Grabados

Tal vez conozcan el enigma que dice algo así: ¿qué es aquello a lo que mientras más le quitas más grande se vuelve? La respuesta, sin duda les es conocida.

Hablemos de nostalgia.

En ocasión he interrogado a lectores amistosos sobre la valía de algún autor moderno, curiosamente, inspirar la nostalgia ha sido parte de las virtudes que han definido a estos individuos. Y tiene mucho sentido cuando recordamos los humildes orígenes de la escritura, de ser una extensión de la memoria humana, de poblar el pasado.  La Historia como disciplina se sustenta en los testimonios escritos, los problemas literarios se pueden reducir casi todos en complicaciones del tiempo. Es en extremo evidente que la nostalgia tiene un hogar seguro entre todos estos fenómenos relatables. Y sin embargo, crear nostalgia voluntariamente es una tarea de olvidos.

Hemos hablado de la repetición: una distancia es necesaria para formarla, una vigencia así también, pues la repetición está definida por su contexto. Así es la nostalgia, convive en dos estados simultáneos, el presente y la eternidad, formando así lo que podríamos llamar un modelo arquetípico, y más aún que en lo repetido, un modelo ficticio. Repetir se encuentra en la coincidencia, en la fidelidad, no decimos que se repite algo que se aleja notoriamente del pasado en que se conjugó, todo su efecto se logra en una identidad sobrehumana. La escritura es redundante, es un conjunto de formas convencionales, lo que le granjea la posibilidad de ser enteramente distinta a la memoria humana que es solo aproximación. La herramienta que extiende la memoria no puede sustituirla. Todo en la escritura es copia y en el recuerdo nada lo es.

Ante todo esto, la nostalgia crece en su grado de ficción, se recrea en un regreso imposible a un momento en el cual las cosas no se pueden repetir. Primeramente porque las cosas no son lo que en la memoria fueron, luego porque la nostalgia misma corrige las acciones para evitar cualquier coincidencia feliz que se lograría al sencillamente copiar. La nostalgia nunca busca lo que ya tuvo sino una redención, la experiencia religiosa del pasado, en este sentido no es un género realista.

Todos los artes se legitimizan a sí mismos y en el que actualmente discutimos hay gran espacio de libertad. Mucho tiene de simpática la noción de que una experiencia de un pasado contenida en la vida humana fue compartida por una generación, que sirve de arquetipo lector. Ciertos argumentos críticos han desestimado que una lectura sin contexto sea manera sensible de abordar cualquier obra, el efecto comunicativo de un texto está reducido a un espacio contemporáneo y cultural que extrañamente, consistiría con las vidas humanas capaces de sentir una misma nostalgia. Es del sentido común admitir que cierta estética se asume en la generación, en el trozo de vida tribal que presupone una experiencia.

Aunque mucho hay de inevitable en todo lo que la nostalgia acompaña, su estética se me manifiesta trunca. No metería las manos al fuego por una nostalgia estética, su literatura se me hace poca, como si caducase. Y sin duda mi poca estima hacia este género de texto resulta de una distancia también, de una falta de interés ante la fascinación de ser transportado a otros tiempos, incluso los correspondientes a mi breve vida. ¿No es natural que se sienta también nostalgia por lo que no se ha tenido? Nada nos detiene finalmente, pues es un género de ficción. No me interesa reemplazar la ficción por la realidad, tal vez en ese arbitrario descarto un espectro demasiado grande de la experiencia literaria (¿de la experiencia humana?). Y sin embargo, es mi rebeldía inocente, mientras sea un terreno de comprensión coherente, una mentira cohesiva, ¿le hago daño a alguien?

La relectura, que predico con ciego fervor, no hace pareja feliz con la nostalgia. No hay un texto que me transporte a un momento de la vida, ya que al releerlo en distintos espacios en tiempos distintos, no se vincula irremediablemente con un instante. Al encontrar mis propios escritos adivino al hombre distinto que era entonces y no lo contemplo con la idea de una concisa identidad, si como una continuidad radical de los objetivos que lo han arrastrado. Concibo la continuidad y la nostalgia como voluntades casi opuestas, extrañamente indecisas y erradas cada una a su modo, el siempre seguir y el siempre volver. Tal vez como nunca tuve alma, no tengo la misión précisa de recuperarla (Bioy Cásares ha dicho que solo le pueden robar el alma al que la ha perdido).

Lo siguiente léase sin patetismo, entiéndase como potencial ignorancia (¿qué se yo de toda una era?): Soy, en la conjugación irremediable que me ha casado con mi tiempo, el menos virtuoso de los escritores.

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