Ahora sí pájaros en la boca en la boca

Que la discusión con pájaros en la boca prosiga.

En la quinta posición hallamos el cuento de Papá Noel duerme en casa. Después del título y la primera línea del texto me digo “este cuento solo se puede escribir de un par de maneras, y nunca es un relato bueno”. Schweblin redacta y confirma lo que es mi primera opinión. Pareciese que el tema fue elegido por una gracia verbal, con la frase creer en Papá Noel. Mientras menos tratemos este texto mejor, más por innecesario que por malo. Hablemos mejor un poco más de Conservas.

La entrada anterior olvidé mencionar que algo en el planteo del cuento Conservas nos sugiere un relato trunco. Es natural que ciertos cuentos -entre ellos unos muy buenos-, presenten una incertidumbre que incline al lector a suponer lo que sigue o lo que antecede al relato. Esto está bien. Temo que en el caso de este relato, sería superior discutir un efecto secundario de abrir la conserva -empezar tal vez el cuento abriéndola-, por ejemplo recién pasada la fecha de caducidad, explicar los eventos tratados en el relato de Schweblin como trasfondo y seguir adelante con más excentricidades. Estas posibilidades a mi parecer, hieren más el texto de lo que lo ayudan, se imponen y uno les tiene alguna nostalgia, decide ignorar las frases que tiene frente a los ojos.

El cuento epónimo de esta antología es una vuelta en forma de la autora. Pájaros en la boca es un título bastante bello, me recuerda a un comentario de Borges casi al final del libro que acabo de leer (tan largo era este libro que todo me lo rememora), por ello no me sorprendería que el título motivara la redacción del texto. Porque la trama del cuento es extremadamente sencilla en el mejor de los conceptos, la caracterización es excelente y el desarollo elegante. Bueno, ¿en qué consiste este cuento que me fatigo tanto en elogiar? Básicamente en una circunstancia narrada por un personaje que tiene algo de grotesco. Lo que sucede en el relato “no es para tanto”, no se construye tampoco una tensión innecesaria ni se trata de mantener demasiado la ilusión de misterio. Aquí todos los resultados son directos e inmediatos, las frases del narrador reflejan algo muy convencional y por ello fácil de comunicar. Son cosas que se pueden entender, que en algún sitio los hemos visto -especialmente si tienen mascotas-. Aquí precisamente es cuando comenzamos a interrogarnos sobre el “tema común” que se le puede imputar a los cuentos de Samanta, el que acaso amerita la comparación que hice recientemente con Silvina Ocampo.

Aún en cuentos construídos como Conservas, las historias del libro se enuncian en el cruce entre familia, mundo íntimo y la relación padre/hijo. Frecuentemente lo raro o lo terrorífico funciona en este nivel, como si el razonamiento fuese que esto es conocido por todos y a la vez representa nuestro espacio más vulnerable. No sé si podemos decir que Schweblin ha elegido, como Ocampo hizo previamente, la figura del infante como expresión privilegiada del Otro. Con todo y todo, reconocemos la enunciación de este espacio común como una verdad objetiva, sin duda alguien se escudará en esta exploración de lo íntimo para encasquetar a la autora ciertos topos de la literatura “femenina”. Hago la aclaración porque leyendo superficialmente la idea cruzó mi cabeza, mas una vez evaluado todo detenidamente, no es tan así.

La Última Vuelta es una cuento muy viejo, de esos recurrentes en la obra de diversos autores a través de la historia. La mínima metáfora del tiempo y la memoria, con la obligada circularidad cíclica expresada de manera literal. Está bien escrito y uno no queda defraudado por la expresión del problema clásico. Fuera de los elementos esenciales del cuento, hay varios que Schweblin usa que parecen sin duda arbitrarios, por esto quiero decir que el cuento no se reivindica una reformulación del problema filosófico clásico sobre la memoria, sino que emplea un método más estético que analítico para comunicar. Y el cuento es bello. Siendo que comparto un fondo cultural con la autora, el texto funciona para mí. Es un poco absurdo cuestionar tramas más o menos invariables, por lo que me entretengo un poco en lo accesorio, disculpen si chocheo al hacerlo.

El Hombre Sirena es un texto que cumple con su cometido. La actitud del hombre sirena, y precisamente el hecho de que sea una sirena a nivel conceptual, son las felicidades que sostienen el relato. La cuestión del asunto es el ambiente, aunque se nos relata todo con relativa parcialidad, se adivina una realidad turbia detrás del relato. Hay una amenaza construída en el texto, que se comunica principalmente por la voz de la narradora, esto está bien hecho. Para mí este puede ser el “misterio” mejor realizado de todo el libro, pues no se le trata como nada fuera de lo común, no se extiende en lagunas fabricadas en el discurso de los personajes para ocultar convenientemente. Los arbitrarios de este cuento, se sienten justificados como tales y creo que este es el objetivo que tenemos al escribir. Aquí me conviene precisar un par de cosas más respecto al libro en general, tratando el estilo y refiriendo al título de la obra.

Suele pasar que un libro de cuentos lleve el nombre de un relato contenido. La furia de las pestes es un título excelente para un cuento, mas su pobreza en una tapa es flagrante. Ya dije que Pájaros en la boca es una expresión con gran belleza verbal, para mí es un acierto emplearla para el libro. La mayoría de los otros títulos me parecen olvidables, excepto Cabezas contra el asfalto. Me gusta la sugerencia (absurda) del antagonismo literal entre las cabezas y el asfalto. Es importante medir las palabras: cabezas contra el cemento es un título infinitamente mediocre. Como si dijera Aves en la boca (¿aves qué? ¿aves marías?).

Segunda distracción: una de las primeras elecciones al escribir un cuento es la elección entre narrar en tercera persona o involucrar al narrador en el texto. Hoy en día no sé si se puede tachar un método de más convencional que el otro, suele emplearse la primera persona para crear una subjetividad, cuyo fin primero es ocultar o tergiversar elementos del relato. Es más difícil granjearle una voz particular a un personaje desde el exterior, esta es una marca de un cuentista experimentado (quiero decir técnicamente). Constato que en la mayoría de estos cuentos ignoramos quiénes son los personajes principales y los descubrimos como avanza la trama, esto puede dar un efecto de normalidad (los personajes son anónimos, representarían a todo le mundo), o puede ser un simple truco; por cuestiones de economía a veces es mejor presentar a los personajes, incluso cuando no es importante para el relato puede desorientar y quitar realidad al texto. No he tomado en cuenta distinciones teóricas entre estos tipos de narraciones para juzgar los cuentos que he listado, mi objetivo es saber si son efectivos en la manera que están escritos. Tal vez un lector más escéptico que yo se diría al entrar a un relato “esta en primera persona, el cuento se basará en la ilusión o en lo oculto” y con ese criterio hallaría los textos predecibles. ¿Quién lee así? Creo que ni uno lo hace al releerse, no nos damos cuenta hasta que punto tenemos automatismos y caemos en facilidades al redactar. El uso convencional de estas maneras de narrar nos lleva a constatar en el caso de la autora, que el lenguaje es usado de manera convencional, no estamos en la búsqueda de la experimentación verbal sino comunicando historias de manera estilizada.

La próxima ocasión se termina este cuento.

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