Ejemplo de mala idea

Voy a suponer que cada lector que se ha tomado algo de tiempo en leer lo que escribo, ha compartido la experiencia de redactar textos que en cierto modo nos une. No trato el tema esperando una audiencia de galardonados del premio Casa de las Américas, no creo que ninguna actividad, ni la más exigente física y mentalmente sea practicada solo por competencia. Mi concepto muy personal de deporte, viejo de un siglo, supone que uno se mide especialmente contra sí mismo. La prosa es también así.

Creo que ustedes escriben y tal vez que querrían escribir mejor, o incluso más frecuentemente, o abordar cierto tema que siempre han deseado tocar pero que los elude. Todos los síntomas que describo me parecen naturales, pienso que van de la mano con la tentación de la ficción, pensar muchas cosas que podrían ser y no se realizan. Leyendo se vive una vida de proyectos literarios inconclusos. El que se empeña en escribir puede obsesionarse hasta en cómo se constituye ese algo que nunca será. No escribimos abarcando todo.

Y pienso que hay una barrera que podemos achacar al pudor, una línea de comportamiento que nos impide exponer las ideas al desnudo. ¿No es sospechoso que los diarios íntimos estén tan uniformizados? Es como si desprenderse de la memoria al escribir fuese tan doloroso que ocupara una fórmula para lograrlo. Vertir nuestras ideas o nuestro sentir puede ser una manera gratuita de mostrar cuan poco valemos, cuan limitadas son nuestras ambiciones y nuestra creatividad. Agradecemos implícitamente que redactar sea difícil, que el cine sea un mercado tan caro, que la vida se nos pase en otra cosa, pues quisieramos excusas para no llevar a cabo cada proyecto nuevo. A veces porque sabemos que el proyecto es simplemente malo. A veces porque cumplir un proyecto equivale a destruirlo.

Hace ya… Vaya, varios años, cómo pasa el tiempo. En fin, escribí sobre el inicio, de cómo cualquier secuencia de un relato limita y acota lo que se puede escribir. Este reducir por la existencia es obviamente una mentira, pues los objetos indefinidos no tienen materia, no pueden definirse por comodidad sin tener forma. No creo que el vértigo de la creación afecte a nadie personalmente, hay que reflexionar mucho para entender como funcionan los abismos de la palabra y a nadie le importa tanto algo así. De ahí que supongo que ustedes escriben: me cuesta trabajo entender cómo a una persona paciente, lectora sin más ambición, casi en la entera pasividad, se dedicaría a perder el tiempo en lo que es, efectivamente, pensar detalles… Devolverle valor a los detalles. No sé si explico, compongo mis textos de una manera elaborada pues son procedurales, suponen la voluntad del lector. Y pienso que querer leer mejor, que es algo que subordonamos al artista, es una meta acaso más noble que fabricar objetos ideales. Hay un mínimo de realidad en lo que compartimos en este intercambio raro.

Quedarse en la contemplación no sería racional, hemos criticado la convención en el pasado y nuestros pudores adhieren a la superstición de que nuestras ideas nos exponen. Llevo años redactando textos para la lectura pública, tratando mis ideas sin reverencia, sin temerles demasiado. Notarán sin embargo que muy raras veces hablo de verdaderos proyectos que piense que deben realizarse. Podría abordarlos como sugerencias o como juegos estéticos (así lo he hecho cuando pasa), no pierdo nada impartiendo ideas que no pienso realizar, gritarlas a los cuatro vientos, concatenarlas en una genealogía de mis pensamientos que estaría más cercana a la realidad. Y aunque me acerco a mi proyecto de sincerarme en estos textos y usarlos como un espacio de creación y libertad, ¿saben qué? No lo hago para mí. Cada silencio que me impongo es con la convicción de que lo que callo podrá decirse mejor en otra ocasión. Soy duro con la gente que escribe solo por ser publicada, me gustan los libros como a todo el mundo, pero no creo en eso. No creo que todo se pueda escribir de cualquier forma, creo en el estilo, esa superstición antigua de un mundo eterno, de lenta cadencia.

No amasen ideas, no atesoren ideas, no esperen publicación. Sean impertinentes. Quisiera que la libertad mía se volviera la de ustede. No me perciban como el esclavo de un proyecto. Si logran por lo menos eso, creo que es sencillo proyectar la misma infamia en ustedes, pues yo no tengo nada que a ustedes les falte.

Soñé sicologías

Todo y nada se explica en literatura por sicología (o por extensión sociología). Lo que no es de extrañarse dada la profundida sicológica que se puede atribuir sin fallar a la experiencia humana, a un pensamiento que no solo supera el lenguaje sino que lo define. Y todo eso, bien, felicidades. ¿No mencioné que existen procesos coherentes y desproporcionados? A veces me parece que la sicología es una herramienta que en la crítica nos provee de una dósis grande de desproporción. Por eso, con un poco de mesura, me abstengo de practicarla metódicamente, le tengo un escépticismo que me gusta considerar sano. No exageremos la dimensión del problema, somos pocos y un poco ridículos los que practicamos la forma de ficción nombrada “crítica literaria”, si unos cuantos enajenados entre nosotros exigen aquel veneno o este otro ¿qué tiene de relevancia? Que en los lectores se filtren estas supersticiones me preocupa un poco más. Inducir al lector en error siempre es grave.

Por otro lado, saludo la inteligencia de la sicología que se emplea en el estudio de los sueños. No la veo como algo confiable, digno de erigirse como única metodología, pero aplaudo su afán de empeñarse en una lucha perdida de antemano. Explicarse el sueño humano es imposible, no hay un solo tipo de sueño sino una cantidad arbitraria. Más importante, el sueño de mañana no será el de hoy. Entonces saludo la disciplina sicológica en la mutua impotencia que comparte en lo onírico con la literatura.

Ahora, como buenos seudo-pensadores propongamos un ejercicio, un caso de estudio. Nuestra imaginación debe conjeturar cómo soñaba un hombre primario, aquel con una vida simple de cazador, con algunos rudimentos del lenguaje por supuesto, pero sin el peso social que conceptos como país, nación o religión pueden pesar en nuestra identidad. Y este hombre es un animal social y forma parte de una tribu de hombres, participa a sus actividades y tiene una vida de constante trabajo y ejercicio. Su vida, réplica de lo salvaje de cada animal, es de por sí un poco vaga, pero la admitimos. ¿Sus sueños? ¿cómo representar los sueños de un hombre así?

Se sabe que el cine es un fenómeno revolucionario, los libros y las historietas no pudieron evitar caer en su vorágine de ángulos y temporalidades, imitando lo que nuestra mirada simplemente percibe ante cualquier ficción fílmica. Es arduo hacer sentido al concepto mismo de close-up cuando uno no lo ha visto reproducido casualmente en grabaciones. En la literatura existen, por supuesto, la poesía ha obrado transgresiones proféticas en sus estéticas varias, no obstante, si tomamos la obra absoluta de los hombres, nadie se sorprenderá de que el efecto de acercamiento del punto de vista se multiplique literalmente por cientos entre las ficciones posteriores al cine y esas que lo preceden. A todo esto me dirán, “qué lindo choreador, ¿qué nos importan tus estadísticas inventadas?”, pues su interés busca ilustrar un procedimiento: ¿cuántos sueños habrán tenido acercamientos y planos efectivamente fílmicos entre los espectadores asíduos del cine y aquellos que nunca lo experimentaro ¿qué se puede argumentar de dicho déficit?

Economicemos palabras, el lector avisado conoce el enigma a resolver. Aquel hombre primitivo tan poco influenciado por el lenguaje narrativo, por las ficciones, ¿soñará de la manera ordenada y secuencial que percibe el hombre moderno?

Des outils pour le bourreau

El blog presente nada en la extrema libertad que resulta evidente al notar lo inmensamente flexible que es la reflexión y el trabajo literario. Admitamos de antemano que el autor no dedica un tiempo extremo al proceso técnico de impartir letras con rigor, y que más bien asume el discurso como una manera de pensar, precaria y limitada, digna en cierto modo del medio funesto e inmediato en que la misma se proyecta. Son gustos de simetría damas y caballeros, la idea primitiva de que a cada tarea le corresponde una herramienta, la del bricoleur.

Sin duda la misma flexibilidad oculta las barreras netos de lo que se puede concebir como un límite literario. Podemos escribir un cuento humorístico como un drama histórico ¿qué nos detiene? Toda pretensa de proporción y correspondencia que la idea de una “caja de herramientas de estilo literario” puede implicar, puede ser abolida si el método se justifica. En el lenguaje muchas cosas sobran, hay espacio de maniobra. Me caso con la idea de proporción por snobismo y un poco por pereza, es evidente que en las letras el potencial da para mucho más.

Y esta plática que se centra en estilos o propósitos depende en realidad del tipo de lector que uno asume. Hay maneras de forzar un género dentro de otro, partiendo de la suposición desalentante que un eventual lector lo acepte. Esa condición impenetrable durante el tiempo y capaz de refutar cualquier universalidad es inmensamente real, cualquier editor entiende que se pueden llenar librerías con libros que nunca tendrán éxito, independientemente de cuan satisfactoria sea la proeza técnica de aquellos. La pregunta sobre la parcialidad del lector futuro (¿cuál es el lector?) es indispensable para el sobrevivir inmediato de las letras. Quienes creemos en la trascendencia del arte, podemos conceder que la vida del mismo se luche día a día en un riesgo constante de final. Después de todo, la raza humana fue casi de la extinción en su momento. Nada está jugado.

Decíamos pues, del punto de vista estrictamente técnico, soy de los amantes de la proporción y la regla, esos que construyen pensando en la mejor manera de construir, ensoñados en que el concepto de “ser mejor” tiene validez. Más por intuición o por experiencia que por una letanía de valores morales que así lo exijan, tal vez justificar el asunto sea incurrir en un error ridículo. ¿Para qué justificaríamos que un método o el arte mismo son sin justificación? Existen argumentos que es mejor evitar para ahorrarse su frágil circularidad. Creo en la proporción y en la muerte, aquí vamos a lo que se revela: el medio de subsistencia. La teoría literaria que logrará que dentro de dos generaciones aún se lean libros, y que aquellos logren reflejar lo que la literatura de hoy expresa en uno (o algo análogo). ¿Y qué? La literatura es algo vivo y la proeza técnica de cualquier estilista es poco para esta dimensión siempre actual. Cualquier pensamiento e idea caduca. Entiendo esto y aventuro de todos modos el método que acaso corresponderá a oídos sordos.

La forma corta es la primera llave. Existen nombres diversos que no se corresponden forzosamente: leyenda, cuento, short story o nouvelle. Lo explícito de las tradiciones y los términos es irrelevante, como de costumbre. Me proyecto en una dimensión vuelta irrelevante en el siglo pasado: el éxito y la supervivencia de un texto poco dependían de su longitud, dentro de un rango bastante amplio. No obstante, la invención del lector común y corriente es posterior a la imprenta, lo que quiere decir que internet y la desmaterialización de la lectura son la primera gran revolución del libro que es seguida por los incansables ojos de lectores incontables. Cada año nacen nuevos hombres que no leerán como nadie del siglo XX leyó, esto no es licencia poética, es una realidad objetiva. El espacio de lectura está cambiando, la densidad y la especificidad que cada idioma juega parte diferente en la asimilación de los textos, mas en general nuestra atención gira hacia lo específico y lo compacto. Hasta aquí la tésis que acaso requiere una fuerte justificación, luego eligiré como atacarla adecuadamente para ilustrar su fragilidad, por el momento solo quiero presentarla y exacerbar la dimesión técnica que me interesa.

Si uno admite que el estilo no ha muerto aún, y que prevalecerá entre la infinita nube de discursos que plagan nuestro universo ¿por qué no elegir una estrategia de supervivencia que se imponga por el estilo? Estudiar, profundizar y comprender los nuevos tipos de forma corta serían un instante crítico en el que los productores mantienen esta ilusión de valía, renovando su propia ficción por la mirada crítica. Pienso que en ello puede jugarse el único futuro que nos queda a los escritores. Por fortuna o desgracia (como siempre ¿no?) es una apuesta sin seguridades.

Otra de detectives

Dijo Kasai Kiyoshi, en un contexto que en el fondo no nos importa, que la desaparición de la literatura pura arrastra consigo la desaparición de la literatura popular a la que se oponía, la pureza o impuresa, la cultura o la distracción no tendrían sentido. No hay que entablar argumentaciones semánticas sobre lo que sería la literatura pura, admiremos más bien el razonamiento, perfectamente traducible para quienes nos embrutecemos en la crítica literaria, tanto por su evidencia como por su caracter inaceptable. ¿Qué nos queda de la literatura popular si su análogo puro no existe?

Imaginemos que las dos tésis descabelladas que voy a describir son, ambas, válidas en nuestra realidad: 1) La literatura pura existió, 2) la literatura pura ya no existe. No veo por qué alguien tendría problema alguno en construir sistemas de crítica alrededor de estas facilidades, se entiende que el historiar literario cuenta de muertes y desapariciones conceptuales. Además, la pureza es algo que desestimamos en nuestras sociedades híbridas, entrelazadas y mestizas, he conocido críticos que no pueden siquiera concebir una literatura relacionada, que han efectuado el salto del universo sucio y moribundo de objetos contaminados, sin análogo ideal. ¿Por qué no? En el fondo nunca hemos creído en las recetas perfectas ni en los textos que durarán para siempre. De hecho, la existencia de una literatura pura postula más problemas teóricos que su desaparición, como, podemos imaginar, un dios muerto es menos provocador que uno sobreviviente. Aceptando la clausula inicial, ¿podría morir de veras cualquier cosa pura?

Por supuesto, volviendo al razonamiento, en su elegancia adivinamos cierta malicia. No hay literatura popular si la única literatura que existe es popular.  Ser popular es un no-ser, mientras que la única gracia correspondiente a cualquier fenómeno escrito es su permanencia, la vejez necesaria para que comprobemos que el texto existe. Sin embargo en lo que concierne a un lector sin estigmas dialectales, la experiencia de arte popular es enteramente lógica. ¿La elegancia de este juicio debe relevarse al mero artificio o en su rigor lógico podemos encontrar una descripción genuina de nuestras espectativas lectoras?

Si hablo del lector es porque en determinado nivel podemos admitirnos educados en cuanto a la lectura, recordemos que mucho de lo que leemos es guiado por editoriales, que son a la vez difusores de la cultura y negocios importantes. Sabemos que la literatura popular puede estar bien escrita, y sabemos que los textos bien logrados suelen admitir algún exito entre las masas lectoras. En efecto, se publican muchos textos que no tienen mayor ambición estética que el entretenimiento. La no-cosa es quizás el reverso: la idea de que se publica sin el afán de entretener, tan solo por amor al arte, por puro valor cultural. Y volvemos a nuestra ilusión cómoda de que lo puro no existió y no sabría existir.

Se me ocurre una analogía con los procedimientos matemáticos y su empleo. En la vida real, las matemáticas no son como en la escuela, no hay nadie que te diga cuándo se puede hacer o no hacer una cosa, por lo que puedes emplear métodos en circunstancias donde producen fácilmente sinsentidos. Solo que el método es llevado a cabo sin error y sin contrariar reglas previas que lo descartarían como absurdo. Así son muchas veces los juicios críticos, por más que pasemos una y otra vez sobre el mismo razonamiento, no atinamos en encontrar defecto en él, pues técnicamente empleamos nuestras herramientas críticas de la manera adecuada. La perfección dialéctica, sabemos bien, dista de ser lo mismo que la verdad. Entonces nos podemos instalar de nuevo en el plano abstracto e interrogarnos ¿la literatura popular es algo sin su contraparte?

Dije antes que el contexto en que Kasai empleó su frase no nos interesa y me sostengo en mi argumentación. No importan los motivos del autor, solo importa que existen en un contexto cualesquiera. Si vemos el problema sobre el tiempo, debemos sobreentender que la literatura popular convive con una literatura pura, con la que algunos podrían llamar “gran literatura”, uno en todo caso, elitista por diseño o necesidad. Hay una falacia en el razonamiento que enuncia dicha convivencia, pues si la literatura es siempre objeto vivo, entonces los viejos textos tenidos por puros, son leídos frente a los populares y modernos en un espacio universal que nada excluye. Si la literatura es letra muerta y se nos exige una coincidencia física y temporal en la autoría o publicación de obras de calibre máximo, mediano o cómo sea… ¿Qué tan coincidentes pueden ser estas obras? ¿por qué el ingenio sería forzosamente tan abundante como el desingenio para siquiera existir?

Por eso veo en parte algo de religioso en la mitología de los contextos. Hay gente capaz de argumentar que a cada generación o a cada país le corresponde su Kafka o su Hugo, esos que desearían impulsar a un Cortázar o a un Nabokov a la altura de esos genios. ¿Por simetría? Es, de algún modo, un tipo de belleza pura y burda. Nadie se atrevería a cuestionar que la ausencia de literatura genial hace que la literatura sin ingenio deje de xeistir.

Saber poeta

Hay más argumentos para malbaratar la poesía que modos de introducirla con beneficio en nuestro cotidiano. Esto es difícil de enteder porque todos disfrutamos la palabra poética, pero tan codificada y tipificada es la experiencia típica de esta, que ante el público general encuentra una enorme resistencia. ¿Cómo así? Me expresaré por un ejemplo para mayor claridad:

Vamos con niños realmente muy pequeños y pongamosle un concierto de música clásica por cinco minutos. Si alguno de entre ellos no disfrutó la experiencia, lo inclinaremos a inferir que por lo tanto no le gusta la música. Les mostraremos a los que si lo disfrutaron diez o veinte minutos más de melodías. A eso se reducirá la experiencia musical de toda la sociedad en cuestión.

Damián me envió un texto que discutía en términos más o menos análogos sobre la enseñanza de las matemáticas. ¿Qué cree la gente que son las matemáticas? ¿qué cree la gente que es la poesía? Se nos figura inevitable que cualquier tradición humana cuya práctica se limite a la escuela termine por parecernos estéril. Solo la experiencia masiva y la confirmación por los medios granjean una opinion duradera.  Necesitamos la reflexión y el estudio para llegar a las matemáticas, a su manera un esfuerzo análogo se debe emplear en la lírica o la melodía.

Irónicamente la mayor dósis de poesía que se intercambia como moneda corriente en nuestros tiempos es, précisamente, la contenida en las canciones. El resurgimiento del rap y la fertilidad del hip hop, son fenómenos masivos que concuerdan en la vigencia de lo poético en el día a día. Géneros densamente poéticos como los anteriores hayan la crítica dura de los amantes de la música pura, y lo mismo por los fanáticos de la lírica destilada. Existe el Slam como expresión menos musicalizada de una poesía que tiene ecos populares. Pienso que todos estos fenómenos indican claramente la legitimidad de la poesía como expresión vigente. De ahí podemos interesarnos en la calidad de dicha poesía.

Decía que se puede atacar la poesía fácilmente, una manera es por su sensualidad. Necesitamos trabajar la palabra en un nivel casi físico, de una experiencia vívida incorruptible, para que tenga la potencia poética que se consigue en los mejores textos. Aquí lo popular sabe errar como también logra su trabajo eficazmente: solo lo primario es tan común que podemos compartirlo como goce, por desgracia quien dice común dice también convencional, lo que suele conllevar demasiado artificio. ¿Bastaría con que este ideal poético fuera alcanzable por el vulgo para descartarlo? A los ojos de gente más elitista que yo, esta explicación puede pasar como válida. Personalmente yo lo achaco a la convención. Lo único incuestionable es que un segundo elemento entra en juego para volver la buena poesía algo realmente inspirado. Casi por contraste, ese elemento es un poder crítico que casi identificamos como social.

La poesía francesa tiene excelente reputación en el mundo occidental (lo digo así para evitar la letanía de características particulares de otras grandes poesías, china, persa, etc.),  y aunque sin duda parte de su grandeza se debe a la difusión, otra parte consiste en su extraña sensualidad casada con su pensamiento. Los franceses practican una literatura concreta, historicista, les interesa el realismo y el fenómeno del lenguaje como realidad, lo que les sirve de punto de vista analítico para más o menos todo. ¿Podemos decir que un filtro sigue siendo un filtro cuando se activa de inmediato? Nuestros ojos son filtros por lo que vemos el mundo y por ello, de hecho, lo que vemos es el mundo. Tan apegado es el pensamiento concreto y práctico a la sensibilidad, que la poesía francesa se vuelve un fenómeno efectivo y distante a otras poesías menos artisanas.  ¿Le brindamos una dimensión nacional por pura coincidencia? Hay que referir a una cultura concreta para describirla, ¿sería así de efectivo en un espacio físico distinto? ¿será una verdadera relación de causa y efecto?

Otra lírica prominente nos muestra el camino inverso, la poesía italiana del renacimiento es simplemente brillante, pero perdió parte de su brillo conforme la atmósfera creativa de la época se exportó al resto del continente. El florecimiento científico e intelectual sería directamente proporcional a la capacidad de expresión poética.  ¿Nos debe sorprender que una deficiencia en la educación de una cultura la hiera?