Cargando con las propias

¿Los autores deben ser responsables de lo que escriben? Es imperativo que cada libertad venga con su correspondiente responsabilidad, ¿se sostiene la proporción entre los literatos? ¿la responsabilidad de ficción tiene sentido?

Bueno, todas estas bonitas consideraciones tendrían sentido si se sostuvieran en la práctica. No sé si el poderoso entienda que le debe tanto al más débil como que el vendedor de bestsellers se hace responsable de su audiencia. Todo esto, además, no tiene mucho sentido. ¿No es el poder la irresponsabilidad absoluta y no los libros más vendidos no están exentos por esto de las más altas consideraciones artísticas? Del mismo modo las leyes estéticas resisten a estos últimos, no siempre la economía textual está ligada a las sagas infinitas de libros que mucho venden, casi se diría lo contrario. Se sabe que en ciertas series de televisión, el amor no se consume para sostenerse como zanahoria frente a los personajes negados al crecimiento, esto es aquí porque el poder y la capacidad de venta es una fórmula de lo insostenible, lo insostenible que de algún modo logra sostenerse pues ninguna lectura, ninguna vida, es inmediata.

El tiempo se aturde para que algo falso sea apariencia, esto es un principio de la ficción bastante básico. No creemos que una injusticia brutal pueda existir, lo admitimos y permitimos en el texto. O tal vez el vínculo entre lo irresponsable y lo ficticio sea más ténue, précisamente nos oponemos a lo injusto y falso porque ahí no puede tocarnos, podemos desentendernos de lo sucedido en una inadmisible felicidad. Esto explicaría por qué el sistema religioso en el que el sincretismo abraza todos los mitos estaba destinado al fracaso, aunque les restemos importancia, los relatos que se vuelven oficiales tienen cierto valor de verdad, aunque esta conjugación exista solo en lo más convencional, al admitirlos les damos cierto poder y los responsabilizamos del acto social. ¿Cuál es el cuento folclórico de nuestro siglo? ¿el adolescente suicida que revela demasiada intimidad en línea? ¿cuál es nuestra fábula de valor general? ¿la mujer golpeada o el hombre víctima de violación? Aunque muchos valores nos parecen comunes, toda ficción nos es discutible, para reservarnos ese derecho de escépticismo que a final de cuentas, constituye nuestro modelo de ficción.

Entonces tal vez el autor sería individual para restarle todo poder, y que su responsabilidad se conjuge estrictamente en lo personal. Tiene sentido ya que por mucho que repitamos el credo de que la sociedad forma a los individuos, la ficción parece dedicada a las excepciones tanto en materia de autor como de protagonista. Creeremos cualquier oprobio y cualquier virtud que la ficción dicte por lo menos el tiempo de la lectura, a esto nos hemos impuesto y con ello transgredimos la verdad. Decimos a demás que la buena literatura siempre tiene tintes de verdad profunda, que convienientemente llamamos universal (¿la verdad es forzosamente universal? ¿la verdad es un enunciado verbal que puede comprobarse?), y por la cual más de un retórico se ha dedicado a defender la práctica del arte como un medio de sociología a historia travestidas. A veces cuesta admitir la verdad: que hay cosas más importantes en la vida que las interpretaciones históricas y que algunas de esas cosas, gratuitas y fecundas, es la belleza.

El autor no puede ser responsable si no le granjeamos autoridad, esto nos lleva a un estigma que mencioné de pasada hace algún tiempo, por el cual queremos que la figura autoral sea mejor que nosotros. Esto es un concepto extraño, lo que interesa son sus implicaciones. Si un autor no es nadie, su lugar en el discurso publico no solo está injustificado sino que cae en el sinsentido. Edificamos un misterioso templo que llamamos talento, el cual tilda de excepcional a un grupo menor de elegidos providenciales que sin duda algo de mesiánicos tienes. ¿Y qué es el mesías sino el que actúa y rectifica en nuestro lugar? Que un escritor, cineasta o politico encare los interéses y discursos que comunican nuestros interéses nos libra de la penosa urgencia de actuar nosotros mismos en medio de todo esto. Porque el poder de cada persona es la irresponsabilidad de algún otro, el autor que mucho gana y poco propone, le debe toda su dicha al menoscabe del lector miserable que se dedica a sustentar el mito del cliente y el producto.

Entendemos de nuevo el engaño simétrico que opondría en un sistema de valores directo la responsabilidad y lo irresponsable ¿qué es lo primero sino un vehículo con lo que se actúa por un tercero librándolo del mismo peso y condenándolo a lo segundo? ¿es un diálogo entonces el momento en el que yo soy responsable de lo que me respondes en la medida de que soy yo el que pregunta y tú respondes? El lector podría emánciparse del autor, y este segundo podría desear que aquel se emancipe. Tal vez ahí cada quién tiene sus responsabilidades y la cuestión pública del discurso deja de ser un fantoche teatro de sombras donde se representa al agredido y a la agresión, sin más valor sémantico que la oposición misma.

Luego se interrogan por qué muchos discursos son del sinsentido.

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