Danos lo social de cada día

Reconociendo cierta tradición de literatura contemporánea (usando las palabras literatura y tradición sin buscar elogio), voy a discutir un poco de lo social y lo cotidiano en la ficción.

Cuando hablé de la epopeya me cuidé de caer en la definición clasicista que la identifica como un texto elogioso que narra la fundación de una cultura. A principios del siglo XX este concepto de representación cultural se trasladó a la novela, típica heredera de lo épico y muchos textos se sugirieron como los “fundadores” de una determinada idea de nación. Hay una especie de razonamiento regresivo al conferir este valor cultural, pues decimos casi que si una obra es buena, debe ser constitutiva de una cierta sociedad, muchos se han aventurado a juzgar Cien Años de Soledad como una novela de lo latinoaméricano por la ambición y notoriedad del texto. Cervantes fundaría lo español por ser bueno, y no sería bueno por describir lo español.

Aquí entrevemos un concepto de valor que es en parte extraliterario y se refiere a la vigencia de una obra en la sociedad. No hablamos de una vigencia temporal como la que podría tener la reinvención constante de Cesar Aira, sino de una capacidad de ser leída y comprendida en una escala de valores que se tiene por actual. Es arduo definir lo representativo de cada quien, en general el progresista mira lo conservador con desconfianza y el universalista tiene algo de gañán. La idea de una obra que cuente especialmente para unos cuantos sugiere que para otros será deleznable, desde ese instante hablamos de un valor en lo relativo, de una concesión estética que prestamos a la obra por que tenga una afinidad con nosotros. Como la persona relatada debe tenerle paciencia a su biografía, la sociedad representada debe reconocer en desmedida las obras que solo en ella encuentran su sentido total.

Por supuesto, nada impide tomar un método positivo, y decir que en vez de que regalemos méritos a una obra por el contexto, lo que hacemos es restituirle el valor justo que siempre obtiene la obra al enriquecerse de dicho sentido. Lope de Vega puede resultar opaco a quienes no están informados de la estética del Siglo de Oro español, en la teoría, solo se le da justicia a su obra cuando es leída por algún letrado de su misma época, embebido en el contexto que le corresponde. Solo que dicho lector ideal, y la colección de méritos de lecturas contemporáneas y por tradición, son un ejercicio dialéctico complicado de manejar y casi siempre irrelevantes para una entidad real (ningún lector puede ser perfectamente letrado en todos los contextos de todas las obras). Ergo: nada de esto importa, ¿proseguimos?

Si no queda claro aún a qué me refiero con literaturas sociales y enriquecidas de contexto, voy a ejemplificar tomando lo que bien podría ser la ficción de una crónica periodística. Imaginen lo siguiente: “Genevieve es una desempleada con pensión de invalidez que apenas logra pasar el fin de mes, separada del padre de François, un joven que desesperado se radicaliza y se une a un partido de extrema derecha para tratar de recobrar el bienestar de su familia”. ¿Si lo alcanzan a ver? Hay una suerte de ficción de actualidad donde el fait divers o simplemente un imaginario puntual sobre la situación de una región/país/ciudad son ficcionalizados y de cierto modo, mostrados como ejemplos, como representaciones excepcionales de lo que finalmente “puede pasar” o “está pasando”. Si se quiere, ficciones como Madame Bovary parten de principios análogos: se busca una descripción que tiene una vigencia inmediata, casi respondiendo a una moda de una cultura dada, muchas veces sin el rigor que Flaubert imprimía en sus proyectos, lo que le confiere un rango de literatura menor. Esto, que quede claro, no es un tipo de ficción política o partisana como Cortázar o Orwell pudieron practicar. Hay una moralización detrás de esto, mas el autor se imagina como un simple “narrador del objeto” sin tomar parte ni emplear pedagogías para describir los procesos, que en el fondo tal vez no entiende.

De cierto modo este tipo de ficción se concibe como una épica moderna en el sentido fundador que antes mencioné. Una identidad cultural está definida antes que nada por un imaginario común, es verdad que la mayoría del tiempo el cotidiano y las actividades del lector no serán en nada similares a las de otro, no es el objetivo que todos los franceses piensen igual, lo relevante es que se conciban en un mismo campo semántico. En la época actual, los jóvenes están altamente separados de la historia, son incapaces de comprender la fascinación y la práctica de la guerra que sus antepasados tuvieron siempre presentes, viven en urbes cuyo desarrollo las ha alejado por mucho de sus funciones originales, y las relaciones mundiales parecen borrarse a favor de mercados cada vez más uniformizados. Si usted se acerca a un joven y le pregunta que tan ligado se siente a los fundadores de la ciudad en que vive, la indiferencia será casi generalizada. Entonces la ficción en su búsqueda de lo ejemplar y lo común de una cultura, trata de reconstruirse en el imaginario inmediato, en la crónica en vez de la historia. Sigue tratandose de una representación de los absolutos, donde la realidad y la estética están subordonadas a su función.

Pienso que por los motivos expuestos anteriormente, este tipo de ficción es incapaz de reproducir lo cotidiano. Su código sigue siendo lo héroico, lo que ve más allá y busca representar a todos. Lo cotidiano no se supone el código común de cada persona, es de la excepción. ¿Cuál es entonces la literatura de esto?

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