Ensayando a Bioy

Desde el año pasado he dedicado una cantidad importante de tiempo explorando y reviviendo la obra de Adolfo Bioy Cásares. La excusa para este proyecto es mundana: tengo responsabilidades escolares, me requieren investigar y a eso me doy. Bioy es la figura que he seguido en mis estudios, primero tímidamente y luego artero. La razón, como sospecharán, tiene verdaderamente relación con el autor.

No sé si supe de Bioy antes de saber su relación con Borges. Es la peor contaminación literaria que existe. Sé que mi contacto con Jorgito fue posterior a mi muy feliz lectura de La invención de Morel. En ese momento creo que se volvió mi novela favorita. Luego me encontré con el autor de Elogio de la Sombra, y descubrí las virtudes medicinales de la poesía. Ya después me encontré con el Borges que casi todos conocen: el narrador, el ensayista.

En algún momento regresé a Bioy, y su dimensión de “amigo de Borges” enturbió considerablemente mis lecturas siguientes. Por otro lado, Diario de la guerra del cerdo es un texto que no comparte mucho con los rasgos que me impresionaron al leer tempranamente La invención. En algún momento debí leer textos misceláneos de Adolfo, pues comencé a creer el estigma de que fue un autor malo, uno que declara no pocas veces en sus memorias y comentarios. Bioy es raro de esa manera, se hecha para abajo, habla de sus textos ilegibles y pide complicidad a sus lectores. Tardé mucho en considerar la posibilidad de que mentía.

Problemas editoriales que deploro hacen siempre que el acceso a las antologías de cuentos sea más duro que a las novelas. Bioy fue un prolífico cuentista y por ello ciertas obras cortas son accesibles. No sé exactamente que esperaba de estas ficciones… Hubo algo parecido a la decepción que me abrumó después de leerlas. No eran relatos mal hechos, sencillamente no habían dominado mi imaginación. Me gustan los cuentos y creo que esperaba algo maravilloso.

Decidí trabajar la obra de Bioy casi fortuitamente, buscando posibles afinidades entre obras que conocía bien, y hallando alguna coincidencia entre La invención de Morel y Les Bestiaires, acaso tan imaginaria que la construí en el sentido más literal. Fue el principio de una relación artificial que ya lleva varios años, que me permitió separar a Adolfo de su primera novela.

Ahora creo que no podría encontrar a ningún autor más ameno que a Bioy Casares, a una literatura más genuinamente feliz, a un placer de lectura más íntimo. En sus misceláneas y sus memorias Bioy brilla de una manera difícil de conjugar, hay un amor a la literatura y sobretodo un amor a la vida que se imponen en cada una de sus observaciones, aún cuando reproduce ideas convencionales y se encuentra frente a la banalidad. Tiene una palabra magnética, rechaza el patetismo y emplea el humor con eficacia.

En mi juventud descreía mucho de las autobiografías, especialmente si el asunto era considerarlas como materia literaria. He leído Rousseau y en su momento García Marquez en textos autobiográficos, me parecieron emotivos pero no mucho más. Tienen sus méritos… Solo que entonces no eran literatura para mi. Fue un poco después que descubrí Montaigne -que es verdaderamente grande-, y este código personal empezó a penetrar en mi imaginario escrito. Los ensayos no tratan de su persona, en teoría al menos, mas sirven de excusa para transformar la figura del autor en una ficción válida. En realidad no puedo explicar esto en un renglón, lo que cuenta es que Bioy comparte esa efectividad con Montaigne.

Durante esta redacción me acordé que Bioy y Borges intercambiaron breves opiniones sobre Montaigne, no me resisto a buscar la cita para tratar de encontrar un sentido providencial.

Bioy

“Digo que Montaigne a veces decepcion. Por ejemplo: sobre si que dejar para mañana las cosas que se pueen hacer hoy, escribe obviedades, verdades de la Palisse.” Borges defiende a Montaigne afirmando que decía a veces verdades evidentes porque pensaba con honestidad. “Es claro que no todo es así. Lo mejor me parece la parte del libro que habla de sí mismo”

Borges

“Descubrió que hay un encanto para el lector en que el autor se muestre. Se mostró, contradictorio y peculiar, pero no exageró: supo darnos una imagen simpática de sí mismo. Yo creo que cuando los autores tratan de estilizar su retrato, les resulta muy falso. Bioy y Carlyle llevan el sistema al extremo: la imagen que nos dan de si mismos es menos agradable.”

No es fortuito que Borges mencione al propio Bioy al hablar de Montaigne. Aunque no habla simplemente Borges, sino Borges contado por Bioy, que si no es el mejor Borges-personaje que nos ha dado la literatura, sin duda es el más simpático.

Hay un balance extraño en la literatura de Bioy, por momentos su producción me pareció muy fragmentada, distinta y poco atrevida. Habiendo leído sus textos más autobiográficos entiendo que son la columna vertebral y tal vez los más gratos de los que residen en su producción. Después de haber conocido estos textos, no siento que sean prescindibles. Son un argumento excelente para confirmar que la literatura feliz puede ser buena.

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