Redactahdo Perfehctamente

No tengo el culto de la ortografía. Me molesta y me sorprende cuando releo una de mis entradas del blog y hallo en promedio unas cinco o seis palabras mal escritas, sin contar los errores causados por mis formulas rebuscadas y otros accidentes del estilo. La molestia es algo casual, se halla en lo que se refiere a la imperfección de lo que surge de nosotros mismos, la idea de que una actividad, aún aquella que hemos efectuado insensible miles de veces, no sale perfecta cuando se le invoca. Se trata de un parecer, mientras tenga errores y no los reconozca como tales, estos no me acongojan ¿por qué sería así? Al entrar un cuarto, si este me parece limpio, ¿por qué lo limpiaría? Mi exigencia, mi expectativa, se hallan flotantes encima de cada decisión estética que tomamos, lo escrito es el menor de los ejemplos.

En el caso particular de la ortografía hay un asunto de ego un poco estúpido, algo que viene de la infancia cuando a uno le inculcan que escribir bien, es literalmente, escribir bien. Quiero decir correctamente, sin errores de dedo, de una manera perfectamente maquinal e impersonal. Obviamente no es algo que profeso, y sin embargo… ¿Por qué me molestaría de otro modo? No son errores que impiden la comprensión, son simples fealdades, accidentes, algo que más o menos es esperable del formato que elijo escribir en el blog. Comparo probablemente este blog con mis escritos privados: no son lo mismo, en esos textos monumentales cada palabra debe ser fortuita, todo se mide a la sílaba, un error aparente tiene que ser más que aparente. No se trata de parecer, sino ser, he ahí el meollo del asunto, de la ficción.

Se puede deducir del párrafo anterior que si habría una relación más o menos ténue entre la ortografía y la literatura. Soit, solo que la idea iría casi opuesta al concepto que los profesores tratan de vehícular, el escritor no practica la convención en su más alto grado de perfección, la emplea obligado por los demás (¿los profesores?) en la medida que distinguirse de la convención ayuda a construir un sentido (im)preciso. El estilo es lo primero que se pierde en una obra por la rigidez de la misma convención cambiante, que estar bien escrito es distinto de una época a otra ¿y saben qué? Es perder el tiempo, tanto distanciarse como respetar las reglas escritas es como redactar párrafos describiendo el propio ombligo. No nos sirve, no es de literatura, por eso se relaciona con esta.

Mme. Bovary es una obra literaria a pesar de fundarse en una trama convencional. Utilisa la neutralidad impresa en la literatura social para no inclinar sus propósitos a todo lo que respecta a la convención. Claro, dirán, el contexto enriquece la obra. También el estilo, que es negación del lenguaje correcto, enriquece indefectiblemente. Mas esos no son los centros funcionales de la ficción, son solo los sistemas necesarios para montar cualquier artificio, las tuercas, los tornillos y los soportes que están allí porque sin ellos no hay máquina. Con esto queda claro: No tengo el culto de la ortografía.

Ya que arrastramos al buen redactar por el fango, vamos más lejos: hay que escribir bien. No para ser buen ejemplo ni para que nuestra agresión de la gramática ad hoc sea fortuito, solamente para comprobar lo insensato de perseguir lo correcto. No hay búsqueda para lo perfectamente escrito: llegamos, ahí está, entonces podemos olvidarlo y guardar distancia. La agresión de la convención sigue y la esgrimimos en otros niveles: podemos usar una tipografía/caligrafía alterada o actuar en los sentidos a nivel sémantico. Ahora que leí el Entenado, por tener un ejemplo en mente, refiero a la semántica: en la última parte del libro hay un uso de la palabra Patria que desentona con su posición, entendemos que fácilmente podríamos haber escrito “tierra” o “región”, algo para ese efecto, la presencia del vocablo que nos remite a nación, sugiere e instala la metáfora de su narración con la Argentina, y es todo. Sin la existencia en el lugar y conocimientos de la biografía de Saer, no habría razón para efectuar esa lectura en el texto, todo lo contrario a las paginas de discurso en los Hermanos Kamazov que critiqué hace rato. Es una comparación injusta, el Dostoïevski del folletón soporta el nivel de escrutinio que podemos imponerle a un Juan José Saer. Para no decir simplemente: no es tan bueno.

Aunque hay otra razón más mundana y que delegaremos a discutir otro día que me irrita en este asunto de lo mal redactado… El corrector de ortografía. No sé en qué idioma cree que escribo. Para otra vez esa crítica.

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