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Vamos, no pueden decirme que no extrañan a Derrida. Bueno, si pueden, pero… ¿qué importa?

Improbable lista de los 10 mejores libros de la historia literaria.

(No lean eso, se trata de: Ana Karenina, Mme. Bovary, Guerra y Paz, Lolita, Huckleberry, Gatsby, à la recherche, cuentos (de Chejov), Middlemarch)

Bienvenidos al campamento de deconstrucción 2014.

Atacar tal lista es fácil, de hecho tan fácil que el ataque en sí es exceso. Indaguemos sobre las posibles direcciones en que dicho ataque puede ser cuestionado y enriquecer nuestras ideas. Por ejemplo, me sorprende que tal lista contega a Tolstoi dos ocasiones e incluso como primer y tercer lugar de la selección. Enunciado de ese modo, Tolstoi es un escritor ideal. Que raro ¿no? ¿Si quiera habrán leído a Tolstoi en lengua rusa los votantes? ¿volverán a sus maratónicos textos religiosamente? ¿es la calidad de Tolstoi o su influencia en la novela lo que le da este dudoso merecimiento?

Aunque estas críticas dialogan entre sí, me centraré en una sola, la de la obra rusa de Tolstoi, el escrito como objeto en un idioma y por fuerza, en una cultura, reflejada en otra cultura. Este es obviamente el camino a seguir.

La cultura rusa parece haber hecho una entrada devastadora e indiscutible a la literatura gringo-europea. Me parece que lo primero que notó Cécile cuando le hablé de esta lista (cuando dudaba si la usaría en mi blog), era la ausencia de obras de otro ruso (Dostoïevski), en el listado. Yo, no les mentiré, de inmediato pensé en Dante. Luego noté la ausencia de Cervantes, y cuando Cécile mencionó a Fiodor, de Kafka. En mis razonamientos se puede entrever que nuestras culturas lectoras son diferentes, concuerdo sin embargo que los textos de Dostoïevski à une époque, me fascinaron por su lectura. Esto ilustra que contrario a lo que uno podría suponer desde la hostilidad que los gringo-europeos tienen a los rusos, estos textos novelezcos se sitúan de lleno en la pueta de acceso a la alta literatura, son textos que se gozan aún antes de las sutilezas técnicas de otros más rebuscados, pensemos por ejemplo en el Ulyses.

Decía: Cécile no lee en ruso y yo apenas lo entiendo un poco, si tenemos ídolos de ascendencia rus es gracias a la puerta de acceso generosa que es la traducción. Un texto que es bueno se traduce mucho, especial desde lenguas “literarias” como se nos ha vuelto el ruso hoy por hoy. Eso por la traducción y no por su estilo original que Tolstoi puede situarse con comodidad entre los mejores novelistas de todos los tiempos.

Si queremos atacar esa posición de traducción, caeremos rápido en cuenta que es un problema de estilo. Los lenguajes no funcionan exactamente del mismo modo, se traducen por funcionamientos analógicos, lo que cae en nuestras manos es el sentido, quiero decir por esto, objetos narrativos como caracterización y trama. Todo truco de estilo se enrarece con el paso de los años, el lector actual carece de oído para las aliteraciones y las métricas de los poemas antiguos. Hay palabras en Shakespeare que el pequeño Willy inventó, por lo que debieron sonar de una extrañeza increíble en su hora -pensemos en esto, Willy inventaba palabras para musicalizar sus diálogos, esto sería imperdonable para poetas rigurosos-, solo que su sucesiva incorporación al lenguaje les da un aspecto de normalidad absoluto. Las obras de estilo fracasan en comunicarse intactas aún cuando la transformación se cultiva en un solo idioma, no es de extrañarse que los efectos que la traducción hace borrosos puedan ser ignorados por un lector generoso y abierto.

No obstante, al hablar de traducción estoy refiriendo a un criterio puramente gramático y de forma, creo que determinados valores culturales pueden volverse intraducibles. Los novelistas rusos están a una distancia cultural que es comprensible, explican hechos que bien pueden suceder en los espacios europeos con determinadas circunstancias, pefeccionan la crueldad y la emotividad que los gringos suelen escribir de manera rosada. Una cultura más distante como la Japonesa o la China, no sabría comunicar con análoga efectividad sus tramas a esa misma audiencia, aún suponiendo que la cantidad neta de traducciones desde el idioma original fuera idéntica (no lo es).

Pienso que ante tales evidencias sería injustificable descartar a la traducción como difusora verdadera de la calidad textual. Además, si se quiere hacer una lista de toda la literatura del mundo, una exigencia tal como el dominio de todos los idiomas practicados al escrito es un rigor absurdo. En realidad sin traducciones no puede haber listas de “los mejores libros de la literatura”, si hay alguna coherencia en el asunto, esta se funda en la correcta traducción de obras. Y por supuesto, ya la traducción se funda en la competente lectura de las mismas, una condición que al tratar de lo mejor debería suponerse de antemano.

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