Desmontaje

Después del interludio otrográfico, de vuelta a la búsqueda del cotidiano.

Decíamos, en ficción nos inclinamos con frecuencia en lo ejemplar y único, no hay una relación que pueda establecerse entre realismo y del día a día, pues mucho del realismo se obsesiona en la representación y en la historia. Cuando hablamos de realismo estamos en un razonamiento matemático de “lo que podría ser cierto” contra lo fantástico/maravilloso que sería “lo que no podría ser cierto”. Certezas aparte, la improbabilidad de estos propósitos los aleja fundamentalmente de lo que se puede hallar con el simple vivir, no nos parece propio a lo literario discutir de cosas fácilmente tratables por escritos menos nobles.

No sé hasta que punto las ciencias sociales, íntimistas o públicas, dan una cuenta verdadera de lo que llamaríamos cotidiano. El psicólogo puede identificar un patrón de conducta, mas lo hace con el fin de compartamentalizarlo en un recipiente genérico, en un vivir normalizado. Sobreentiende que lo normal existe, más tratar de definir lo normal iría más hallá del propósito de su ciencia. La Historia mucho tiempo se apadrinó de lo literario para soñarse un legado de lo excepcional, tratando de guerras, movimientos políticos y dinastías como si el tiempo del hombre fuese un compendio de fechas y nombres concreto a referir en futuros tomos letrados. Desde entonces la Historia se ha deshistoriado y enseriado un poco, preocupada por de la manera de vivir de cada época, de sus costumbres y creencias, aún con el mal ejemplo del museo que desestructura y corroe para mostrar. La Historia atina en decirnos que el cotidiano es y depende del tiempo, no nos ayuda gran cosa en la medida que un sinúmero de problemas en el arte pueden postularse en su relación con la temporalidad. La pista tal vez sería internarnos en la selva de lo reciente, de géneros nuevos y no primarios.

Tratemos pues, la comedia romántica. Ya saben, esas películas de tintes humorísticos donde el tema es arrejuntar a dos personas en una relación amorosa en principio improbable. Podría haber usado el ejemplo de la Telenovela, también moderno, pero a mi parecer más noble, de no ser por la dificultad de su temporalidad flexible que mencioné hace unas cuantas entradas. El formato de consumo de la comedia romántica me parece propio a los géneros del (principio del) siglo XXI. Acaso me equivoco, sin embargo el material de exploración me parece legítimo, si bien anticipo ya un par de objeciones.

A notar que hay comedias románticas que mejor calaña que otras, alguna reseña debo haber hecho de un Woody Allen y tengo a Don Jon de Joseph Gordon-Levitt en buen estima. La idea de rebajar el género para buscar en él algo que generalmente no se considera elevado no es un juicio rígido del formato, es una genuina interrogación sobre si podemos crear sin elevar. Aunque en el género se eleva al amor, lo importante es mirar lo que está alrededor, la construcción de la ficción fuera de este centro genérico, objetos como la amistad, las relaciones familiares y el entretenimiento están menos sometidas a la elevación metódica y al humor. Porque admitiremos que las comedias románticas en general no son a reirse a carcajadas: esto es importante, demasiado deformar no sería del cotidiano, aunque haya humor de todos los días.

El típico montaje de amor en la comedia romántica, donde se muestra el desarrollo de la relación fuera de los momentos emocionales y otros topos del enamoramiento es algo enigmático. Se trata de comunicar una idea: los personajes, después de enamorarse, han pasado momentos agradables juntos, han conectado y superado la etapa del desencuentro. Eso está bien y todo, mas ¿no es précisamente en esos instantes en los que hablamos de una relación? La comedia romántica propone amor, mas no olvida pasar rápidamente encima de lo que constituye una interacción verdadera y humana, la consecuencia de los actos mostrados. Mi primera impresión de esta ausencia fue crítica, pensé que el vender sueños y ser incapaz de desarrollar las realidades era un gesto establecido en la perfecto lógica del amor-producto. Luego, más lúcido, entendí que cada relación es única, intraducible para los demás, que dar cuentas de una amistad precisa o un amor es literalmente imposible, que si había algo de realista en estos montajes es que no sabríamos resumir un cotidiano así.

En efecto, el cotidiano pasado a silencio está, en la comedia romántica, es neciamente relevante en su formato típico, en sus repeticiones e iteraciones pesadísimas. Me dirán “todo eso está muy bien, lo cierto es que a final de cuentas confirmamos (y ya lo sabíamos) que el cotidiano no está”. Ah, ¿les basta dos intentos para rendirse hombres de poca fé? ¿O suponen que no tenía un cotidiano qué mostrarles desde la semana pasada cuando se me ocurrió discutir al respecto?

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