Experiencia critica

Leer sobre las trayectorias autorales de diversos individuos suele ser un ejercicio interesante, si no se cae en los muchos mitos que la temporalidad conlleva. Hallo más razones de descreer de estos estudios que las que me los presentan como indispensables, lo que dista mucho de restar todo interés a dicha práctica.

Creo que individualizar las lecciones de cada trayectoria es tender a la falta. Si bien la experiencia personal y las decisiones concretas que cada autor efectúa son por fuerza diferentes, suelen responder a estímulos similares. En ocasiones un escritor define su trabajo en oposición a cierta escuela o estética que tiene preponderancia en su época o imaginario, muchas veces este desprecio busca ocultar una sincera admiración a tales escuelas. Porque uno no adhiere ciegamente al canon de alguien más cuando crea, sino que busca corregir, aumentar y representar las estéticas existentes bajo un nuevo ángulo. Reconocer un tipo de estética y atacarlo de cierto modo es admitir que hay una interrogante válida en esa forma de arte. Muchos ejemplos existen sobre autores que se decían pertenecer a determinado movimiento y solo se hallaban traicionándolo, o de otros que buscando superar el movimiento y extraerse de él, terminan por expandirlo y representarlo más que quienes lo siguen convencionalmente -se me ocurre el surréalismo de Asturias-.

Estas lecciones también nos inclinan a tratar todo concepto de progreso con escépticismo. Es verdad que muchos autores transforman su obra con el paso de los años, efectivamente dividiendo su producción total en “épocas”. Neruda es un ejemplo típico de este tipo de fraccionamiento al interior del propio corpus, sus años se marcan con militantismo, elocuencia o materialidad a diversas medidas, logrando una multiplicidad de facto. Estas divisiones que podrían responder a particularidades de una vida personal, no lo son tanto, suelen ser respuestas casi motivadas a cierto estímulo. En partícular el deseo de participar activamente en la política en la propia obra cambia muchísimo la escritura misma. La calidad obviamente sufre o mejora dependiendo cómo el autor se aproxime a su nueva producción.

Hay un principio dialogal en la obra de un autor que produce a lo largo de su vida. Cuando hablé de Bolaño dije que con cierto éxito se acerca de caer bajo la sombra de sus primeras narraciones. En otras ocasiones, el hallazgo no es tan feliz y las obras posteriores de ciertos escritores carecen de la originalidad o de la profundidad que uno veía en sus primeras instancias. Un autor puede sufrir de este juicio adverso con cierta rebeldía: contrariando la espectativa que sus obras tempranas podrían sugerir, se empeña en alejarse voluntariamente de la fórmula que antes le resultó. La misma mirada puede granjear la solución contraria, zapatero a tus zapatos, ciertos escribantes se fatigan produciendo la misma obra una y otra vez sin hacer cuenta de sus propios ecos. En otros casos las similitudes y distancias son muy consientes y todo se juega en el detalle. Para la fortuna o el desamparo de cada autor, la posteridad literaria no conoce el concepto de final, hay veces en que determinadas obras de redescubren o hallan nuevo valor incluso frente a los textos establecidos que se querían clásicos dentro de una obra particular.

Los lectores cambian con los años y la labor del crítico es por lo menos tratar de interrogar los juicios que han propuesto sus predecesores. Son ellos también simulacro de la tradición literaria, quienes la atacan con violencia frecuentemente les profesan gigante amor. La crítica es literatura, responde a estas mismas reglas y acaso requiere saber mejor los límites que la temporalidad le impone. Hay cierta lógica de repetición y posterioridad implícita en la crítica, una que curiosamente siempre persigue ser actual pues nunca se puede asumir la mirada de una sociedad que hace siglos se ha derrumbado.

En nuestro arte, en las letras, muchos problemas se reducen tontamente a problemas de reloj. Mucha de nuestra distancia existe por la imposibilidad de releer al infinito, de concretar cada lenguaje hasta el punto de ruptura, de escribir cada crítica que le debemos a nuestros próceres. Por eso si uno lee, uno habla, cuando puede y cómo puede. Sería realmente ridículo si teniendo todos los medios de la tecnología no hacemos sino menos crítica, menos reflexión sobre el individuo y permanecemos en un discurso de contraportada.

No sacralicen a quienes leen, ellos no se sacralizaban a sí mismo. Es parte del éxito.

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