Breves

Los objetos pueden confundirse en un cumulo de información, en un estrecho vertiente de cosas que se vuelven, en apariencia, todas exactamente lo mismo. Somos como esos objetos, desdibujados en lo que creemos de los demás y lo que pretendemos guardar para nosotros, nuestros valores no tienen de universal sino el incómodo reflejo que en otros hallamos. El honor no existe sin hombres honorables, y siempre hubo uno de esos antes que uno.

La literatura es de lo sobresaturado, no hay género sin infección que no requiera más una amputación, hinchada en el pus que es su propia fecundidad, su abundancia, que construye a las obras por reflejo, por oposición, haciendo a sus autores casi una nota de pie de página, no digamos ya en la historia literaria, sino en su propia producción, en sus vidas y sus decisiones. Cuando hay un evento exterior que marca la obra de un autor ¿no está más sometido al azar que todos los demás? ¿no llega al mundo en que de él solo perdemos independencia?

La lengua es un conjunto de relaciones y los sentidos nunca se discriminan los unos de otros. Toda nuestra experiencia es toda. No podemos vender solo lo rosa, solo lo negro, solo tal y cual. El arte escrito es hibridación y nada más, mientras más se nos muestre con claridad, menos es propio de sí mismo. Hay que perder siempre al leer.

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Conocemos el sentido del efecto mariposa y el sueño de la mariposa que reprodujo Borges y que en cierto modo es lo mismo. Este insecto tan atractivo a los ojos de Nabokov es uno de esos símbolos de la transformación y del cumplimiento de una era, por analogías y metáforas que nos remiten a las evidencias biológicas y a una realidad campestre que a nosotros nos fue heredada por la ficción. En primavera, cuando estos animalillos despliegan sus alas por vez primera, no sin mucho haberse arrastrado, una vida que ya es otra las habita a ellas y a todo lo demás. El cambio habita todo, lo que menos, a la mariposa.

La doble vida, que es la mentira o si se quiere la ficción, el punto en que se logra de lleno ser varias cosas, abolir nuestra unidad pese que al vínculo oruga-mariposa lo describen fielmente causa y efecto. Nuestro futuro es incierto (“¿descierto”?), ahí puede arrollarlo todo un ala mínima o cumplirse un plazo en el que algún emperador exigirá cuentas de nuestro cuadro.

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Uno lo quiere todo, saborear y amar distintamente cada una de las cosas con la vida yéndose en ello. Alguien ha amado el Llano en Llamas, por el extraño método de ese amor, yo compartiré esos juicios ajenos, sin poder apropiarme de las mismas experiencias, porque decir todo es decir en otro. No es nuestro todo, lo nuestro es, por definición, resto.

Cuando era niño pensaba como niño, escribía (más o menos) como niño y no me importaba gran cosa que alguien pudiese apropiarse de los textos que confeccionaba. Una terquedad no exenta de infamia me lleva a reimaginar las ficciones de esa época casi de modo contrario, pensando que algún hombre (¿acaso yo?) necesitará completarlas para saborearlo todo. Sin embargo el niño que era solo puede haber escrito como niño, pensado y sentido como tal, en ese lejano entonces que ya me está vedado. Así también me veré a mi mismo el día de mañana: como un infante. ¿O hay algún sitio en que podamos desdoblarnos y hablar con nuestro propio pasado?

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Hoy en día los textos breves funcionan muy bien, somos poco atentos y el tiempo de voltear una hoja basta para perder lo que hemos leído no solo durante los segundos anteriores sino todas las letras de nuestra vida. Solo un texto brutal, efectivo y conciso puede heredarse sin miedo al olvido, contagiándonos su brevedad. Terminar y morir en el mismo texto para llevar sus palabras a nuestra instantánea tumba.

Bretch no se equivocaba al violentar al espectador, es grave el error de plantear nuestras redacciones como una serie de mínimos orgasmos. Nada vale el lector fácil de satisfacer, un día como hoy puede encontrarse en cualquier mercado, comprando los tomates sin sabor que soportan bien los viajes intercontinentales. No les importa a esos entes lo que un tomate puede llegar a ser, lo importante es tener esa fruta accesible todo el año para cumplir su monótona calidad de ingrediente o pudrirse segura en la oscuridad de nuestro frigoríficos.¿Hay algún mérito en un texto que no se pudre de inmediato pero cuyo final es la insatisfacción? ¿no es la satisfacción express una cuna de insatisfacciones infinitas?

Hemos fracasado los escritores, siempre. Ser honesto es ser un estúpido, sigamos produciendo brutos enajenados gracias a nuestros textos, cumplamos nuestro objetivo de distracción. Somos el eco de hombres primitivos, irremediablemente muertos. Somos artistas célebres con todo por delante. Somos como las estrellas.

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Esta entrada ha sido una verdadera pérdida de tiempo.

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