Mudo

Cada mudanza me encuentro moviendo mi librero y sus contenidos, recomponiendo el desórden que normalmente lo representa. Es enorme mi librería, o debería decir, la cantidad de libros que la constituyen tiene algo de abrumador para mí. Soy una desgracia para mi calaña, no me siento cómodo con la actividad de coleccionar tomos aunque pueda justificarla, cada cierto número de mudanzas, quisiera todo tirarlo. Cada año no me primo de regalar y compartir los libros.

Yo sé que la gente se ha mudado siempre, desde que las persecuciones se volvieron moneda común en los gobiernos latinoaméricanos, la interrogante de “qué llevar” siempre ha sido una curiosa realidad. Mis mudanzas no tienen esa prisa que exige ligereza, al contrario, se hallan restringidas por la pesada realidad del cotidiano, del extraño no saber qué hemos de leer mañana. Leo mucho además en las bibliotecas públicas, y sobre ellas escribiré de manera tendida le moment venu.

Tal vez veo una gran librería como una falta de compromiso, cómo decirse que en el fondo no hay que elegir, no hay que conformarse y que la variedad es toda belleza. Tengo gustos grotescamente varios, no siempre persigo una ecuanimidad o una línea directiva. No obstante, no quiero saber de infinitas colecciones, no en las grandes letras que a mis ojos siempre brillarán por lo limitadas que son.

Seguido discuto en términos de los Clásicos, ya saben, los libros célebrados que nos recomienda la doxa académica. Hablando de doxa ¿creen en Dios? Porque al hablar de instituciones literarias estamos muy cerca de lo que podría establecerse como la distancia entre fé y religión, conceptos que son engañosamente íntimos al ser totalmente paralelos. Confundiríamos fácilmente la simetría de la creencia y de la práctica social de la misma, o dicho mejor, podríamos descartarlas o aceptarlas liberalmente sin que nos importe la distancia que los separa. Admitimos así los Clásicos sin que nos importen. Tratarlos demasiado liberalmente mata la literatura.

¿Por qué Juan José Saer no se ha vuelto un clásico de la literatura en español? Por fatiga. Si admitiésemos al santafesino deberíamos también contemplar a muchos otros que como él, han escrito libros que nos dejan perplejos, que nos sorprenden, que nos recuerdan que la literatura tiene esa cualidad extraña de atravesar el tiempo y recordarnos que las cosas importan frente a la cotidiana muerte. Lo que no priva a este autor de ser mejor que los demás o de merecer nuestro reconocimiento, lo complicado es construir una autoridad que no lo destruya y le permita crecer a los ojos de sus lectores y editores eventuales. Porque de nuevo rozamos las cuestiones de fé, para muchos, la religión con su autoridad, no hace sino herir los conceptos que la fé representa. Yo puedo empujar a Saer por fuerza hacia el cánon argentino, latinoaméricano, universal… Solo que en esa muestra de fuerza puedo borrarlo, hacer que deje de importar su texto e importe más el poder neto que ha logrado imponerlo en el tiempo. Un ejemplo de esto, toda proporción guardada, es el fenómeno del “Boom” literario que es más una historia editorial que una literatura. Sepamos reconocer las limitaciones naturales de todo lo que respecta a la doxa.

Cuando me mudo pienso que estoy rehusando mi deber de lector, que es constituir ese corpus íntimo que me recuerda por qué sigo explorando los textos de tanta gente en búsqueda de la perla rara. Los libros que se quedan conmigo, en la memoria, son descubiertos por el rigor de la lectura y los afectos humanos, no por una suerte de autoridad, sino por una experiencia que podría decirse de fé. Mas todo lo que corresponde al espíritu puede estropiarse con suficiente pereza. Si no miro y organizo lo que arrastro con mis libreros, algo estoy perdiendo en el intercambio.

Como con la fé, llegará un día en que précisindiré de todas esas hojas sucias. Entretanto, lean Saer.

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