Lecturas divididas

Estoy leyendo dos libros lado a lado, Los bandidos del Río Frío  de Manuel Payno y Sinouhé el Egipcio de Mika Waltari. Comencemos discutiendo los detalles del ejercicio.

No tengo prueba de ello, pero tengo la convicción de que existen lectores tan organizados que nunca leen un libro sin haber terminado aquel que antes han comenzado. Yo no soy un completista y me fatiga un poco el maquinismo de terminar libros, no obstante, admito la posibilidad de un lector flexible que sepa abandonar libros y evite con compulsión dos lecturas competidas. A mis ojos, son escasos los lectores así y sin desestimar sus esfuerzos, su proceder me parece descabellado e incluso algo vicioso. La lectura no debe estancarse en un solo concepto.

La idea de dos lecturas competidas se excusa por lo menos: es una variedad, un método para abordar textos bajo una luz distinta. Algún purista solitario me dirá que los textos requieren una atención exclusiva y que las distracciones -incluso las literarias- deben ser mínimas. Yo no predico dicha superstición, admitámosla, incluso entonces nada nos impide dedicarle a la obra una relectura exclusiva. Si el texto es bueno, merece una relectura, si es malo, no merecía nuestra devota atención. No me meteré en las creencias mágicas de quienes conciben la primer lectura como algo sagrado, o que incluso atribuyen un valor misterioso a todas las subsecuentes… Respetemos la religión de los unos y los otros y hablemos de las ventajas.

Tampoco remito esa lectura al caos de un lector voráz. Me sucede que intercalo lecturas distintas en muchos géneros todo el tiempo, mas al hablar de leer dos libros a la vez, inscribo el avance de uno en la lectura del otro, como si perteneciesen a una misma secuencia. Esta práctica en la óptica de dos obras similares es parecida al análisis y nos engaña con la intuición que deja de servir a una comparación definida. Leer así es un proyecto legítimo pero su resultado es predecible, acentuar algunas diferencias y temas, establecer jerarquías en la calidad de ciertos métodos o su efectividad. Veo en dos lecturas dispares un resultado más feliz, en lugar de embrutecernos en un estilo o una temática logramos recrear la sorpresa que los detalles narrados tienen en nosotros. Las acumulaciones excesivas se liman, las discrepancias en la trama se minimizan, básicamente la experiencia se vuelve más placentera y a la vez vuelve más placentera la lectura contrapuesta. ¿Es una facilidad? Es posible. La literatura está llena de facilidades, leemos como hemos leído antes y en comparación a nuestras experiencias anteriores, leer con respecto a nuestra memoria y frente a un texto concreto remiten a ese mismo hecho ineludible. La segunda comparación es más fresca y su artificio más evidente, esta cualidad la legitimiza.

Trato de poner en palabras parte de mi experiencia en esta práctica, no la admití en lo inmediato pues se trata de una impostura, un orden, que en general no presto a mis textos. Alternar es a su modo una secuencia rígida, mi lectura usual es mucho más liberal. Dos textos ahora están ligador irremediablemente a mis ojos, no los seleccioné de manera alguna, fuera del hecho de que juntaban telarañas en mi librero y me decidí a finalmente concretar su existencia. Pensé “serán olvidables”, ahora temo que los recordaré más fácilmente que a otras obras de mayor valía, pues leerlas alternadas es un ejercicio de memoria. Acaso la experiencia es grata porque los dos textos tienen sus ratos felices. Si repudiase ambos, acaso esta entrada nunca hubiera sido confeccionada.

Me queda, fuera de las reseñas que de aquí puedan seguir, una carnalidad, una existencia física en ambos textos. Los narradores no podrían ser más diferentes y lo dos ejercicios verbales brillan en su plano técnico gracias a sus distancias. El texto de Payno es muy demostrativo, la prosa es simple, Waltari toma prestadas herramientas de los textos religiosos y primitivos para crear una prosa adornada y ajena. Por lo pronto ambos están al nivel de la tarea aunque uno se me hace más flaco. Entreveo otro problema de este ejercicio: que una de las mitades esté podrida. ¿Vale la pena exponerse a la doble decepción?

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