Cuatro en la boca

Vamos a analizar el libro Pájaros en la Boca, de Samanta Schweblin, seré préciso al tratar cada cuento con argumentos y deconstrucciones. Después de esta tarea redactaré una conclusión para decir si el texto es bueno o no. Mi intención, como siempre, es explicar algunas cosas: si algo no funciona, por qué, ¿dónde está el talento de un cuentista experimentado? ¿al tratar una antología qué tanta uniformidad esperamos al nivel de la calidad? etc.

Agradezco de antemano a la autora por montar en su sitio un par de los textos que trataré, así incluso los que no tienen el texto a la mano sabrán de qué hablo (aunque en la medida de lo posible evito las precisiones). También le pido indulgencia si se me pasa algún detalle (bueno o malo), que resultara fundamental.

Entremos en el juego, voy en órden del primer cuento hasta el último (¿o hasta que me aburra?). Empecemos por uno títulado “Irman”.

Irman es un mal cuento.

Sospecho que no es la mejor manera de comenzar una antología, afortunadamente, no todos los lectores entramos a una obra por un cuento primero. No hay que desanimarse tampoco, pese a tratarse de un relato imperfecto está bien escrito.

Digo que es malo, tal vez debería especificar que apenas es un cuento. La trama gira alrededor de una situación más o menos inverosímil, que no parece tener hilos conductores aparte de la conveniencia para el autor. La escena se trata con mucha ligereza y tiene tintes de comedia, no todos los momentos que buscan ser graciosos tienen éxito. Y creo que uno de los problemas es el narrador: cuando los relatos se traman en lo arbitrario necesitamos la voz de un personaje que nos permita creer en su universo, este parece dudar de las circunstancias y las contagia de irrealidad. Cécile me señaló -mientras yo reflexionaba en otras cosas- que el robo al final se ve forzado, como si la autora hubiese buscado construir la escena del descenlace y tratara de llegar hasta ella. También hubo una palabra rebuscada que me sacó del texto (graciosa crítica venida de alguien que escribe como yo), mas ese es un error puntual.

En sí, no es que la situación sea mala (puedo producir al menos una lectura metafórica interesante entre la sed que abre la narración y el final con la poesía), me parece más bien que no es apta para un cuento. Como una escena en una novela o un film, o como un cortometraje (y acompañado de buenos actores que impriman realidad al mundo), este sería considerablemente mejor. La adaptación sería apta pues el texto es muy visual. No haber colado un verso en la revelación final me parece una oportunidad perdida. En fin, está lejos de ser el mejor de la autora, merece un tibio olvido.

El siguiente cuento se llama Mariposas, y aunque tampoco tiene una trama perfecta, los músculos literarios de la narradora logran su cometido. El cuento, que es corto, viene de una experiencia que quienes hemos tocado mariposas hemos tenido, con esta sensorialidad y con una economía majestuosa al dibujar los personajes, es de lo más sencillo, casi un juego. El sistema del cuento es el del sueño: las mariposas se sugieren simultáneamente más que mariposas. Con esta ilusión tan sencilla, pero sin buscar simplemente la sorpresa, el texto se vuelve adecuado para la lectura metafórica. No importa la validez de la metáfora que refiero -otras pueden hallarse-, su sugerida existencia expresa la profundidad que el texto puede adoptar. De lejos lo hallo mejor que el anterior, es de un estilo más convencional.

Conservas sería el nombre del tercer cuento de la antología. Entiendo que este cuento está bastante construído, nos hace partir de las conservas (un buen párrafo clarifica esta voluntad) y extender esta suspensión del tiempo hasta eventos que nos parecen inverosímiles. El título también es de los mejores de la antología, aunque la palabra “conservas” no me guste, el encabezado no abarata el texto ni revela sus consecuencias. Como dije, la estructura del texto está guíada por su función, el final está un poco por necesidad y lo acompaña una imagen no necesariamente fuerte. Si no entienden a qué me refiero con textos construídos, los cuentos fantásticos de Bioy Casares suelen emplear esta forma: se levanta una tésis y se exploran sus posibles consecuencias, el texto ilustra y enriquece estos pensamientos con situaciones que sirven de ejemplo para ilustrar el mundo alterado por la tésis extraña.

Me temo que este texto fracasa en cierto grado, considerando cómo casi todo su contenido es de necesidad. Probablemente un lector distraído lo acepte sin más, pero ¿quién escribe para lectores distraídos? Los personajes logran su cometido, internandote en una ficción que quieres créer, solo que la narración traiciona esta voluntad y muchos elementos de la trama parecen irreales y flotantes. Esta es una sensación que tuve leyendo uno de los cuentos que Schweblin publicó en su sitio, en el cual -a mi parecer-, había un esfuerzo notorio en la narración por mantener un estado de “ignorancia” respecto al misterio del cuento. Hay un elemento misterioso en la realidad, se busca no explicarlo pero sugerir que puede ser varias cosas -mundanas-, hasta el punto en que la realidad parece irreconciliable con lo que nos sugiere el cuento. Este es un tipo de narración que suele plagar el fantástico no sobrenatural, se crea un ambiente/misterio que se mantiene sugiriendo pero no se dice. Se requiere, naturalmente, un lector muy cómplice. Los lectores maliciosos ya esperan lo peor, no creen que tras sugerir lo imposible, el escritor de un paso atrás y proponga una sucesión simple de circunstancias normales. Mucho poner énfasis en el secreto suele ser un error. En Conservas me parece que la indeterminación -que supongo busca acentuar la extrañeza-, hiere la efectividad del texto. Puedo dar ejemplos: se refiere con frecuencia a los contenidos de cierta lista (ignorada por el lector) como guía de conducta, se trata con indicios vagos un tratamiento (con frases como “ya está cerca el final”), los objetivos de los personajes se mantienen voluntariamente obscuros (los papás “comienzan a sospechar lo que queremos”), entre otros. Demasiados elementos vagos le quitan lo concreto al texto, parece una historia contada por alguien que no sabe contar (me refiero al narrador), ¿quién se pasa hablando a un interlocutor de elementos que no le sugieren nada y a base de falta claridad?

Por lo demás, el cuento muestra algunas excentricidades no particularmente efectivas sobre lo que se asemejaría a métodos seudo-mágicos para remediar enfermedades. Esto no está bien ni está mal, pienso que llena el texto de un poco de paja. Tal vez soy muy crítico con este texto porque Bioy Casares escribió una trama similar, en uno de esos cuentos suyos que actualmente funciona. En fin, no es tan efectivo como podría ser.

Y para cerrar el día de hoy, queda el texto del Cavador. Este es más efectivo de esta primera parte, me parece de un humor superior al de Irman (menos slapstick) y que carga su etiqueta de absurdo con gracia. Además, la actividad de cavar está muy bien elegida por la variedad de conotaciones que podemos hallarle, -incluso se me ocurre la idea del Keynesianismo- lo que solo ayuda a darle profundida a lo que de otro modo puede sonar como una extraña anécdota. Un buen cuento, prueba que en ocasiones lo sencillo vence a lo complicado.

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