Más que pene, pene, pene, pene, pene

No soy precisamente un experto en teoría poética, me gusta pensar que se debe, principalmente a mi falta de empeño, así como al contrasentido de poder teorizar un conjunto tan arbitrariamente grande como la poesía. Mi falta de experiencia nunca me ha detenido al abordar algún tema hasta ahora, no dejemos que hoy esta mala costumbre cambie.

Hace suficiente tiempo que establecimos un dominio de anarquía en la composición poética, paradoxalmente, antes no podía haber expresión más codificada. Uno traza la evolución conjunta de poesía y religión, para encontrar la relación personal del individuo como centro de una transformación temática en ambas. Para decir que la poesía ya no es de consenso, sino de uso civil, en su casa, apenada, como la masturbación. Termine aquí mi complicada transición hacia el onanismo para dirigirnos a mi vocación actual: la poesía erótica.

Se puede ser guarro, bruto e incluso obsceno en la poesía, mas la pornografía en el sentido filmico del término es un fin arduo. Para empezar no hay nada de evidentemente sexual en las palabras, ciertamente hay frases más atractivas que otras, de eso a llamarlas eróticas sin considerar el contenido yo creo que hay varios pasos. Entonces incluso la poesía sexual que se quiere obscena, tiene algo de erotismo, el formato obliga porque es un formato de reflexión sobre la forma. Toda obra pornográfica suficientemente razonada termina por hacer relucir su lado artístico. Y ya por eso tiene un mérito, cosa que por otro lado no podemos granjearle simplemente a cualquier poema de sexo.

El sexo es tan omnipresente en nuestra sociedad que requiero remitir al extrañamiento de Shlovski para justificar una literatura erótica. El marco escrito tiene esa ventaja infalible frente a otros sistemas más sensoriales: el impacto de ia sensualidad entra a una cadencia conveniente y desde la distancia. La lectura es secuencial, no se apresura, no se banaliza: comparte mucho con las caricias preliminares al verdadero coito. Como hablamos bien de cadencia, el género erótico exige trabajo poético. Nada como el ritmo para hablar de sensualidad. Sin hablar siquiera del vocabulario, cuanto no podemos ajustar la pertinencia de palabras como cachete y mejilla al evaluarlas en un contexto de idealización o concretización de formas.

Entreveo en el poema erótico, el espacio en que la expresión rimada reencuentra parte de su valor clásico. Hay un efecto de memoria en la rima, algo que nos implica que la secuencia de versos es fatal, que nos aproximamos a un climax en la palabra. La métrica tiene también algún sentido aunque menos preciso, de cierto modo domina el énfasis de cada frase sin extenderse demasiado en la descripción. Entiendo que el erotismo se desea sensorial y no puede proponerse frases ilimitadas sin que estas se fragmenten en multiples sensaciones. Aunque no impongamos métrica, los versos eróticos como los suspiros, anticipan su propio fin.

Mi reflexión sobre el verso erótico vino, paradoxalmente, al hallar un comentario sobre una forma difícil: los versos pareados. La forma nos parece muy artificial porque al sugerir apenas la rima se nos propone de inmediato su contestación y el artificio queda descubierto. Siento que la cadencia acelerada de esta forma complementa bien lo que sería la parte más pornográfica/carnal de un poema de sexo, aquí la posibilidad de preever estos vaivenes nos ayuda a imitar la sensorialidad y la evidencia de los generosos goces sensoriales. Acaso esto se presenta distinto en diferentes idiomas, en español me parece que variar el tipo de rima para la descripción amatoria es una manera excelente de comunicar sus cambios de animo.

Ciertas aliteraciones también contribuyen a comunicar la fuerza y el impacto implícito en la relación erótica. No sé si se puede establecer un sistema de relaciones analógicas donde las consonantes fricativas se asimilan al roce de los cuerpos, las labiales a los besos -válgame el énfasis- et ainsi de suite. Tal vez esto es más del órden de la curiosidad que de otra cosa. La sonoridad de las sílabas que componen la frase me parecen entablar una relación más directa con su manera de resentirse en el lector, pienso que las palabras largas al principio de un verso y terminaciones agudas al final de las frases pueden sugerir una cadencia acelerada. Hay efectivamente una pequeña caja de herramientas conseguible para escribir la sensación por la sonoridad, y en mi opinión pocos géneros dependen tanto de esto como la poesía erótica.

Me es difícil concebir que una poesía sobre el sexo llegue a desaparecer en nuestro actual paradigma societal. Puesto simplemente, la poesía es un género poderosamente íntimo y a la vez flexible para pasar de lo sublime a lo soez en una frase, para los que exploran e inventan su sexualidad, cumple requisitos indispensables que otros géneros en vogue no pueden capturar.

Y este erotismo, aunque no crezca en mérito público, siempre tendrá algo de literario. Si no fuera así, escribir pene, vagina y coger, constituiría  en sí una poesía erótica, lo que es extrañamente falso aunque se repitan dichas palabras cual letanía: el humor, la queja o la incomprensión se sugieren de inmediato en dicha repetición. La explicación es simple: toda palabra es social y su simple uso mecánico da como resultado un registro público. El registro íntimo se tiene que ganar por la experiencia particular, la sensorialiad, la sugerencia.

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