De la peste a la estepa

La furia de los pestes, buen título, cuento decente. El atributo de la furia hace que las pestes no sean una simple abstracción y que nos remitan a una voluntad, la frase es un éxito en sí. Mi mayor reticencia sobre el cuento es que Schweblin no le imprime (suficiente) de su marca personal. En este tipo de cuentos, construídos y al mismo tiempo dueños de cierta universalidad, es fácil producir un texto genérico. Yo no diría que es para tanto (la frase en la que tanto insisto presenta de algún modo el ojo literario que construye), aunque sería mejor a mi parecer con más autora.

La medida de las cosas… Es otro cuento construído, no tan feliz. El personaje del narrador está completamente al servicio de la trama, lo que hace la narración en primera persona se sienta pesada e inconsecuente. Cae en el caso de un cuento cuyo conflicto interno  (valga la aliteración) parece mal resuelto, tienes elementos que amenazan con desviar la trama del final esperado, y otros que simplemente lo apoyan, con demasiado poco conflicto (el caso aquí) la narración parece una secuencia conveniente de arbitrariedades mientras que una desviación mal realizada es también torpeza. La trama no es realmente muy buena, si consideramos esto, el resultado final es halagador.

Mi hermano Walter es un cuento narrado de manera algo dispar, el texto tiene varias gracias y torpezas, algunas frases que llegadas tal como son nos dejan un tanto extrañados o por lo menos distraen. Es un cuento construído, aunque se regocije en rarezas varias (estas por la mayor parte funcionan). Empieza sutil para volverse ruidoso, este balance difícil funciona a medias. Un principio mágico, con tonos religiosos, funda el pasaje misterioso entre la felicidad y una caída inminente. Lo mejor del cuento es lo que deja suponer, esto compensa los límites de lo escrito, que siguen sin tener el nivel de los mejores cuentos de la antología.

Bajo tierra es de los cuentos que trabajan con un miedo generalizado, parece adecuado que su tratamiento sea más bien clásico. Me parece un acierto la transición entre una narración impersonal y las consecuencias de la historia. Otro mérito es el tratamiento de la locura, que vista de la distancia se ve menos artificiosa, menos de cartón. Tal vez el texto resulta un poco ajeno, por la dimensión de su tragedia que casi lo postula como un evento historico, afortunadamente Schweblin asume la distancia. La estructura, por quererse simple, cae un poco en la fórmula. De todos modos Bajo tierra prueba que un cuento puede ser enteramente clásico y funcionar.

La primera frase de Cabezas contra el asfalto es el mejor comienzo de todos los cuentos de este libro. No diría que es un comienzo perfecto (el apartado lo debilita un poco) mas sigue siendo muy, muy bueno. La voz narradora en este cuento es bastante particular, demostrativa, y es tal vez la caracterización más lograda entre los narradores del libro. Hay algo de confesional en la trama que se presta bien al humor, por este lenguaje que en su claridad tiene algo de opaco. El texto que trata de la vida de un artista, desde su juventud hasta cierto revuelo causado por su obra, es de caracter autobiográfico. Las transpocisiones funcionan y Schweblin trivializa atinadamente sus primeros conflictos. Me ha gustado el cuento, creo que muestra bien como la vida puede proponer tramas descabelladas o, mejor dicho, agarradas de los cabellos. Como en el caso de Irman, parece adecuado a una adaptación fílmica, la autora reconoce bien cómo el caracter visual del arte se comunica con más facilidad que lo puramente escrito.

Perdiendo velocidad, un cuento simpático aunque olvidable, también extrañamente visual. La estructura no termina de convencerme, las alternancias entre recuerdos, presente y la elipse temporal terminan por verse poco elegantes. Aparte de un imaginario popular agradable no hay mucho que analizar de este cuento, la trama es un poco como la de Mi hermano Walter pero reducida.

Finalmente está la Estepa, en este cuento la voz de la narradora es millones de veces más coherente que en Conservas, pero la trama es inferior. Bueno, está al final del libro y francamente a estas alturas uno sabe perfectamente lo que va pasar después de una página o dos, la ambigüedad que se crea al no mostrar lo que la pareja busca sirve más como metáfora que como tensión verdadera. Hasta cierto punto preferiría que la autora complicara la situación y mostrara todo al final, esto jugaría un poco con toda la tensión de cartón que se hace en el relato. En fin, tal es mi crítica con este texto, sabemos que no va a pasar nada y no pasa nada. La escena final logra construir cierta intensidad, esto es gracias a que todo lo anterior está bien escrito.

Con esto cubrimos someramente todos los cuentos de Pájaros en la boca, pueden ir a la página de internet de la autora y creo que hay disponibles a la lectura estos últimos dos cuentos. ¿Puedo darles una opinión generalizada de mis lecturas? Creo que son entretenidos en su mayoría, Scweblin tiene un estilo de narración interesante que se extraña cuando el texto es demasiado convencional, admito que el balance entre esto y la pura arbitrariedad puede ser difícil. Ningún resumen, a mi parecer, comunicaría tan bien como las extensas reseñas a las que me he empleado. Un reproche fácil contra mis comentarios: son crípticos sin el texto a la mano. Mi recomendación es simple, consíganse el cuento.

Agradezco como siempre sus comentarios y los espero la próxima vez, cuando huiré del género cuentístico como si fuese una plaga terrible (y furiosa).

Que la discusión con pájaros en la boca prosiga.

En la quinta posición hallamos el cuento de Papá Noel duerme en casa. Después del título y la primera línea del texto me digo “este cuento solo se puede escribir de un par de maneras, y nunca es un relato bueno”. Schweblin redacta y confirma lo que es mi primera opinión. Pareciese que el tema fue elegido por una gracia verbal, con la frase creer en Papá Noel. Mientras menos tratemos este texto mejor, más por innecesario que por malo. Hablemos mejor un poco más de Conservas.

La entrada anterior olvidé mencionar que algo en el planteo del cuento Conservas nos sugiere un relato trunco. Es natural que ciertos cuentos -entre ellos unos muy buenos-, presenten una incertidumbre que incline al lector a suponer lo que sigue o lo que antecede al relato. Esto está bien. Temo que en el caso de este relato, sería superior discutir un efecto secundario de abrir la conserva -empezar tal vez el cuento abriéndola-, por ejemplo recién pasada la fecha de caducidad, explicar los eventos tratados en el relato de Schweblin como trasfondo y seguir adelante con más excentricidades. Estas posibilidades a mi parecer, hieren más el texto de lo que lo ayudan, se imponen y uno les tiene alguna nostalgia, decide ignorar las frases que tiene frente a los ojos.

El cuento epónimo de esta antología es una vuelta en forma de la autora. Pájaros en la boca es un título bastante bello, me recuerda a un comentario de Borges casi al final del libro que acabo de leer (tan largo era este libro que todo me lo rememora), por ello no me sorprendería que el título motivara la redacción del texto. Porque la trama del cuento es extremadamente sencilla en el mejor de los conceptos, la caracterización es excelente y el desarollo elegante. Bueno, ¿en qué consiste este cuento que me fatigo tanto en elogiar? Básicamente en una circunstancia narrada por un personaje que tiene algo de grotesco. Lo que sucede en el relato “no es para tanto”, no se construye tampoco una tensión innecesaria ni se trata de mantener demasiado la ilusión de misterio. Aquí todos los resultados son directos e inmediatos, las frases del narrador reflejan algo muy convencional y por ello fácil de comunicar. Son cosas que se pueden entender, que en algún sitio los hemos visto -especialmente si tienen mascotas-. Aquí precisamente es cuando comenzamos a interrogarnos sobre el “tema común” que se le puede imputar a los cuentos de Samanta, el que acaso amerita la comparación que hice recientemente con Silvina Ocampo.

Aún en cuentos construídos como Conservas, las historias del libro se enuncian en el cruce entre familia, mundo íntimo y la relación padre/hijo. Frecuentemente lo raro o lo terrorífico funciona en este nivel, como si el razonamiento fuese que esto es conocido por todos y a la vez representa nuestro espacio más vulnerable. No sé si podemos decir que Schweblin ha elegido, como Ocampo hizo previamente, la figura del infante como expresión privilegiada del Otro. Con todo y todo, reconocemos la enunciación de este espacio común como una verdad objetiva, sin duda alguien se escudará en esta exploración de lo íntimo para encasquetar a la autora ciertos topos de la literatura “femenina”. Hago la aclaración porque leyendo superficialmente la idea cruzó mi cabeza, mas una vez evaluado todo detenidamente, no es tan así.

La Última Vuelta es una cuento muy viejo, de esos recurrentes en la obra de diversos autores a través de la historia. La mínima metáfora del tiempo y la memoria, con la obligada circularidad cíclica expresada de manera literal. Está bien escrito y uno no queda defraudado por la expresión del problema clásico. Fuera de los elementos esenciales del cuento, hay varios que Schweblin usa que parecen sin duda arbitrarios, por esto quiero decir que el cuento no se reivindica una reformulación del problema filosófico clásico sobre la memoria, sino que emplea un método más estético que analítico para comunicar. Y el cuento es bello. Siendo que comparto un fondo cultural con la autora, el texto funciona para mí. Es un poco absurdo cuestionar tramas más o menos invariables, por lo que me entretengo un poco en lo accesorio, disculpen si chocheo al hacerlo.

El Hombre Sirena es un texto que cumple con su cometido. La actitud del hombre sirena, y precisamente el hecho de que sea una sirena a nivel conceptual, son las felicidades que sostienen el relato. La cuestión del asunto es el ambiente, aunque se nos relata todo con relativa parcialidad, se adivina una realidad turbia detrás del relato. Hay una amenaza construída en el texto, que se comunica principalmente por la voz de la narradora, esto está bien hecho. Para mí este puede ser el “misterio” mejor realizado de todo el libro, pues no se le trata como nada fuera de lo común, no se extiende en lagunas fabricadas en el discurso de los personajes para ocultar convenientemente. Los arbitrarios de este cuento, se sienten justificados como tales y creo que este es el objetivo que tenemos al escribir. Aquí me conviene precisar un par de cosas más respecto al libro en general, tratando el estilo y refiriendo al título de la obra.

Suele pasar que un libro de cuentos lleve el nombre de un relato contenido. La furia de las pestes es un título excelente para un cuento, mas su pobreza en una tapa es flagrante. Ya dije que Pájaros en la boca es una expresión con gran belleza verbal, para mí es un acierto emplearla para el libro. La mayoría de los otros títulos me parecen olvidables, excepto Cabezas contra el asfalto. Me gusta la sugerencia (absurda) del antagonismo literal entre las cabezas y el asfalto. Es importante medir las palabras: cabezas contra el cemento es un título infinitamente mediocre. Como si dijera Aves en la boca (¿aves qué? ¿aves marías?).

Segunda distracción: una de las primeras elecciones al escribir un cuento es la elección entre narrar en tercera persona o involucrar al narrador en el texto. Hoy en día no sé si se puede tachar un método de más convencional que el otro, suele emplearse la primera persona para crear una subjetividad, cuyo fin primero es ocultar o tergiversar elementos del relato. Es más difícil granjearle una voz particular a un personaje desde el exterior, esta es una marca de un cuentista experimentado (quiero decir técnicamente). Constato que en la mayoría de estos cuentos ignoramos quiénes son los personajes principales y los descubrimos como avanza la trama, esto puede dar un efecto de normalidad (los personajes son anónimos, representarían a todo le mundo), o puede ser un simple truco; por cuestiones de economía a veces es mejor presentar a los personajes, incluso cuando no es importante para el relato puede desorientar y quitar realidad al texto. No he tomado en cuenta distinciones teóricas entre estos tipos de narraciones para juzgar los cuentos que he listado, mi objetivo es saber si son efectivos en la manera que están escritos. Tal vez un lector más escéptico que yo se diría al entrar a un relato “esta en primera persona, el cuento se basará en la ilusión o en lo oculto” y con ese criterio hallaría los textos predecibles. ¿Quién lee así? Creo que ni uno lo hace al releerse, no nos damos cuenta hasta que punto tenemos automatismos y caemos en facilidades al redactar. El uso convencional de estas maneras de narrar nos lleva a constatar en el caso de la autora, que el lenguaje es usado de manera convencional, no estamos en la búsqueda de la experimentación verbal sino comunicando historias de manera estilizada.

La próxima ocasión se termina este cuento.

Cuatro en la boca

Vamos a analizar el libro Pájaros en la Boca, de Samanta Schweblin, seré préciso al tratar cada cuento con argumentos y deconstrucciones. Después de esta tarea redactaré una conclusión para decir si el texto es bueno o no. Mi intención, como siempre, es explicar algunas cosas: si algo no funciona, por qué, ¿dónde está el talento de un cuentista experimentado? ¿al tratar una antología qué tanta uniformidad esperamos al nivel de la calidad? etc.

Agradezco de antemano a la autora por montar en su sitio un par de los textos que trataré, así incluso los que no tienen el texto a la mano sabrán de qué hablo (aunque en la medida de lo posible evito las precisiones). También le pido indulgencia si se me pasa algún detalle (bueno o malo), que resultara fundamental.

Entremos en el juego, voy en órden del primer cuento hasta el último (¿o hasta que me aburra?). Empecemos por uno títulado “Irman”.

Irman es un mal cuento.

Sospecho que no es la mejor manera de comenzar una antología, afortunadamente, no todos los lectores entramos a una obra por un cuento primero. No hay que desanimarse tampoco, pese a tratarse de un relato imperfecto está bien escrito.

Digo que es malo, tal vez debería especificar que apenas es un cuento. La trama gira alrededor de una situación más o menos inverosímil, que no parece tener hilos conductores aparte de la conveniencia para el autor. La escena se trata con mucha ligereza y tiene tintes de comedia, no todos los momentos que buscan ser graciosos tienen éxito. Y creo que uno de los problemas es el narrador: cuando los relatos se traman en lo arbitrario necesitamos la voz de un personaje que nos permita creer en su universo, este parece dudar de las circunstancias y las contagia de irrealidad. Cécile me señaló -mientras yo reflexionaba en otras cosas- que el robo al final se ve forzado, como si la autora hubiese buscado construir la escena del descenlace y tratara de llegar hasta ella. También hubo una palabra rebuscada que me sacó del texto (graciosa crítica venida de alguien que escribe como yo), mas ese es un error puntual.

En sí, no es que la situación sea mala (puedo producir al menos una lectura metafórica interesante entre la sed que abre la narración y el final con la poesía), me parece más bien que no es apta para un cuento. Como una escena en una novela o un film, o como un cortometraje (y acompañado de buenos actores que impriman realidad al mundo), este sería considerablemente mejor. La adaptación sería apta pues el texto es muy visual. No haber colado un verso en la revelación final me parece una oportunidad perdida. En fin, está lejos de ser el mejor de la autora, merece un tibio olvido.

El siguiente cuento se llama Mariposas, y aunque tampoco tiene una trama perfecta, los músculos literarios de la narradora logran su cometido. El cuento, que es corto, viene de una experiencia que quienes hemos tocado mariposas hemos tenido, con esta sensorialidad y con una economía majestuosa al dibujar los personajes, es de lo más sencillo, casi un juego. El sistema del cuento es el del sueño: las mariposas se sugieren simultáneamente más que mariposas. Con esta ilusión tan sencilla, pero sin buscar simplemente la sorpresa, el texto se vuelve adecuado para la lectura metafórica. No importa la validez de la metáfora que refiero -otras pueden hallarse-, su sugerida existencia expresa la profundidad que el texto puede adoptar. De lejos lo hallo mejor que el anterior, es de un estilo más convencional.

Conservas sería el nombre del tercer cuento de la antología. Entiendo que este cuento está bastante construído, nos hace partir de las conservas (un buen párrafo clarifica esta voluntad) y extender esta suspensión del tiempo hasta eventos que nos parecen inverosímiles. El título también es de los mejores de la antología, aunque la palabra “conservas” no me guste, el encabezado no abarata el texto ni revela sus consecuencias. Como dije, la estructura del texto está guíada por su función, el final está un poco por necesidad y lo acompaña una imagen no necesariamente fuerte. Si no entienden a qué me refiero con textos construídos, los cuentos fantásticos de Bioy Casares suelen emplear esta forma: se levanta una tésis y se exploran sus posibles consecuencias, el texto ilustra y enriquece estos pensamientos con situaciones que sirven de ejemplo para ilustrar el mundo alterado por la tésis extraña.

Me temo que este texto fracasa en cierto grado, considerando cómo casi todo su contenido es de necesidad. Probablemente un lector distraído lo acepte sin más, pero ¿quién escribe para lectores distraídos? Los personajes logran su cometido, internandote en una ficción que quieres créer, solo que la narración traiciona esta voluntad y muchos elementos de la trama parecen irreales y flotantes. Esta es una sensación que tuve leyendo uno de los cuentos que Schweblin publicó en su sitio, en el cual -a mi parecer-, había un esfuerzo notorio en la narración por mantener un estado de “ignorancia” respecto al misterio del cuento. Hay un elemento misterioso en la realidad, se busca no explicarlo pero sugerir que puede ser varias cosas -mundanas-, hasta el punto en que la realidad parece irreconciliable con lo que nos sugiere el cuento. Este es un tipo de narración que suele plagar el fantástico no sobrenatural, se crea un ambiente/misterio que se mantiene sugiriendo pero no se dice. Se requiere, naturalmente, un lector muy cómplice. Los lectores maliciosos ya esperan lo peor, no creen que tras sugerir lo imposible, el escritor de un paso atrás y proponga una sucesión simple de circunstancias normales. Mucho poner énfasis en el secreto suele ser un error. En Conservas me parece que la indeterminación -que supongo busca acentuar la extrañeza-, hiere la efectividad del texto. Puedo dar ejemplos: se refiere con frecuencia a los contenidos de cierta lista (ignorada por el lector) como guía de conducta, se trata con indicios vagos un tratamiento (con frases como “ya está cerca el final”), los objetivos de los personajes se mantienen voluntariamente obscuros (los papás “comienzan a sospechar lo que queremos”), entre otros. Demasiados elementos vagos le quitan lo concreto al texto, parece una historia contada por alguien que no sabe contar (me refiero al narrador), ¿quién se pasa hablando a un interlocutor de elementos que no le sugieren nada y a base de falta claridad?

Por lo demás, el cuento muestra algunas excentricidades no particularmente efectivas sobre lo que se asemejaría a métodos seudo-mágicos para remediar enfermedades. Esto no está bien ni está mal, pienso que llena el texto de un poco de paja. Tal vez soy muy crítico con este texto porque Bioy Casares escribió una trama similar, en uno de esos cuentos suyos que actualmente funciona. En fin, no es tan efectivo como podría ser.

Y para cerrar el día de hoy, queda el texto del Cavador. Este es más efectivo de esta primera parte, me parece de un humor superior al de Irman (menos slapstick) y que carga su etiqueta de absurdo con gracia. Además, la actividad de cavar está muy bien elegida por la variedad de conotaciones que podemos hallarle, -incluso se me ocurre la idea del Keynesianismo- lo que solo ayuda a darle profundida a lo que de otro modo puede sonar como una extraña anécdota. Un buen cuento, prueba que en ocasiones lo sencillo vence a lo complicado.

La tapa de Schweblin

Hablemos de los cuentos de Samanta Schweblin.

Se nos imponen inmediatos varios problemas. Existe la dificultad clara de abordar un tema demasiado reciente, no porque escape al análisis -estos cuentos no postulan dicha dificultad-, ni por miedo a tratar un tema menor. Es arduo justipreciar lo nuevo porque la historia que necesitamos comprender se incrementa. Lo más reciente tiene más historia literaria y uno no conoce todo. Juzgar en el vacío tampoco es tan sencillo porque la literatura es referencial, y lo más nuevo suele ser menos referenciado. Estamos pues en unas limitaciones técnicas que refieren al tiempo. Poco nos importan.

Leí por ahí que Schweblin es la mejor cuentista argentina del momento. La frase es elogiosa, aunque rápidamente remita al relativismo, al desconocimiento de quienes son los otros grandes cuentistas de dicho país. Luego siendo más maliciosos uno puede admitir que la frase tiene algo de promocional: los premios obtenidos por la autora y la influencia de la editora en la cual publica pueden ser vistas como grandes máquinas de fama. Hay una intención de volver al cuento un fenómeno literario mayor en las esferas éditoriales, esta intención podría falsear el justo juicio a favor de Samanta. Además, en una contra-portada se cita a Vargas Llosa como autoridad narrativa, aprobando la calidad de la autora. Malum signum, arrastrar a un premio nobel en el asunto.

No podemos ser contrasistema al punto que descreamos con mala fe todo lo que sugiera el mundo editorial. Muchos grandes autores, pese a todo, son publicados. La tradición del cuento en la Argentina no es banal, uno o dos de los mejores autores que el país propuso se dedicaron con atención y teoría a la tarea. Schweblin se inscribe en este género tradicional ¿a su desfavor? No creo. Mejor inscribirse en una tradición genérica importante y probar la propia valía ahí que ser el único que escribe y publica cuentos en su rancho.

Cuando uno se emplea a la crítica suele caer en ciertas facilidades. La comparación entre dos autores o dos obras es convenientepor transmitir mucha información sin decir gran cosa. Por ejemplo, si hablo de los cuentos de Schweblin y digo que nos recuerda a Di Benedetto y a Silvina Ocampo, soy a la vez muy descriptivo y nada explícito. El argumento es válido porque muchas de las fuerzas de la autora son compartidas por aquellos, delíneamos un cierto tipo de narrativa corta,de problemáticas y de estructuras que los lectores del cuento identificarán sin problemas. A la vez, no calificamos certeramente los vínculos entre sus respectivas obras. Además que si usted no ha leído a ninguno de los tres, se halla completamente desarmado.

Otro error propio al género que nos atañe, es buscar hilos conductores o ideas principales en cada cuento, en vez de tratar los textos como si fuesen entidades autónomas. Decimos que Borges recae en los problemas de la eternidad, los espejos y los sueños, aunque en ese mismo libro nos topemos con una o dos historias de gauchos. La taxonomía del cuento como método de tratar ideas es un recurso limitado. Descreo de la antología como unidad que organiza el análisis, hay excepciones por supuesto. Queda el hecho de que la síntesis es más válida en las contratapas de un texto que en una verdadera critica textual. Yo no puedo dejarles en buena conciencia, información que ustedes pueden ver al levantar el libro físicamente y leer su costado. Mi asunto no es el marketing. Creo que en la comparación entre obras y autores, también hay algo de marketing. ¿Le gusto Di Benedetto? Compre Schweblin.

De antemano me separo del escrito en su contexto de negocio, sin caer en el elogio vendedor o el ataque gratuito. Pensado así creo que puedo recomendar los textos de Schweblin. Son buenos, sin ser imprescindibles. La antología es dispareja, la autora cae en ciertos recursos que son sus valores seguros, mas estas asperezas no anulan el agrado neto que uno resiente a la lectura.

Hasta aquí, nada he dicho. Tomemos una pausa.

Tres problemas

Los escritores servimos por lo menos de mal ejemplo, y a veces ni de eso. La naturaleza de nuestros trabajos y simplemente el mercado editorial sobre saturado evita que se nos cuente como personas. Tampoco el autor quiere eso, mas en cierto grado es caer en el error. Si no existiera más que la literatura del siglo XVI, uno diría de inmediato el siglo y tal vez la década en que un autor ha trabajado, es en parte por la existencia de tantos libros que nos permitimos inefablemente olvidar. Hay parte buena en el olvido, a los autores como mal ejemplo, no nos sirve tanto.

Nadie debería sugerir maneras de vivir. Pienso en los escritores, por supuesto, y también expando esa reflexión hasta el cristianismo -se generalizará mi observación en religiones que conozca menos-. No señalo un desmérito en el principio de la imitación metódica de Cristo, por la sencilla razón de que su figura nada en el símbolismo y la ambigüedad. Sin esta seria inexistencia, no podemos entregarnos a la imitación, nos atormentarían imágenes como preservar una barba como la de Jesús, o portar su mismo calzado. Así funcionamos nosotros también, los hombres dichos “de letras” (tal vez las comillas deberían estar en el substantivo): cuando nuestra existencia es borrosa, tenemos determinada valía, en cuanto ganamos realidad, somos unos patanes y buenos para tirar. Si ha decidido por fé o convicción venerar al homo literatus, hágase un favor y manténgase alejado de aquellos que sigan con vida. O tómelos por lo menos como mal ejemplo, como el aspecto corrupto de la idea de escritor que inevitablemente todos nos volvemos.

 

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Cecilia Eraso me preguntó (la única vez que nos topamos), si era escritor. Afirmé. “Rara admisión” señaló rauda. ¿Cómo así? Pregunté casi por reflejo, o hice un gesto en el que se intuía la pregunta. “La gente no se dice escritora así nadamás”, explicó, me pregunto ahora si fue involuntaria la posible malicia de su imprecación (si se supone la respuesta hay cierta malicia). En fin, no pasó a mayores, no la reté a un duelo, no tuvieron que expatriar mi cadaver (esto fue en Buenos Aires). ¿Debo admitir cierta torpeza por decir la verdad? Me pregunto, tal vez la pregunta no era el problema, sino que mi respuesta era innecesariamente ofensiva para todos los presentes (menos para Cecilia, obviamente ella ha visto escritores).

Aunque la humildad siempre me deja una sensación de estrategia perdedora, no tuve entonces, ni tengo ahora, la intención de exagerar cuando asumo la posición de escritor. No hay que ser tan ridículos y sacralizar ese empleo, no hay nada sobrenatural en redactar con intenciones estéticas o morales. Hay muchos autores que son pobres de espíritu, estúpidos e improbables, entre ellos una buena cantidad no podría superar la calidad estética de un joven estudiante de letras que nunca intentará ser publicado. Ni siquiera adjudico ventaja alguna a esta mentalidad en la que uno se vuelve escritor de facto al admitir que escribe. Para cada quien la palabra comunica una idea diferente, supongo que el término para Cecilia no era exactamente el mismo que para mi. Intuyo que tampoco era groseramente distinto.

Lo que busco señalar por la anécdota es que ningún criterio de literatura debería alejar al escritor del hombre común. Que usted reconozca a Alfonso Reyes como un escritor y no a Dan Brown, es un problema de semántica y se admite. No obstante, si su definición exalta tanto la práctica que la aleja de su horizonte y se vuelve inalcanzable, la palabra es perniciosa para usted y debe ser suprimida. Si su concepto de escritor va más allá de sus propias capacidades, deseche el concepto. Mejor aplicarse a una tarea que puede existir para hacer que inventar un universo ajeno al que no tenemos acceso. Deje la ficción para la ficción, los sinsentidos para el lenguaje y emplee las cosas de tal manera que le sean útiles a usted. Primer regla del escritor: no deje que la palabra sea solo convención, debe domarla.

 

 

Hay sinúmero de gente que es mejor que como escribe. Temo que el balance es deseable.

Seguido sucede que un autor, en su sensibilidad y persecución honesta de la verdad, conjuga eventos ficticios en que sus personajes son sometidos a destinos crueles. La literatura feliz nos resulta corta: mucho duele leer, y se exacerba el conflicto donde se encuentre. Yo mismo he dicho que lo deseamos, al enfrentamiento. ¡La fortuna no es adversa! Esa maldad reservada para la mentira, es rara vez reflejo de una actitud sicópata del escritor, la gratuita necesidad de herir y abusar de los personajes ficticios se quiere dialogal, como un objeto que se comprende y no que se siente. Casi admitiría que la ambición moral de un autor suele pintar objetos más y más grotescos en la medida que desea procurar el bien y la reflexión al lector.

¿Debería sorprendernos que al hablar de la creación universal Dios permitiera el sufrimiento? La queja contra la divinidad que instauró el malestar en lo humano es viva, mas nuestras propias ficciones están plagadas de una análoga crueldad. ¿Dickens debe ser censurado porque sus personajes huérfanos enfrentan destinos terribles? ¿eso le granjea cierta maldad al hombre?

Dickens es sin duda un desgraciado, aunque en el mismo género lo seamos todos. Simplemente el escritor hace explícito el dolor, pues el trabajo de la ficción es mostrar la evidencia. Ya en el mundo, los que tienen la costumbre de la felicidad, la aprovechan gracias al abuso impuesto a otros. No está dicho, porque no cada persona expresa la ficción. No nos hace menos malvados ni terribles.

Acaso la palabra mal está mal empleada.

Fatigando el tema

Pretendo cierta afinidad a la discusión literaria por internet, si la practico de una manera casi responsable es que hallo dignidad en el propósito. Me hago el desentendido cuando se trata de la crítica respecto al idioma español como herramienta masiva de intercambio, la audiencia será todo lo reducida que pueda ser, pero sería un contrasentido tratar las letras en un idioma ajeno al propio. Imaginen que se requiera leer francés para conocer la literatura latinoaméricana o de otras partes del mundo, la absurdidad tiene algo de grotesco. Se entiende pues, que la prosperidad de una comunidad literaria en español se me presente como una necesidad. Me aplicaré a un comentario en este sentido.

No es fácil abordar la literatura en internet como un hecho. Muchas condiciones se requieren: escritores y críticos serios deben abrir un espacio propicio para el intercambio, la audiencia debe participar, las decisiones serían paralelas al mercado literario. Es indeseable la discusión agotada sobre los autores de siempre, porque son de la facilidad, y balancearemos con respecto a este hecho que los desconocidos o incluso los grandes nacionales, pueden hallarse fuera del radar de un lector que voluntario, participaría a una discusión productiva en las letras. La dificultad ya va medio enunciada en este párrafo: sin todo esto nos quedamos sin literatura. Otra condición necesaria y paradoxal: todas estas redacciones se desean en español.

Siempre hay una tentación de incrementar la audiencia por internet usando el recurso del idioma inglés. Los contenidos suelen generar sus respectivas audiencias: hoy en día estos son mayoritariamente en ese lenguaje. Con la literatura y la producción creativa invadimos un espacio en donde la pérdida del lenguaje no es deseable, lo que de ningún modo es una evidencia. Sabemos que Vladimir Nabokov produjo la segunda parte de sus escritos en inglés cuando su lengua nativa era el ruso, esto en una producción artística que podemos considerar primaria, ¿no es comprensible que una tarea menor como el texto de internet pueda delegarse igual o más fácil? La decisión recae en el autor y sus capacidades. Cuando un escritor absolutamente mediocre cambia de idiomas a nadie le importa de todos modos.

He hablado antes de la preminencia poética en línea, es una producción que no puede traducirse sin consecuencias. Todas las letras, al llegar a la red, se impregnan de particularidades poéticas. Se enuncian mejor en lo personal que en lo general -alguien que solo reproduce comentarios de otros se remplaza sin dolor por un robot-, reniegan de la economía convencional -la poesía no es un género idóneo al éxito editorial-, se prestan mejor a los tiempos inmediatos y a la transmisión difusa gracias a una menor longitud, son del intercambio y la situación más que de la pura experiencia de lectura. Sí, me parece atinada la sentencia, al querer una literatura en línea nos enfrentamos a las numerosas dificultades que ya se han opuesto al poeta en el pasado. Entonces se entiende la importancia de el idioma, es una cuestión que favorece el estilo en vez del contenido, topos poético por excelencia.

Pienso exigir demasiado, pedirle a la gente que escriba es solo natural, pedir poesía…

Los lectores del español deben dejar de profesar tanto respeto a todo el mundo, un poco de insolencia nos hace bien pues nos pone de frente a nuestros errores. Hay que cometer errores, hay que leer mal, son riesgos que bien valen lo que uno obtiene después. Además hay que dejar de decir cosas como “leer tal o cual autor es necesario”, uno solo debe leer por interés y no por fama, en nuestras letras hay muchas gemas por descubrir que no siempre logran escapar el fenómeno local. No podemos quedarnos en lo local, el interés y la discusión por autores nicho es de suma importancia. Por eso mismo, no podemos guardar un silencio respetuoso como si se ocupara permiso para presentar los misterios de un excelente autor. Es compartir una buena noticia ¡una dicha!

También la poesía.

La sombra de la obra

Temprano agoté mi tema sobre la desconstrucción y me puse a darle vueltas a la misma sopa para que se enfriara. No me quiero releer ahora mismo porque encontraré cada texto nefasto y fracturado, mi tarea no se presenta impermeable al análisis riguroso, ni siquiera puedo confirmar su felicidad. Me consuelo, casi, en haber estirado y deformado tanto mis argumentos que logré raspar la superficie de otro tema que puede presentarse interesante. Voy a tratarlo bajo el término de tradición negativa, ya lo explico:

Cada literatura suprime futuras literaturas. Si yo redacto Ardiente Paciencia, siempre existe por lo menos un texto vedado a todo futuro escritor (el texto Ardiente Paciencia), de no atenernos a este principio de identidad, autorizamos el plagio y si reconocemos la validez literaria del texto copia, lo glorificamos. Luego tenemos un argumento fácil que se usa contra la reputación de los traductores, el verdadero autor no es quien reformula un texto (por ejemplo en otro idioma) sino el productor original, no importando si el texto derivado es técnicamente superior o no. Aquel que me impute señalar simples evidencias, debe reconocer que los antiguos nunca fueron tan quisquillosos con la reutilización de material anterior, los mitos romanos son una amalgama de las creencias de cada pueblo vencido y anexado al imperio (el uso político de estos no niega su aceptación como pieza de arte).

Esto puede ir más allá: un texto que está inspirado o que conjuga elementos de una obra anterior, puede ser considerada un plagio espiritual. Muchos estudiantes cometen el error de interpretar el término influencia con el término copia, creo que el caracter peyorativo de uno de los elementos enturbia nuestra sana comprensión de la distinción. Dos autores pueden verse similares entre sí y carecer de influencias mutuas, mientra que dos obras disímiles pueden entablar un diálogo profundio sin aludir a eventos o estilos compartidos. El juego de la influencia no es tanto lo que uno se permite sino lo que uno se prohibe. Por esto cuando un autor repudia a sus mayores y se opone faruchamente a ellos, solo logra conjugar una admiración en pos de estos. Uno no evita ni ataca lo que le es indiferente. La influencia en sí, es un valor negativo, es permitir a un autor admirado un espacio de creación que le es propio e intentar evadirlo, o tocarlo solo de tal modo que no perturbe su obra.

Cuando hablo de influencia negativa me expreso en el terreno dudoso de las minucias verbales. Les presto un diagrama para ilustrar a lo que me refiero:Acciones

La influencia funciona para mí como el término entítulado No Acción en este diagrama, lo que debemos entender como “todas las acciones que no corresponden a la Acción”, básicamente es la sombra del verbo, la sombra del texto original que aparece al elegir una cosa -y desechar todas las otras-. Cada lector posee su propia sensibilidad para cuando se comete un plagio o se percibe una influencia, hay algo de consiente y voluntario en dicha acción -puede ser ignorada, yo prefiero pensar que todo lector es avisado-.

Tomando esto en cuenta hablemos pues de la tradición negativa. No funciona en el mismo nivel que la influencia pues no se trata de un efecto de carácter personal. Yo decido ser influenciado por Miguel Angel Asturias, nadie en realidad me sugiere su emulación -ni por Nobel ni por nada-. El peso de la tradición, por otro lado, habla de una expectativa generalizada en un grupo de lectores, se trata de una convención dialéctica por la cual determinadas obras se admiten “influencia de todos”, más o menos. El Quijote es un perfecto ejemplo en la lengua castellana. Al decir tradición negativa me concentro en el aspecto poco elogioso de esta constatación, que todos los lectores en cierto modo están “un poco hartos del Quijote” y no toleran otras obras así. No queremos más Quijotes, uno solo es el máximo que podemos tolerar. Una de las consecuencias de especularlo como una obra definitiva en su estilo, es que nos exonera de producir algo similar. Si un nuevo escritor acomete este propósito, estará tratando de ser “más Cervantes que Cervantes” lo cual en general es una estrategia perdedora en la literatura.

La tradición es una convención y por esta simple razón, es un poco estúpida. Un hombre puede pensar y tomar decisiones de maneras casi infinitas, un grupo de hombres siempre estará reducido en efectividad por las incoherencias internas del grupo. Los autores somos incoherentes, nuestro trabajo es limar esta aspereza hasta que parece voluntaria. Hay una insistencia, por ejemplo, en decir que la épica es un género muerto, temo que en parte esto sea una influencia negativa de la tradición que edifica a Homero. Muchos han practicado la épica desde entonces pues descreen de esta dudosa superstición popular. Queriendo premiar los esfuerzos de grandes autores antiguos, condenamos sus invenciones a la existencia pasada, a la letra muerta. Es como si nuestra tradición no fuera lo que son nuestras creencias sino de los vicios escritos de los que nos hemos exorcisado.