Un disgusto criminal

Me encuentro en la penosa necesidad de confesar que un tema escapa mis limitados conocimientos. Y esgrimo este argumento no tanto por el resultado de la presente entrada -que no comenzaría a escribir, creo, si la pensara del todo inútil-, sino por que a futuro no espero tratar el tema tanto como tal vez se podría. Acaso la asuncia es significativa.

La idea detrás de esta entrada era discutir algo a lo que no soy aficionado. Solo que soy tolerante hasta el defecto, lo mejor que aprendí en mis estudios literarios fue aprender a leer libros que no me gustaban. Sin embargo pretender que todo me apasiona sería caer en un miserable error, hay cosas que apenas me presentan un interés superficial o momentáneo y sin duda uno debe usar su tiempo en ahondar en lo que de verdad le gusta y no siempre conceder el masoquismo. Dicho en palabras ignorantes: si el leer todo lo que se nos cruza es promiscuidad, la relectura es sincero amor. Baste notar que mi gusto personal no presenta un interés peculiar y que puede ser sustituído por las arbitrariedades de otro corazón o de otro hígado.

Pensando en las cosas que no me interesan, que son muy numerosas, decidí abordar una que me parece especialmente notoria dada mi posición de “teórico literario”*, o tal vez incluso como escritor latinoamericano, si creemos en la reflexión que voy a desarrollar. Mi disgusto siendo el siguiente: el policial, el género de misterio. Y sí, es un arco inmenso de la literatura contemporánea, uno que no hallo estimulante ni en mis peores distracciones.

Hay tantos tipos de obra que pueden incluirse en este género que resulta casi absurdo efectuar una valoración cualitativa que justifique mi disgusto. En sí creo que la discusión inversa es realizable, tratar de encontrar los motivos que podrían hacer de este género algo atractivo para mi persona. La mención no es vana, pues el género es uno de los predilectos de muchos de los mejores escritores latinoamericanos, y no pocos de ellos lo han practicado -admitamos que la audacia de incluir textos tan diversos como los de Rodolfo Walsh y de Piglia-.

Si hablamos de policial o de detectives estamos entrando en un código en el cual existe el crimen. En el crimen suponemos una violencia, y las violencias se ejercen cotidianamente en todo tipo de literaturas. No basta con sostener una narración alrededor de la violencia para lograr un policial, las novelas de guerra difícilmente califican dentro de este género sin duda gigantesco. Pero fácilmente podrían. Porque en el policial lo importante es la mirada que se ejerce sobre la violencia, es una manera de digerirla y aproximarse a ella. Y en cierta forma aquí difieren el detectivesco y el policial: sobre la medida en que el crimen se expresa como un cáos.

Verá, la violencia antes de ser nudos de carne que se desgarran y estrepitosos accidentes es la ruptura de lo cotidiano. La violencia misma llega al instante en que un orden preestablecido se rompe, esta transformación de un estado estático a uno decadente es la degradación en que se constituyen los horrores mismos asociados con la violencia. Es un cambio, por ello irrevocable, que ya sea por ser inesperado o por presuponerse imposible -al salir de un estado de órden, vease de cotidiano-, causa una cicatriz sicológica casi inmediata que trastorna el pensamiento mismo. Es el lugar de lo extraño y lo incomprensible, de lo que podríamos llamar cáos en una metafísica del órden.

No debe sorprendernos que el héroe del género referido sea un representante del órden. El detective utiliza por lo general un procedimiento racional para restituir el órden original por medio de la elucidación del cáos. Lograr deducir cómo sucede el crímen es algo que lo resuelve en cuanto a su dimensión de inexplicable metafísico. El género noir, menos idealista, introduce esta decadencia funcional de el sistema en su ambiente mismo, y hace de la corrupción que es el crimen una suerte de método para decifrar el órden del universo. Para decir que cada género policial funciona como una suerte de codificación de la violencia, y propone dentro de sus leyes narrativas internas, una parcial respuesta.

Usando estas concepciones de violencia podemos leer cualquier libro y transformar efectivamente una tragedia en un libro detectivesco. La violencia es parte funcional del género trágico, pero en el código del teatro su función es otra, y admitimos del mismo modo que un policial puede resultar trágico.

Habiendo seguido estas deducciones apresuradas podemos suponer fácilmente un vínculo sensato con la literatura latinoamericana. La experiencia de América es una que desde hace más de un siglo aparece representada por medio del desórden, que está incluído en estos textos en la forma del crímen y la violencia. Sensiblemente la exposición es válida: todo latamericano ha sentido que en su tierra hay cosas que no están en su lugar.

Y entre este bruto de reflexiones, ha logrado perder mi honesto interés. Tal vez me equivoco y mi disgusto viene de otro sitio.

*- Por calificar de alguna forma la redacción de este blog, espero que el nombre no presuponga demasiados méritos o defectos.

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1 Comment

  1. Pues me parece una reflexión muy brillante para dedicarla a un tema que no te interesa…

    Puede ser, sí, que sea una búsqueda de orden esa necesidad del escritor latamericano. O puede ser que vende bien. O puede ser que crear una cuantas piezas para encajar una maquinita es un relativamente sencillo ejercicio, que funciona luego como un reloj.

    En cualquier caso, me quedo con la idea. A ver si surge la oportunidad de contrastarla…

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