Decaracteración

Entre las muchas anécdotas literarias catalogadas por Bioy en su diario, encontré una que tuvo un eco bastante inesperado en mi memoria. Xul proponía el uso de una marca textual para la ironía, como las diéresis en la palabra escritöra (desentendiéndose de la calidad de la susodicha). ¿No les suena a nada? Mi idea fue remitirme a otro argentino, en cierta obra llamada Rayuela donde había cierto Horacio Holiveira.

La voluntad de esta alteración textual que vuelve turbio el sentido primero de una palabra es natural, en el sentido orgánico. Tenemos una capacidad de comunicación extremadamente compleja que no se limita a la transcripción de códigos gramáticos, sino que conjuga a su vez tonalidades, gestos y circunstancias exteriores. Lo escrito es pues, una versión pálido de lo que nuestra presencia permite, incluso una conversación puramente sónica -discriminando la llamada comunicación no verbal, curioso nombrecito ¿no?- es más rica que un texto pues la variante de acentos, pausas y velocidades diversas actúa para enriquecer la información que recibimos. Existen, por supuesto, elementos visuales en ciertos lenguajes, como los ideogramas, los dibujos e incluso los caligramas que combinados con el sentido “normal” de la palabra escrita pueden vehícular ideas mucho más ricas. Mas hay que rendirse a la evidencia: el texto es inferior a la palabra, así son las cosas y ningún número de payasadas corregirá la situación.

Solo que las payasadas existen.

Los dos ejemplos citados (Cortázar y Xul, haches y diéresis), nos acomodan frente a dos tendencias que la deformación escrita. El propósito de Xul se sugiere institucional, la regla responde a un valor sémantico (una marca de ironía, como sería cierto tono de voz al ordenar o interrogar en un texto), lo que viene a decir que se comporta como una verdadera regla textual. Cortázar entiende que la institución contiene cierta pobreza, y utiliza sus haches como marcas de lo que ya son: una extrañeza resentida por el lector, un cambio sutil y difícil de explicar pero inexplicablemente existente. La modificación propuesta por Cortázar tiene sentido en su obra, y aunque es fácil reproducirla (porque la extrañeza se transmite fácil), guarda su carácter individual, corresponde solo al mensaje en sí mismo y no se extiende a los demás discursos.

Estas dos modificaciones son interesantes pues expresan nuestra voluntad de enriquecer el lenguaje… Aunque solo se expresen en una dimensión personal. Ya sea proponiendo una regla o dando muestra en un solo texto, estas modificaciones no parecen sangrarse a la palabra, pues el principio del lenguaje no es de arriba para abajo: las reglas describen a una palabra/escritura real, no la rigen. Ahora que lo pienso, llamar “regla” a algo así es un uso groseramente incorrecto del término.

Sin embargo ya hay una gran variedad de modificaciones de uso que de verdad repercuten en la forma literal en que escribimos. Si uno se permite ser observador, invaden nuestro cotidiano con un impacto que la literatura actual ya no puede tener. El cine altera cómo miramos el mundo y el internet ya transformó cómo leemos. Porque en realidad NO ESTOY GRITANDO SI PONGO PURAS MAYÚSCULAS. No obstante el código existe y su énfasis, en conversaciones escritas que ya pueden ser instantáneas, tiene un efecto real en una conversación. Se me ocurre una de mis caprichosas argumentaciones, que supone que puntos y comas no tienen lugar en la conversación por chat instantáneo: estos buscan expresar una pausa, y la escritura en tiempo real ya contiene pausas. La escritura por teléfono con sus abreviaciones y sus expresiones hechas también es en ella, una realidad física de lo escrito.

Por supuesto, lo que el lenguaje gana también se puede perder. La caligrafía está lejos de ser usada con la misma avidez de los años pasados, y ahora los trucos que esta permitiría están enterrados con su arcaica práctica. La ausencia de páginas hace que los distintos posicionamientos en esta pierdan por mucho su sentido, acaparar o derrochar papel es una variable que a nadie comunica. También la falta de rectoverso nos prima de algunos juegos menores.

Es un lugar literario añadir al lenguaje, sea por nuevas inflexiones, metáforas o palabras. Definitivamente las formas también pertenecen a este mundo -incluso por la traducción, la ignorada del siglo pasado-. Cortázar tenía una noción clara de que el uso cotidiano es el transformador final de nuestra lengua y la literatura primero debe mirarse como un juego. Sería un verdadero megalómano el escritor que además de ejercer su poder en un universo de la ficción, puede inmiscuirse hasta la palabra más íntima de personas que con él comparte la existencia.

Vaya conclusión obvia ¿no?

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