Ejercicios de pensamiento

¿Por qué hacer un blog de literatura cuando se admite que la literatura no debe tratar de sí misma? Existen innúmerables maneras de refutar o consentir el esfuerzo que mis propios escritos representan, más importante es tal vez la interrogante de si debemos defender uno u otro lado tiene sentido. Pienso que todos tenemos un espacio de tolerancia en lo que refiere a… Bueno, en cuanto a cualquier tipo de referencias en realidad. El referente y la referencia no pueden estar identificados y no pueden ser tampoco tan amplios o desdibujados que no supongan la representación. Yo sé, estoy envolviéndome en mi propia cobija, simplifiquemos.

La literatura es un objeto real, y por lo tanto escribir sobre las letras no es esencialmente diferente a escribir sobre una tina de plástico. Por otro lado, hay demasiadas cosas en la ficción que remiten a lo abstracto, a existencias precarias y fugaces que identificamos con la imaginación pura, algo que busca y no puede representar realmente objetos reales. No es tampoco una cuestión de voluntad, no es que los escritoras escriban personajes que deben parecer hombres, es que ningún personaje puede ser hombre ni puede ser otra cosa. Las palabras representan, les atribuímos un sentido primero antes de elaborar en ella una cadena de ficción, entonces desde ahí, la literatura es un juego de espejos y se puede equivocar dos veces en la misma imágen. O sea, hay maneras de buscar demasiado ser “realista” y hay maneras de ser demasiado “abstracto”.

Con mi prima Estefanía nos pusimos a efectuar un ejercicio de pensamiento que yo suponía de antemano derroche. La idea de un arte que sea “visceral” que afecte a un espectador cualesquiera y no a un puñado de iniciados, era, argumentaba mi prima, el estado ideal de la creación. Yo decía, con mi tono ventilador, que todo eso es muy bonito, pero que concretamente no existe y el arte está limitado en el tiempo. ¿Qué buscaba representar Estefanía por este espectador modelo que es uno y todos a la vez y que se expone a una obra sin ningún a priori fatal? Básicamente en su figura se encuentra el sentido primerísimo, eso que en las palabras viene antes que el diccionario y en el que en la imagen es nuestra propia experiencia del mundo. El individuo ideal que proponemos es un fracaso como personaje y como realidad, es un accidente de la ficción que falla en representar lo que supone (podemos crear figuras más ideales aún o más realistas, ni un objetivo ni otro atinará en cumplir el propósito de mi prima). No podemos destilar en una ficción el punto preciso en que nuestro arte funciona. No hay recetas de arte, no hay un solo sentido para cada vida, cada palabra en distinto idioma o cada color en su cultura. Ni un árbol es coherente para quien nunca ha visto uno -y nadie ha visto de veras lo que la ficción representa-.

Esto no está hecho ni bien ni mal, pensar que el ejercicio de pensar puede satisfacer la premisa del arte como experiencia o el arte como lenguaje del iniciado es suponer que ambas interpretaciones son válidas. Si paseamos a un perro en una galería de arte y este ignora cada obra, pero se detiene enfrente de una, pensamos con una creencia supersticiosa que hay algo de primario en el goce de dicha imágen y que hasta un animal puede experimentar esa realidad. Los colores son estímulos, creemos que el perro será como nosotros y admitirá que la fuerza de lo representado -informe y anónimo para él-, lo tocará como nos toca a nosotros. Solo que el animal de este ejercicio seguramente ha olido la pintura, y cuando un segundo perro huele lo mismo y se detiene ante el mismo cuadro, pensamos que eso confirma el poder divino de dicha creación. Lo que no es la experiencia es algo puramente animal: nosotros si lo somos. El arte no sabría rendir las mismas cuentas en todo el mundo, siempre es un arte de iniciados.

Entonces no querría que la literatura hable de sí misma, pero inevitablemente, por la triste virtud de estar escrita, ya lo hace. Podemos desescribirla y no atinaremos sino en ser percebidos como destructores de lenguaje, un tipo de cultistas de la palabra que buscan una purificación absurda y en la cual solo pueden leer nuestra voluntad gente más iniciada que la anterior. Destruir es más complicado que crear, su método es complejo por mérito propio. Y aunque creer sea más relevante como ejercicio de libertad, a nuestro perro, espectador final de todas nuestras voluntades, no le importará seguramente la misma materia que pensábamos era la mejor nuestra.

Debemos hablar de literatura aunque se gasten las ganas. Siempre.

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