Mal consejo

Es fácil saber cuando uno efectúa algo malo, solo lo sería menos en un mundo donde fueramos los únicos seres existentes, en el cual el sentido del egoísmo no tendría fácil conjugación y la relación con todo lo que existe, Dios, la materia o las matemáticas, se definiera solo a un nivel personal unívoco, sin ejemplos de lo que hay de bien.

Esto es curioso porque hablando del bien regularmente nos enfrentamos a sus ejemplos. Yo discuto literatura y me la paso citando sin dificultad algunos autores ejemplares -otros los trato por mal ejemplo, otros porque no busco limitarme por cuestiones estrictamente estéticas-, si no existieran esos, no resultaría complicado encontrar otros igual de buenos o superiores. Aunque el mal sea irreparablemente abundante, el bien no es una ficción inocente hecha para embaucarnos con indulgencias plenarias carísimas, es tan solo un aspecto de la realidad que muchas veces optamos por no compartir. Como dicen por ahí, el ser humano es un animal que conociendo el bien y el mal escoje este segundo.

Existen los verbos mas no los anti-verbos. No hay acción que se oponga a comer, solo hay acciones que contrastan con los resultados de dicha actividad, sus valores como método orgánico de conseguir energía o como símbolo. Hasta ahí entendemos que el bien y el mal, la literatura de calidad y la mediocre, son cosas independientes que se realizan con sus respectivos verbos, no sabrían ser (porque son acciones), dependientes forzosamente la una de la otra. Yo no los integraría al sistema de los conceptos derivados, cada uno puede ser de sí en toda libertad. Establecida esta red de relaciones, la idea de “elegir entre el bien y el mal” como si se nos presentara una decisión binaria, como si algún ente sobrenatural entablara una pregunta de sí o de no, cuya respuesta se ejecutara en el ámbito de lo moral, es una imaginación bastante ridícula. Esto no nos exenta por supuesto de, a pesar de todo lo anterior, escoger el mal. Simplemente al hacerlo no estamos rigurosamente menospreciando el bien.

Si algún curioso comete la imprudencia de utilizar mi desarrollo atención como Evangelio le recuerdo dos circunstancias a considerar: 1) yo siempre les miento a mis lectores, soy un fraguador de ficciones y de laberintos contextuales, no un gurú o un santo; 2) cualquier argumentación utilizada para deslegitimizar un sistema de creencias de una forma puramente destructiva no nos sirve, una generalización solo corresponde a un sistema de fe cuando permite fortalecer y afilar nuestras convicciones de servir a un bien común, no cuando solo puede lograr el efecto contrario. Hay gente que cree que hacer perder fe es ganar algo, serán personas poco familiarizadas con los no-conceptos.

En lo literario hablar de un texto rotundamente malo o escribir una porquería no es la negación ni supresión de una escritura “mejor”. La crítica no existe en el vacío y los que practicamos el comentario no podemos empecinarnos en solo discutir seis o siete textos con el pretexto de que son buenos. ¿Sirve corroborar el criterio de todos los demás? La unidad de nuestra voz expresa nuestras decisiones particulares. Ninguna máquina toma decisiones, por ello reducir nuestra práctica crítica a un algoritmo mostraría sus limites de inmediato.

Cosa curiosa: nos encantaría lograr la consagración de un texto que admiramos. No importa cuanto nos digamos que la fama ha gastado los textos de Kafka o de Proust, actuamos en pos de causar una suerte análoga a nuestros autores estimados. Decimos que es el bien común, porque con la fama, una difusión mayor hará que muchos otros gocen de lecturas felices. También por su carácter de ataque hacia la obra, es un mero egoísmo, un glorificarse por la sugerencia acertada que hemos efectuado.

¿Ven? Es fácil darse cuenta cuando uno va a efectuar algo malo, solo que el saber no basta para detenernos. La falacia de que bien y mal no conviven se sostiene, así uno, convencido de que el bien triunfa sobre el mal, ignora todo el daño que sus acciones pueden conllevar. Se reducen a la inconsecuencia y la inconsecuencia es un no-ser.

Por supuesto, no sería tampoco lógico que mi simple recomendación catapultará a un autor al puesto de muy leído en el gran esquema de las cosas. Tampoco soy, al final del día, Borges.

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