Calladitos se ven…

En fin, un par de entradas embarradas de algún modo en el tema de la sociedad, de un tomar en cuenta lo extraliterario en la palabra, nos llena sin duda a todos de fiaca. Porque sí, porque la sociedad en el espacio democrático es de lo que todos podemos hablar sin entender jota, especialmente sin que nuestra palabra cuente, es la libertad de discurso irrelevante. El tema se agota rápido, siempre terminamos en posturas sobre dinero y libertad, valga la redundancia, por eso hago feo al asunto, por eso me desentiendo.

Aunque no voy a ser el que le negará el lado espectacular a la figura pública, si algún mérito tiene es el de entretenimiento. Tal vez el término de rigor sería “diversión” en su sentido clásico de “distracción”, direte sin fondo, fazada. Prefiero por mucho el mot pas juste entretenimiento, placer estético, artificio del ingenio alegre, allégé. Hay figuras públicas en lo terrible también, creo que no dejan de ser ridículas en cierto modo, la premisa de que un hombre o un par de hombres subyugue a una región no debe ocultar por su crudeza su absurdidad. Y entonces diría el retórico, la palabra pública igual no existe porque la reunión pública está estrictamente prohibida. Propio a lo publico, el permiso.

Esta idea un poco irreverente me da pausa, es sin duda más adecuada de lo que buscaba ser. Lo dicho siempre es lo que nos permitimos decir, pues desde que el lenguaje nos somete nuestro pensamiento suele asemejarse a un discurso íntimo cuyo mérito es el silencio. No sé si un pensamiento argumentado puede tildarse en serio de silencio, su deseo suicida de no ser hablado, por sí mismo, ya es un objeto comprobable. El sicoanálisis tiene tal vez el desmérito de apoyar su tarea sanadora en una mecánica locuaz, en este despermiso cuya consecuencia es el lenguaje, donde la acción se vuelve como la sugerencia del pensamiento, donde se piensa y de vez en Cuando se existe. El lenguaje supondría el permiso, uno que no solo es propio sino que se doblega ante la necesaria limitación verbal que sostiene a cualquier convencional idioma. De veras estamos en los desechos de la libertad, es casi como si el verbo se nos figurara como el sometimiento cumplido.

Solo nos permitiríamos decir ciertos pensamientos, y estos permisos no serían exclusivos nuestros sino que nos los prestarían quienes nos rodean y crecen a nuestro lado. La palabra es un constante regateo en el que siempre se calla más de lo que se dice, es como el síntoma de una muerte interior, de los muchos martillazos que hemos sufrido hasta que se nos salgan a penas un par de frases. Y quien pregone que el pensamiento solo existe cuando asume una formula verbal demuestra que ha domesticado incluso los más brutos procesos químicos de su cerebro. Pide permiso para pensar (esperemos que lo obtenga ¿no?)

¡Qué ideas tan groseras! y por ello mismo ¡qué ideas tan ciertas! Me atormenta en ocasiones una frase vagamente construída que recuerdo (¿de la escuela?), la gente civilizada se entiende hablando, o sea, los esclavos de la cultura no actúan, dicen lo permitido, conversan mas no convierten, son del eco. Tienen opiniones políticas y votan, cuando alguien les déjà.

Es muy fácil confundirse en esto, si me reitero es en un afán de claridad: es malo, muy malo. ¿Tal ves por esto la gente piensa que el escritor es inteligente? ¿por su carencia de permiso? ¿su osadía al presentarse con su collar de mascotita de la palabra? O es el peor de los ciegos o es el más ciego, y esto segundo para su lector… ¿es bueno? Creo que sí, la gente se preocupa cuando un hombre sensato reconoce a qué punto su voz poco vale y lo asume. Es como un mago, un gran estratega o un milagroso. Un títere viendo los hilos que lo controlan.

Tengo un par de refutaciones o prueban en mente para desarrollar más esta línea de pensamiento. Solo que usted no quiere leerlas, en el fondo, no sin haber personalizado y añadido su propio silencio a esta vana declaración. Tenemos el don del silencio y es uno que cuenta. Las armas y los esclavos tenemos una relación confusa y rica, sin duda el historiador señalaría su fecundidad mejor que lo que yo, simple literato, puedo presentar.

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