Una de mates

En su serie de Robots y Fundación, Isaac Asimov emplea un dialogo que siempre me ha gustado, en el cual un robot inteligente, Daneel, declina una eventual participación en un problema estadístico para no meterse con la matemática de su cerebro. Recuerdo haber leído esta frase en un momento en que terminaba la época más dedicada a las matemáticas de mi juventud, tras la cual tomarían un segundo plano a otras de mis aficiones, volviéndose tal vez mi única nostalgia de juventud. Es importante leer esto de parte de Asimov, pues él representa en mi imaginario un balance muy especial entre el hombre de ciencia y el escritor, alguien que sigue sin duda dedicado al conocimiento científico y la divulgación, sin abandonar los placeres estéticos de la palabra, desde la poesía hasta las sutilezas de la ficción épica. La matemática de mi cerebro… Como es mi costumbre no sé si estoy citando bien (además cito de una traducción y lamento no poder dar crédito al traductor, lo cierto es que era otra época de mi práctica de lectura), pero la frase tiene mucho sentido para mí, que abandoné en cierto modo la matemática de mi mente en aquel entonces.

Tanto como se puede abandonar algo así, cabe decir.

No hay goce estético como las matemáticas. Mi gusto por los juegos y la estrategia son adaptaciones de esa fascinación primaria de resolver problemas con soluciones subóptimas o gracias a la observación de secuencias varias. Decimos que el cuento de détectives tradicional es un ejercicio mental: creo que es más matemático en su sistema que el sudoku. La solución no es lo esencial del asunto, sino el cómo llegas a dicha conclusión, hasta que punto puedes usar un recurso y apropiarte de él. Reconocemos la misma escala de valores en el objeto del artista. Pero la satisfacción es infinitamente más pura, pues aceptamos que aún si el conocimiento obtenido fue manoseado por muchos otros pensadores, nosotros hemos llevado a bien la empresa y eso basta. La ilusión de novedad en las matemáticas es mucho menos grosera y brutal. Es un juego, que como todo juego fundamentalmente humano, se vive en la necesaria repetición, pues una experiencia única jamás será válida como simulacro.

Notarán algo sistemáticamente incongruente en mi propósito: declaro un amor hacia todo lo sencillo que es goce de las matemáticas y a la vez me resigno a no practicarlas de un modo u otro. En general, este tipo de incongruencias son las que ocultan y postulan todo el sentido de mis discusiones, si ustedes no han notado estos colosales vacíos en mi discurso hasta ahora… Pues que pena. ¿Por qué no nomás me pongo a hacer matemáticas de nuevo? La pregunta es legítima y la solución es algo que debo seriamente perseguir, lo que no quiere decir que sea vana la respuesta. Lo pongo en términos literarios ¿qué libros tengo que leer? Es una pregunta recurrente y finalmente muy complicada, crucial para todo aquel que quiera pasearse en el arte de las letras y hacerlo con algún sentido. Es la pregunta primera, ¿a qué voy a dedicar mi tiempo en la palabra? Pues en el fondo es algo personal, algo que no debería ser guiado por los géneros ni el orden impuesto por la tradición. Yo sé respecto a las matemáticas que la investigación y el simple regateo de problemas como se hacía en la escuela son respuestas truncas a mi inquietud. No quiero una práctica matemática vacía ni utilitaria, quiero una que me enriquezca como individuo, no solo un hobby sino una vocación.

No hay matemáticas malas, solo hay matemáticas mal prácticadas. Hay que reconocer que la práctica de estas en las escuelas es un ejercicio deficiente, no puedo decir en el mismo registro, que la práctica literaria sea muy superior. La práctica de estas ciencias es un poco como leer, mientras tu empleo de la lectura sea crítico y consiente, no te deberías nunca encerrar en un texto pobre ni escribir uno tan malo. Una lectura deficiente guía hacia todos los pecados literarios, a todos los excesos infelices y al goce vacío. Si te gusta la literatura no lees critica literaria ni memorizas volúmenes de obras caducas: lees y escribes. Del mismo modo no veo como la memorización o el puro ejercicio puede dar cuenta de lo que las matemáticas pueden darnos de bello. Hay que practicarlas, ensuciarse las manos, prestarse a escuchar lo que uno puede lograr con ellas, sin que se vuelva una utilidad mercantil. Sin duda perciben esa distancia estética entre la matemática “útil en la vida” y esa que nos hace sonreir al resolverla.

Mucho de lo que he aprendido leyendo también lo aprendí en su momento con la teoría de números. La matemática es convencional, mas si uno no se la apropia, literalmente no hay nada qué hacer en ella. Uno no está obligado a leer sus libros para la escuela, en el fondo nunca lo estuvo. La libertad solo se practica cuando la decisión de hacer se lleva al acto, cuando levantamos la voz con esa herramienta de todo el mundo o el universo, y en esa expresión somos nosotros.

Todo se reduciría, en cierta medida, a la matemática de nuestros cerebros.

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Hoy Aira para rato

Entre los autores contemporáneos que en mi imaginario tienen más vigencia, debo mencionar de manera inescapable a Cesar Aira, escritor ineludible de la literatura argentina. ¿Por qué comienzo por la vigencia? Porque la prolífica producción de Aira es propia al descubrimiento, uno avanza por las zonas de su narrativa a paso seguro sin esperar caer en un barranco de sinsentido, aunque también permite un mínimo de presencia a la sorpresa. Es vigente porque es irreductible o mejor dicho, porque su reducción exigente nos resulta improbable.

¿Sabían que hace poco murió García Marquez? Bueno, ese señor institución era un periodista y novelista consumado, mas no podemos decir que fue acompañado hasta la tumba por una sensación de vigencia. Tal vez los clásicos en vida sufran peor este estigma que los cadaveres agraciados, cuando el reconocimiento del autor simplemente se supone, se admite como realidad, se vuelve evidente, no hay búsqueda que efectuar. Este es el doloroso premio de la fama, de cierto modo granjea a una obra varia el poder de la invisibilidad, transforma a la obra posterior en símbolo de la primera y presta un olvido seguro a las torpezas que la juventud supone. Pocos autores se permiten (consientemente) las torpezas que pueblan las narraciones de Cesar Aira, esto es en concreto el aspecto fatal de su obra: parece hecho por muchos hombres equivocados uno con respecto al otro, muchos hombres que con deseo estilístico dudoso, se plagian los unos a los otros.

Después de sus mejores textos Gabo empezó una etapa que sus críticos más duros tacharemos de decadente. Fue un hombre con oficio, eso es indudable, mas el universo ajeno y popular que lo galardonó como narrador mayor no era algo repetible. Comprendió con sensibilidad que emularse a sí mismo hubiera sido una atrocidad y utilizó su colegio personal de experiencia como método para no situarse en el mudismo feroz. No siempre este recurso llevó a la felicidad. Y en efecto, este extraño sitio que el último García Marquez es una bárbara injusticia para medir el talento del hombre, pero si creen que el arte tiende a la justicia, no han estado poniendo atención.

Es cierto que la impunidad del crítico temporalista es un arma difícil de usar contra las tirades de Aira, la variedad de la obra la vuelve opaca y en esa pared de sinsentido el juicio más severo debe siempre reinar. Partiremos con el tiempo la obra colosal del autor en provechosa y superflua, pienso que Aira es demasiado lúcido de su estilo para sospechar una inmortalidad más conjunta. Pese a su disparidad, cada obra del argentino es un objeto que comunica con todo hombre que se interese en el problema de la creación. No se plantea aquí la mitología del cosmos, simplemente se muestra el cosmos. Entendemos luego el valor simbólico que imponemos en las estrellas por las constelaciones, que nuestro rigor creador es el de las relaciones y el regateo penoso de objetividad y coincidencia. El artificio como máquina de producción en vez de bandera que oculta los engranes, tal es el método elegido por este Aira numeroso y difícil de comunicar. Pienso que la traducción será el elemento temprano que predispondrá nuestro ángulo de ataque hacia el corpus del autor, pues los textos que se comunican y se descubren pierden volumen siempre al exportarse. En algunos años, el autor traducido, a fuerza de ser comercial, habrá erradicado los azares extraños que el proyecto primero de la creación-máquina propone.

¿Un éxito…? Tal vez no tanto, inevitablemente (como es así para Lope de Vega, otro múltiple de la lengua) algunas obras dignas serán arrojadas al olvido, y su descubrimiento crítico será mentado de novedad sin cara, porque más tarde la vigencia del autor, mediada por los años, no tendrá ninguna urgencia. Los libros que hoy parecen llover a cántaros, serán una rareza en las bodegas olvidadas que son las librerías. Y entonces nadie se preocupará por descubrir la verdadera obra de Aira, verdadera a fuerza de ser buena (que es la única realidad del texto).

Esto no nos impedirá leerlo con la vigencia que aún posee. Sin duda no es su única virtud, pero por su caracter fugaz, logro disfrutarla tal vez más de lo que debería.

¿Recolección?

Hay personas que consideran el aprendizaje lineal (digamos sobre literatura, ya saben que es mi barato ejemplo), su conjetura supondría que hay ciertas cosas que deben saberse. Determinadas cosas que se han de leer. Porque son referencias inevitables que forman hasta cierto punto al escritor o al lector. Tratamos pues de apropiarnos a los conjurados hasta el punto de ruptura en que no se puede, sinceramente y con provecho, leer más.

En este imaginario, el saber se colecciona y los libros se acumulan, la progresión es puramente geométrica. Yo leo más libros que usted y por lo tanto soy mejor literato que usted, o mejor crítico si creemos en jerarquías de este tipo. Ser erudito es una virtud y no solo de la memoria, la cita précisa de un objeto literario es casi una experiencia de lo religioso y promueve las letras aún cuando no hay soporte textual. No es una colección gris, sino un inmenso museo, un palacio de tesoros obtenidos en sitios distantes y de inmenso valor, así se postula una biblioteca llena de mundos y universos. La propuesta puede sonarnos familiar: el arte popular la comunica.

Una problemática muy real de este sistema de pensamiento es que el conocimiento estructura. Tomando el ejemplo de la biblioteca, tenemos organización por género, por época o tema, tal vez incluso nos vayamos al idioma o la nacional para construir sistemas accesorios de orden. Cada orden que imponemos, cada metáfora que admitimos, nos encierra en determinado concepto del universo. La literatura es múltiple y viva, dos paseos por ella no pueden ser idénticos pues dependen mucho del azar La línea no es tal, la geometría es en realidad un grupo de ecuaciones que se acotan, independientes y salvajes, con distintos sistemas de pensamiento que nos permitimos. El perfecto lector toma un largo tiempo en desaprender todo lo que ya ha aprendido para hallarse a la altura de un juicio verdadero.

La litera no es en sí una colección pues se fractura. Si leer un texto en cualquier día con cualquier nivel de distracción, en todo desórden y azar, en cualquier sitio físico, durante el hambre, el sueño o el estrés, fuera lo mismo que en otras circunstancias, si fueramos palabra impreso (nosotros), tal vez podríamos tener un texto en la casa y que eso tuviera sentido. En una vez, sin desaprender todo lo demás, ¿qué tan lejos ha de llegar un lector? ¿qué universos pueden construirse cuando el creador es un ser ortodoxo y esctructurador? Dicen la neurología y el psicologismo que el saber mata la creatividad, el érudito que solo es eso, tendrá las debilidades de todos los hombres sin tener sus mismas fuerzas.

Yo no aprecio personalmente los deberes literarios, la noción de que determinados libros deben leerse, que estamos frente a un rompecabezas ya varias veces armado y determinista. Por nada en particular, creo que leer lo que otros leen es bonito para discutir pero triste. Triste porque no leemos todos igual aunque leamos lo mismo y la distancia es incomprensible. Hay demasiada autoridad y demasiada poca pedagogía de las letras. Si yo les digo que García Marquez es bueno tal vez me lean sus obras completas con gusto, tal vez no sería su primera reacción decir “García Marquez no es bueno y no perderé mi tiempo con él”. ¿Por qué?

Insisto porque cada vez es distinto: no den crédito a mis palabras. Sopesen ustedes mismos, lean con libertad y alevosía. El lector es fundamentalmente escéptico, desconfía antes que nada de su propio conocimiento pues lo ha estructurado. Somos eso y no merecemos tampoco una cantidad sin límite de fe en nosotros. No somos tampoco tan buenos. Pero tenemos que serlo. Y los escritores, esos señores y señoras grises que redactan solos demasiado tiempo, ellos ponen sus almas en la mano de gente como usted. No en su conocimiento, en usted, en su potencialidad, en su libertad. El lector perfecto es enteramente libre.

Una última metáfora: hay quienes coleccionan lecturas como el promiscuo colecciona mujeres. Abstracciones más, abstracciones menos. ¿Dónde está el amor en esa imagen?

El modo épico

Desde chico las pruebas de fuerza, los enfrentamientos y los monstruos me parecían objetos sumamente felices. Debo entender respecto a este último elemento que una división neta entre el terror y la monstruosidad siempre me dibujo determinadas bestias como animales especiales en lugar de figurarlos en su dimensión de pesadilla, simplemente la representación de la bestia como entidad biológica parecía en mí robarle un legítimo valor de símbolo. Así que en un imaginario algo infantil, existía el monstruo empático y aquel cuyo fin era solo intimidar, esto ya es literatura -pienso en el Cuasimodo de Hugo-.

No siento que la división sea accesoria, es un niño que la suepone se define como una necesidad real. Del mismo modo al figurar mi mente los combates, los constituía no como algo fatalmente doloroso, sino como una suerte de modo épico, de grandiosidad donde la fuerza se libera y sus consecuencias no son todo lo terrible que se nos suponen. Por eso he evitado la palabra violencia, no podemos decir que este entretenimiento épico constituya verdaderamente una violencia, su caracter predecible y ficticio lo proyectan en un pensamiento abstracto, donde existe el gusto del conflicto sin que se goce el dolor. Los juegos de guerra serían una variante intelectual del mismo proceso, estimulan el caracter estratégico de lo bélico sin desear en momento alguno transgredir las barreras de la realidad.

No hay un solo monstruo, no hay un solo combate. Determinados formatos han fomentado el uso metódico de estas formas derivadas de la violencia para fines genéricos. En este siglo son prominentes el cine y la televisión, pero también los juegos de videos y las historietas. El comic y el manga tienen géneros enteros que se regocijan en estetizar enfrentamientos individuales y digo bien estetizar, pues como el gore, hay más representación que violencia bruta en ellos. Los desertores de dichos formatos suelen llamar esta violencia gratuita o sin sentido, mas bien cabría señalar como carece de sentido propio. En un videojuego los marines virtuales no representan los intereses económicos de imperio alguno, no hay una lucha de clases en particular ni un proyecto colonialista definido, están formados sin un valor sémantico verdadero, como objetos sin pasado y sin futuro.

Sin ponernos innecesariamente estructuralistas, debemos admitir que es difícil vaciar un objeto cualquiera de sus implicaciones, el gesto no es vacío si hay hombres que lo ven. La división entre el monstruo del terror y el de la empatía suena como un reflejo natural, el perro amigo y el agresor son, después de todo, verdaderos organismos. Hay personas que han estetizado la sensación misma del miedo, igual tomaron medida del dolor. ¿Cómo es siquiera posible? Porque la violencia es algo que sale de todo control, que pega inesperadamente, y en la ficción o en el acto, podemos excluir en cierta medida lo desproporcionado.

Lo violento es relativo. La mansedumbre de ciertos animales al ser abatidos nos mistifica, pues sugiere una muerta sin violencia aunque la agresión exista. En lo ofensivo no está lo violento, lo violento es expectativa, es algo que los infantes no tienen desarrollado porque el mundo puede manifestarse de un modo o un otro y no está resuelto. Nosotros mientras más dominemos, más violencias podemos inventar. Y luego caeremos en cuenta, con la lentitud de los hombres acostumbrados a lo inmediato, que mucho lo hemos solo representado y que nuestras agresiones mayores y cotidianas son menos de la sangre y de explosiones, sino de la palabra y el silencio.

Cuando el modo épico estaba de moda, las violencias propias a la vida permitían escucharlo netamente como algo grande y ejemplar. Habrá géneros violentos, absurdos y desencarnados que mostrarán como somos ilégitimos en el pensamiento e infieles en la piedad. Nuestros monstruos, nuestros conflictos. Juego de niños.

En serio

La disciplina es un milagro que en el hombre asusta. Pienso en el silencio, en el callar voluntario e ignomioso. Si usted ha logrado procurarse un mínimo de educación grupal (lo que sería probable ya que lee y utiliza tecnología de información), tal vez recuerde los desórdenes implacables que un grupo de estudiantes provee sin esfuerzo. Incluso hay una posibilidad de que usted aún los practique. Remover este cuchicheo incesante, suponiendo incluso una prioridad a la atención debida a la lección o fenómeno a que uno presta la voz, es ejercer una violencia misteriosa que tiene algo de disciplinario.

Nos encontramos en los principios de la seriedad, una suerte de regateo en que el oportunismo (¿la oportunidad?) se suspende y nos abandonamos a la expectación, o la acción rigurosamente modulada. A veces existe la desconcentración, el humor, incluso el accidente que tiene en su violencia y esta imposición se rompe, el discurso negociador para. Y es que no hay silencio calculado que no se conjugue en una suerte de conversación.

Decía, al ser serio el callado se atribuye una indiferencia a la sensualidad. La represión primera es de no reaccionar ante el extraño fenómeno que es el silencio, de proyectarlo como un síntoma de la atención y por lo mismo del pensamiento-por-venir. Esta noción de una comprensión silenciosa es, como el lenguaje mismo, una convención social. Basados en un grupo de personalidades e inteligencias variables, la supresión de las distracciones es un método directo para tocar a los menos agraciados de los oyentes. Se fabrica un silencio por obligación como repartimos también las especializaciones universitarias como quien concede a los hombres una incapacidad de darse a dos objetos a la vez. Ya tenemos interfaces portátiles que redefinen esta convención, pero como suele suceder, la autoridad no considera las revoluciones cotidianas hasta que estas llevan largo tiempo instaladas.

El silencio oprime, tanto es obvio. La palabra también, lo hemos explicado. En cierta medida la calma y el ruido interactúan con el silencio, solo que estos elementos son tan inhumanos que en la escritura ni rastros quedan. Por otro lado, en la obra humana, silencio y palabra se constituyen de la misma materia, de aquello que se permite decir. Por eso en el silencio hay cierto horror, nos codeamos con lo que transgrede y nuestra costumbre sugiere una atención mayor, así percibimos el abismo que a fin de cuentas siempre recorremos.

Quienes son serios parecen rechazar esta tensión gracias a un temperamento aprendido. Por este aprendizaje se opondrían a los sensuales, que en su ímpetu vital dicen o callan las cosas en respuesta directa a los eventos que el tiempo les sortea paso a paso. El serio se extrae de las circunstancias y se proyecta a un plano distinto: el de las palabras. Asume la identidad de su silencio, su tiempo está conjugado como frase, o sea, depende de toda una estructura semántica que incluye lo pasado, lo inmediato y las cosas que acaso nunca llegarán. A su manera también es esclavo, pero sueña que en la variedad de dueños que lo someten puede hallar una mejor libertad. El yugo sin sentido, para el serio, sigue yugo aunque nada diga. Cree luego en valores contradictorios como la identidad y lo responsable: es serio, por esto persiste.

¿El autor debe ser serio? La cuestión de deber y ser responsable seguramente nos requiere una ética del silencio que en la literatura no siempre existe. Los modernos lo entendieron así y cometieron la atrocidad de granjear un silencio por otro, sugiriendo que lo importante no es lo que se dice sino lo que se calla. ¿Entonces lo que se dice no se callaría? Es una reflexión conjugada en el sistema de atención construído en las escuelas que no admitiría la multiplicidad de las obras y los haberes. Una cosa a la vez, la temporalidad de la palabra, el momento que se mezcla y requiere de todos los demás.

¿Es el final de la ruta? ¿no se escribe sino hasta ahí?

Sin fin

Ser un buen escritor no tiene nada que ver con lograr lo que uno se propone.

¿Cómo puedo saber esto? (se preguntarán)

Qué les importa.

Todo relato o ensayo, poema o cuento, canción o guión, proviene de una postulación cuya existencia se figura (cuando la obra está bien hecha) un objeto necesario. Es una causa, un flujo creador, una influencia potencial. El culto a la finalidad queda excluído de todo esquema de creación que respete la función de la obra como necesidad, si bien hay gente que lo expresa de otro modo. Por eso el rotundo fracaso de los proyectos escritos debería percibirse como un alivio: nos quita el peso de trabajar una convicción aparte de una acción, como si una cosa no se incluyera en la otra por accidente, como si lo creativo, lo imaginativo y lo obsesivo no se hallara en parte al confundir todo lo anterior.

Cuando un autor dice “yo necesito escribir para vivir”, admite que no tiene un plan, que escribe con los pies que se somete al rumbo azaroso de las palabras, que son una simple herramienta social. Además, de pasada, el escribidor miente, porque nadie vive de escribir. ¿A qué se debe esta admisión de abandono ante la finalidad? ¿será una forma de liberación? Tal vez no podemos admitir que nuestros ídolos fracasen rotundamente en lo que se propone, que cada fundador de escuela literaria se halló con el desencanto y con la indiferencia hasta el punto que tuvo que justificar su propio abandono. Nadie puede sorprenderse de este cambio, y no obstante hay gente que alega créer lo mismo que ha creído toda la vida…. Va sin decir que también mienten.

Me he prestado al juego académico de obligarme a leer sobre Vladimir Nabokov, hablo de lecturas forzadas por que la dedicación en esta tarea me es ajena y no tanto por el desmérito del autor. No es nada especial (lo que leo) aunque se trata de una literatura artera y sin tapujos. El señor Nabokov escribe como un desengañado y hace crítica literaria como quién ha perdido la mistificación de los textos, tal vez una parte de sus opiniones son de la postura, pero yo creo entrever en su cinismo una cantidad importante de fracaso personal. Verán, en determinado momento, los escritores se enfrentan a su propio entusiasmo, a un reflejo de ellos mismos que respira y vive por la literatura. ¿Que cómo lo sé? ¿¡me van a dejar terminar!?

Ejem… El autor (decía) motivado por su deseo de bien escribir, comparte por vez primera un círculo literario al que se dedica y en donde propone sus primeras pistas estéticas. Entonces esta ingrata tarea termina por robar la virginidad (figurada -¿en serio necesito aclarar?-) escrita del autor, entiende a qué punto este círculo inmediato es obra del azar y no conecta de lleno con sus propias espectativas artísticas. Entonces deplora este momento de inocencia y lo reniega con furor, se decide a abandonar la pretención de pertenecer a ese grupo y formar ahí su identidad autoral. Corta el cordón, puede avanzar a la madurez.

Y si pienso esto al leer a Nabokov… Habría cómo argumentar usando la experiencia histórica de dejar una Rusia soviética que no leerá sus textos y resignarse a su grupo de inmigrantes rusos, yendo al punto de abandonar su idioma materno y hacer tarea renovado con los gringos. Todo esto es muy bonito y probablemente no sea falso. Mas es ajeno al punto que describimos hoy día, lo que nos importa es cómo todos estos fenómenos mostraron al autor su fracaso en las letras, los límites que se fue imponiendo en sus modestos proyectos literarios, que no pasaron al cambiar lenguajes o cruzar fronteras, sino en la triste y futil relectura de sus obras donde podia interrogarse en qué había fallado, y cómo podia usar todo lo demás (la vida, el exilio) como manera de corregir la falta por fuerza.

Si uno cree que ha tenido éxito, todos los abandonos de una existencia no le bastan para ser escritor por el arte. Tal vez por esto se ha descrito al libro vendedor como una obra necesariamente menor, venida de un éxito que se condena a sí mismo aún antes de haber llegado, como síntoma de una literatura abortada avant la lettre.

O no, ya váyanse a dormir.

La materia de las cosas

Cierta honestidad fundamental me hacía imposible contemplar la posibilidad de una precariedad voluntaria en los productos. Pienso en la caducidad programada de los bienes, particularmente de los computadores que he usado a lo largo de casi toda mi vida y que pude entrever sin ningún conocimiento formal del asunto. Uno tiene un aparato electrónico y este se muere ¿qué hay de raro en ello? Dejemos de lado la pobreza tecnológica que el mismo predica conforme la tecnología se va abaratando y que un objeto pierda su funcionalidad primaria en unos años…

Me parecía ridículo que una mano inteligente -o que se reivindique como tal- guiara la construcción de los aparatos para que estos se destruyeran. No quiero decir por esto que mi ceguera me impidiera ver las pobrezas de cada objeto, sino que la caducidad siempre me sonó como una suerte de accidente mecánico, de deriva viciosa del sistema que estaba condenada a suceder por falta de recursos, de escrúpulos o de seriedad. O de precariedad. Nací en un país con un nivel de vida “bajo”, en donde se espera ya por inercia que las cosas funcionen forzosamente peor que en otros sitios. Y pues, la gente necesita computadores y otros aparatos en estos países, los cuales por fuerza no pueden ser demasiado caros en cuanto al costo de fabricación, lo que forzosamente lleva a un abaratamiento de los materiales que conlleva en sí la temprana destrucción de los aparatos, cuya calidad obviamente sufre. La proyección no es menos absurda, pienso simplemente que funciona a un nivel de absurdo que estaba dispuesto a aceptar, uno que convenía a mi concepto pragmático de tecnología y de industria.

Resulta que era muy generoso con determinados industriales que practican una “legítima” teoría económica de caducidad programada. Si uno vende lámparas, y las lámparas duran eternamente, entonces en cierto momento ya no se necesitan más lámparas o se necesitan tan pocas (supongamos que se rompen algunas ¿no?) que fabricar las lámparas no es económicamente rentable. Para su supervivencia la industria de lámparas debe construir productos frágiles que al deshacerse, serán reemplazados por nuevas lámparas que iremos vendiendo y el sistema mercantil se alimenta ad infinitum. Bueno, en la medida que existe trabajo y recursos para crear lámparas, es un sistema concebido en una escala de abundancia casi absoluta. En suma, la idea sería hacer objetos voluntariamente malos para tener más ventas en el futuro y que el cliente nos necesite como distribuidor de pobrezas tecnológicas.

Mencioné antes que hay una falacia en el sistema: supone en cierto modo que los recursos en el tiempo son ilimitados, también admite benignamente que la tecnología mejorará y las iteraciones futuras de cada bien no serán de veras idénticas (esto es más una piedad del sistema que una verdadera voluntad por parte del fabricante). Me recuerda a un argumento que leí en Saturday Morning Breakfast Cereal sobre que la segunda teoría de la termodinámica negaría la evolución, porque el sol no existe. Ignoremos ese elemento externo gigantezco que postula un problema en el sistema y asumamos en el argumento solo lo que nos conviene.

Suficiente préambulo, aquí todo lo medimos en términos literarios porque es la vocación de la literatura ser moneda de intercambio en el discurso social. El mundo editorial tiene su propio concepto de vigencia artística y caducidad que no persigue en cada instancia lo “inmortal” de la alta literatura sino que condesciende a lo transitorio. Los editores aman las letras, no se ven publicando textos voluntariamente malos (se puede hacer esto, ciertas publicaciones marginales se prestan al juego), mas están enfrentados a la urgencia de vender nuevos libros para alimentar sus propios recursos y mantener viva la necesidad de cada lector de un nuevo y flamante texto que los conmueva, porque sin un flujo de libros más o menos constante los lectores dejan de existir. Además (se dicen) los escritores tienen que sentir una motivación para escribir, tan débil como esta pueda ser desde el punto de vista économico, los que perseveran en la escritura suelen hacerlo dentro de un círculo économico modesto que los premia levemente por cada publicación. Y sí, hay mucho de falacioso en este sistema, pero más que recompensar escritores o crear nuevos lectores la vocación de las éditoriales es que el fenómeno de la literatura exista, que el objeto libro tenga una continuidad en el tiempo y en todas las épocas. No hay esperanza de que los medios técnicos mejoren con el tiempo y se generen “mejores libros” en un futuro, si se tiene la certeza de que si no existe ningún tipo de libro en el futuro, no los habrá.

¿Pinto con benevolencia los vicios de esta industria mientras me presto a desecrar las demás? Todo lo contrario, pienso que el caracter viciado de la economía presenta todos estos arbitrarios como una necesidad, y que en ambos casos debería haber otra opción, pero ¿qué quieren? Los sistemas no se manifiestan ni se transforman en un abrir y cerrar de ojos. La ciencia y el arte son conceptos enturbiados por su aplicación económica, no tenemos realmente otra referencia que esta existencia puramente mercantil y todo lo demás, es una pureza limitada al comentario. Si uno no se hace a estas realidades ¿puede decir que ama la ciencia o el arte genuinamente?