Folletón

Hace poco leí una de esas frases típicas que los amantes de los libros suelen enunciar, sentencias que como podemos suponer, sostienene su validez en la indulgencia del que escucha y en alguna proeza de defensa dialéctica. Un gran escritor (iba la frase) escribe con un estilo muy bueno, el mejor escritor hace que el estilo no se note, que olvides el hecho de leer y quedes inmerso en lo contado. Sin duda usted puede postular un sin fin de objeciones a estos argumentos sin mi ayuda, yo me dedicaré a mirar la implicación de este mismo gesto: aquel que referiría al mal escritor.

Y me puse a pensar en esto porque terminé los Hermanos Karamazov hace poco después de lecturas interrumpidas varias. Las escenas finales me sorprendieron por lo que podemos juzgar como una “grosera simpleza”. nunca había pensado que tras recorrer las cientos de paginas anteriores el texto me deparara tales torpezas. La dificultad reside en explicar exactamente en qué consiste mi decepción y mi confusión frente a estos textos, el cómo concebir que cualquier escritor se diera el lujo tras un maratón riguroso de cruzar la línea final rodando. La primera justificación sería la distinción entre el lector Ruso de la época y uno.

Un ruso lector de folletones tal vez no estuviera predispuesto la ya fatigada analogía de padre y Patria. Fiodor Dostoïevski se toma la molestia de deletrearla en una longitud y detalle que hace apretar los dientes. Es extenso, abusa de la elocuencia oral y hace énfasis en algo que debería quedar apenas sugerido. ¿Por qué? No puedo sino imaginar que el autor creía a su lector tan imbécil que necesitaba levantar la cortina de su novela y explicar paso a paso cada mecanismo. Yo sé, los lectores contemporáneos tenemos la costumbre de ver a través de intrincados artificios y por eso este episodio nos resulta como la explicación de un chiste para fines del humor. No es elegante aunque sea un artilugio. Por esto mi cita del principio dice que el estilo debe ser bueno para ser favorable. Justificar la idea a través del eventual lector es también algo que esa cita debería considerar un poco más.

Por supuesto, un par de paginas que insultan la inteligencia del lector a favor de un pequeño momento de emoción artificial no descartan el libro en lo que tiene de agradable. Es extraño el efecto polar que un final puede tener con respecto a la obra íntegra, pues junto con los principios, estos espacios textuales se marcan en nuestra memoria con más fuerza y esperamos en ellos… Algo, otra cosa. Uno de los lugares típicos en la obra de Aira (léase, atípicos para todos los demás) es el defraudar esta expectativa del lector en estos momentos, de cierto modo reivindicar lo que es el texto entero, o mejor dicho lo que es el cuerpo del texto, revalorar el espacio que muchas veces “no queremos sentir, queremos estar inmersos en él” de una manera insensible. Además, insultar la inteligencia del lector no es necesariamente malo, pues el lector puede ser un reverendo imbécil -hay escritores que hacen carreras enteras en este principio-.

La lectura adormilada, esa que sucede como un sueño y no en el espacio de lectura, tampoco es una lección para tontos. Es lícito no leer con suma exigencia, no apegarse a moldes rígidos de calidad o de arte para abordar cada objeto artístico en que caemos. La carencia sería leer solo de un modo, con ortodoxia o ligereza, sin hallar un punto en que los libros no puedan ser distintos unos de otros. Es solo esperable, casi obvio, que un libro de folletón no debería leerse como otro escrito de corrido. Cualquier otro resultado, si se piensa, implicaría un rechazo.

Revindicaríamos pues, una lectura/escritura varia, cuya calidad y función no dependería de un solo factor moral que la impondría como útil o no. No estamos en el arte pragmático ni en el vano, habría que leer los libros para actualmente determinar sus lugares. Yo creía que los Hermanos Karamazov era un libro del más alto calibre literario, en parte porque nunca me interesé gran cosa en el asunto. Parte del no tener esa estatura, sería algo conjugado en mí, de la costumbre y la amplitud de mis propias lecturas, de las que hice y las que no, de la impaciencia madura del 2014 contra acaso tener todo el tiempo del mundo unos años atrás. O quien sabe, ¿no? El error puede ser los otros.

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