la literatura popular convive con una literatura pura, con la que algunos podrían llamar “gran literatura”, uno en todo caso, elitista por diseño o necesidad. Hay una falacia en el razonamiento que enuncia dicha convivencia, pues si la literatura es siempre objeto vivo, entonces los viejos textos tenidos por puros, son leídos frente a los populares y modernos en un espacio universal que nada excluye. Si la literatura es letra muerta y se nos exige una coincidencia física y temporal en la autoría o publicación de obras de calibre máximo, mediano o cómo sea… ¿Qué tan coincidentes pueden ser estas obras? ¿por qué el ingenio sería forzosamente tan abundante como el desingenio para siquiera existir?

Por eso veo en parte algo de religioso en la mitología de los contextos. Hay gente capaz de argumentar que a cada generación o a cada país le corresponde su Kafka o su Hugo, esos que desearían impulsar a un Cortázar o a un Nabokov a la altura de esos genios. ¿Por simetría? Es, de algún modo, un tipo de belleza pura y burda. Nadie se atrevería a cuestionar que la ausencia de literatura genial hace que la literatura sin ingenio deje de xeistir.

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