Mejor… no… mío

Lo mejor no es mío, así que no lo puedo dar.

Esto es lo que se conoce como un truísmo. ¿Hemos hablado antes de los truísmos? Creo que no, esa otra ocasión fueron los eufemismos que tratamos, y como muchas figuras de estilo obligadas porque hablamos pésimo y nuestra retórica viene literalmente de los comerciales, su flexibilidad literaria no se intuye en la práctica corriente.

Y digo bien intuir, porque el truísmo es un tipo de frase que goza en la evidencia. Un poco como las aseveraciones de los adivinos o los horóscopos, se encuentra en un espacio bien-pensante de la palabra en que no précisamos demasiado las cosas y así lo admitimos más o menos todo. Se entiende que es enemigo natural de otra figura terrible que prolifera en lo específico: la definición. Ambos enunciados pueden, mal empleados, ser un opio para el pensamiento y un límite para el diálogo. La ventaja del truismo es que es más lindo.

Por supuesto, las definiciones suelen tener una belleza geométrica, pero al exagerar sus valores estéticos se desdibuja su vicio de ser concretos. Tomo un ejemplo de Glosa: El instinto sería necesidad pura. Desde que nos identificamos el verbo ser, empleado en este orden rimbombante, pensamos en la definición. Pues la pregunta sería “qué significa”. ¿Y el instinto? Podría significar pura necesidad, y así.

Excepto que los verbos son herramientas sumamente liberales, por ellos mismos no resuelven nuestros dilemas dialécticos. Decir que “algo es puro algotro”, no es tanto dar definir algo como arrojar el problema a ese algotro. Solo que no estamos en el sinsentido, cualquier diccionario efectúa su tarea con el empleo concienzudo de sinónimos, el idioma recae en la convención que necesariamente nos sugiere objetos que debemos conocer. Para saber que es instinto, podemos guiarnos muy bien si conocemos la necesidad. Es de una mecánica sencillísima y funciona, no es otra cosa que un planteamiento, una explicación.

El truísmo se nutre de la convención, supone que el lenguaje como sistema de reproducción es primeramente cultural. Solo se llega a truísmo cuando se atraviesan las zonas grises de la polémica y se nada en la pradera de lo evidente. Toda evidencia está en el ojo que la ignora. Ergo, el truismo no es de la literatura: no se escribe lo evidente.

Solo que… ¿Cómo decirlo?

Ya. Los verbos son herramientas sumamente liberales, decir que no se puede escribir no nos impide, físicamente escribir. La palabra no tiene poderes sobre la materia. El truismo en la voz narrada gana un sentido singular -alguien diría personal, pero el lenguaje personal no existe y discutir el oximoron quedará para otro día-, en donde ya no puede ser tan solo un truismo. ¿Me doy a entender? Hay algo en esta figura de estilo que supone una facilidad que en cierto modo, al escribir en serio, nos está negada.

Se explica fácilmente pues la obra literaria no es nomás así, no puedo encadenar truismos o aislarlos del todo y decir “tengan, ahí está el arte”, haciendo exactamente lo que dije antes dando lo que no es mío. Además uno alimentaría una falsedad, pues los escritores no regalan nada, es el lector que llega a la casa de uno, a su intimidad, y le roba hasta los calzones del alma.

Es imposible hacer escribir sin robarle al truismo su sencillez, cuando uno lo deja tranquilo, en primer sentido -si se quiere-, no hace una nada. Como llamar un libro el Aleph no me hará, por ejemplo, escribir como Borges. Por eso estas cosas no llegan a arte y rondan torpemente el espacio del artificio, de la adivinanza chabacana o la broma.

Audiojuegos

Me gusta la morfología por su grandiosa liberalidad, y a manera de reflejo, este placer suele plantearse también en las genealogías -especialmente las ficticias-. Creo errado subordinar estas preferencias a una existencia utilitaria, me interesan por el valor estético que proveen, simplemente las hallo estimulantes. Por supuesto, estimular el pensamiento suele tenerse por una tarea útil, un poco como la irrigación sanguínea es mejorada a nivel local si uno se dedica con buena voluntad al onanismo.

Hay errores fatales que se cometen siguiendo los orígenes, uno fácil de creer es el mito del ancestro común. Mejor sería, casi en cualquier caso, hablar de los ancestros comunes (si muchachos, esto es decir que el protohombre sin duda cogía con changos, las multiples imagenes sexuales no deben distraerlos). Pienso por ejemplo en los videojuegos, un género tan felizmente reciente que podemos ver sus rasgos ancestrales si dedicamos a la tarea un segundo de reflexión.

¿Otro error común? Suponer la unidad. Decimos el arte o el juego en términos generales, arremetemos estos conceptos con ideas bastante amplias que utilizan palabras comodines como “representación”. ¿No es el juego primitivo o el deporte una figuración de la guerra? ¿no es el teatro un poco lo mismo? ¿no es la vida así también? Aplicándonos con exceso de rigor podemos volver todo una suerte de guerra, como la sociedad ¿no? Una guerra de clases. Por supuesto, la guerra sería una suerte de cacería o un diálogo, incluso si nos ponemos originales, una danza. La metáfora y el símil son excelentes conductos del sentido, mas permiten más o menos cualquier cosa. No es uno el juego, ni el arte, ni la literatura. La identidad es ficción. Podríamos citar así, por lo menos, un par de genealogías del videojuego.

Como hemos hablado ya de Super Mario, comencemos por ahí. El género plataformas es, narrativamente hablando, una suerte de aventura ligada a los reflejos. Propongamos un comentarista ideal que describe la acción en el juego, podemos sin duda asimilarlo al ámbito deportivo. Hagamos callar esa voz casual y prestemos oído al juego en sí. Sumándose a la música de fondo hallamos una serie de movimientos, Mario suena al saltar, suena al golpear un objeto, suena al aplastar algo. Cada acción del jugador produce una acción inmediata en pantalla y un ruido, o mejor dicho un sonido. Se persigue la armonía común entre cada comando para lograr sus objetivos, estamos en un género de danza. Si están medianamente informados saben que existen juegos de ritmos, juegos que simulan usar una guitarra o discos de DJ, donde se penaliza a aquel que no puede seguir una cadencia. Hay una cuestión mecánica de reflejos en el sistema, no obstante también existe una música, el ritmo necesario para adivinar y responder a cada contingencia que el juego presenta. Virtualmente todos los géneros llamados de “acción” pueden reducirse a juegos de ritmos. El ancestro de los juegos virtuales es un arte que tomaré el tiempo de discutir en los próximos meses y que nos es familiar a todos: la canción popular.

En este juego de genealogías sería arduo establecer una genética común entre la canción popular y un juego de ajedrez. También sería ignorante negar el lugar privilegiado de este juego de tablero en la historia de la inteligencia artificial, del jugador virtual que distingue al videojuego del juego común. Todos estos juegos que son de la estrategia y carecen de ritmo se parecen más a la retórica que al canto. Curioso también, los que pueden simular azar, casi constituyen un sistema de valores en lo que respecta a cuánto es estrategia pura y cuando es de la suerte. Porque con cierta ironía, ciertos juegos buscan por naturaleza prevenir que gane el mejor, así de traumados estamos por la tragedia.

Entre estos dos orígenes hay sinúmero de ejemplos que conjugan los ritmos y la estrategia, ejemplos que por supuesto, no se limitan al ámbito virtual. Hablé del ajedrez: poco varían sus objetivos y sus virtudes cuando se practica dicho juego contra nadie. Las canciones pueden efectuarse en grupos o en solitario, la improvisación y la creatividad se juegan en niveles anteriores y posteriores a la ejecución -tampoco el videojuego es todo performativo-. ¿Saben qué se me figura como un juego perfecto? Uno de ritmo y de contingencia, con un valor estratégico y retórico, ejemplo de las estirpes principales que las cohortes de programadores emplearán para enajenar a generaciones futuras.

Estoy hablando del duelo de coplas.

Mal consejo

Es fácil saber cuando uno efectúa algo malo, solo lo sería menos en un mundo donde fueramos los únicos seres existentes, en el cual el sentido del egoísmo no tendría fácil conjugación y la relación con todo lo que existe, Dios, la materia o las matemáticas, se definiera solo a un nivel personal unívoco, sin ejemplos de lo que hay de bien.

Esto es curioso porque hablando del bien regularmente nos enfrentamos a sus ejemplos. Yo discuto literatura y me la paso citando sin dificultad algunos autores ejemplares -otros los trato por mal ejemplo, otros porque no busco limitarme por cuestiones estrictamente estéticas-, si no existieran esos, no resultaría complicado encontrar otros igual de buenos o superiores. Aunque el mal sea irreparablemente abundante, el bien no es una ficción inocente hecha para embaucarnos con indulgencias plenarias carísimas, es tan solo un aspecto de la realidad que muchas veces optamos por no compartir. Como dicen por ahí, el ser humano es un animal que conociendo el bien y el mal escoje este segundo.

Existen los verbos mas no los anti-verbos. No hay acción que se oponga a comer, solo hay acciones que contrastan con los resultados de dicha actividad, sus valores como método orgánico de conseguir energía o como símbolo. Hasta ahí entendemos que el bien y el mal, la literatura de calidad y la mediocre, son cosas independientes que se realizan con sus respectivos verbos, no sabrían ser (porque son acciones), dependientes forzosamente la una de la otra. Yo no los integraría al sistema de los conceptos derivados, cada uno puede ser de sí en toda libertad. Establecida esta red de relaciones, la idea de “elegir entre el bien y el mal” como si se nos presentara una decisión binaria, como si algún ente sobrenatural entablara una pregunta de sí o de no, cuya respuesta se ejecutara en el ámbito de lo moral, es una imaginación bastante ridícula. Esto no nos exenta por supuesto de, a pesar de todo lo anterior, escoger el mal. Simplemente al hacerlo no estamos rigurosamente menospreciando el bien.

Si algún curioso comete la imprudencia de utilizar mi desarrollo atención como Evangelio le recuerdo dos circunstancias a considerar: 1) yo siempre les miento a mis lectores, soy un fraguador de ficciones y de laberintos contextuales, no un gurú o un santo; 2) cualquier argumentación utilizada para deslegitimizar un sistema de creencias de una forma puramente destructiva no nos sirve, una generalización solo corresponde a un sistema de fe cuando permite fortalecer y afilar nuestras convicciones de servir a un bien común, no cuando solo puede lograr el efecto contrario. Hay gente que cree que hacer perder fe es ganar algo, serán personas poco familiarizadas con los no-conceptos.

En lo literario hablar de un texto rotundamente malo o escribir una porquería no es la negación ni supresión de una escritura “mejor”. La crítica no existe en el vacío y los que practicamos el comentario no podemos empecinarnos en solo discutir seis o siete textos con el pretexto de que son buenos. ¿Sirve corroborar el criterio de todos los demás? La unidad de nuestra voz expresa nuestras decisiones particulares. Ninguna máquina toma decisiones, por ello reducir nuestra práctica crítica a un algoritmo mostraría sus limites de inmediato.

Cosa curiosa: nos encantaría lograr la consagración de un texto que admiramos. No importa cuanto nos digamos que la fama ha gastado los textos de Kafka o de Proust, actuamos en pos de causar una suerte análoga a nuestros autores estimados. Decimos que es el bien común, porque con la fama, una difusión mayor hará que muchos otros gocen de lecturas felices. También por su carácter de ataque hacia la obra, es un mero egoísmo, un glorificarse por la sugerencia acertada que hemos efectuado.

¿Ven? Es fácil darse cuenta cuando uno va a efectuar algo malo, solo que el saber no basta para detenernos. La falacia de que bien y mal no conviven se sostiene, así uno, convencido de que el bien triunfa sobre el mal, ignora todo el daño que sus acciones pueden conllevar. Se reducen a la inconsecuencia y la inconsecuencia es un no-ser.

Por supuesto, no sería tampoco lógico que mi simple recomendación catapultará a un autor al puesto de muy leído en el gran esquema de las cosas. Tampoco soy, al final del día, Borges.

Doblez

En un episodio de Glosa, el Matemático efectúa un gesto que se le ha vuelto consabido, desdoblando una pequeña hoja de papel donde figura un poema de Tomatis. En ese momento entrevemos una realidad donde cada acción funciona como una pregunta, interrogamos las razones y el significado de cada objeto reconociéndolo como exterior. Dice Saer que no es un asunto de Tomatis a quien el Matemático recién ha visto, el alcance de ese poema-objeto va más allá de lo que la página misma sería. Se confunde con el tiempo, el espacio, el sentido.

(Sabemos que un poema es todo eso)

No soy el único que leyendo esos mismos párrafos se detiene y se reconoce en lo descrito. Yo también he mirado un objeto desde una distancia inexplicable, de modo mecánico, viendo a través de él un tiempo que ya no está, cuyo caracter pretérito lo transforma hasta un punto irreflexible, borroso. Quien asume por medios sicologistas que las acciones físicas no pueden denotar tristeza, desconoce estos cansancios. Por cierto que explorar esta novela se me ha vuelto un mismo de texto supersticioso y vacío, la recorro una y otra vez sin la justificación del análisis ni el deseo de distracción. Hay algo que perdí y que no hay forma de recuperar, si existe en cierto ecrito, figuará acaso en el de Saer.

Tampoco puedo decir que persiga esta noción por la relectura. Es irremediable perder el tiempo, no he pasado por las mismas páginas varias veces sin pensar, en momentos discretos, argumentos contradictorios. Ni la obra me atormenta, ni su autor me dispone, como en el caso ya citado, no es una cuestión de Saer que leí hace poco en el Entenado, no son tampoco los laberintos verbales que allí se engendran. Un arbitrario no puede prefigurar en un plan, la vida está llena de idas y venidas indescriptibles, de visitas a compañeros lejanos que no hemos visto y de funerales memoriosos. Hemos perdido cierta frescura primal que nos haría renacer en un objeto siempre nuevo. Tal vez esta sea mi refutación más concreta sobre el por qué las letras no son de la novedad, los textos mejores siempre tienen algo de consabido. Es porque estamos viejos los lectores, los libros son tantos que un joven jamás atinaría en leerlos. Además qué asco de juventud ¿no?

Cuando adolescente me interesaban las mujeres hermosas, me interesaban los principios de la belleza que podíamos delimitar en una suerte de realidad física comprobable, tangible en rostros y figuraciones faciales -tenía una fuerte debilidad por el rostro humano-. Lo que aprendí en esas torpes lecciones es que los factores comprobables de esa belleza aunque sensibles no se prefiguraban emotivos. La emoción es más como lo que el gesto distraído genera, una suerte de empacho de recuerdo y fortuna, algo que queremos y conocemos porque nos da más de lo que hemos conocido. No repito de forma gratuita el no hay novedades bajo el sol. Lo que requiero es la implicación que ese valor conlleva, si no estuviese todo ya implantado, los objetos tendrían un valor intrínseco y concreto, sería de ellas mismas siempre, nunca relativas. Entonces tendriamos menos, perdemos cuando solo contamos las cosas por si mismas, presentar los objetos sin su carga circunstancial, sin el peso que en ellos nos atormenta es restarles realidad enormemente.

Comprendemos mejor al dividir y seccionar, la literatura incluso es conocida por pregonar adverbios y sufijos, formas que decimos tienen sentido. Solo que la realidad no está sujeta a los caprichos de nuestros cuchillos, no la regimos por el concepto ni la maquinaria. En la incomprensión de los gestos lo escrito prefigura la experiencia de lo que hemos vivido. No es extraño que el primero en perseguir un sentido a los gestos del Matemático sea el lector. En la ficción creemos, o nos gustaría creer, que dichas preguntas se responden.

Breves

Los objetos pueden confundirse en un cumulo de información, en un estrecho vertiente de cosas que se vuelven, en apariencia, todas exactamente lo mismo. Somos como esos objetos, desdibujados en lo que creemos de los demás y lo que pretendemos guardar para nosotros, nuestros valores no tienen de universal sino el incómodo reflejo que en otros hallamos. El honor no existe sin hombres honorables, y siempre hubo uno de esos antes que uno.

La literatura es de lo sobresaturado, no hay género sin infección que no requiera más una amputación, hinchada en el pus que es su propia fecundidad, su abundancia, que construye a las obras por reflejo, por oposición, haciendo a sus autores casi una nota de pie de página, no digamos ya en la historia literaria, sino en su propia producción, en sus vidas y sus decisiones. Cuando hay un evento exterior que marca la obra de un autor ¿no está más sometido al azar que todos los demás? ¿no llega al mundo en que de él solo perdemos independencia?

La lengua es un conjunto de relaciones y los sentidos nunca se discriminan los unos de otros. Toda nuestra experiencia es toda. No podemos vender solo lo rosa, solo lo negro, solo tal y cual. El arte escrito es hibridación y nada más, mientras más se nos muestre con claridad, menos es propio de sí mismo. Hay que perder siempre al leer.

***

Conocemos el sentido del efecto mariposa y el sueño de la mariposa que reprodujo Borges y que en cierto modo es lo mismo. Este insecto tan atractivo a los ojos de Nabokov es uno de esos símbolos de la transformación y del cumplimiento de una era, por analogías y metáforas que nos remiten a las evidencias biológicas y a una realidad campestre que a nosotros nos fue heredada por la ficción. En primavera, cuando estos animalillos despliegan sus alas por vez primera, no sin mucho haberse arrastrado, una vida que ya es otra las habita a ellas y a todo lo demás. El cambio habita todo, lo que menos, a la mariposa.

La doble vida, que es la mentira o si se quiere la ficción, el punto en que se logra de lleno ser varias cosas, abolir nuestra unidad pese que al vínculo oruga-mariposa lo describen fielmente causa y efecto. Nuestro futuro es incierto (“¿descierto”?), ahí puede arrollarlo todo un ala mínima o cumplirse un plazo en el que algún emperador exigirá cuentas de nuestro cuadro.

***

Uno lo quiere todo, saborear y amar distintamente cada una de las cosas con la vida yéndose en ello. Alguien ha amado el Llano en Llamas, por el extraño método de ese amor, yo compartiré esos juicios ajenos, sin poder apropiarme de las mismas experiencias, porque decir todo es decir en otro. No es nuestro todo, lo nuestro es, por definición, resto.

Cuando era niño pensaba como niño, escribía (más o menos) como niño y no me importaba gran cosa que alguien pudiese apropiarse de los textos que confeccionaba. Una terquedad no exenta de infamia me lleva a reimaginar las ficciones de esa época casi de modo contrario, pensando que algún hombre (¿acaso yo?) necesitará completarlas para saborearlo todo. Sin embargo el niño que era solo puede haber escrito como niño, pensado y sentido como tal, en ese lejano entonces que ya me está vedado. Así también me veré a mi mismo el día de mañana: como un infante. ¿O hay algún sitio en que podamos desdoblarnos y hablar con nuestro propio pasado?

***

Hoy en día los textos breves funcionan muy bien, somos poco atentos y el tiempo de voltear una hoja basta para perder lo que hemos leído no solo durante los segundos anteriores sino todas las letras de nuestra vida. Solo un texto brutal, efectivo y conciso puede heredarse sin miedo al olvido, contagiándonos su brevedad. Terminar y morir en el mismo texto para llevar sus palabras a nuestra instantánea tumba.

Bretch no se equivocaba al violentar al espectador, es grave el error de plantear nuestras redacciones como una serie de mínimos orgasmos. Nada vale el lector fácil de satisfacer, un día como hoy puede encontrarse en cualquier mercado, comprando los tomates sin sabor que soportan bien los viajes intercontinentales. No les importa a esos entes lo que un tomate puede llegar a ser, lo importante es tener esa fruta accesible todo el año para cumplir su monótona calidad de ingrediente o pudrirse segura en la oscuridad de nuestro frigoríficos.¿Hay algún mérito en un texto que no se pudre de inmediato pero cuyo final es la insatisfacción? ¿no es la satisfacción express una cuna de insatisfacciones infinitas?

Hemos fracasado los escritores, siempre. Ser honesto es ser un estúpido, sigamos produciendo brutos enajenados gracias a nuestros textos, cumplamos nuestro objetivo de distracción. Somos el eco de hombres primitivos, irremediablemente muertos. Somos artistas célebres con todo por delante. Somos como las estrellas.

****

Esta entrada ha sido una verdadera pérdida de tiempo.

El tamaño de mi esperanza

Es posible que comparar la devoción a las letras con aquella consentida hacia la religión sea una desproporción insalvable. Comparar es una de nuestras herramientas fundamentales para el entendimiento, y en cierto modo creo que la fé y la literatura se relacionan íntimamente en lo que respecta a cómo el hombre proyecta/se-proyecta en el universo, y cómo comprende cualquier cosa. Decimos Fé ¿no? y del otro lado Ficción, creo que los desertores de ambas, esos que se reducen a lo realisísimo y no pueden ver méritos en otra cosa, dirán casi lo contrario, que son los medios privilegiados para el no entender. Bueno, démosles crédito a los virtuosos de lo evidente: tratar de saber está intrínsecamente ligado a la incomprensión.

Los textos teóricos que escribimos son como la biografía de nuestro pensamiento, aunque ya no pensemos que una idea es válida, muchas veces resulta importante para construir nuestro concepto del mundo y no debemos descartarla en lo inmediato. En una de mis versiones sobre el Triple Orden me di a la tarea de describir brevemente la evolución de los tres poderes originales en otros conceptos que serían -si se permite la simplificación- sus contrapartes modernas. El gobierno se transformaría en el mercado, el arte en el entretenimiento y la religión en la ciencia. Por supuesto, esto era más una divagación que un legítimo argumento sobre el nuevo orden de nuestra sociedad, pero el razonamiento detrás de las relaciones gobierno/mercado, arte-entretenimiento y religión/ciencia no es arbitrario.

En la educación pública me inculcaron el mito de que la religión y la ciencia eran en cierto modo fuerzas contrarias, una imagen de Galileo diciendo “y sin embargo se mueve” habita la memoria colectiva (¿por ahí escuché que no era cierto? En el fondo no importa, creo que una ficción tan utilizada sobrepasa la relevancia de un simple y puntual hecho histórico). Por supuesto, sería fácil hacer el camino inverso, como hacen grotescos fanáticos religiosos, y suponer que es lo mismo. Mi idea del Triple Orden no supone que reemplacemos un concepto antiguo por uno nuevo, de hecho se basa en la idea de que los conceptos y su aplicación cotidiana son realidades distantes. Decimos que el gobierno (ideal) está separado de la religión y el arte, pero sanciona la calumnia (una ficción) y espera respeto de la ley (una superstición hacia lo desconocido de la infracción). Los tres elementos del Triple Orden serían tales que en un punto imaginario de la historia humana, su realidad concreta se confundiría y no podríamos decir que existiese religión sin gobierno, ni gobierno sin arte, ni que pudiera darse a esas palabras separadas una aplicación real que describiese la práctica humana. Incluso hoy día suponer un gobierno sin nada de arte ni nada de dogmatismo hacia el poder es arduo. Con lo anterior en mente volvamos al trío del mercado-entretenimiento-ciencia.

La comparación uno a uno de estos conceptos supone dos cosas: primero, que en cierto imaginario es imposible separar a la tríada en entidades discretas, se traslaparían los conceptos unos con otros, de tal forma que la ciencia sin mercado no sería válido en el mundo; segundo, que también se traslapa esta triada con la anterior, que gobierno es en parte entretenimiento y religión también mercado. Podríamos hablar de un Séxtuple Orden en lugar de un triple y si somos rigurosos sería válido invitar a otros conceptos que darían cuenta más completa de nuestra experiencia humana de la organización social. Cuando confeccioné este orden argumental mi idea era describir lo que me parecían los fundamentos transparentes de nuestros nucleos sociales. Si hablásemos con un hombre de la época clásica le sería muy natural considerar la union entre gobierno, religión y arte, su incoherencia temática en lo estrictamente abstracto nada podría en comparación a su experiencia de la realidad (donde la fé sí es arte, donde el poder si es bello y divino). Para aquel hombre las divisiones son invisibles, para nosotros irreconciliables. La segunda triada se querría actual, en ella el mercado, el entretenimiento y la ciencia se nos presentan aparentados con toda naturalidad, para un hombre del futuro dicha unión será juzgada sin mucha dificultad de primitiva (¿o idiota?).

Por esto a los que exageran el culto de lo real les reafirmo que en lo evidente hay algo de terrible. Uno debe analizar lo que no puede ver, lo que sostiene la irrealidad de su propia naturaleza, para verdaderamente encontrarle sentido ya no al conocimiento sino a la incomprensión. Admitir el conocimiento propio como total es uno de los riesgos más idiota que cualquiera puede cometer, tanto la religión como la ciencia dictaminan esto. Son maneras de aproximarnos al universo con escépticismo y humildad, por algo los dioses son otredades y apropiarse de ellos es obra del tirano. Todo es idéntico en la ficción ¿quién la domina? ¿quién logra escribir una sola página decente sin volverse todos los hombres y escapar del hoyo negro que el escritor tiene por ombligo?

La salvación no está, ni en religión ni en literatura. Es buscar algo. Por ahí ya empiezan a parecerse. Esto es apenas una nota en lo que de otro modo, entre estas fuerzas de nuestro espíritu, constituyen una magistral sinfonía que nos deja todo el tiempo esperando más.

Mudo

Cada mudanza me encuentro moviendo mi librero y sus contenidos, recomponiendo el desórden que normalmente lo representa. Es enorme mi librería, o debería decir, la cantidad de libros que la constituyen tiene algo de abrumador para mí. Soy una desgracia para mi calaña, no me siento cómodo con la actividad de coleccionar tomos aunque pueda justificarla, cada cierto número de mudanzas, quisiera todo tirarlo. Cada año no me primo de regalar y compartir los libros.

Yo sé que la gente se ha mudado siempre, desde que las persecuciones se volvieron moneda común en los gobiernos latinoaméricanos, la interrogante de “qué llevar” siempre ha sido una curiosa realidad. Mis mudanzas no tienen esa prisa que exige ligereza, al contrario, se hallan restringidas por la pesada realidad del cotidiano, del extraño no saber qué hemos de leer mañana. Leo mucho además en las bibliotecas públicas, y sobre ellas escribiré de manera tendida le moment venu.

Tal vez veo una gran librería como una falta de compromiso, cómo decirse que en el fondo no hay que elegir, no hay que conformarse y que la variedad es toda belleza. Tengo gustos grotescamente varios, no siempre persigo una ecuanimidad o una línea directiva. No obstante, no quiero saber de infinitas colecciones, no en las grandes letras que a mis ojos siempre brillarán por lo limitadas que son.

Seguido discuto en términos de los Clásicos, ya saben, los libros célebrados que nos recomienda la doxa académica. Hablando de doxa ¿creen en Dios? Porque al hablar de instituciones literarias estamos muy cerca de lo que podría establecerse como la distancia entre fé y religión, conceptos que son engañosamente íntimos al ser totalmente paralelos. Confundiríamos fácilmente la simetría de la creencia y de la práctica social de la misma, o dicho mejor, podríamos descartarlas o aceptarlas liberalmente sin que nos importe la distancia que los separa. Admitimos así los Clásicos sin que nos importen. Tratarlos demasiado liberalmente mata la literatura.

¿Por qué Juan José Saer no se ha vuelto un clásico de la literatura en español? Por fatiga. Si admitiésemos al santafesino deberíamos también contemplar a muchos otros que como él, han escrito libros que nos dejan perplejos, que nos sorprenden, que nos recuerdan que la literatura tiene esa cualidad extraña de atravesar el tiempo y recordarnos que las cosas importan frente a la cotidiana muerte. Lo que no priva a este autor de ser mejor que los demás o de merecer nuestro reconocimiento, lo complicado es construir una autoridad que no lo destruya y le permita crecer a los ojos de sus lectores y editores eventuales. Porque de nuevo rozamos las cuestiones de fé, para muchos, la religión con su autoridad, no hace sino herir los conceptos que la fé representa. Yo puedo empujar a Saer por fuerza hacia el cánon argentino, latinoaméricano, universal… Solo que en esa muestra de fuerza puedo borrarlo, hacer que deje de importar su texto e importe más el poder neto que ha logrado imponerlo en el tiempo. Un ejemplo de esto, toda proporción guardada, es el fenómeno del “Boom” literario que es más una historia editorial que una literatura. Sepamos reconocer las limitaciones naturales de todo lo que respecta a la doxa.

Cuando me mudo pienso que estoy rehusando mi deber de lector, que es constituir ese corpus íntimo que me recuerda por qué sigo explorando los textos de tanta gente en búsqueda de la perla rara. Los libros que se quedan conmigo, en la memoria, son descubiertos por el rigor de la lectura y los afectos humanos, no por una suerte de autoridad, sino por una experiencia que podría decirse de fé. Mas todo lo que corresponde al espíritu puede estropiarse con suficiente pereza. Si no miro y organizo lo que arrastro con mis libreros, algo estoy perdiendo en el intercambio.

Como con la fé, llegará un día en que précisindiré de todas esas hojas sucias. Entretanto, lean Saer.