Plan original

Leyendo por ahí me topé con un comentario sobre la artesanía del cuento, uno sobre economía literaria, uno que admitiría el estilista. Sencillo concepto: no describir objetos sin importancia, no insistir en la limpieza de la mesa, que seguirá limpia la próxima vez que se lea, como acumulando palabras y perdiendo el tiempo del lector. Yo soy un gran repetidor, también es un vicio de estilista. De algún modo he llegado hasta donde estamos sin publicar por completo el decálogo de Quiroga, así que atraigo uno de sus argumentos para referir al asunto:

“Toma a tus personajes de la mano y llévalos firmemente hasta el final, sin ver otra cosa que el camino que les trataste. No te distraigas viendo tú lo que ellos pueden o no les importa ver. No abuses del lector. Un cuento es una novela depurada de ripios. Ten esto por una verdad absoluta, aunque no lo sea.”

Wow, yo tenía ganas de perder el tiempo con una frase muy sencilla pero aparentemente Quiroga escribió una guía para kamizazes cuentistas o estaba hablando solo. ¿Seguir con mi plan original o desarmar la misteriosa maraña que Quiroga ha armado?

Continuar con mi idea. Tanto es evidente.

El problema del estilo es que cualquier abuso puede trabajarse. Précisamente Bioy -que es, recordemos, primeramente cuentista- critica su vicio de construir un relato tratando solamente lo esencial. Un narrador experto tiene la capacidad de incluir elementos superfluos que granjean realidad a su texto, llevándolo más allá de su simple finalidad. Quiroga en otro de sus mandamientos ilegibles discute sobre la finalidad, en el cuento es un asunto crítico.

Entreveo en esta frase la presencia de una educación de taller literario. Los talleres son un ejercicio difícil pues hay que limar las asperezas de estilos diversos sin sacrificar las particularidades de cada uno. Ya esto es engañosamente delicado. Es inofensivo hablar como la autora que cito al principio del artículo, por otro lado es vicioso argumentar como Bioy. Y es que pese a considerarse un mal autor en su juventud, Bioy quiere hablar con gente sumamente leída, su confesión busca tener algo de patético. La escritura no es solo para literatos en nuestros días, el estilo es una herramienta que se emplea mejor en pequeñas dósis.

Desgraciadamente todo texto tiene su estilo y la gente que no es ignorante (o que tiene wikipedia a la mano, no sé cómo decir eso de otra forma), así que tenemos masacres de experimentación a diestra y siniestra. Y yo puedo decirles acerca de aquello porque las practico. Las reglas estilísticas de taller son un método bastante pedagógico para lidiar con ello, il fallait penser, yo mandaría más seguido a la gente a hacer poesía, donde lo que no funciona a veces es más veraz que lo convencional. Responden además a una realidad técnica precisa, más sencillo es encontrar a un aprendiz escritor que pone de más, que a uno críptico sin darse cuenta.

Ser críptico es peor por varias razones, nadie quiere leer ese tipo de historia. Cuando hay cosas de más la esencia puede tener algo de atractivo, materia trabajable. Cuando uno es críptico la materia ni siquiera está ahí, uno es literalmente ilegible. A estos no los mandarían a la poesía, ya hay suficiente de eso con los poetas dedicados.

Ahora hago una pausa, examino mi texto (no lo releo, apenas paso la vista por él) y me pregunto qué quería decir. Entiendo que mi motivo original es la cita, la sorpresa de leer a una escritora bien tallada referir a principios del universo tallerístico. La sorpresa es grata y tiene cierta lógica, cada vez más escritores compétentes tienen acceso a talleres y se crían lejos de círculos literarios snobs, crecen en el taller y es su referencia. Naturalmente, su calidad técnica no sufre por dicho orígen, la literatura nunca se ha demarcado por brutales diferencias de calidad por las culturas personales del autor. Tampoco podemos suponer que esa instancia marca una mejora neta. Solo hay dos tipos de escritores, los que han hecho un taller… Y los que no. ¿Habrá gente que halla tomado malos vicios y desaprendido a escribir yendo a uno? Me parece una proposición ridícula y sería más culpa de la debilidad personal del individuo que del taller en sí. He iniciado esta entrada discutiendo sobre una regla, dándole un lugar en la genética de la educación por taller: en esta división tal vez ya estoy reiterando el argumento de los desertores que no reconocerán el taller porque es cuadrado o simplificador. Esto me parece más bien nostalgia de una teoría literaria escrita para críticos, entre los que extrañamente debo contarme.

Tal vez en un futuro no muy lejano, las biografías de autores celebrados incluirán menciones como “participó en tal taller literario”, sin que se considere una concesión o una novedad. La práctica está ganándose un lugar en la historia literaria, no veo nada extraño en que los escribanos historiadores le cedan una posición si esta es meritoria. Y pensándolo un poco Bolaño escribió varias reuniones de este tipo no faltas de notoriedad. La letra muerta reconoce primero lo que la costumbre del redactor vivo no puede aceptar. Todo esto, insisto, tal vez.

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