El tamaño de mi esperanza

Es posible que comparar la devoción a las letras con aquella consentida hacia la religión sea una desproporción insalvable. Comparar es una de nuestras herramientas fundamentales para el entendimiento, y en cierto modo creo que la fé y la literatura se relacionan íntimamente en lo que respecta a cómo el hombre proyecta/se-proyecta en el universo, y cómo comprende cualquier cosa. Decimos Fé ¿no? y del otro lado Ficción, creo que los desertores de ambas, esos que se reducen a lo realisísimo y no pueden ver méritos en otra cosa, dirán casi lo contrario, que son los medios privilegiados para el no entender. Bueno, démosles crédito a los virtuosos de lo evidente: tratar de saber está intrínsecamente ligado a la incomprensión.

Los textos teóricos que escribimos son como la biografía de nuestro pensamiento, aunque ya no pensemos que una idea es válida, muchas veces resulta importante para construir nuestro concepto del mundo y no debemos descartarla en lo inmediato. En una de mis versiones sobre el Triple Orden me di a la tarea de describir brevemente la evolución de los tres poderes originales en otros conceptos que serían -si se permite la simplificación- sus contrapartes modernas. El gobierno se transformaría en el mercado, el arte en el entretenimiento y la religión en la ciencia. Por supuesto, esto era más una divagación que un legítimo argumento sobre el nuevo orden de nuestra sociedad, pero el razonamiento detrás de las relaciones gobierno/mercado, arte-entretenimiento y religión/ciencia no es arbitrario.

En la educación pública me inculcaron el mito de que la religión y la ciencia eran en cierto modo fuerzas contrarias, una imagen de Galileo diciendo “y sin embargo se mueve” habita la memoria colectiva (¿por ahí escuché que no era cierto? En el fondo no importa, creo que una ficción tan utilizada sobrepasa la relevancia de un simple y puntual hecho histórico). Por supuesto, sería fácil hacer el camino inverso, como hacen grotescos fanáticos religiosos, y suponer que es lo mismo. Mi idea del Triple Orden no supone que reemplacemos un concepto antiguo por uno nuevo, de hecho se basa en la idea de que los conceptos y su aplicación cotidiana son realidades distantes. Decimos que el gobierno (ideal) está separado de la religión y el arte, pero sanciona la calumnia (una ficción) y espera respeto de la ley (una superstición hacia lo desconocido de la infracción). Los tres elementos del Triple Orden serían tales que en un punto imaginario de la historia humana, su realidad concreta se confundiría y no podríamos decir que existiese religión sin gobierno, ni gobierno sin arte, ni que pudiera darse a esas palabras separadas una aplicación real que describiese la práctica humana. Incluso hoy día suponer un gobierno sin nada de arte ni nada de dogmatismo hacia el poder es arduo. Con lo anterior en mente volvamos al trío del mercado-entretenimiento-ciencia.

La comparación uno a uno de estos conceptos supone dos cosas: primero, que en cierto imaginario es imposible separar a la tríada en entidades discretas, se traslaparían los conceptos unos con otros, de tal forma que la ciencia sin mercado no sería válido en el mundo; segundo, que también se traslapa esta triada con la anterior, que gobierno es en parte entretenimiento y religión también mercado. Podríamos hablar de un Séxtuple Orden en lugar de un triple y si somos rigurosos sería válido invitar a otros conceptos que darían cuenta más completa de nuestra experiencia humana de la organización social. Cuando confeccioné este orden argumental mi idea era describir lo que me parecían los fundamentos transparentes de nuestros nucleos sociales. Si hablásemos con un hombre de la época clásica le sería muy natural considerar la union entre gobierno, religión y arte, su incoherencia temática en lo estrictamente abstracto nada podría en comparación a su experiencia de la realidad (donde la fé sí es arte, donde el poder si es bello y divino). Para aquel hombre las divisiones son invisibles, para nosotros irreconciliables. La segunda triada se querría actual, en ella el mercado, el entretenimiento y la ciencia se nos presentan aparentados con toda naturalidad, para un hombre del futuro dicha unión será juzgada sin mucha dificultad de primitiva (¿o idiota?).

Por esto a los que exageran el culto de lo real les reafirmo que en lo evidente hay algo de terrible. Uno debe analizar lo que no puede ver, lo que sostiene la irrealidad de su propia naturaleza, para verdaderamente encontrarle sentido ya no al conocimiento sino a la incomprensión. Admitir el conocimiento propio como total es uno de los riesgos más idiota que cualquiera puede cometer, tanto la religión como la ciencia dictaminan esto. Son maneras de aproximarnos al universo con escépticismo y humildad, por algo los dioses son otredades y apropiarse de ellos es obra del tirano. Todo es idéntico en la ficción ¿quién la domina? ¿quién logra escribir una sola página decente sin volverse todos los hombres y escapar del hoyo negro que el escritor tiene por ombligo?

La salvación no está, ni en religión ni en literatura. Es buscar algo. Por ahí ya empiezan a parecerse. Esto es apenas una nota en lo que de otro modo, entre estas fuerzas de nuestro espíritu, constituyen una magistral sinfonía que nos deja todo el tiempo esperando más.

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