Discutir el Nobel

Sin duda no hay reconocimiento más grande en la esfera literaria que formar parte de la selección de la Bibliothèque de la Pléiade. Estaba précisamente buscando información al respecto y me di cuenta que esta prestigiosa edición carece de página wikipedia en español. Luego se puede que mi culto publico ignore o no tenga en su justo valor esta institución, en cuyo caso discutirla en detalle presenta dificultades. Increíble, de veras. Supongo que nos vemos forzados entonces a discutir el Nobel.

La Bibliothèque y el Nobel tienen en común que su gran prestigio muchas veces funciona en su contra. Hay muchos desertores gratuitos del Nobel cuyo prejuicio se sostiene por una serie de divergencias entre la calidad percibida de la literatura y aquella de los galardonados del premio. Los lectores tenemos un penoso lado coleccionista que nos lleva al vicio de confeccionar listas, nos gusta pensar que autoridades pertinentes comparten con nosotros esta práctica y nos sugieren un canon respaldado por un conocimiento literario superior. Esta parte de la autoridad, creo, comparte la mística que el lector inocente proyecta en el escritor y que lo vuelve una suerte de genio. Por supuesto que la Bibliothèque de la Pléiade está en manos de expertos y sabedores literarios brillantes en su generación: esto no los hace infalibles ni omniscientes.

Otro problema de estos enormes proyectos que prestan su nombre a la literatura mundial es que se requieren institucionales. Aunque siendo el mejor escritor del mundo, uno solo tiene una visión limitada de las letras, e incluso la teoría literaria solo se puede emplear correcta en situaciones determinadas. Ni el crítico ni la crítica son ilimitados, pensar lo contrario es volver la palabra literalmente mágica. Sí, la institucionalidad de estos jurados y grupos éditoriales es una fuerza comprobable, mas también les granjea una inmobilidad generacional que dirije sus voluntades. Conocen esta lentitud y tratan de compensarla con riesgos y experimentos: no son tan estáticas como las academias de lenguas cuya tradición conservadora se opone casi caricaturalmente a la vivacidad de la lengua que pretenden describir. La literatura es un fenómeno mucho más lento pues aunque sea excelentísima, su difusión nunca es inmediata.

Los peores críticos son aquellos que sancionan las elecciones expérimentales de estas instituciones, la búsqueda activa de candidatos consagrables no puede siempre efectuarse en sitios conocidos y fatigados. Si hay alguna vigencia en la Pléiade o en el Nobel es en este espacio de libertad donde no siempre se recurre a la elección obvia. Hay que saber suspenderse encima del error en un estado de riesgo constante, no es el objetivo listar convenciones que ya se saben, ni darle simplemente la razón al lector -que misteriosamente se admite poco informado y a la vez desea confirmar sus magros conocimientos-. Las ediciones alguna vez han seguido y formado el gusto historico de su época, sin embargo en su momento sus decisiones tenían una razón y concepto. Es historicista retroceder a cada autor reconocido y desmenuzar sus aportaciones buscando el descrédito de quienes los avalan.

Hago la letanía de críticas y entre ellas algunas ejercí con convicción. Soy iconoclasta en mis gustos literarios y de cierto modo me convenían las “elecciones malas” de estos reconomientos. No estoy exento de esta rebeldía, mas entiendo que mi interpretación de los hechos estaba errada y que las autoridades prestan continuidad a ciertas obras pero solo a través del tiempo se les puede dar justo sentido. Esto no es profecía, tampoco es un onanismo estético de unos cuantos que pretenden saber más que otros. Viendo que nunca pretendieron ser lo mejor de la literatura, entiendo y veo con agrado sus tareas diversas, la divergencia de esas con mi primera expectativa.

Mi ejemplo del Nobel comunica menos que la Bibliothèque, y hasta aquí deseo sostener la analogía. La Pléiade por su naturaleza efectivamente editorial, no actúa en el tiempo del mismo modo que un galardón. Existen los tomos reeditados y con edición crítica que testimonian no solo de una variedad de traducciones y lecturas diversas de los trabajos primarios, sino que también constatan la vigencia de los textos en el tiempo. La Pléiade no reedita a todos sus autores y habrá muchos que nunca reeditará seguramente, aquí podemos entrever la mirada del lector/editor a los trabajos anteriores de la institución. No es que puedan correrte de la edición de la Pléiade, mas la presencia en la misma tiene limites incluso en la consagración, cuando se trata de críticos y lectores.

Hay más realidad al hablar de una colección que de un galardón, pues el texto debe recorrer un sistema muy natural en la literatura que conocemos. Nadie toca los textos ni decide lo bueno y lo malo, el trigo y la yerba, como lo decide un editor, parece lo más natural prestar esta autoridad de reconocer la calidad literaria a uno de los engranajes centrales de las letras. Y es también natural que estos autores consagrados se puedan editar juntos, la Pléiade tiene algo de performativo pues a la vez sirve de vínculo simbólico entre los grandes autores, como de lugar donde se reúnen. Lo que es tal vez más sorprendente es que puede tratarse de una obra de creación, los entran a la biblioteca en vida participan a la edición y a la organización de su propia obra, casi como si amueblaran una futura vigencia en la mente literaria. Es un trabajo entra a esta edición y por lo demás, es claramente más simple poblarla de textos franceses pues no se traducen y es fácil hallar a los especialistas en colaboración, pero los limites de esto quedan bastante claros, y se conjugan bien para ser variedad y método visibles de juicio ante aquel que colecciona esta obra.

Esta colección tiene algo de literario ¿no? Como si fuese una idea de un cuento.

Advertisements

Calladitos se ven…

En fin, un par de entradas embarradas de algún modo en el tema de la sociedad, de un tomar en cuenta lo extraliterario en la palabra, nos llena sin duda a todos de fiaca. Porque sí, porque la sociedad en el espacio democrático es de lo que todos podemos hablar sin entender jota, especialmente sin que nuestra palabra cuente, es la libertad de discurso irrelevante. El tema se agota rápido, siempre terminamos en posturas sobre dinero y libertad, valga la redundancia, por eso hago feo al asunto, por eso me desentiendo.

Aunque no voy a ser el que le negará el lado espectacular a la figura pública, si algún mérito tiene es el de entretenimiento. Tal vez el término de rigor sería “diversión” en su sentido clásico de “distracción”, direte sin fondo, fazada. Prefiero por mucho el mot pas juste entretenimiento, placer estético, artificio del ingenio alegre, allégé. Hay figuras públicas en lo terrible también, creo que no dejan de ser ridículas en cierto modo, la premisa de que un hombre o un par de hombres subyugue a una región no debe ocultar por su crudeza su absurdidad. Y entonces diría el retórico, la palabra pública igual no existe porque la reunión pública está estrictamente prohibida. Propio a lo publico, el permiso.

Esta idea un poco irreverente me da pausa, es sin duda más adecuada de lo que buscaba ser. Lo dicho siempre es lo que nos permitimos decir, pues desde que el lenguaje nos somete nuestro pensamiento suele asemejarse a un discurso íntimo cuyo mérito es el silencio. No sé si un pensamiento argumentado puede tildarse en serio de silencio, su deseo suicida de no ser hablado, por sí mismo, ya es un objeto comprobable. El sicoanálisis tiene tal vez el desmérito de apoyar su tarea sanadora en una mecánica locuaz, en este despermiso cuya consecuencia es el lenguaje, donde la acción se vuelve como la sugerencia del pensamiento, donde se piensa y de vez en Cuando se existe. El lenguaje supondría el permiso, uno que no solo es propio sino que se doblega ante la necesaria limitación verbal que sostiene a cualquier convencional idioma. De veras estamos en los desechos de la libertad, es casi como si el verbo se nos figurara como el sometimiento cumplido.

Solo nos permitiríamos decir ciertos pensamientos, y estos permisos no serían exclusivos nuestros sino que nos los prestarían quienes nos rodean y crecen a nuestro lado. La palabra es un constante regateo en el que siempre se calla más de lo que se dice, es como el síntoma de una muerte interior, de los muchos martillazos que hemos sufrido hasta que se nos salgan a penas un par de frases. Y quien pregone que el pensamiento solo existe cuando asume una formula verbal demuestra que ha domesticado incluso los más brutos procesos químicos de su cerebro. Pide permiso para pensar (esperemos que lo obtenga ¿no?)

¡Qué ideas tan groseras! y por ello mismo ¡qué ideas tan ciertas! Me atormenta en ocasiones una frase vagamente construída que recuerdo (¿de la escuela?), la gente civilizada se entiende hablando, o sea, los esclavos de la cultura no actúan, dicen lo permitido, conversan mas no convierten, son del eco. Tienen opiniones políticas y votan, cuando alguien les déjà.

Es muy fácil confundirse en esto, si me reitero es en un afán de claridad: es malo, muy malo. ¿Tal ves por esto la gente piensa que el escritor es inteligente? ¿por su carencia de permiso? ¿su osadía al presentarse con su collar de mascotita de la palabra? O es el peor de los ciegos o es el más ciego, y esto segundo para su lector… ¿es bueno? Creo que sí, la gente se preocupa cuando un hombre sensato reconoce a qué punto su voz poco vale y lo asume. Es como un mago, un gran estratega o un milagroso. Un títere viendo los hilos que lo controlan.

Tengo un par de refutaciones o prueban en mente para desarrollar más esta línea de pensamiento. Solo que usted no quiere leerlas, en el fondo, no sin haber personalizado y añadido su propio silencio a esta vana declaración. Tenemos el don del silencio y es uno que cuenta. Las armas y los esclavos tenemos una relación confusa y rica, sin duda el historiador señalaría su fecundidad mejor que lo que yo, simple literato, puedo presentar.

Sobre el éxito

No permita la virgen que me ponga de moda.

Pensaba, seguro lo manejaré mejor que otros, seamos francos, soy lo máximo, pero sigue siendo una preocupación. Me encanta la moda, nada más necesario que la moda, la moda es el mejor sistema de arte para remedar la vida. Dicho esto, no quisiera ponerme de moda pues esto implicaría que mis vacías palabras solo cuenten en cierto momento y luego vuelva el vacío. Que el lector me busque ¿a quién le importa? Lo necesario es que encuentra algo, aquí, fuera de aquí, a pesar de aquí, en fin: todo eso.

¿Por qué escribir cada día si uno no quiere estar de moda? Bueno, existe una distancia grotesca entre el trabajo y el conocimiento, mi obra se construye cada día aunque en ella no me emplee, esperar una fama proporcional es ridículo e insensato. No quiero trabajar, porque no soy de esos que se definen por su trabajo, en ese mismo sentido, no considero que escribir sea un deber. No creo que publicar sea un deber. No seré menos escritor muerto, que lo que soy vivo.

Por absurdo que suene el párrafo anterior, es cierto. No escribimos pidiéndole cuentas a nadie ni subyugándonos a otra calidad aparte de la nuestra propia. Está usted aquí, leyendo ocasionalmente este blog y si su práctica ha sido dedicada (más que la mía) debe usted ser un lector digno de seguros aciertos. No deje que yo ni nadie le robe esta seguridad. El problema del reconocimiento es necesitarlo, es tener que vivir con él sea por obligación o por manía. El único que con mucho esfuezo puede llegar a conocerlo es un amigo íntimo, ¿quién podrá conocerlo varias veces para llegar al reconocimiento si el amigo no sabe más quién es uno? Entonces la resignación cae y no escribimos por la fama, ni por lo fugaz, ni por lo inmortal, ni por la palabra, ni por el método, ni por capricho, ni por ciencia, ni por virtud, ni por oprobio, ni por odio, ni por injusticia, ni ninguno de esos substantivos que no quieren decir gran cosa en el contexto. Escribimos por pura y feliz resignación. Y es un valor suficiente para emplearse en el asunto todos los días, y acaso el único motivo válido. Porque uno está resignado a darse cada día, pese a todo, porque así va a ser, si uno escribe va a hacerlo contra su propia vida y esto en variables días que nos ponen resistencia y no dudarían en juzgarlos (si se los permitimos).

Yo pensaba que quería escribir bien para tener éxito, luego comprendí que no iba a tener nada. Por esto mismo, sin objetos que sacrificar ni valores mayores, ejerzo mi redacción como mejor me parece y sin necesitar de los tumultos infinitos que han congraciado a tantos. Esto no es un método veráz, no sé si en otros se reproduzca con suficiente violencia. Si me parece grotezco reconocerme sin desear el éxito es que crecí en el sistema ciego de reconocer al mejor, de esperar solo lo mejor de uno mismo. Pienso en este sentido que lo mejor de uno mismo no vale nada si se intercambia presto por un par de halagos. Entonces olvídense, todas las injusticias hacen de nuestras almas objetos intercambiables y de negocio, no puedo ser un escritor sin asumirlo como oficio ni puedo serlo sin haber publicado, no es moneda lo que en el sistema de cambio no cotiza.

¿Hay algo de rebelde en la idea? Quizás. Por ello me quedo con la resignación, no se debe juzgar a otros sencillamente porque quieren vivir los sueños que les inculcaron sus padres, sería como atacar a una persona por tener la propia religión como convicción profunda, entiendo que no funciona y que hasta ahí queda. No somos el mismo tipo de hombres en ese nivel, hay quienes viven para el ensueño y es arduo. Yo creo que nos han vendido ya demasiados milagros y que en cuestiones literarias, la palabra “basta” tiene que emplearse en cierto momento.

Y pienso que la época del YA se nos está viniendo encima. ¿Puedo esperar entonces que alguien se tome la molestia de no tener recompensa? ¿estamos todos condenados a los demás? Quizás Sartre era tan espectáculo que allí reconocía su infierno.

Pensándolo bien, que me ponga de moda y que pase. Después de muerto de preferencia. Si no se puede pues… ¿qué tanta diferencia hay entre el desconocido y el olvidado? Ya juntos llegan a la meta de siempre.

Cargando con las propias

¿Los autores deben ser responsables de lo que escriben? Es imperativo que cada libertad venga con su correspondiente responsabilidad, ¿se sostiene la proporción entre los literatos? ¿la responsabilidad de ficción tiene sentido?

Bueno, todas estas bonitas consideraciones tendrían sentido si se sostuvieran en la práctica. No sé si el poderoso entienda que le debe tanto al más débil como que el vendedor de bestsellers se hace responsable de su audiencia. Todo esto, además, no tiene mucho sentido. ¿No es el poder la irresponsabilidad absoluta y no los libros más vendidos no están exentos por esto de las más altas consideraciones artísticas? Del mismo modo las leyes estéticas resisten a estos últimos, no siempre la economía textual está ligada a las sagas infinitas de libros que mucho venden, casi se diría lo contrario. Se sabe que en ciertas series de televisión, el amor no se consume para sostenerse como zanahoria frente a los personajes negados al crecimiento, esto es aquí porque el poder y la capacidad de venta es una fórmula de lo insostenible, lo insostenible que de algún modo logra sostenerse pues ninguna lectura, ninguna vida, es inmediata.

El tiempo se aturde para que algo falso sea apariencia, esto es un principio de la ficción bastante básico. No creemos que una injusticia brutal pueda existir, lo admitimos y permitimos en el texto. O tal vez el vínculo entre lo irresponsable y lo ficticio sea más ténue, précisamente nos oponemos a lo injusto y falso porque ahí no puede tocarnos, podemos desentendernos de lo sucedido en una inadmisible felicidad. Esto explicaría por qué el sistema religioso en el que el sincretismo abraza todos los mitos estaba destinado al fracaso, aunque les restemos importancia, los relatos que se vuelven oficiales tienen cierto valor de verdad, aunque esta conjugación exista solo en lo más convencional, al admitirlos les damos cierto poder y los responsabilizamos del acto social. ¿Cuál es el cuento folclórico de nuestro siglo? ¿el adolescente suicida que revela demasiada intimidad en línea? ¿cuál es nuestra fábula de valor general? ¿la mujer golpeada o el hombre víctima de violación? Aunque muchos valores nos parecen comunes, toda ficción nos es discutible, para reservarnos ese derecho de escépticismo que a final de cuentas, constituye nuestro modelo de ficción.

Entonces tal vez el autor sería individual para restarle todo poder, y que su responsabilidad se conjuge estrictamente en lo personal. Tiene sentido ya que por mucho que repitamos el credo de que la sociedad forma a los individuos, la ficción parece dedicada a las excepciones tanto en materia de autor como de protagonista. Creeremos cualquier oprobio y cualquier virtud que la ficción dicte por lo menos el tiempo de la lectura, a esto nos hemos impuesto y con ello transgredimos la verdad. Decimos a demás que la buena literatura siempre tiene tintes de verdad profunda, que convienientemente llamamos universal (¿la verdad es forzosamente universal? ¿la verdad es un enunciado verbal que puede comprobarse?), y por la cual más de un retórico se ha dedicado a defender la práctica del arte como un medio de sociología a historia travestidas. A veces cuesta admitir la verdad: que hay cosas más importantes en la vida que las interpretaciones históricas y que algunas de esas cosas, gratuitas y fecundas, es la belleza.

El autor no puede ser responsable si no le granjeamos autoridad, esto nos lleva a un estigma que mencioné de pasada hace algún tiempo, por el cual queremos que la figura autoral sea mejor que nosotros. Esto es un concepto extraño, lo que interesa son sus implicaciones. Si un autor no es nadie, su lugar en el discurso publico no solo está injustificado sino que cae en el sinsentido. Edificamos un misterioso templo que llamamos talento, el cual tilda de excepcional a un grupo menor de elegidos providenciales que sin duda algo de mesiánicos tienes. ¿Y qué es el mesías sino el que actúa y rectifica en nuestro lugar? Que un escritor, cineasta o politico encare los interéses y discursos que comunican nuestros interéses nos libra de la penosa urgencia de actuar nosotros mismos en medio de todo esto. Porque el poder de cada persona es la irresponsabilidad de algún otro, el autor que mucho gana y poco propone, le debe toda su dicha al menoscabe del lector miserable que se dedica a sustentar el mito del cliente y el producto.

Entendemos de nuevo el engaño simétrico que opondría en un sistema de valores directo la responsabilidad y lo irresponsable ¿qué es lo primero sino un vehículo con lo que se actúa por un tercero librándolo del mismo peso y condenándolo a lo segundo? ¿es un diálogo entonces el momento en el que yo soy responsable de lo que me respondes en la medida de que soy yo el que pregunta y tú respondes? El lector podría emánciparse del autor, y este segundo podría desear que aquel se emancipe. Tal vez ahí cada quién tiene sus responsabilidades y la cuestión pública del discurso deja de ser un fantoche teatro de sombras donde se representa al agredido y a la agresión, sin más valor sémantico que la oposición misma.

Luego se interrogan por qué muchos discursos son del sinsentido.

Estos días se me ocurrió la posibilidad de tratar el tema de la forma y el fondo, conceptos que en mi modelo de crítica literaria, no tienen mucha relevancia y casi se puede decir, restan indefinidos. Un par de necesidades rebuscadas se me ocurrieron: la primera es evaluar estos conceptos en términos de sus “équivalentes” en mi sistema propio, estos van por el nombre de ética y estética, solo que la tarea es más ardua de lo que parece y me desviaría mucho del objetivo original; la segunda posibilidad, más directa, consistiría en proponer cómo hay algo de inevitable en la distinción de forma y fondo, señalar sus aplicaciones concretas y luego argumentar sus límites, abriendo posible paso a la discusión sobre las dos E que mencioné anteriormente. Ambos métodos me parecieron inadecuados, habría qué procurarse una tercer vía.

Primero, ¿a qué se debe mi escépticismo en cuanto a los métodos sugeridos? En el primer caso la analogía entre mis conceptos y la forma-fondo es una impostura. Aunque el valor estético de los objetos artísticos es prominente, yo empleo este concepto a prácticamente toda aplicación humana, nos podríamos emparentar con la letra y el espíritu de la ley, dicotomía tan poco justa del todo y distinta realmente a la presentada en forma y fondo. No debe sorprendernos esta distancia: mis conceptos fueron propuestos precisamente al hallar que los anteriores tenían una especifidad muy grande en sus respectivos campos. Son muy precisos y yo detesto discutir en modos tales que la definición debe hallar un valor concreto inefable. Y esto también se explica: buscar una definición perfecta es tranformar el pensamiento en palabra convencional, rechazar el modelo dialogal y buscar el monólogo formal. Detestable proyecto, veamos las dificultades del segundo ejercicio.

El listado de justificaciones y de accidentes que promulgan la diferencia entre forma y fondo no es ardua, casi se trata de una evidencia. Porque precisamente, la existencia de estos conceptos no es propia al análisis literario, es de cierto modo una reducción de conceptos artísticos, casi diríamos arte pop. Eso suena grosero al arte pop, mejor digamos que es divulgación de crítica literaria. En estas circunstancias es más fácil simplemente afirmar la forma y fondo, haciendo el pasaje de su negación un poco artificioso como entrada, luego tal vez me vería obligado a explicar bajo que circunstancias se abolirían forma y fondo para luego reivindicarlas. No obstante, sería un error proponer estos elementos como algo dado, tampoco perseguir una definición complicada en términos gramáticos sería feliz, creo que estos métodos están condenados al fracaso.

Entonces: fondo y forma, forma y fondo. Entreveo un discurso digno de ser entrada a esta distinción. Trataría de explicar en qué sentido el fondo se encuentra en la forma y que buscamos la forma necesariamente en el fondo. Hay en la discusión misma de ambos objetos una tésis de igualdad, o por lo menos de existencia simultánea, de coincidencia. Si propusimos términos distintos y próximos, es que los conceptos son dignos de confundirse, no hablamos en realidad de fondo y de forma sin oponerlos, existen, para su propio beneficio, en la oposición. Este es un espacio sémantico bastante empleado y a la vez bastante vago, tenemos por ejemplo la oposición bien y mal, es más artificial buscar la definición de uno o de ambos para explicar el fenómeno que discutirlos como conceptos enfrentados. ¿Cuántas malas pláticas filosóficas no tratan de definir el bien? ¿cuántas se empeñan en el esfuezo vano de separarlo del mal? Y aquí la cosa no es tan dual como con fondo y forma, ya que muchos descreen en un bien mayor, mas reconocen el malestar concreto.

Pienso: se trata de una evidencia. Uno no busca la evidencia. Nos debemos comprender la diferencia forma y fondo, si no es ridículo leer al respecto. Tiene algo de unamuniano el argumento: para negar estos conceptos uno debe formarlos primero. ¿Qué mejor demostración de que fondo y forma son cosas que de hecho existen?

De homenajes y facilidades

Hay un número de ejercicios creativos que pueden arrastrarnos a la confusión en lo que concierne a la elección de un arte. Se necesita ser muy confiado para decir que uno es escritor, por ende, añadir a esto la tarea de ser además guionista, director, músico o artista plástico suele partir de la exageración. Nuestro dominio de varias artes es dispar, lo cual es un alivio. Si fuésemos igual de competentes en cada actividad creadora nuestro primer y mayor problema sería discernir cuál obra debe pertenecer a qué tipo de arte. Dije en las últimas entradas que un par de cuentos podrían pertenecer al arte fílmico, no aclaré (para evitar énfasis) que entonces ya no serían relatos.

Pienso que de un creador se espera un dominio vario de las herramientas que tiene a la mano. Basta mirar cualquier autor famoso en una aparición pública para notar que la escritura, por fines meramente promocionales, exige cierta calidad de actor. El conocimiento actoral es exigencia esperada en los directores, mas incluso un ilustrador o un libretista saca ventaja de dicho saber. Todo esto, de nuevo, en medidas más o menos equívocas y variables, dentro de géneros y subgéneros de discurso (en el sentido de comunicación), que van más allá de lo puramente artístico y se mezclan con lo práctico o científico. Uno puede escribir un blog porque tiene el más vago conocimiento de edición web y alguna paciencia con las máquinas, el rigor de la escritura periodística también se plantea por la necesidad de producir a tiempo.

El fenómeno televisivo que es Game of Thrones tiene como orígen una serie de libros de fantasía. Por lo general al encontrar este tipo de genealogía tratamos de encasillarla en dos circunstancias típicas: 1) el libro debe ser superior por tener más contenido, ser original y venir de una voluntad única e indivisible, o 2) la serie supera a lo escrito porque el concepto fantástico se traduce con mayor impacto en un medio visual. Otros argumentos secundarios serían la idea de diferente público entre producto original y derivado… No diré que es un razonamiento inválido, señalo cómo se desdice al momento que tratamos de una comparación (me permito el énfasis: conocemos a las dos obras, luego las audiencias tienen algo de idéntico). Los argumentos numerados arriba son del órden de la convicción, su validez se limita a lo receptivo que el oyente pueda ser a estos y no tanto a un factor verdadero que constituya las obras.

Con las adaptaciones hay muchos factores que pueden distarernos, mejor argumentar con un objeto menor y ridículo: la traducción. No hay nada más atascado de a prioris grotescos que la traducción, hay escuelas enteras cuyo fin es dictar cual es la mentalidad permitida para tal o cual traductor, en qué consiste la fidelidad de un texto producido a partir de otro idioma. No necesitaríamos siquiera distintos idiomas, uno podría traducir esta entrada a un modo distinto de discurso, reducir la ambigüedad o cambiar las palabras rebuscadas por sinónimos coloquiales. Claro, también he dicho antes que el estilo se pierde, por lo cual, este género menor de transformaciones algo tienen de olvido. Volvamos pues a lo simple que supone la traducción: dos idiomas, una obra.

Obras, las hay pobres. Existen los errores, las descripciones infatigables, las expresiones planas y sin emoción. Hay quien dice que en los textos de Dostoievski hay solo un par de personajes pues todos hablan igual. ¿Qué hacer de esto? Unos traductores dirán que se debe respetar. Entendemos que por la multiplicacion de estos errores, involuntarios en el autor original, voluntarios en el reproductor, estamos perpetrando obras inferiores. El resultado parece más la voluntad de un historiador o un estudiante que el de un artista, es porque en estas traducciones la belleza estética es secundario. Y se entiende, pues los prodigios técnicos se borran. También los conocimientos históricos. Por otro lado, la fama original de la obra viene de su belleza. Uno decide de antemano qué perpetuar, no por fuerza de razón sino por convicción pura. Si el traductor o el lector de la obra traducida no es receptivo a la mejora técnica de una obra, la juzgará con rudeza, si supera sus prejuicios, ganará y perderá diversas cosas en el intercambio. Así la adaptación.

Uno hace en la medida de sus capacidades, domina muchas cosas y no dicta el exacto término que le dará razón final. Yo puedo escribir centenares de obras en español, mas todas ellas juntas harán poco por representar mi estética en holandés o nepalí. Acaso redactaré en varios idiomas o me traduciré en expresiones que a los ojos de ustedes, lectores, no harán justicia. Que entre todas mis cosas algunas sean menos, es bueno, es parte del juego. Para lo demás hay los otros, sus homenajes y sus facilidades.