Viejo cuento

Godard sigue con vida y haciendo películas ¿puede un hombre así de viejo gozar de alguna vigencia en nosotros? Pareciera que no, por la manera casual en que toda película que construye es una repetición de sus temas e inquiétudes anteriores, cual si Godard viejo fuera una réplica torcida del antiguo, un diálogo en degradado a través de las eras. Me tocó oir recientemente una entrevista del señor, cuya lucidez no está exenta de mérito si debo añadir, y entre las reflexiones que propusa hubo una -una sol- que hizo eco en mi mente y me llevó a escribir lo que ustedes leen en este instante.

Ya conocen mi inclinación por la paráfrasis destructora, en este caso la frase que me interesa se desgaja de la siguiente manera: no podemos salvar a todos los films viejos, han de deshacerse y degradarse, lo que hay que hacer es películas nuevas. Para interpelarlo respecto a esta frase iconoclasta, sugiere el reportero que sería una desgracia que futuras generaciones no se inspiraran de lo pasado para tomar al vocación de cineasta. A Godard no le parece transparente: nadie hace películas por el homenaje, hace películas porque le gustan y le interesan, la historia y tradición del cine ahí no tiene nada. Pueden entrever lo que me atrae de esta reflexión en el espiritu de todos mis escritos anteriores.

Estudiando literatura en la universidad descubrí un respeto renovado por la crítica y el mundo editorial, de cierto modo se me presentaron como necesidades de lo que conocemos como literatura, sin estos discursos e intereses secundarios, algo deja de existir. En este reconocimiento tardío, tal vez he fallado en precisar que partía de la idea de que estas instituciones no servían para nada y eran el veneno que contaminaba las artes escritas modernas. No hay que tender al elogio desmesurado y hay que saber convidarlo con lo iconoclasta. No necesitamos clásicos, la literatura no es de la tradición, si escribimos porque deseamos hacerlo y no en consecuencia de una u otra lectura que constituímos. La crítica es una vocación también, pero resulta como consecuencia de una provocación: en vez de construir el edificio derecho lo torcemos, tomamos lo hecho por los demás con una idea extraña de deformarlo y enriquecerlo por este medio. No hay crítica que no destruya, de hecho destruye más que el creador vocacional que Godard tan felizmente nos presenta. Habría que olvidar muchos libros para remitirlos a su justo valor, no obstante perderíamos la demesura literaria más grande del lector mortal: la nostalgia de los libros que no leímos. No leemos desde la nostalgia.

No tengo la intención de despintar el propósito de Godard, que no solo me parece válido sino que me parece incluso evidente. En la literatura el peso de la convención (que es lenguaje) es inmenso, es imaginable que el joven cineasta soñado por Godard, sin reverencia por los antiguos se deleite en goces estéticos que su tarea le provoca, más es difícil llegar al libro sin haber mediado por muchas otras palabras. Tomen un jovencito con su teléfono que hace un video tal para el gusto de sus compañeros, ¿no tiene ahí toda la materia que requiere para convidar al mundo de una obra válida? Mientras que los libros no se nos imponen como esa felicidad presencial, son obra de una reflexión aislada, contra natura, despellejada. Le decía Borges a unos estudiosos que a él le interesaba la literatura y no la historia de la literatura. Solo que a Borges le interesaban mucho los textos de un montón de ingleses muertos, sajones varios incluídos…  ¿Qué es más historicista? ¿pretender que no hay un efecto historico en nuestras lecturas o volverlo nuestro criterio de lectura?

El lenguaje es un objeto groseramente lineal en el tiempo, tomas una imagen y en ella se conjugan millones de maneras distintas de mirarla, uno lee de izquierda a derecha -o en otro orden determinado-, con la misma decodificación mundana muy a pesar de sí. Las reducciones del lenguaje se hacen tanto por la temporalidad, que nos es imposible concebir un autor exento de consideraciones y de influencias, que de algún tipo se vuelven verosímiles en la fantasía iconoclasta que Godard propuso. Esto, me parece, es otra de las ilusiones del cine. El lector literato, incrédulo a fuerza de los abusos técnicos y de las academias, no logra créer en la división perfecta de la materia, la niega por reflejo, cree como Valery que fondo y forma son lo mismo. Sin embargo, hay que rendirse a la evidencia: si la literatura que hemos escrito hasta ahora se pierde para siempre, no sería una tragedia.

No lo vean como arqueólogos, colonialistas culpables o cuidadores de museo. Si no hubieran obras clásicas, y hubieran otras (porque las habría), entonces el lector seguiría teniendo una experiencia rica, porque no son unas cuantas hojas garabateadas -por buenas que sean- el arte.

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