Saison en purgatoire

Aunque he usado la palabra élite para describir la literatura hubiera estado igual de justificado hablando de puerilidad o marginalidad. En su auge, la verdadera literatura puede acceder al nivel de una moda, en general la podemos mejor tratar de distracción. La conjugación de estas evidencias explican las constantes crisis y el cotejeo con la muerte que desde hace un par de siglos plaga la condición literaria.

La narración y la lectura son más viejas que las letras éruditas, no nos cuesta admitir que acompañarán al hombre cuando los clásicos se hallan derrumbado. Hablando de literatura tratamos un minúsculo gramo de lo que concierne a nuestra invención, aquel cuya vocación a la perfección, a la autoconsiencia y a la autoridad se impone ante el resto de los goces. La obra hermosa no es literatura hasta que la obligamos a serlo. Regalamos un discurso crítico a tal o cual texto con el simple fin de aumentar su duración, de continuarlo para futuras generaciones de lectores, y a su vez inventar las razones de su éxito en nosotros. En promedio no se puede decir que la gente lea con ambiciones análogas, hay cierta pobreza en la búsqueda objetiva de la justificación en vez de la humilde aceptación del espectador. El lector que acaso se entiende incapaz de reproducir técnicamente la obra que admira, participa en ella por el comentario o el escepticismo.

Hasta aqui me aplico a un listado de generalidades que buscan poner un énfasis en cuan futil es producir literatura, en negarle con fatiga un cierto nicho de mercado. La literatura se codea con el comentario y la gente no compra libros de crítica, así podría -nomás porque sí- tirar de cabeza el mito de la literatura-literaria como objeto de consumo. Good riddance, los críticos queremos -algunos sin darse cuenta- que la marginalidad siga siendo la marca de fábrica del arte. Por eso hable de elitismo, pienso que no pocos consideran el asunto desde ese punto de vista. Yo creo que pueril tambié atina en reflejarlo.

Siendo tal el estado de las cosas, admito haber pensado este blog con ambición literaria. El escritor sabe estar en competencia con todos los letrados de cada época, en ese sentido, inútil reivindicar una audiencia  presente y masiva. Estar a la moda es una ocurrencia feliz del arte, no su vocación. De a poco me aplico a poblar este blog con reflexiones, índoles varias y alguna flotante estética. Nunca he esperado una explosión demográfica en mis lectores, pocos o incontables, me son preciosos. ¿Sería más válida la obscenidad? ¿perseguir una visibilidad cada vez mayor con ambición y desenfreno? Seguramente sí. No me ocupa. Por otro lado, me granjea cierto placer que sin una atención deliberada, un flujo más o menos constante sigue ocupándose en mis reflexiones pasadas. Y sé por ello que no es su caracter actual y constante lo que les garantiza una presencia en esos ajenos imaginarios.  Otro mérito podría existir.

Por accidente o adversa fortuna, una larga pausa sentenció Otras Bentilaciones al silencio. Yo empencé en dicho blog una reflexión sobre el tiempo, y para ser fiel a esa experimentación, decidí dar el dominio por muerto. Pudo ser el fin pemanente de las ventilaciones y de mi débil identidad de bloguero. Negocié un rato con mi mala voluntad sobre la posibilidad de un regreso en nueva forma. Pensé entonces en una proposición curiosa que las historietas gringas han implementado dentro de sus publicaciones mensuales. La idea de que es una historia absoluta dentro de la ficción, como en el televisor hubiera temporadas. Eh, fea frase que me aventé. Todo esto con un fin simple: darles la bienvenida a la deuxième saison de Otras Bentilaciones.

Nadie que lea primero Mas Bentilaciones fallará en ver el inmenso encabezado que ligaba ambas páginas, no es una sorpresa. Falta el proceso inverso: que el viejo blog mande gente para acá. Es lícito porque el juego es de tiempo y debe ser o no ser, a veces, porque el internet es casual. Si no han leído Otras Bentilaciones sepan que cuando este blog caiga inevitablemente en el silencio, hallarán ahí otras reflexiones que podrán fatigar. Y que las reglas cambiarán, que este blog no siempre será necesariamente lo que ven frente a sus ojos.

Quise escribir 20 temas antes de presentar estas intenciones, para reconocer que el proyecto va viento en popa y no es la simple paráfrasis de lo que hice antes. La literatura morirá, sin duda, este blog también. Me gusta pensar que no solo en eso se parecen.

Sin título

En cette année malheureuse, je perdis mes mains, mais gardai mes poignets. Ce n’était pas satisfaisant. Il fallut m’en contenter. Il s’installa dès lors en moi une large nappe de calme. Je n’avais jamais été si calme. Le désespoir vaste avait reculé mes bornes.

De là, mon calme, de cette grandeur accrue. Bien malgré moi! Et je circulais dans le cirque immense de mon malheur.

Je fus toutefois tout près de le perdre. C’est qu’on voulut, par artifice, me redonner des doigts pour remplacer les autres et faire face aux nécessités de la vie. J’hésitais. Enfin je dis « non » et je retrouvai ma paix. Ce sentiment qui est si grand, il faut bien que ce soit la paix, sinon ce ne serait pas supportable.

Parfois pourtant je pleure, je pleure, je n’en puis plus, je pleure traversé d’incessants coups de sifflets, des hurlements plutôt, mais si rapprochés qu’ils sont comme des coups de pique et tous ils hurlent en moi, ils hurlent :

« Tu as perdu tes mains! Tu as perdu tes mains! Malheureux! Tu as perdu ta vie… »

 

¿Por qué este texto?

Siempre en contacto con la inmensa literatura de habla francesa, Henri Michaux es como un muro que sigo a tientas al recorrer su laberinto. Propongo un descubrimiento que en su obra efectué hace poco.

 

¿Qué puedo añadir a esta obra?

Para ser servicial a mi lector y a la vez honrar el tono del texto, presento una tentativa traducción:

En este año desdichado perdí mis manos, pero conservé mis muñecas. No era satisfactorio. Tuve que contentarme. Desde aquel momento se instaló en mí un extenso pantano de calma. Jamás me sentí tan en calma. La vasta desesperanza cercó mis márgenes.

De ahí, de esa grandeza aumentada fue mi calma. ¡Muy a mi pesar! Y yo circulaba en el circo inmenso de mi desdicha.

No obstante estuve cerca de perderla. Quisieron, por artificio, devolverme los dedos para remplazar aquellos y enfrentar las necesidades de la vida. Yo dudaba. Finalmente dije “no” y de nuevo hallé mi paz. Este sentimiento que es tan grande, a fuerza debe ser la paz, si no esto sería insoportable.

Sin embargo a veces lloro, lloro, no puedo más, lloro atravesado por incesantes silbatazos, o más bien alaridos, solo que tan frecuentes como si fuesen golpes de pica y todos gritan en mi, gritan:

” ¡Perdiste tus manos! ¡Perdiste tus manos! ¡Desdichado! Perdiste tu vida…”

 

Una felicidad del texto.

La disimulación pudorosa de la violencia en el texto, la circunstancia de la primera frase, las imágenes. Además, lo visceral de su abandono.

 

Otros que me lo recuerdan.

Los ríos profundos de José María Arguedas tienen algo de esto.

 

Deseo.

Siguiendo el anterior comentario, traducir el texto al quechua.

 

Un azar técnico del texto.

La longitud. El rigor sugiere que si subo algo aquí, una duración determinada se implica. Para la poesía en prosa, cuya rememoración no es evidente, este es el tipo de extensión adecuada.

Hace poco vi Inside Llewyn Davis, la más reciente película de los hermanos Coen. Les prestaré unas impresiones al respecto.

Los metodos para construir obras son una cosa que se puso de moda en cierto momento, escuelas como la escritura creativa vinieron a fomentar la fama de estas estrategias. Sin que el arte dependa de la novedad, su inconstancia en temas y estructuras suele presentarlo como algo frecuentemente nuevo. De ahí que creamos que tengamos tanta fe en los métodos de escritura como en los métodos de adelgazar.

En la práctica no estamos persiguiendo “lo nuevo, lo nuevo, lo nuevo”, sino más bien lo original. Una estructura puede emplearse de maneras originales, originadoras, dadoras. Un mismo punto de partida encamina a invenciones varias sin por lo tanto volverse una necesidad de construcción. Los creadores somos individuos limitados, por empeño o por fatiga caemos con frecuencia en los mismos trucos que hemos perfeccionado. Llewyn Davis es una confirmación del potencial metódico que los Coen han desarrollado en sus carreras de cineastas.

Una parte del método consistiría en armar un filme por escenas. Tenemos el sonido, la ambientación y el encuadre de la cámara, nos falta la materia que lo liga al resto de su universo. En este concepto de arquitectura es posible moldear una obra drásticamente, el rigor de la narración es considerado como un elemento secundario y casual. Pensemos que aunque cada película es objetivamente construída así, el espectador mal informado sería incapaz de reconocer ese carácter inconexo de buenas a primeras. Deseamos consumir la obra visual como un todo, que además se nos figura inalterable. Como el cine masivo piensa en la presentación de su producto, la ilusión generalizada se mantiene a desfavor de quienes tienen afecto por como se construye la obra.

No diré que Inside Llewyn Davis es una película a la que se le ven los huesos, ni que da la sensación de ser algo no terminado. Me parece percibir una disparidad narrativa voluntaria al interior de la obra, que la distanciaría genéticamente del cine de consumo. Uso la palabra genética con plena maldad, considerando las pequeñas originalidades de la película parte del orígen y el efecto que la obra tiene en uno.

La puesta en escena disipa la fusión usual entre melodía e imagen. Cuando la canción folk se presenta, predomina toda la construcción de planos, desde su extensión hasta su composición visual. Esto nos lleva a entender la vocación de la obra, cuyo carácter emotivo más que por la formulaica emulsión de pathos que acostumbramos se muestra en la belleza genuina de los elementos que contiene. Hay poesías en el arte visual y músicas en las poesías. Entiendo que en Inside Llewyn Davis uno goza lo que está enfrente sin dedicarse a la metódica deconstrucción de cada escena.

Por supuesto, no busco sugerir que la obra no tienen ningún fondo o coherencia que podríamos dar por lección. Pienso que busca desacralizar demasiado la seriedad del arte sin atentar contra su propia vocación estética. Cuando los Coen introducen una referencia a la Odisea en Inside, no podemos evitar recordar su O Brother, Where Art Thou?, película también irreverente e inspirada con el folk. La comparación se sostiene hasta ahí, el lado trágico y el lento ritmo de Llewyn Davis nos presenta un cuadro más propicio al goce auditivo y a la contemplación.

Si bien me parece entrever una de las obras más bellas que los Coen tienen en su filmografía, pienso que de algún modo escapará al favor del publico conforme pase el tiempo. El cine se construye con accidentes e imperfecciones, esta película sin duda también los tiene aunque no los capitalice como otras. En sí, hay obras cuya belleza suele traicionar, no sé si porque es difícil identificarse con ellas o si simplemente la percepción física de lo hermoso nos fatiga. Acaso en algunos años los espectadores se identificarán más con la estética teatral y reivindicarán el justo valor de los pequeños aciertos que hoy nos escapan. De ninguna manera el escépticismo de mi veredicto debe parecer una condena, la película es más que recomendable, aunque no sea desgarradora a poderosa.

Con eso los dejo en esta ocasión.

Aunque no este de moda

La escritura por internet me ha enseñado a ser desdichadamente metódico. Uno escribe un poco sobre lo que piensa en el momento, pues es el género de la ventilación, lo que no debe confundirse con escribir sobre cualquier cosa y disparejo. Acaso por eso me encuentro desechando más temas de los que publico, con muchas de las efervecencias de mis lecturas diluídas en la memoria y el tiempo. Todo publicar es una reducción, de la obra que se fragua en nuestra mente, cenizas en el papel quedan.

No es un espacio de libertad, en ese sentido, mi proyecto es sumamente infeliz. Si tengo esta lectura ampliamente estimulante, ¿cómo trabajarla sin efectivamente hacer un índice o atiborrar de notas el texto en cuestión? La pregunta no es retórica, me encantaría saberlo. Y este tipo de problemas es lo que justifica la tortura de emplearme así en algo tan futil como el hoy. Habiendo decidido no decir, debo de algún modo comunicar lo que sé, encontrar un medio propio al mensaje que deseo pasar. Mientras no haya pereza, aquí vislumbra el potencial de una aventura que se podría grata.

Mejor aclarar el problema: un libro inmenso me propone seductoras reflexiones que en situaciones normales poblarían este espacio sin defecto. No obstante, documentar mi lectura tal como va progresando me parece caer en el territorio de la paráfrasis o el comentario. De entrada por sinceridad debería rogar al lector que leyera el documento en primera mano. El tiempo en que usted hace eso ya ni se acordará de mi. Y luego me tendrá por un perezoso, reproduciendo reflexiones de otros con alteraciones estéticas o circunstanciales. Yo busco defraudar a mi lector constantemente, sin embargo he establecido un pacto de ficción que no busca simplemente confundir, tengo secretas reglas. La ficción no puede ser pura anarquía pues se vuelve locura. Entre mis engaños no podría estar plagiar el pensamiento de otro uno por uno, pues incluso si mis inflexiones de la obra fueran pertinentes, su secuencia defraudaría mi voluntad.

Vislumbro que mis comentarios felices serían una suerte de crítica, o al menos serían como ese término académico en el sentido concreto. Desvirtuar y descontextualizar la obra, reconstruirla con diversos propósitos, bastardizarla. No tendria ambiciones explicativas. Quiero ficcionalizar, o por lo menos hacer lo que estamos haciendo aquí, hacer como que pensamos por el goce sencillo del pensamiento. Ciertas obras se prestan a estas breves dichas. Adolecería de las mismas limitaciones que la precisión erudita, trabajando a la par con el texto casi se buscaría producir una edición comentada. Creo que por mucho, mi propósito sería más interesante al menos en lo estético. Es la ventilación de nuevo, el género que se me presenta como una necesidad, dado a que el pensamiento quiere ser la flama que liquida a la obra y no su nostalgia.

La autocensura es el método que subsiste. Entiendo que nuestra época ha desarrollado una ambigua inmunidad hacia la obscenidad y la pornografía, más en nada me consuelan. Yo no puedo pensar por usted, tanto es evidente. Ni siquiera escribir, menos leer y mucho menos releer. Quiero persuadirlo de nada, hacerlo caer en mis trampas, las telarañas que son el fósil de mi idea inicial. Hasta ahí mi identidad, luego usted me somete a un ejercicio análogo y me vuelvo su esclavo, su ficción, lo que distrae. ¿Ve? Concibo una distracción literaria, neta y calóricamente letrada, cuya grotesca erudición sea primeramente cómplice. Porque la escritura, especialmente la elitista, ruega humillada por un mínimo de amistad.

Tal vez nuestra era no esté para eso, yo tengo a la complicidad como algo elevado. En el fondo, redactando esto me hallo solo, leyéndolo usted está aislado, quien lo aborde tardíamente estará sin nada del tiempo que lo parió. No me decido a entender nuestras mutuas soledades como torpes mentiras, así las intuyo. Y caigo en cuenta ahora cuánto mi propósito me recuerda a la redacción de un diario íntimo.

¿Quién lo diría? La biografía si es un género literario.

Presentonaje

Quisiera escribir un libro donde un personaje hombre es actuado por un personaje mujer, sin la distancia de la representación dentro de la representación. O sea, no quiero una mujer actora que pretenda volverse una ficción mujer. Quiero un hombre que en realidad sea una mujer, solo que sus acciones y diálogos nunca lo sugieran. Tal vez el lector encuentre que mi propósito tiene algo de decorativo, yo casi reivindico lo contrario: el fondo es hembra y la decoración es macho. Muchos valores del género literario que maneja, sabotean y obstruyen mi deseo.

Para cumplir este particular objetivo sería deseable que hubiera una escritura-mujer. Supóngase una ecuación matemática que derive el sexo de un escritor dentro de un texto de longitud definida. Entonces, con atención y copiando cuidadosamente, representaría ese mismo estilo de escritura para mi hembra-personaje. No me importarían las acusaciones de coescritura, los trabajos literarios compartidos son una cosa maravillosa y por razones incomprensibles, subersivos. Temo que la contaminación de mi concepto pasara por los críticos demasiado detallistas. ¿Por qué este personaje es narrado como por una mujer? Se dirían, ¿acaso forma parte de la memoria de alguna? ¿la narración se fragmenta en varios individuos ante esta física prueba de feminidad? Me esquinarían a reducir dichas intervenciones al diálogo, como destinando al hembra-personaje a un espacio forzosamente teatral. Ya mi propósito suena poco literario como es, se me acusaría buscar la adaptación de mi libro al cine o algo así.

Mi curioso procedimiento es perdedor, al intentar usar un método literario para solucionar un problema literario el resultado es fílmico. Inducir al error en el cine es natural, todo es de ilusión y de apariencia. Yo te cuento una ficción y la tomás en primer sentido, las cosas aparecen de la nada y ninguno se sorprende. Si dijera: “Quisiera escribir un libro donde un personaje hombre es actuado por un personaje mujer”, no se dirán de inmediato que es una metáfora. Nuestra primera reacción no es reconstruir un sentido con lo que sentimos, no es el golpe de poesía nuestras creaciones. Decido pues, meterme en procedimientos cinematográficos para aproximarme al problema representado.

Acaso vemos a una mujer y el relato refiere a un hombre. ¿No se practicó algo así en ese libro de Franz con su insectito? Tenemos este espacio contradictorio donde el escarabajo piensa como persona y algo en como es tratado queda del hombre que fue. Algo de insostenible se sugiere en la dualidad, no sé si por fatalismo. Ya hay una fracción de la ilusión del cine, se ve a un escarabajo aunque el espectador lo tenga por otra cosa, el espectáculo y la esencia flotan en tímida distancia. Se impone otra diferencia al ser espectador dentro y fuera del relato. Solo que aquí la tranposición es también una transformación, estamos casi en el asesinato -¿suicidio?- voluntario de la ambición que percibimos. Reconozco aquí el riesgo: ser amenazado de transformador parcial, de mago barato cuyo propósito queda trunco por una voluntad que le es ajena. Además, hay algo de finalidad implícito en la transformación, yo no quiero que mi obra se baste en reproducir un procedimiento que persigo, mi procedimiento es como cualquier otro. ¿No hay un desdoblamento de la descripción al multiplicar la percepción? En la literatura no puedo imponer una imagen y trabajarla de inmediato en varios niveles, sino que construyo cada nivel uno por uno. No sé si me sorprende: los métodos de otros artes atropeyan y tropiezan con las limitaciones de lo escrito. Esto está bien, me agrada, hay que sonarse contra el límite para encontrar algo cierto.

Me permito una pausa final para dar un respiro a los escépticos de mi proyecto. Debe haber una razón en mi artificio, pues si es gratuita mi herramienta no es arte sino accidente/capricho, y si el motivo de mi gesto está en desproporción con mi acto se juzgará como insuficiente/grotesco. Acaso es una ridícula metáfora.

Más que pene, pene, pene, pene, pene

No soy precisamente un experto en teoría poética, me gusta pensar que se debe, principalmente a mi falta de empeño, así como al contrasentido de poder teorizar un conjunto tan arbitrariamente grande como la poesía. Mi falta de experiencia nunca me ha detenido al abordar algún tema hasta ahora, no dejemos que hoy esta mala costumbre cambie.

Hace suficiente tiempo que establecimos un dominio de anarquía en la composición poética, paradoxalmente, antes no podía haber expresión más codificada. Uno traza la evolución conjunta de poesía y religión, para encontrar la relación personal del individuo como centro de una transformación temática en ambas. Para decir que la poesía ya no es de consenso, sino de uso civil, en su casa, apenada, como la masturbación. Termine aquí mi complicada transición hacia el onanismo para dirigirnos a mi vocación actual: la poesía erótica.

Se puede ser guarro, bruto e incluso obsceno en la poesía, mas la pornografía en el sentido filmico del término es un fin arduo. Para empezar no hay nada de evidentemente sexual en las palabras, ciertamente hay frases más atractivas que otras, de eso a llamarlas eróticas sin considerar el contenido yo creo que hay varios pasos. Entonces incluso la poesía sexual que se quiere obscena, tiene algo de erotismo, el formato obliga porque es un formato de reflexión sobre la forma. Toda obra pornográfica suficientemente razonada termina por hacer relucir su lado artístico. Y ya por eso tiene un mérito, cosa que por otro lado no podemos granjearle simplemente a cualquier poema de sexo.

El sexo es tan omnipresente en nuestra sociedad que requiero remitir al extrañamiento de Shlovski para justificar una literatura erótica. El marco escrito tiene esa ventaja infalible frente a otros sistemas más sensoriales: el impacto de ia sensualidad entra a una cadencia conveniente y desde la distancia. La lectura es secuencial, no se apresura, no se banaliza: comparte mucho con las caricias preliminares al verdadero coito. Como hablamos bien de cadencia, el género erótico exige trabajo poético. Nada como el ritmo para hablar de sensualidad. Sin hablar siquiera del vocabulario, cuanto no podemos ajustar la pertinencia de palabras como cachete y mejilla al evaluarlas en un contexto de idealización o concretización de formas.

Entreveo en el poema erótico, el espacio en que la expresión rimada reencuentra parte de su valor clásico. Hay un efecto de memoria en la rima, algo que nos implica que la secuencia de versos es fatal, que nos aproximamos a un climax en la palabra. La métrica tiene también algún sentido aunque menos preciso, de cierto modo domina el énfasis de cada frase sin extenderse demasiado en la descripción. Entiendo que el erotismo se desea sensorial y no puede proponerse frases ilimitadas sin que estas se fragmenten en multiples sensaciones. Aunque no impongamos métrica, los versos eróticos como los suspiros, anticipan su propio fin.

Mi reflexión sobre el verso erótico vino, paradoxalmente, al hallar un comentario sobre una forma difícil: los versos pareados. La forma nos parece muy artificial porque al sugerir apenas la rima se nos propone de inmediato su contestación y el artificio queda descubierto. Siento que la cadencia acelerada de esta forma complementa bien lo que sería la parte más pornográfica/carnal de un poema de sexo, aquí la posibilidad de preever estos vaivenes nos ayuda a imitar la sensorialidad y la evidencia de los generosos goces sensoriales. Acaso esto se presenta distinto en diferentes idiomas, en español me parece que variar el tipo de rima para la descripción amatoria es una manera excelente de comunicar sus cambios de animo.

Ciertas aliteraciones también contribuyen a comunicar la fuerza y el impacto implícito en la relación erótica. No sé si se puede establecer un sistema de relaciones analógicas donde las consonantes fricativas se asimilan al roce de los cuerpos, las labiales a los besos -válgame el énfasis- et ainsi de suite. Tal vez esto es más del órden de la curiosidad que de otra cosa. La sonoridad de las sílabas que componen la frase me parecen entablar una relación más directa con su manera de resentirse en el lector, pienso que las palabras largas al principio de un verso y terminaciones agudas al final de las frases pueden sugerir una cadencia acelerada. Hay efectivamente una pequeña caja de herramientas conseguible para escribir la sensación por la sonoridad, y en mi opinión pocos géneros dependen tanto de esto como la poesía erótica.

Me es difícil concebir que una poesía sobre el sexo llegue a desaparecer en nuestro actual paradigma societal. Puesto simplemente, la poesía es un género poderosamente íntimo y a la vez flexible para pasar de lo sublime a lo soez en una frase, para los que exploran e inventan su sexualidad, cumple requisitos indispensables que otros géneros en vogue no pueden capturar.

Y este erotismo, aunque no crezca en mérito público, siempre tendrá algo de literario. Si no fuera así, escribir pene, vagina y coger, constituiría  en sí una poesía erótica, lo que es extrañamente falso aunque se repitan dichas palabras cual letanía: el humor, la queja o la incomprensión se sugieren de inmediato en dicha repetición. La explicación es simple: toda palabra es social y su simple uso mecánico da como resultado un registro público. El registro íntimo se tiene que ganar por la experiencia particular, la sensorialiad, la sugerencia.

Decaracteración

Entre las muchas anécdotas literarias catalogadas por Bioy en su diario, encontré una que tuvo un eco bastante inesperado en mi memoria. Xul proponía el uso de una marca textual para la ironía, como las diéresis en la palabra escritöra (desentendiéndose de la calidad de la susodicha). ¿No les suena a nada? Mi idea fue remitirme a otro argentino, en cierta obra llamada Rayuela donde había cierto Horacio Holiveira.

La voluntad de esta alteración textual que vuelve turbio el sentido primero de una palabra es natural, en el sentido orgánico. Tenemos una capacidad de comunicación extremadamente compleja que no se limita a la transcripción de códigos gramáticos, sino que conjuga a su vez tonalidades, gestos y circunstancias exteriores. Lo escrito es pues, una versión pálido de lo que nuestra presencia permite, incluso una conversación puramente sónica -discriminando la llamada comunicación no verbal, curioso nombrecito ¿no?- es más rica que un texto pues la variante de acentos, pausas y velocidades diversas actúa para enriquecer la información que recibimos. Existen, por supuesto, elementos visuales en ciertos lenguajes, como los ideogramas, los dibujos e incluso los caligramas que combinados con el sentido “normal” de la palabra escrita pueden vehícular ideas mucho más ricas. Mas hay que rendirse a la evidencia: el texto es inferior a la palabra, así son las cosas y ningún número de payasadas corregirá la situación.

Solo que las payasadas existen.

Los dos ejemplos citados (Cortázar y Xul, haches y diéresis), nos acomodan frente a dos tendencias que la deformación escrita. El propósito de Xul se sugiere institucional, la regla responde a un valor sémantico (una marca de ironía, como sería cierto tono de voz al ordenar o interrogar en un texto), lo que viene a decir que se comporta como una verdadera regla textual. Cortázar entiende que la institución contiene cierta pobreza, y utiliza sus haches como marcas de lo que ya son: una extrañeza resentida por el lector, un cambio sutil y difícil de explicar pero inexplicablemente existente. La modificación propuesta por Cortázar tiene sentido en su obra, y aunque es fácil reproducirla (porque la extrañeza se transmite fácil), guarda su carácter individual, corresponde solo al mensaje en sí mismo y no se extiende a los demás discursos.

Estas dos modificaciones son interesantes pues expresan nuestra voluntad de enriquecer el lenguaje… Aunque solo se expresen en una dimensión personal. Ya sea proponiendo una regla o dando muestra en un solo texto, estas modificaciones no parecen sangrarse a la palabra, pues el principio del lenguaje no es de arriba para abajo: las reglas describen a una palabra/escritura real, no la rigen. Ahora que lo pienso, llamar “regla” a algo así es un uso groseramente incorrecto del término.

Sin embargo ya hay una gran variedad de modificaciones de uso que de verdad repercuten en la forma literal en que escribimos. Si uno se permite ser observador, invaden nuestro cotidiano con un impacto que la literatura actual ya no puede tener. El cine altera cómo miramos el mundo y el internet ya transformó cómo leemos. Porque en realidad NO ESTOY GRITANDO SI PONGO PURAS MAYÚSCULAS. No obstante el código existe y su énfasis, en conversaciones escritas que ya pueden ser instantáneas, tiene un efecto real en una conversación. Se me ocurre una de mis caprichosas argumentaciones, que supone que puntos y comas no tienen lugar en la conversación por chat instantáneo: estos buscan expresar una pausa, y la escritura en tiempo real ya contiene pausas. La escritura por teléfono con sus abreviaciones y sus expresiones hechas también es en ella, una realidad física de lo escrito.

Por supuesto, lo que el lenguaje gana también se puede perder. La caligrafía está lejos de ser usada con la misma avidez de los años pasados, y ahora los trucos que esta permitiría están enterrados con su arcaica práctica. La ausencia de páginas hace que los distintos posicionamientos en esta pierdan por mucho su sentido, acaparar o derrochar papel es una variable que a nadie comunica. También la falta de rectoverso nos prima de algunos juegos menores.

Es un lugar literario añadir al lenguaje, sea por nuevas inflexiones, metáforas o palabras. Definitivamente las formas también pertenecen a este mundo -incluso por la traducción, la ignorada del siglo pasado-. Cortázar tenía una noción clara de que el uso cotidiano es el transformador final de nuestra lengua y la literatura primero debe mirarse como un juego. Sería un verdadero megalómano el escritor que además de ejercer su poder en un universo de la ficción, puede inmiscuirse hasta la palabra más íntima de personas que con él comparte la existencia.

Vaya conclusión obvia ¿no?