Un lector entra a la escena del crimen…

Sobre la violencia se pueden encontrar épocas de pensamiento que tal vez son más elocuentes en su silencio que en sus opiniones en el asunto. Existe la insaldable dificultad de la definición: quien se decida a efectuar la genealogía de todo lo violento ejercerá el juicio irremediable de darle rostro a la violencia y en cierto modo ejercerla contra sí misma. No se puede hacer una historia sin deshacer un montón de cosas, sin duda en ello encontramos principios literarios que por lo menos son moralmente incómodos.

Estas cosas, lo que penosamente se ha callado, el silencio provocado por las pretensas genéricas o de orden moral, son de la violencia que vemos. Ya no sé si las críticas feministas a la sociedad actual son discursos inexistentes o sobreentendidos, de veras ignoro si la formulación va más allá de sí misma. Lo que indica esta inconsiencia es que la consiencia de la violencia no la borra necesariamente, más la vuelve predecible, y establecidos estos esquemas, la violencia se vuelve un método y ya no se trata précisamente de la misma violencia. Existe el simple hecho de lo fortuito que desmantela nuestra experiencia anterior, lo que nos desarma por completo. Del otro lado, el dolor consabido, insensible, sistemático.

Estas discusiones son un poco evidentes porque la violencia está de moda. Discutirla en literatura quiero decir, de moda, de moda, ha estado más o menos siempre. Y bueno, la “civilización” se inclina menos por la violencia física pero encuentra siempre nuevas formas de ser nociva a sí misma, las malas costumbres no mueren rápido. En fin, hablar mucho de la violencia nos da la impresión de colocarla en todo sitio, no considero la insistencia necesaria. Aunque si debemos encontrar un ángulo adecuado a dicho asunto, tal vez sería más sensible interrogarse sobre la crueldad.

Con la violencia es fácil. Preguntaríamos ¿es a veces buena la violencia? Estas preguntas son buenas porque muestran la dimensión absoluta del engaño. ¿Para qué preguntarse una idiotez así? O digo que sí o digo que no, lo importante es que la categorización de una u otra respuesta tiene como consecuencia que excluímos y descartamos la opinión del otro. Así que la violencia a veces sería buena. O no, porque entonces no hay violencia en la pregunta porque la violencia es otra cosa ¿no? Y así ad infinitum. Lo relevante de interrogarse así es que no sirve para nada, ya arruinamos todo el asunto al partir de dicha polémica. Sugerir siquiera que es tabú considerar algo ya no digamos bueno, sino categoricamente no malo, es una apología del silencio dogmático.

Un amigo absolutamente lúcido de interrogó sobre la crueldad más o menos de este modo “¿es mala la crueldad?”, yo le dije, “por supuesto”. ¿Ven? Sencillísimo. Admitamos que la crueldad contextualmente puede ser solo un poco mala, o vistamos de grises mi afirmación cuantas veces sea necesario para que pase los criterios rígidos que un lector avisado puede imponerme (invente otro argumento que le gusto si los míos le parecen ridículos). Luego, la question qui tue, “¿por qué?”. Y bueno, si una cosa es mala, interrogarse por qué solo nos inclinará a atenuar su maldad, a buscar los límites de su daño para continuar ejerciendo lo que es esencialmente crueldad bajo otro nombre. No hay nada de erróneo en la pregunta efectuada, tal vez lo criticable es que caer en la interrogante de motivo “por qué” metódicamente es un exceso linguïstico. No siempre nos importan los por qué, el culto al conocimiento sabe revestirse de un gusto por la redunancia y el mirarse el ombligo.

Ahora, a lo que venimos ¿no? La chute. Mi amigo que estaba particularmente despierto durante esta conversación postuló la interrogante que en el fondo nos interesa. ¿A quién le conviene el que no importe el por qué?

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Lecturas divididas

Estoy leyendo dos libros lado a lado, Los bandidos del Río Frío  de Manuel Payno y Sinouhé el Egipcio de Mika Waltari. Comencemos discutiendo los detalles del ejercicio.

No tengo prueba de ello, pero tengo la convicción de que existen lectores tan organizados que nunca leen un libro sin haber terminado aquel que antes han comenzado. Yo no soy un completista y me fatiga un poco el maquinismo de terminar libros, no obstante, admito la posibilidad de un lector flexible que sepa abandonar libros y evite con compulsión dos lecturas competidas. A mis ojos, son escasos los lectores así y sin desestimar sus esfuerzos, su proceder me parece descabellado e incluso algo vicioso. La lectura no debe estancarse en un solo concepto.

La idea de dos lecturas competidas se excusa por lo menos: es una variedad, un método para abordar textos bajo una luz distinta. Algún purista solitario me dirá que los textos requieren una atención exclusiva y que las distracciones -incluso las literarias- deben ser mínimas. Yo no predico dicha superstición, admitámosla, incluso entonces nada nos impide dedicarle a la obra una relectura exclusiva. Si el texto es bueno, merece una relectura, si es malo, no merecía nuestra devota atención. No me meteré en las creencias mágicas de quienes conciben la primer lectura como algo sagrado, o que incluso atribuyen un valor misterioso a todas las subsecuentes… Respetemos la religión de los unos y los otros y hablemos de las ventajas.

Tampoco remito esa lectura al caos de un lector voráz. Me sucede que intercalo lecturas distintas en muchos géneros todo el tiempo, mas al hablar de leer dos libros a la vez, inscribo el avance de uno en la lectura del otro, como si perteneciesen a una misma secuencia. Esta práctica en la óptica de dos obras similares es parecida al análisis y nos engaña con la intuición que deja de servir a una comparación definida. Leer así es un proyecto legítimo pero su resultado es predecible, acentuar algunas diferencias y temas, establecer jerarquías en la calidad de ciertos métodos o su efectividad. Veo en dos lecturas dispares un resultado más feliz, en lugar de embrutecernos en un estilo o una temática logramos recrear la sorpresa que los detalles narrados tienen en nosotros. Las acumulaciones excesivas se liman, las discrepancias en la trama se minimizan, básicamente la experiencia se vuelve más placentera y a la vez vuelve más placentera la lectura contrapuesta. ¿Es una facilidad? Es posible. La literatura está llena de facilidades, leemos como hemos leído antes y en comparación a nuestras experiencias anteriores, leer con respecto a nuestra memoria y frente a un texto concreto remiten a ese mismo hecho ineludible. La segunda comparación es más fresca y su artificio más evidente, esta cualidad la legitimiza.

Trato de poner en palabras parte de mi experiencia en esta práctica, no la admití en lo inmediato pues se trata de una impostura, un orden, que en general no presto a mis textos. Alternar es a su modo una secuencia rígida, mi lectura usual es mucho más liberal. Dos textos ahora están ligador irremediablemente a mis ojos, no los seleccioné de manera alguna, fuera del hecho de que juntaban telarañas en mi librero y me decidí a finalmente concretar su existencia. Pensé “serán olvidables”, ahora temo que los recordaré más fácilmente que a otras obras de mayor valía, pues leerlas alternadas es un ejercicio de memoria. Acaso la experiencia es grata porque los dos textos tienen sus ratos felices. Si repudiase ambos, acaso esta entrada nunca hubiera sido confeccionada.

Me queda, fuera de las reseñas que de aquí puedan seguir, una carnalidad, una existencia física en ambos textos. Los narradores no podrían ser más diferentes y lo dos ejercicios verbales brillan en su plano técnico gracias a sus distancias. El texto de Payno es muy demostrativo, la prosa es simple, Waltari toma prestadas herramientas de los textos religiosos y primitivos para crear una prosa adornada y ajena. Por lo pronto ambos están al nivel de la tarea aunque uno se me hace más flaco. Entreveo otro problema de este ejercicio: que una de las mitades esté podrida. ¿Vale la pena exponerse a la doble decepción?

Grabados

Tal vez conozcan el enigma que dice algo así: ¿qué es aquello a lo que mientras más le quitas más grande se vuelve? La respuesta, sin duda les es conocida.

Hablemos de nostalgia.

En ocasión he interrogado a lectores amistosos sobre la valía de algún autor moderno, curiosamente, inspirar la nostalgia ha sido parte de las virtudes que han definido a estos individuos. Y tiene mucho sentido cuando recordamos los humildes orígenes de la escritura, de ser una extensión de la memoria humana, de poblar el pasado.  La Historia como disciplina se sustenta en los testimonios escritos, los problemas literarios se pueden reducir casi todos en complicaciones del tiempo. Es en extremo evidente que la nostalgia tiene un hogar seguro entre todos estos fenómenos relatables. Y sin embargo, crear nostalgia voluntariamente es una tarea de olvidos.

Hemos hablado de la repetición: una distancia es necesaria para formarla, una vigencia así también, pues la repetición está definida por su contexto. Así es la nostalgia, convive en dos estados simultáneos, el presente y la eternidad, formando así lo que podríamos llamar un modelo arquetípico, y más aún que en lo repetido, un modelo ficticio. Repetir se encuentra en la coincidencia, en la fidelidad, no decimos que se repite algo que se aleja notoriamente del pasado en que se conjugó, todo su efecto se logra en una identidad sobrehumana. La escritura es redundante, es un conjunto de formas convencionales, lo que le granjea la posibilidad de ser enteramente distinta a la memoria humana que es solo aproximación. La herramienta que extiende la memoria no puede sustituirla. Todo en la escritura es copia y en el recuerdo nada lo es.

Ante todo esto, la nostalgia crece en su grado de ficción, se recrea en un regreso imposible a un momento en el cual las cosas no se pueden repetir. Primeramente porque las cosas no son lo que en la memoria fueron, luego porque la nostalgia misma corrige las acciones para evitar cualquier coincidencia feliz que se lograría al sencillamente copiar. La nostalgia nunca busca lo que ya tuvo sino una redención, la experiencia religiosa del pasado, en este sentido no es un género realista.

Todos los artes se legitimizan a sí mismos y en el que actualmente discutimos hay gran espacio de libertad. Mucho tiene de simpática la noción de que una experiencia de un pasado contenida en la vida humana fue compartida por una generación, que sirve de arquetipo lector. Ciertos argumentos críticos han desestimado que una lectura sin contexto sea manera sensible de abordar cualquier obra, el efecto comunicativo de un texto está reducido a un espacio contemporáneo y cultural que extrañamente, consistiría con las vidas humanas capaces de sentir una misma nostalgia. Es del sentido común admitir que cierta estética se asume en la generación, en el trozo de vida tribal que presupone una experiencia.

Aunque mucho hay de inevitable en todo lo que la nostalgia acompaña, su estética se me manifiesta trunca. No metería las manos al fuego por una nostalgia estética, su literatura se me hace poca, como si caducase. Y sin duda mi poca estima hacia este género de texto resulta de una distancia también, de una falta de interés ante la fascinación de ser transportado a otros tiempos, incluso los correspondientes a mi breve vida. ¿No es natural que se sienta también nostalgia por lo que no se ha tenido? Nada nos detiene finalmente, pues es un género de ficción. No me interesa reemplazar la ficción por la realidad, tal vez en ese arbitrario descarto un espectro demasiado grande de la experiencia literaria (¿de la experiencia humana?). Y sin embargo, es mi rebeldía inocente, mientras sea un terreno de comprensión coherente, una mentira cohesiva, ¿le hago daño a alguien?

La relectura, que predico con ciego fervor, no hace pareja feliz con la nostalgia. No hay un texto que me transporte a un momento de la vida, ya que al releerlo en distintos espacios en tiempos distintos, no se vincula irremediablemente con un instante. Al encontrar mis propios escritos adivino al hombre distinto que era entonces y no lo contemplo con la idea de una concisa identidad, si como una continuidad radical de los objetivos que lo han arrastrado. Concibo la continuidad y la nostalgia como voluntades casi opuestas, extrañamente indecisas y erradas cada una a su modo, el siempre seguir y el siempre volver. Tal vez como nunca tuve alma, no tengo la misión précisa de recuperarla (Bioy Cásares ha dicho que solo le pueden robar el alma al que la ha perdido).

Lo siguiente léase sin patetismo, entiéndase como potencial ignorancia (¿qué se yo de toda una era?): Soy, en la conjugación irremediable que me ha casado con mi tiempo, el menos virtuoso de los escritores.

Makura kotoba

¿Hasta qué punto es lícito pretender que el lenguaje posee alggo así como un sentido particular y no es solo eco, repetición? Amamos y somos a veces, dignos de amor, mas al declarar este “te amo” repetimos un ruido consabido que contribuye casi por sí mismo, a la fertilidad de nuestra especie desde tiempos -literalmente- inmemoriales. Y el horror de esta multiplicación podría exagerarse, el ruido de una declaración de amor en español, en árabe o en ruso consiste en sonidos diferentes, pero finalmente tan cercanas e idénticas que podrían considerarse sin gran dificultad, un mismo gesto -las diferencias fonéticas siguen siendo una variedad de vibración bastante menor en lo que a las dimensiones universales corresponde-. Creeríamos pues que un amor que afirmaría o acabaría con nuestra neta individualidad es un verso finalmente cotidiano en la historia. Todo lo que se puede decir está gastado en cierto modo.

Esto es, insisto, exagerar con fines estéticos, pues el “te amo” impúdico del infiel y la declaración pública del gobernante no son intercambables. Tampoco el poema de amor de un mexicano -que acaso lee este blog- reproduciría el de un antiguo poeta persa -lector que me es, de ahí en fuera, más improbable-.  Además, ¿la cultura no es refutación suficiente de nuestro vago concepto de universalidad? El amor tiene una dimensión de pura necesidad fisiológica, y aunque esa función se repite irremediable, su significado en nuestros mundos  ficciones es rara vez único. Cuado un escritor japonés decide completar un verso con una línea prestada a su acervo cultural, no lo hace tampoco como un moderno ibérico lo haría.

No creo que nadie discuta la necesidad del atractivo sexual -al menos en su postulación estrictamente biológica, estrictamente mamífera- ¿esto es menos arbitrario que la métrica en poesía? ¿no ha en al seducción una dimensión de coincidencia y de oportunidad que nos permite siempre encontrar en ello razones y variantes de lo arbitrario? Un intercambio, sea verbal o amorozo, se sostiene en los azares pertinentes que lo permiten. Las palabras y frases se instalan en nuestra cultura por una afinidad invencible como la seducción misma, injustificable en lo general, pero dolorosamente concreta en el sistema mamífero que es el nuestro.

Nuestro crítico idealista, de ideales que podríamos, con malicia, tachar de occidentales, pensaría que cualquier línea de un texto que sirve para completar pertenece a lo innecesario, a lo estructural. Y sí, el lenguaje es estructura, mas nuestra superstición hace de los autores entes incomprensibles que rasuran lo necesario y se bañan en lo fundamental. No son mujeres atractivas, son dioses del amor. Para ellos las palabras no son herramientas, son acciones arteras. La decisión de un pase sencillo, de un “relleno” nos recuerda a ciertas cosas poco intuitivas en teología, como que al todo poder hacerlo, una posibilidad entre todas las posibles acciones es la inacción. No tomar todas las decisiones es una decisión, y admitir las decisiones de otros es otra decisión aún más compleja. No sé si es la democracia que nos ha llevado a concluir que la decisión de la mayoría es capaz de suprimir la de la minoría, así no funciona en los individuos, que si son capaces de congeniar voluntades contradictorias sin implosión.

La repetición es una realidad del lenguaje muy fustigada en nuestra cultura. Entiendo que tenemos prisa para todo y que no nos parece sensato perder el tiempo en problemas que son esencialmente los mismos cada vez (confeccionar un poema es enfrentarse siempre al mismo dilema, cada vez diferente y a veces igual). ¿Será por eso que nos felicitamos al decir que los infantes disfrutan la repetición como reservando esa realidad a los más pequeños y posicionándonos a una altura mayor? El fenómeno no es aislado, los epitétos homéricos son una fórmula dicha “de los antiguos” y así también, los makura kotoba. Veo alguna ironía gastada en que lo repetido siempre lo guardamos a distancia, queriendo darle un tiempo ajeno, cuando reconocemos que toda repetición es la confirmación de lo actual en otro sitio, dos tiempos que se enamoran, en verso, si así se quiere.

¿Es lícito pretender que ustedes no habían reflexionado ya antes esta entrada que acaban de leer?

Por un siglo de secuelas

Las secuelas en la literatura suelen tener una recepción fría. Y parecería que el escépticismo al que nos confrontan no se agota pese a los múltiples contraejemplos que la historia ha sabido procurarnos -o que los escritores prodigiosos en su ceguera, se han negado a admitir como verdad-. Muchos contratiempos del espacio y la recepción, pero sobretodo en la forma, nos documentan la existencia de un arte serializado en que la secuencia es inevitable. El folletín y sus restricciones nos sugieren de inmediato una obra menor, mas algunos se cuentan no por su número de letras sino por sus recursos inmortales. Y es que lo serializado, lo contínuo, es percibido como un arte popular. Desde ahí los prejuicios del intelectual se acumularán sin defecto.

Una cantidad importante de textos canónicos participaron de la secuela o de su tentación. Los hermanos Karamazov fue una obra concebida como la opertura a una trilogía, que nunca llegó a realizarse por la muerte de su autor. Las almas muertas un texto de por sí inconcluso, pensaba reproducir los episodios de la Divina Comedia en forma de novelas narrando la época de Gogol. Robinson Crusoe si tuvo la desdicha de engendrar una segunda parte, mas la tercera que desestimaba el célebre episodio de la  isla, volviéndolo un sueño, nunca fue redactada. ¿Debemos hablar de los novelistas indiscutibles que si lograron la fama a través de la multiplicación de su obra? Balzac es un practicante féroz de la novela serializada, y nosotros de habla hispana no podemos sino recordar que el Quijote de Cervantes es célebre por su segunda parte. ¿Se dan cuenta que el término crítico de este libro busca perpetuar la unidad del Quijote como desestimando el concepto de secuela en sí? Debemos decir, la secuela del Quijote y no cosas como “el segundo Quijote” o “segunda pate”. No iremos al extremo de decir el Quijote 2, el término es demasiado anacrónico.

Hay que reconocer no solo que la secuela existe sino borrar su estigma de que toda secuela es peor que el original. Todos hemos compartido y consentido el mito que acabo de enunciar, no es menos consabido que ese que dice que “el libro es siempre mejor que la película”. Ambos, por supuesto, son simples supersticiones. ¡Y lo sabemos! Con nuestra necia insistencia, repitiendo estos dichos como un rezo devoto, tratamos de obrar como hechiceros y volver estas frases reales. No importa su valor general, deseamos que en nuestra experiencia personal sean ciertas, no sé si por pereza intelecutal o por simple ortodoxia. ¿Sirve que insista en su valor de mentiras? Creo que es inútil porque incluso en los circulos populares se aceptan estas frases con felicidad. Temo que somos los intelectuales baratos que debemos restituir su brillo a la adaptación y a la secuela, es una tarea demasiado rebuscada para esperar que la cultura lo adopte nomás así.

Me remito a ejemplos populares pues sabemos tratarlos sin reverencia. En el melodrama goza de la unidad absoluta, su longitud se incrementa en la peripecia y niega el caracter episódico que podemos remitir a la secuela. Esta unidad ni ayuda ni arruina su formato, es una contingencia indiferente en lo que a la calidad de la narración respecto. Muchos critican lo ilimitado de esta continuidad, sin dudar en inflingir ese mismo hechizo al Quijote, por ejemplo. Entretanto, los juegos de video han logrado engendrar dinastías que se numeran, y constituyen así un canon digno del fanatismo religioso. Ya hablé de Super Mario Bros 3, pero tenemos ejemplos como Resident Evil en que los juegos difieren absolutamente entre sí, y que se deben sacar secuelas alternas para conjugar dos tipos de juegos contradictorios bajo una étiqueta reconocible -el simple título Resident Evil-. La unidad en el tiempo es discreta, pero la continuidad se figura indispensable. El ejercicio de lo infinito y la continuidad también se reconocen en el tiempo del comic gringo.

Es un vistazo breve hallamos fuertes evidencias que identifican la secuela con algo real y a la vez problemático. La continuidad, la unidad y lo episódico no son hechizos irreversibles que traten de la calidad o la dignidad de obra alguna. Entiendo que en lo íntimo lo admitimos, pero en público el pudor o la ortodoxia oculta nuestras preferencias. No es tan trágico un número dos, que los sicologismos unitarios no sigan difamando esta simple secuencialidad.

Ejercicios de pensamiento

¿Por qué hacer un blog de literatura cuando se admite que la literatura no debe tratar de sí misma? Existen innúmerables maneras de refutar o consentir el esfuerzo que mis propios escritos representan, más importante es tal vez la interrogante de si debemos defender uno u otro lado tiene sentido. Pienso que todos tenemos un espacio de tolerancia en lo que refiere a… Bueno, en cuanto a cualquier tipo de referencias en realidad. El referente y la referencia no pueden estar identificados y no pueden ser tampoco tan amplios o desdibujados que no supongan la representación. Yo sé, estoy envolviéndome en mi propia cobija, simplifiquemos.

La literatura es un objeto real, y por lo tanto escribir sobre las letras no es esencialmente diferente a escribir sobre una tina de plástico. Por otro lado, hay demasiadas cosas en la ficción que remiten a lo abstracto, a existencias precarias y fugaces que identificamos con la imaginación pura, algo que busca y no puede representar realmente objetos reales. No es tampoco una cuestión de voluntad, no es que los escritoras escriban personajes que deben parecer hombres, es que ningún personaje puede ser hombre ni puede ser otra cosa. Las palabras representan, les atribuímos un sentido primero antes de elaborar en ella una cadena de ficción, entonces desde ahí, la literatura es un juego de espejos y se puede equivocar dos veces en la misma imágen. O sea, hay maneras de buscar demasiado ser “realista” y hay maneras de ser demasiado “abstracto”.

Con mi prima Estefanía nos pusimos a efectuar un ejercicio de pensamiento que yo suponía de antemano derroche. La idea de un arte que sea “visceral” que afecte a un espectador cualesquiera y no a un puñado de iniciados, era, argumentaba mi prima, el estado ideal de la creación. Yo decía, con mi tono ventilador, que todo eso es muy bonito, pero que concretamente no existe y el arte está limitado en el tiempo. ¿Qué buscaba representar Estefanía por este espectador modelo que es uno y todos a la vez y que se expone a una obra sin ningún a priori fatal? Básicamente en su figura se encuentra el sentido primerísimo, eso que en las palabras viene antes que el diccionario y en el que en la imagen es nuestra propia experiencia del mundo. El individuo ideal que proponemos es un fracaso como personaje y como realidad, es un accidente de la ficción que falla en representar lo que supone (podemos crear figuras más ideales aún o más realistas, ni un objetivo ni otro atinará en cumplir el propósito de mi prima). No podemos destilar en una ficción el punto preciso en que nuestro arte funciona. No hay recetas de arte, no hay un solo sentido para cada vida, cada palabra en distinto idioma o cada color en su cultura. Ni un árbol es coherente para quien nunca ha visto uno -y nadie ha visto de veras lo que la ficción representa-.

Esto no está hecho ni bien ni mal, pensar que el ejercicio de pensar puede satisfacer la premisa del arte como experiencia o el arte como lenguaje del iniciado es suponer que ambas interpretaciones son válidas. Si paseamos a un perro en una galería de arte y este ignora cada obra, pero se detiene enfrente de una, pensamos con una creencia supersticiosa que hay algo de primario en el goce de dicha imágen y que hasta un animal puede experimentar esa realidad. Los colores son estímulos, creemos que el perro será como nosotros y admitirá que la fuerza de lo representado -informe y anónimo para él-, lo tocará como nos toca a nosotros. Solo que el animal de este ejercicio seguramente ha olido la pintura, y cuando un segundo perro huele lo mismo y se detiene ante el mismo cuadro, pensamos que eso confirma el poder divino de dicha creación. Lo que no es la experiencia es algo puramente animal: nosotros si lo somos. El arte no sabría rendir las mismas cuentas en todo el mundo, siempre es un arte de iniciados.

Entonces no querría que la literatura hable de sí misma, pero inevitablemente, por la triste virtud de estar escrita, ya lo hace. Podemos desescribirla y no atinaremos sino en ser percebidos como destructores de lenguaje, un tipo de cultistas de la palabra que buscan una purificación absurda y en la cual solo pueden leer nuestra voluntad gente más iniciada que la anterior. Destruir es más complicado que crear, su método es complejo por mérito propio. Y aunque creer sea más relevante como ejercicio de libertad, a nuestro perro, espectador final de todas nuestras voluntades, no le importará seguramente la misma materia que pensábamos era la mejor nuestra.

Debemos hablar de literatura aunque se gasten las ganas. Siempre.