Mejor… no… mío

Lo mejor no es mío, así que no lo puedo dar.

Esto es lo que se conoce como un truísmo. ¿Hemos hablado antes de los truísmos? Creo que no, esa otra ocasión fueron los eufemismos que tratamos, y como muchas figuras de estilo obligadas porque hablamos pésimo y nuestra retórica viene literalmente de los comerciales, su flexibilidad literaria no se intuye en la práctica corriente.

Y digo bien intuir, porque el truísmo es un tipo de frase que goza en la evidencia. Un poco como las aseveraciones de los adivinos o los horóscopos, se encuentra en un espacio bien-pensante de la palabra en que no précisamos demasiado las cosas y así lo admitimos más o menos todo. Se entiende que es enemigo natural de otra figura terrible que prolifera en lo específico: la definición. Ambos enunciados pueden, mal empleados, ser un opio para el pensamiento y un límite para el diálogo. La ventaja del truismo es que es más lindo.

Por supuesto, las definiciones suelen tener una belleza geométrica, pero al exagerar sus valores estéticos se desdibuja su vicio de ser concretos. Tomo un ejemplo de Glosa: El instinto sería necesidad pura. Desde que nos identificamos el verbo ser, empleado en este orden rimbombante, pensamos en la definición. Pues la pregunta sería “qué significa”. ¿Y el instinto? Podría significar pura necesidad, y así.

Excepto que los verbos son herramientas sumamente liberales, por ellos mismos no resuelven nuestros dilemas dialécticos. Decir que “algo es puro algotro”, no es tanto dar definir algo como arrojar el problema a ese algotro. Solo que no estamos en el sinsentido, cualquier diccionario efectúa su tarea con el empleo concienzudo de sinónimos, el idioma recae en la convención que necesariamente nos sugiere objetos que debemos conocer. Para saber que es instinto, podemos guiarnos muy bien si conocemos la necesidad. Es de una mecánica sencillísima y funciona, no es otra cosa que un planteamiento, una explicación.

El truísmo se nutre de la convención, supone que el lenguaje como sistema de reproducción es primeramente cultural. Solo se llega a truísmo cuando se atraviesan las zonas grises de la polémica y se nada en la pradera de lo evidente. Toda evidencia está en el ojo que la ignora. Ergo, el truismo no es de la literatura: no se escribe lo evidente.

Solo que… ¿Cómo decirlo?

Ya. Los verbos son herramientas sumamente liberales, decir que no se puede escribir no nos impide, físicamente escribir. La palabra no tiene poderes sobre la materia. El truismo en la voz narrada gana un sentido singular -alguien diría personal, pero el lenguaje personal no existe y discutir el oximoron quedará para otro día-, en donde ya no puede ser tan solo un truismo. ¿Me doy a entender? Hay algo en esta figura de estilo que supone una facilidad que en cierto modo, al escribir en serio, nos está negada.

Se explica fácilmente pues la obra literaria no es nomás así, no puedo encadenar truismos o aislarlos del todo y decir “tengan, ahí está el arte”, haciendo exactamente lo que dije antes dando lo que no es mío. Además uno alimentaría una falsedad, pues los escritores no regalan nada, es el lector que llega a la casa de uno, a su intimidad, y le roba hasta los calzones del alma.

Es imposible hacer escribir sin robarle al truismo su sencillez, cuando uno lo deja tranquilo, en primer sentido -si se quiere-, no hace una nada. Como llamar un libro el Aleph no me hará, por ejemplo, escribir como Borges. Por eso estas cosas no llegan a arte y rondan torpemente el espacio del artificio, de la adivinanza chabacana o la broma.

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