De homenajes y facilidades

Hay un número de ejercicios creativos que pueden arrastrarnos a la confusión en lo que concierne a la elección de un arte. Se necesita ser muy confiado para decir que uno es escritor, por ende, añadir a esto la tarea de ser además guionista, director, músico o artista plástico suele partir de la exageración. Nuestro dominio de varias artes es dispar, lo cual es un alivio. Si fuésemos igual de competentes en cada actividad creadora nuestro primer y mayor problema sería discernir cuál obra debe pertenecer a qué tipo de arte. Dije en las últimas entradas que un par de cuentos podrían pertenecer al arte fílmico, no aclaré (para evitar énfasis) que entonces ya no serían relatos.

Pienso que de un creador se espera un dominio vario de las herramientas que tiene a la mano. Basta mirar cualquier autor famoso en una aparición pública para notar que la escritura, por fines meramente promocionales, exige cierta calidad de actor. El conocimiento actoral es exigencia esperada en los directores, mas incluso un ilustrador o un libretista saca ventaja de dicho saber. Todo esto, de nuevo, en medidas más o menos equívocas y variables, dentro de géneros y subgéneros de discurso (en el sentido de comunicación), que van más allá de lo puramente artístico y se mezclan con lo práctico o científico. Uno puede escribir un blog porque tiene el más vago conocimiento de edición web y alguna paciencia con las máquinas, el rigor de la escritura periodística también se plantea por la necesidad de producir a tiempo.

El fenómeno televisivo que es Game of Thrones tiene como orígen una serie de libros de fantasía. Por lo general al encontrar este tipo de genealogía tratamos de encasillarla en dos circunstancias típicas: 1) el libro debe ser superior por tener más contenido, ser original y venir de una voluntad única e indivisible, o 2) la serie supera a lo escrito porque el concepto fantástico se traduce con mayor impacto en un medio visual. Otros argumentos secundarios serían la idea de diferente público entre producto original y derivado… No diré que es un razonamiento inválido, señalo cómo se desdice al momento que tratamos de una comparación (me permito el énfasis: conocemos a las dos obras, luego las audiencias tienen algo de idéntico). Los argumentos numerados arriba son del órden de la convicción, su validez se limita a lo receptivo que el oyente pueda ser a estos y no tanto a un factor verdadero que constituya las obras.

Con las adaptaciones hay muchos factores que pueden distarernos, mejor argumentar con un objeto menor y ridículo: la traducción. No hay nada más atascado de a prioris grotescos que la traducción, hay escuelas enteras cuyo fin es dictar cual es la mentalidad permitida para tal o cual traductor, en qué consiste la fidelidad de un texto producido a partir de otro idioma. No necesitaríamos siquiera distintos idiomas, uno podría traducir esta entrada a un modo distinto de discurso, reducir la ambigüedad o cambiar las palabras rebuscadas por sinónimos coloquiales. Claro, también he dicho antes que el estilo se pierde, por lo cual, este género menor de transformaciones algo tienen de olvido. Volvamos pues a lo simple que supone la traducción: dos idiomas, una obra.

Obras, las hay pobres. Existen los errores, las descripciones infatigables, las expresiones planas y sin emoción. Hay quien dice que en los textos de Dostoievski hay solo un par de personajes pues todos hablan igual. ¿Qué hacer de esto? Unos traductores dirán que se debe respetar. Entendemos que por la multiplicacion de estos errores, involuntarios en el autor original, voluntarios en el reproductor, estamos perpetrando obras inferiores. El resultado parece más la voluntad de un historiador o un estudiante que el de un artista, es porque en estas traducciones la belleza estética es secundario. Y se entiende, pues los prodigios técnicos se borran. También los conocimientos históricos. Por otro lado, la fama original de la obra viene de su belleza. Uno decide de antemano qué perpetuar, no por fuerza de razón sino por convicción pura. Si el traductor o el lector de la obra traducida no es receptivo a la mejora técnica de una obra, la juzgará con rudeza, si supera sus prejuicios, ganará y perderá diversas cosas en el intercambio. Así la adaptación.

Uno hace en la medida de sus capacidades, domina muchas cosas y no dicta el exacto término que le dará razón final. Yo puedo escribir centenares de obras en español, mas todas ellas juntas harán poco por representar mi estética en holandés o nepalí. Acaso redactaré en varios idiomas o me traduciré en expresiones que a los ojos de ustedes, lectores, no harán justicia. Que entre todas mis cosas algunas sean menos, es bueno, es parte del juego. Para lo demás hay los otros, sus homenajes y sus facilidades.

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