La materia de las cosas

Cierta honestidad fundamental me hacía imposible contemplar la posibilidad de una precariedad voluntaria en los productos. Pienso en la caducidad programada de los bienes, particularmente de los computadores que he usado a lo largo de casi toda mi vida y que pude entrever sin ningún conocimiento formal del asunto. Uno tiene un aparato electrónico y este se muere ¿qué hay de raro en ello? Dejemos de lado la pobreza tecnológica que el mismo predica conforme la tecnología se va abaratando y que un objeto pierda su funcionalidad primaria en unos años…

Me parecía ridículo que una mano inteligente -o que se reivindique como tal- guiara la construcción de los aparatos para que estos se destruyeran. No quiero decir por esto que mi ceguera me impidiera ver las pobrezas de cada objeto, sino que la caducidad siempre me sonó como una suerte de accidente mecánico, de deriva viciosa del sistema que estaba condenada a suceder por falta de recursos, de escrúpulos o de seriedad. O de precariedad. Nací en un país con un nivel de vida “bajo”, en donde se espera ya por inercia que las cosas funcionen forzosamente peor que en otros sitios. Y pues, la gente necesita computadores y otros aparatos en estos países, los cuales por fuerza no pueden ser demasiado caros en cuanto al costo de fabricación, lo que forzosamente lleva a un abaratamiento de los materiales que conlleva en sí la temprana destrucción de los aparatos, cuya calidad obviamente sufre. La proyección no es menos absurda, pienso simplemente que funciona a un nivel de absurdo que estaba dispuesto a aceptar, uno que convenía a mi concepto pragmático de tecnología y de industria.

Resulta que era muy generoso con determinados industriales que practican una “legítima” teoría económica de caducidad programada. Si uno vende lámparas, y las lámparas duran eternamente, entonces en cierto momento ya no se necesitan más lámparas o se necesitan tan pocas (supongamos que se rompen algunas ¿no?) que fabricar las lámparas no es económicamente rentable. Para su supervivencia la industria de lámparas debe construir productos frágiles que al deshacerse, serán reemplazados por nuevas lámparas que iremos vendiendo y el sistema mercantil se alimenta ad infinitum. Bueno, en la medida que existe trabajo y recursos para crear lámparas, es un sistema concebido en una escala de abundancia casi absoluta. En suma, la idea sería hacer objetos voluntariamente malos para tener más ventas en el futuro y que el cliente nos necesite como distribuidor de pobrezas tecnológicas.

Mencioné antes que hay una falacia en el sistema: supone en cierto modo que los recursos en el tiempo son ilimitados, también admite benignamente que la tecnología mejorará y las iteraciones futuras de cada bien no serán de veras idénticas (esto es más una piedad del sistema que una verdadera voluntad por parte del fabricante). Me recuerda a un argumento que leí en Saturday Morning Breakfast Cereal sobre que la segunda teoría de la termodinámica negaría la evolución, porque el sol no existe. Ignoremos ese elemento externo gigantezco que postula un problema en el sistema y asumamos en el argumento solo lo que nos conviene.

Suficiente préambulo, aquí todo lo medimos en términos literarios porque es la vocación de la literatura ser moneda de intercambio en el discurso social. El mundo editorial tiene su propio concepto de vigencia artística y caducidad que no persigue en cada instancia lo “inmortal” de la alta literatura sino que condesciende a lo transitorio. Los editores aman las letras, no se ven publicando textos voluntariamente malos (se puede hacer esto, ciertas publicaciones marginales se prestan al juego), mas están enfrentados a la urgencia de vender nuevos libros para alimentar sus propios recursos y mantener viva la necesidad de cada lector de un nuevo y flamante texto que los conmueva, porque sin un flujo de libros más o menos constante los lectores dejan de existir. Además (se dicen) los escritores tienen que sentir una motivación para escribir, tan débil como esta pueda ser desde el punto de vista économico, los que perseveran en la escritura suelen hacerlo dentro de un círculo économico modesto que los premia levemente por cada publicación. Y sí, hay mucho de falacioso en este sistema, pero más que recompensar escritores o crear nuevos lectores la vocación de las éditoriales es que el fenómeno de la literatura exista, que el objeto libro tenga una continuidad en el tiempo y en todas las épocas. No hay esperanza de que los medios técnicos mejoren con el tiempo y se generen “mejores libros” en un futuro, si se tiene la certeza de que si no existe ningún tipo de libro en el futuro, no los habrá.

¿Pinto con benevolencia los vicios de esta industria mientras me presto a desecrar las demás? Todo lo contrario, pienso que el caracter viciado de la economía presenta todos estos arbitrarios como una necesidad, y que en ambos casos debería haber otra opción, pero ¿qué quieren? Los sistemas no se manifiestan ni se transforman en un abrir y cerrar de ojos. La ciencia y el arte son conceptos enturbiados por su aplicación económica, no tenemos realmente otra referencia que esta existencia puramente mercantil y todo lo demás, es una pureza limitada al comentario. Si uno no se hace a estas realidades ¿puede decir que ama la ciencia o el arte genuinamente?

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