Makura kotoba

¿Hasta qué punto es lícito pretender que el lenguaje posee alggo así como un sentido particular y no es solo eco, repetición? Amamos y somos a veces, dignos de amor, mas al declarar este “te amo” repetimos un ruido consabido que contribuye casi por sí mismo, a la fertilidad de nuestra especie desde tiempos -literalmente- inmemoriales. Y el horror de esta multiplicación podría exagerarse, el ruido de una declaración de amor en español, en árabe o en ruso consiste en sonidos diferentes, pero finalmente tan cercanas e idénticas que podrían considerarse sin gran dificultad, un mismo gesto -las diferencias fonéticas siguen siendo una variedad de vibración bastante menor en lo que a las dimensiones universales corresponde-. Creeríamos pues que un amor que afirmaría o acabaría con nuestra neta individualidad es un verso finalmente cotidiano en la historia. Todo lo que se puede decir está gastado en cierto modo.

Esto es, insisto, exagerar con fines estéticos, pues el “te amo” impúdico del infiel y la declaración pública del gobernante no son intercambables. Tampoco el poema de amor de un mexicano -que acaso lee este blog- reproduciría el de un antiguo poeta persa -lector que me es, de ahí en fuera, más improbable-.  Además, ¿la cultura no es refutación suficiente de nuestro vago concepto de universalidad? El amor tiene una dimensión de pura necesidad fisiológica, y aunque esa función se repite irremediable, su significado en nuestros mundos  ficciones es rara vez único. Cuado un escritor japonés decide completar un verso con una línea prestada a su acervo cultural, no lo hace tampoco como un moderno ibérico lo haría.

No creo que nadie discuta la necesidad del atractivo sexual -al menos en su postulación estrictamente biológica, estrictamente mamífera- ¿esto es menos arbitrario que la métrica en poesía? ¿no ha en al seducción una dimensión de coincidencia y de oportunidad que nos permite siempre encontrar en ello razones y variantes de lo arbitrario? Un intercambio, sea verbal o amorozo, se sostiene en los azares pertinentes que lo permiten. Las palabras y frases se instalan en nuestra cultura por una afinidad invencible como la seducción misma, injustificable en lo general, pero dolorosamente concreta en el sistema mamífero que es el nuestro.

Nuestro crítico idealista, de ideales que podríamos, con malicia, tachar de occidentales, pensaría que cualquier línea de un texto que sirve para completar pertenece a lo innecesario, a lo estructural. Y sí, el lenguaje es estructura, mas nuestra superstición hace de los autores entes incomprensibles que rasuran lo necesario y se bañan en lo fundamental. No son mujeres atractivas, son dioses del amor. Para ellos las palabras no son herramientas, son acciones arteras. La decisión de un pase sencillo, de un “relleno” nos recuerda a ciertas cosas poco intuitivas en teología, como que al todo poder hacerlo, una posibilidad entre todas las posibles acciones es la inacción. No tomar todas las decisiones es una decisión, y admitir las decisiones de otros es otra decisión aún más compleja. No sé si es la democracia que nos ha llevado a concluir que la decisión de la mayoría es capaz de suprimir la de la minoría, así no funciona en los individuos, que si son capaces de congeniar voluntades contradictorias sin implosión.

La repetición es una realidad del lenguaje muy fustigada en nuestra cultura. Entiendo que tenemos prisa para todo y que no nos parece sensato perder el tiempo en problemas que son esencialmente los mismos cada vez (confeccionar un poema es enfrentarse siempre al mismo dilema, cada vez diferente y a veces igual). ¿Será por eso que nos felicitamos al decir que los infantes disfrutan la repetición como reservando esa realidad a los más pequeños y posicionándonos a una altura mayor? El fenómeno no es aislado, los epitétos homéricos son una fórmula dicha “de los antiguos” y así también, los makura kotoba. Veo alguna ironía gastada en que lo repetido siempre lo guardamos a distancia, queriendo darle un tiempo ajeno, cuando reconocemos que toda repetición es la confirmación de lo actual en otro sitio, dos tiempos que se enamoran, en verso, si así se quiere.

¿Es lícito pretender que ustedes no habían reflexionado ya antes esta entrada que acaban de leer?

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