Escena del crimen

En la cultura de lo inmediato se levanta un nuevo tipo de muro que protege lo sucio de nuestras imágenes, de nuestras vidas. No fustigaré lo espontáneo, sería condenar a todos aquellos que dicen estupideces y no saben, cuando de ellos se espera pretender. Podemos discutir de como las imposturas, convenciones y otras mentiras no son literatura pese a ser ficción, pues carecen del lado estético que nuestros artes presuponen. En fin, hablaríamos mucho antes de explicar cómo Twitter puede ser un arte cotidiano sin siempre serlo.

Conceptualmente el cotidiano no es inmediato, y sin embargo ¿qué medio mejor para evitar que con él constituyamos narraciones voluntarias? Sin tiempo para la nostalgia y en desorden, la respuesta instantánea dice más de lo que hacemos cada día que lo que un diario íntimo podría comunicar. Es simple: responder es una acción, nuestro cotidiano se vuelve la publicación de fragmentos y pensamientos, muchas veces innecesarios o poco inspirados. Piensen por ejemplo en el jovencito que siempre -o nunca- tiene la razón y que cuando alguien se niega a aceptar sus palabras como evangelio se dedica a insultar a los demás como si esto le prestara un placer legítimo. Los inteligentes se creen superiores a los demás y esto lo actúan, sus tristes comentarios instantáneos solo rectifican ese valor diario.

Dije que la escritura típicamente cotidiana se corrige, cabría decir que esto no es una necesiad sino una convención. Por lo general los escritores buscamos conservar el mito de que la escritura es una acción completa y que gracias al esfuerzo en llevar a cabo una obra, esta gana validez y merece admiración. Si nuestro oficio consistiese efectivamente en escribir cualquier cosa, no habría nada más superficial que el ser corregido. Del mismo modo, el comentario a tiempo cero no es más ni menos literario por falta de trabajo, lo es simplemente porque su contenido no atina en ser un objeto mayormente estético. Es sin duda parte de lo cotidiano, no sabríamos decir si esta naturaleza oculta o suprime nuestra verdadera vida.

Por supuesto, lo instantáneo es un formato. Entre el sinúmero de autores potenciales que un fenómeno como internet puede incluir, muchos encontrarán el método de incluir un cotidiano significativo y sensible en sus publicaciones. Esto es simple estadística, los requisitos de la belleza son naturales, pese a que el amor al artificio forma parte de nuestra hermosa cultura. Se consigue la escritura cotidiana, todos los días, en lugares como Twitter o Facebook o en foros, sin que esto alcance los arcanos inmortales de las letras dichas humanas. Esto no hace la costumbre menos bella, solo confirma un hecho irrelevante que sabemos todos desde que nos lanzamos a perseguir este valor estético: es algo poco apreciado.

Ya les di probablemente todas las pistas que se le pueden dar a alguien en el curso de varios días para que sepan sin lugar a duda dónde está el cotidiano. He sido explícito, he lanzado argumentos distractores, pero hablando de contemplación, de algo poco apreciado, de la belleza abundante y todo ese rollo, ustedes saben de qué estoy hablando. Son demasiado inteligentes para no saberlo, joder, no me hagan escribirlo.

¿Cómo se me ocurrió hablar de todo esto? Pues es como la búsqueda de una verdad científica para explicar la cotidiana genialidad de Valeria Tentoni (que conozco solo por tweets y blog, abrazos), como trataría de explicar la maestría verbal de Saer y sus indios o el ingenioso invento de nombre Godzilla. Lo que nos gusta a los intelectuales de pacotilla debe ser descrito hasta la fatiga, porque así son nuestras mentes cochambrosas y pesadas. Y por supuesto para mí es un ejercicio que todos deberían de clonar en cierta manera. Además, toda traducción es homenaje y es seguido de lo que tratamos por aquí.

Así que estamos de acuerdo: el cotidiano es de la poesía. Que nadie se de por engañado en mi relato policial.

El concepto de lo cotidiano resiste a la tarea narrativa por razones que más o menos hemos explicado y no nos molestaremos en repetir. Al contar discriminamos. Hemos oído que la historia la escriben los ganadores, en ello no sabríamos atinar en encontrar el día a día del ganador, su furioso esfuerzo en suprimir de a poco a los hombres menores que plagarían sus relatos. Suprimir de la memoria y reducir al silencio es una tarea cotidiana de algunos, ellos no la narran pues entonces el silencio sería un eco, y es lo que suele parecernos cuando las circunstancias horribles se reflejan en lo que nuevos vencedores reinventan como historia.

Sería un concepto de historia caduco, puramente utilitario, el que suprimiría activamente el cotidiano. Es un enfrentamiento casi político, aplacar la queja de tantísimos anónimos para alisar una narración social. Luego la estadística también es reductora y cuando los hombres entran en consideraciones objetivadores, son datos y ya no vidas. Lo que pasa en la vida de muchos se funde en la virtualidad platónica y ya no es de nadie pese a suponerla en todas partes. Las costumbres comprobables, las que la ciencia regatearía, son individuales lo que las hace inservibles. Son como el arte, si necesitamos realmente esa paráfrasis.

Ningún hombre es literatura. Hay muchos escritos autobiográficos pero temo que el modelo de estos tome prestadas las herramientas de la historia y se haga perder el gesto que al cotidiano le sería salvador. Esto es un argumento ridículo hoy día en el que las autoficciones ya no se ejecutan con un caduco concepto de realidad. No puedo hacer un argumento generalizador de la costumbre en la autoficción, temo que la tentación de la identidad como fundamento, las termina por minar en la mayoría de los casos. El día a día es una verdad objetiva mientras que la identidad es pura fabricación. Y parece que la ficción se atora al tratar de dar substancia al objeto que llamamos mundo real pues… Finalmente lo vivimos. ¿Por qué describir lo que ya todos hacen? Nuestra estética utilitaria no sabría sino economizar esas palabras, esas imágenes.

Y sin embargo mi dictamen presume que la literatura se halla perpetuamente bañada en conceptos viejos. La historia de los ganadores se sabe, es un concepto gastado, de provocador no tiene ni el nombre. Todo el tiempo la palabra se reinventa y se enfrenta a realidades nuevas, de esas que el viejo concepto de “lo real” no puede contener. Dije que cierta ciencia ficción se presta a lo cotidiano, como tal, es un género que ya cumple pronto sus cien años. Leemos con conceptos literarios que no son nuestros contemporáneos y por otro lado, el cotidiano siempre lo es. En este desfazamiento entre tiempos para el lector, terminamos por evitar la costumbre que nos corresponde y el ángulo se falsea (o puede falsearse). Por fortuna, tenemos ya la lectura de lo inmediato, pues la tecnología nos ha prestado otro tipo de vigecia que redefiniría lo que puede ser la costumbre que tenemos.

No sé si el ejemplo resuena en ustedes, mas leer este blog con regularidad es un cotidiano. De hecho la práctica lectora es por definición una costumbre, metatextualmente siempre estamos en un cotidiano que es el de las palabras. Cada frase en cierto modo es todas las frases, solo que al mismo tiempo se concede un valor individual y estético que corresponde a una sola obra. No está en el engaño de la identidad, aunque luego quieran hacernos creer que “en un lugar de la Mancha” son palabras que solo pueden darse en el Quijote. Y bueno, Cervantes no está en el cotidiano de todos modos ¿no? ¿Quién en su sano juicio acostumbraría leer Cervantes?

La práctica de leer es cotidiana, así bien la de escribir. Esto no se traslapa en la obra pues en general la exigecia del lector (que recordemos, siempre es demasiado), no pide lo incompleto que está en la naturaleza de cada día. Un día no es una unidad pese a lo que el lenguaje pudiera hacernos creer, está fragmentado y complementado por todo lo que le rodea, por el tiempo, el futuro, los recuerdos y el siquismo que cargamos en un solo momento que se nos presenta inefable. Así es escribir, escribimos cotidianamente mas es inexplicable cuando el oficio se vuelve exactamente obra, no es una cuestión de un momento y una experiencia particular, como la fábula del dibujo de la mariposa, no sabemos cuanto pasa. Sería falso decir que al ponerle a algo un efecto de tiempo real se vuelve inmediatamente costumbre. De eso hablaremos ya pronto, tengo un poco que añadir a esta precisión del tiempo nuevo, de los conceptos caducos y todo eso.

Solo que cada parte de este blog, como los días, no sabría estar en el vacío y con valor propio. No vendo objetos de consumo ¿sabe? Esto es tratamiento.

Saturnino

Por supuesto, una entrada explicando que el simple hecho de responder es un ejercicio falacioso en lo que a conocimiento refiere, o que nuestros métodos dialécticos tendrían dificultades para dar cuenta de la realidad cotidiana, no evitará que el lector me exija de todos modos responder al dónde del día en día en las letras. No sabría atacar esa exigencia, primeramente porque le permito al lector deseos contradictorios -lo vuelve un personaje más contrastado- y luego porque cualquier escritor moderno debe esperar que su lector le pida siempre, por lo menos, demasiado.

Queda el hecho de que una respuesta tiene pelos en la oreja, no la queremos y ni sirve, vamos a tener que proponer tres.

Vamos a hablar pues de Dosei Mansion de Hisae Iwaoka. Los mangas están sometidos a una división genérica que responde a criterios casi estrictamente editoriales, esto es relevante porque Dosei Mansion está contemplada para una audiencia de adultos jóvenes, prácticamente la más diversa y trabajada entre estas. Aquí la madurez no implica, como la pornografía o las armas nos han acostumbrado a pensar, una capacidad de confundir u ofender a los lectores jóvenes, sino un cierto estado de espíritu más tranquilo que sería necesario para disfrutar el desarrollo del manga en cuestión. Los diálogos, el estilo del dibujo y la puesta en escena nos hacen nadar en un sitio lleno de calma, bastante consistente y por lo mismo, dotado de cierta realidad. No se trata aquí de la realidad enciclopédica de referir a objetos conocidos cada dos minutos, sino a la existencia narrativa, al hecho de que lo que se desarrolla ante nosotros no se define por la violencia de sus eventos o sus interacciones. Los lugares simplemente “están” y no parecen consecuencia a conveniencia de un capricho del autor o de su relato.

¿En qué consiste Dosei Mansion? Es una historia de ciencia ficción sobre un chico que toma un trabajo de limpiador de ventanas. El personaje tiene conflictos determinados con la nueva vida que se impone, su padre efectuó el mismo trabajo y murió en un accidente. En otros géneros este drama podría exagerarse hasta deformarlo en una tragedia existencial, Iwaoka simplemente lo desarrolla como un hecho acontecido, pues si bien las muertes paternas pueden apreciarse en su desproporción mitológica y sicologismo ateísta, también son un evento que frecuentemente pasa. Creo entender que en este vaivén de topos genéricos e inmanencia de lo narrado encontramos a la ficción, que no se compromete con destruir ni desarrollar lo inverosímil, como tampoco en generar un humor que nos tire a carcajadas, ni siquiera a aveturarse en complejas sicologías. El valor de Dosei Mansion es por mucho estético y como la contemplación, se espera en cierta tranquilidad que ofenderá al hombre perpetuamente impaciente, que no raras veces se encuentra en el Japón.

De hecho uno podría olvidar que el relato es uno de ciencia ficción, el elemento humano y curiosamente, la vocación laboral, son los valores que cimentan lo que Dosei Mansion ofrece a su lector. Pensando en ello, mientras que los futuristas nos pintan de ves en cuando la idea de el onanismo virtual y la comodidad del consumismo, la visión del futuro presentada por Iwaoka exacerba los valores del pasado/presente. Un futuro que no agrede nuestro propio concepto de vida, para contrariar a nuestro concepto fatalista, uno que nos parecería habitable de manera verosímil.

Entreveo en el placer estético propuesto por el manga, en su concepto de calma, un principio de la realidad cotidiana en la ficción. ¿Aplica a un medio no visual? Yo diría que sí en lo estrictamente técnico, y aunque exploraremos esto luego, vale decir que lo visible realmente ayuda a establecer una presencia. En la demografía “madura” tal vez la idea de una nostalgia pueda establecerse, se puede discutir si la fuerza estética del cotidiano no viene de nuestra propia experiencia y la identificación. De todos modos, la cadencia tranquila del relato le permite desarrollar una autoreferencia suficiente para que el lector experimente nostalgia hacia lo sucedido en la historia. Un relato así de íntimo es privilegiado por un género tan autoral como el manga, los blog en cierto modo replican en ese mismo nivel.

La ciencia ficción también nos permite aproximarnos al cotidiano pues las violencias que necesariamente se ejercen en toda ficción, funcionan al definir el universo y no al narrarlo. Incluso en ficciones violentas como 1984 tenemos algo de descripción cotidianista. Y por ello crear un cotidiano es una de las mayores tareas de creación.

Costumbrismo

¿Saben por qué la escuela no funciona como medio de aprendizaje? Por el vicio de pensar que se aprende al formular preguntas y atribuirles respuestas. La naturaleza verbal y mecanicista de este sistema pregunta-respuesta es, para empezar, incapaz de dar cuentas de nuestra experiencia de la realidad pero además crea la falsa impresión de que la respuesta importa. La literatura no sabría ser así de utilitaria, tenemos que esperar más que una respuesta al interrogarnos sobre si el cotidiano está en las letras.

El dialectico se empecina en manipular las deficiones, muchas veces falseando -¿voluntariamente?- el valor común que una idea puede tener. El primer método de este malicioso ejercicio es suponer que nuestros términos son simplemente “no objetos”. Todo mal no sería sino la ausencia del bien, su existencia depende deliberadamente de nuestra comprensión implícita de lo bueno. Así, al decir que el bien es necesario para entender el mal, obligamos a nuestro interlocutor a discutir lo que sería el bien, privándolo de un argumento autónomo. El mal sería suficiente para la ausencia de bien, pero no necesario.

Lo cotidiano sería un no objeto, por ejemplo, si solo fuera lo no épico o lo no espectacular. Hemos hablado de lo épico, muy representado en los géneros literarios. ¿Ve lo que he hecho aquí? El espectáculo es un elemento distractor, uno cuya presencia en la literatura nos parece poco pertinente y por lo mismo nos puede interrogar. ¿Hay algo menos espectacular que el texto? Es un concepto que parece más natural en el ámbito de lo presencial, aunque los objetos reales se vuelvan cada vez más indistintos y puedan reemplazarse por artificio. Un videoclip puede ser espectáculo aunque este montado de toda pieza. En ese sentido, la ilusión escrita podría tener ese caracter sorprendente.

Todo esto es escape. Primero habría que ver (dice el dialéctico) si lo espectacular no puede ser cotidiano. Un acróbata hace tareas exaltantes con una recurrencia incuestionable. Lo que es espectáculo funciona dentro de un marco de referencia que se desarrolla frente a un espectador y no es una cosa en sí, es un tiempo que seccionamos del resto del universo -lo hacemos narración- y en él es lo especial. Así también lo épico podría en verdad tener algo de común, durante el asalto de Troya -nuestro marco de tiempo-, los soldados debían agredir, defender y despojar sin más reparo. Hay un marco de referencia en el que incluso la epopeya puede ser vista como un cotidiano. Volvemos a la comedia romántica, el montaje manipula el tiempo y nos pone frente a una evidencia: nosotros como espectadores no podemos compartir un día a día, una vida, o un amor, con el personaje ficticio que nos convida de sus pasiones. Sería difícil generalizar un cotidiano desde que no lo delimitamos y reconocemos, mis costumbres cuando tenía diez años tienen sentido para mí, porque las conozco y porque entiendo que han cambiado sin dejar su naturaleza recurrente, ahora que soy un adulto.

En este juego de la temporalidad lo cotidiano es difuso. Todo es cotidiano hasta que no lo es, mi vida de niño era de niño hasta que dejé de serlo, pero dejó de ser cotidiana cuando mi abuela murió solo una vez y no todos los días. Si hay una narración del cotidiano mas depende del juicio a posteriori que lo coloca como una época, como una costumbre reducida o algo superficial. No podemos construir cotidianos sin montar un sistema de tiempos paralelos que lo niegan. Es la discriminación efectuada por siempre al narrar, decimos que una descripción cualesquiera puede extenderse hasta el infinito, pues el mundo que contamos puede ser determinista e implicar en cada objeto todos los objetos. Hay que dejar algo fuera, y ese resto no es nada, no existe en la narración, persiste solo en la ilusión de los lectores, en lo imaginable.

¿Quiero decir que lo especial es necesario para lo cotidiano y esto sería una no-cosa? No. El conocimiento de lo especial no es necesario y suficiente para comprender lo cotidiano. Nuestras costumbres no es lo que sobra de nuestras biografías, no es la formación ni la memoria lo que determina un cotidiano. Sin embargo, el esquema temporal que se requiere para leer la costumbre es complejo, y como muchos problemas de literatura, este simple hecho suele nublar mucho de lo que podría ser atinadamente algo fácil de narrar, y nos exige una convención que muchas veces no existe.

Es un ejemplo entre tantos de una definición que existe y no es sencilla de alcanzar, algo que sencillamente resiste en volverse una respuesta. No te enseña a enfrentar el cotidiano en la escuela aunque la escuela fue tu cotidiano.

Desmontaje

Después del interludio otrográfico, de vuelta a la búsqueda del cotidiano.

Decíamos, en ficción nos inclinamos con frecuencia en lo ejemplar y único, no hay una relación que pueda establecerse entre realismo y del día a día, pues mucho del realismo se obsesiona en la representación y en la historia. Cuando hablamos de realismo estamos en un razonamiento matemático de “lo que podría ser cierto” contra lo fantástico/maravilloso que sería “lo que no podría ser cierto”. Certezas aparte, la improbabilidad de estos propósitos los aleja fundamentalmente de lo que se puede hallar con el simple vivir, no nos parece propio a lo literario discutir de cosas fácilmente tratables por escritos menos nobles.

No sé hasta que punto las ciencias sociales, íntimistas o públicas, dan una cuenta verdadera de lo que llamaríamos cotidiano. El psicólogo puede identificar un patrón de conducta, mas lo hace con el fin de compartamentalizarlo en un recipiente genérico, en un vivir normalizado. Sobreentiende que lo normal existe, más tratar de definir lo normal iría más hallá del propósito de su ciencia. La Historia mucho tiempo se apadrinó de lo literario para soñarse un legado de lo excepcional, tratando de guerras, movimientos políticos y dinastías como si el tiempo del hombre fuese un compendio de fechas y nombres concreto a referir en futuros tomos letrados. Desde entonces la Historia se ha deshistoriado y enseriado un poco, preocupada por de la manera de vivir de cada época, de sus costumbres y creencias, aún con el mal ejemplo del museo que desestructura y corroe para mostrar. La Historia atina en decirnos que el cotidiano es y depende del tiempo, no nos ayuda gran cosa en la medida que un sinúmero de problemas en el arte pueden postularse en su relación con la temporalidad. La pista tal vez sería internarnos en la selva de lo reciente, de géneros nuevos y no primarios.

Tratemos pues, la comedia romántica. Ya saben, esas películas de tintes humorísticos donde el tema es arrejuntar a dos personas en una relación amorosa en principio improbable. Podría haber usado el ejemplo de la Telenovela, también moderno, pero a mi parecer más noble, de no ser por la dificultad de su temporalidad flexible que mencioné hace unas cuantas entradas. El formato de consumo de la comedia romántica me parece propio a los géneros del (principio del) siglo XXI. Acaso me equivoco, sin embargo el material de exploración me parece legítimo, si bien anticipo ya un par de objeciones.

A notar que hay comedias románticas que mejor calaña que otras, alguna reseña debo haber hecho de un Woody Allen y tengo a Don Jon de Joseph Gordon-Levitt en buen estima. La idea de rebajar el género para buscar en él algo que generalmente no se considera elevado no es un juicio rígido del formato, es una genuina interrogación sobre si podemos crear sin elevar. Aunque en el género se eleva al amor, lo importante es mirar lo que está alrededor, la construcción de la ficción fuera de este centro genérico, objetos como la amistad, las relaciones familiares y el entretenimiento están menos sometidas a la elevación metódica y al humor. Porque admitiremos que las comedias románticas en general no son a reirse a carcajadas: esto es importante, demasiado deformar no sería del cotidiano, aunque haya humor de todos los días.

El típico montaje de amor en la comedia romántica, donde se muestra el desarrollo de la relación fuera de los momentos emocionales y otros topos del enamoramiento es algo enigmático. Se trata de comunicar una idea: los personajes, después de enamorarse, han pasado momentos agradables juntos, han conectado y superado la etapa del desencuentro. Eso está bien y todo, mas ¿no es précisamente en esos instantes en los que hablamos de una relación? La comedia romántica propone amor, mas no olvida pasar rápidamente encima de lo que constituye una interacción verdadera y humana, la consecuencia de los actos mostrados. Mi primera impresión de esta ausencia fue crítica, pensé que el vender sueños y ser incapaz de desarrollar las realidades era un gesto establecido en la perfecto lógica del amor-producto. Luego, más lúcido, entendí que cada relación es única, intraducible para los demás, que dar cuentas de una amistad precisa o un amor es literalmente imposible, que si había algo de realista en estos montajes es que no sabríamos resumir un cotidiano así.

En efecto, el cotidiano pasado a silencio está, en la comedia romántica, es neciamente relevante en su formato típico, en sus repeticiones e iteraciones pesadísimas. Me dirán “todo eso está muy bien, lo cierto es que a final de cuentas confirmamos (y ya lo sabíamos) que el cotidiano no está”. Ah, ¿les basta dos intentos para rendirse hombres de poca fé? ¿O suponen que no tenía un cotidiano qué mostrarles desde la semana pasada cuando se me ocurrió discutir al respecto?

Redactahdo Perfehctamente

No tengo el culto de la ortografía. Me molesta y me sorprende cuando releo una de mis entradas del blog y hallo en promedio unas cinco o seis palabras mal escritas, sin contar los errores causados por mis formulas rebuscadas y otros accidentes del estilo. La molestia es algo casual, se halla en lo que se refiere a la imperfección de lo que surge de nosotros mismos, la idea de que una actividad, aún aquella que hemos efectuado insensible miles de veces, no sale perfecta cuando se le invoca. Se trata de un parecer, mientras tenga errores y no los reconozca como tales, estos no me acongojan ¿por qué sería así? Al entrar un cuarto, si este me parece limpio, ¿por qué lo limpiaría? Mi exigencia, mi expectativa, se hallan flotantes encima de cada decisión estética que tomamos, lo escrito es el menor de los ejemplos.

En el caso particular de la ortografía hay un asunto de ego un poco estúpido, algo que viene de la infancia cuando a uno le inculcan que escribir bien, es literalmente, escribir bien. Quiero decir correctamente, sin errores de dedo, de una manera perfectamente maquinal e impersonal. Obviamente no es algo que profeso, y sin embargo… ¿Por qué me molestaría de otro modo? No son errores que impiden la comprensión, son simples fealdades, accidentes, algo que más o menos es esperable del formato que elijo escribir en el blog. Comparo probablemente este blog con mis escritos privados: no son lo mismo, en esos textos monumentales cada palabra debe ser fortuita, todo se mide a la sílaba, un error aparente tiene que ser más que aparente. No se trata de parecer, sino ser, he ahí el meollo del asunto, de la ficción.

Se puede deducir del párrafo anterior que si habría una relación más o menos ténue entre la ortografía y la literatura. Soit, solo que la idea iría casi opuesta al concepto que los profesores tratan de vehícular, el escritor no practica la convención en su más alto grado de perfección, la emplea obligado por los demás (¿los profesores?) en la medida que distinguirse de la convención ayuda a construir un sentido (im)preciso. El estilo es lo primero que se pierde en una obra por la rigidez de la misma convención cambiante, que estar bien escrito es distinto de una época a otra ¿y saben qué? Es perder el tiempo, tanto distanciarse como respetar las reglas escritas es como redactar párrafos describiendo el propio ombligo. No nos sirve, no es de literatura, por eso se relaciona con esta.

Mme. Bovary es una obra literaria a pesar de fundarse en una trama convencional. Utilisa la neutralidad impresa en la literatura social para no inclinar sus propósitos a todo lo que respecta a la convención. Claro, dirán, el contexto enriquece la obra. También el estilo, que es negación del lenguaje correcto, enriquece indefectiblemente. Mas esos no son los centros funcionales de la ficción, son solo los sistemas necesarios para montar cualquier artificio, las tuercas, los tornillos y los soportes que están allí porque sin ellos no hay máquina. Con esto queda claro: No tengo el culto de la ortografía.

Ya que arrastramos al buen redactar por el fango, vamos más lejos: hay que escribir bien. No para ser buen ejemplo ni para que nuestra agresión de la gramática ad hoc sea fortuito, solamente para comprobar lo insensato de perseguir lo correcto. No hay búsqueda para lo perfectamente escrito: llegamos, ahí está, entonces podemos olvidarlo y guardar distancia. La agresión de la convención sigue y la esgrimimos en otros niveles: podemos usar una tipografía/caligrafía alterada o actuar en los sentidos a nivel sémantico. Ahora que leí el Entenado, por tener un ejemplo en mente, refiero a la semántica: en la última parte del libro hay un uso de la palabra Patria que desentona con su posición, entendemos que fácilmente podríamos haber escrito “tierra” o “región”, algo para ese efecto, la presencia del vocablo que nos remite a nación, sugiere e instala la metáfora de su narración con la Argentina, y es todo. Sin la existencia en el lugar y conocimientos de la biografía de Saer, no habría razón para efectuar esa lectura en el texto, todo lo contrario a las paginas de discurso en los Hermanos Kamazov que critiqué hace rato. Es una comparación injusta, el Dostoïevski del folletón soporta el nivel de escrutinio que podemos imponerle a un Juan José Saer. Para no decir simplemente: no es tan bueno.

Aunque hay otra razón más mundana y que delegaremos a discutir otro día que me irrita en este asunto de lo mal redactado… El corrector de ortografía. No sé en qué idioma cree que escribo. Para otra vez esa crítica.

Danos lo social de cada día

Reconociendo cierta tradición de literatura contemporánea (usando las palabras literatura y tradición sin buscar elogio), voy a discutir un poco de lo social y lo cotidiano en la ficción.

Cuando hablé de la epopeya me cuidé de caer en la definición clasicista que la identifica como un texto elogioso que narra la fundación de una cultura. A principios del siglo XX este concepto de representación cultural se trasladó a la novela, típica heredera de lo épico y muchos textos se sugirieron como los “fundadores” de una determinada idea de nación. Hay una especie de razonamiento regresivo al conferir este valor cultural, pues decimos casi que si una obra es buena, debe ser constitutiva de una cierta sociedad, muchos se han aventurado a juzgar Cien Años de Soledad como una novela de lo latinoaméricano por la ambición y notoriedad del texto. Cervantes fundaría lo español por ser bueno, y no sería bueno por describir lo español.

Aquí entrevemos un concepto de valor que es en parte extraliterario y se refiere a la vigencia de una obra en la sociedad. No hablamos de una vigencia temporal como la que podría tener la reinvención constante de Cesar Aira, sino de una capacidad de ser leída y comprendida en una escala de valores que se tiene por actual. Es arduo definir lo representativo de cada quien, en general el progresista mira lo conservador con desconfianza y el universalista tiene algo de gañán. La idea de una obra que cuente especialmente para unos cuantos sugiere que para otros será deleznable, desde ese instante hablamos de un valor en lo relativo, de una concesión estética que prestamos a la obra por que tenga una afinidad con nosotros. Como la persona relatada debe tenerle paciencia a su biografía, la sociedad representada debe reconocer en desmedida las obras que solo en ella encuentran su sentido total.

Por supuesto, nada impide tomar un método positivo, y decir que en vez de que regalemos méritos a una obra por el contexto, lo que hacemos es restituirle el valor justo que siempre obtiene la obra al enriquecerse de dicho sentido. Lope de Vega puede resultar opaco a quienes no están informados de la estética del Siglo de Oro español, en la teoría, solo se le da justicia a su obra cuando es leída por algún letrado de su misma época, embebido en el contexto que le corresponde. Solo que dicho lector ideal, y la colección de méritos de lecturas contemporáneas y por tradición, son un ejercicio dialéctico complicado de manejar y casi siempre irrelevantes para una entidad real (ningún lector puede ser perfectamente letrado en todos los contextos de todas las obras). Ergo: nada de esto importa, ¿proseguimos?

Si no queda claro aún a qué me refiero con literaturas sociales y enriquecidas de contexto, voy a ejemplificar tomando lo que bien podría ser la ficción de una crónica periodística. Imaginen lo siguiente: “Genevieve es una desempleada con pensión de invalidez que apenas logra pasar el fin de mes, separada del padre de François, un joven que desesperado se radicaliza y se une a un partido de extrema derecha para tratar de recobrar el bienestar de su familia”. ¿Si lo alcanzan a ver? Hay una suerte de ficción de actualidad donde el fait divers o simplemente un imaginario puntual sobre la situación de una región/país/ciudad son ficcionalizados y de cierto modo, mostrados como ejemplos, como representaciones excepcionales de lo que finalmente “puede pasar” o “está pasando”. Si se quiere, ficciones como Madame Bovary parten de principios análogos: se busca una descripción que tiene una vigencia inmediata, casi respondiendo a una moda de una cultura dada, muchas veces sin el rigor que Flaubert imprimía en sus proyectos, lo que le confiere un rango de literatura menor. Esto, que quede claro, no es un tipo de ficción política o partisana como Cortázar o Orwell pudieron practicar. Hay una moralización detrás de esto, mas el autor se imagina como un simple “narrador del objeto” sin tomar parte ni emplear pedagogías para describir los procesos, que en el fondo tal vez no entiende.

De cierto modo este tipo de ficción se concibe como una épica moderna en el sentido fundador que antes mencioné. Una identidad cultural está definida antes que nada por un imaginario común, es verdad que la mayoría del tiempo el cotidiano y las actividades del lector no serán en nada similares a las de otro, no es el objetivo que todos los franceses piensen igual, lo relevante es que se conciban en un mismo campo semántico. En la época actual, los jóvenes están altamente separados de la historia, son incapaces de comprender la fascinación y la práctica de la guerra que sus antepasados tuvieron siempre presentes, viven en urbes cuyo desarrollo las ha alejado por mucho de sus funciones originales, y las relaciones mundiales parecen borrarse a favor de mercados cada vez más uniformizados. Si usted se acerca a un joven y le pregunta que tan ligado se siente a los fundadores de la ciudad en que vive, la indiferencia será casi generalizada. Entonces la ficción en su búsqueda de lo ejemplar y lo común de una cultura, trata de reconstruirse en el imaginario inmediato, en la crónica en vez de la historia. Sigue tratandose de una representación de los absolutos, donde la realidad y la estética están subordonadas a su función.

Pienso que por los motivos expuestos anteriormente, este tipo de ficción es incapaz de reproducir lo cotidiano. Su código sigue siendo lo héroico, lo que ve más allá y busca representar a todos. Lo cotidiano no se supone el código común de cada persona, es de la excepción. ¿Cuál es entonces la literatura de esto?