Sin título

Basta con el cine. Sin duda en los años a venir solo estará más y más a la moda tomando lo que cuestan las cámaras hoy en día, la presencia de medios masivos de distribución por la web y la inquietud siempre creciente de los jóvenes. Esto no es, no requiere, debería decir, de mi atención inmediata. Volvamos a la literatura primaria, al libro de papel, a las éditoriales y sus vicios, a los géneros que casi venden.

No creo en el autor profesional. Esto es un problema primeramente porque los autores que viven de su pluma llevan como cuatro siglos existiendo, y luego por ser una opinión tan groseramente impopular. Me dicen seguido que si quiero publicar mis libros, y les digo que estaría bien (parte de la organización que les impongo es para eso), pero que no hay prisa alguna, que no los escribo a esos en la esperanza de un premio. No diría tampoco que el texto es un logro en sí, ciertamente requiere un mínimo de atención y dedicación para no salir absolutamente asqueroso, mas no te granjea tampoco su peso en orgasmos una vez que lo redactas finalmente y te parece -en lo íntimo, sin que otros lo lean- digno de existir. Sin ponernos metafísicos sobre el ser o no ser de la obra, en cierto nivel uno se desentiende de ella cuando no tiene más que darle, y ahí pensamos un poco en su destino, en la guillotina editorial o el cajón polvoriento. Parece absurdo que nuestro destino se ligue a la suerte de esos garabatos, como esperar que te regalen riquezas por haber educado a tu hijo como a una persona decente.

Ciertos principios económicos se aplicarán sin duda al autor profesional, por un lado necesitará ser un mínimo prolífico para sobrevivir, lo cual en mi opinión es deseable, por el otro, su control sobre el flujo de ideas que publica se reduce considerablemente. Admiro a los escritores prolíficos pues sus voluntades van acompañadas de la seguridad de completar sus objetivos, de mandar a sus hijos al mundo y haberles cumplido, mientras que el escritor lento se carcome en dudas para lanzar sus obras al mundo. Habrá quienes pensarán que dicha duda se parece al amor, yo creo también que se explica con la falta idea de que la obra es de nuestra posición y nos negamos a abandonarla. Cualquier autor debe producir circundando sus más grandes carencias, el tiempo limitado que implica el escribir para vivir suele acentuarlas, mostrarlas obscenamente como llagas expuestas para que el mundo las vea. No es casual que los telenoticieros tengan una pobreza verbal significativa, en parte se llega a créer que no importa.

Esto es un enigma para mí, en lo que concierne a este téorico autor profesional. ¿Cree realmente que no importan los libros médiocres que se hace editar cada año o cada dos años? ¿íntimamente siente que no es diferente a aquel que cree sinceramente en cada página que produce por poco atróz o pobre que esta sea? Yo sinceramente lo ignoro, sospecho que el autor piensa que su trabajo tiene un valor, independientemente de su obra y que por ello es pagada. Tal vez no hay ningún autor cínico, todos creen cagar pepitas de oro en intervalos regulares. Acaso la costumbre es peor que la remuneración en lo que respecta a créer y matarse por la propia calidad. O la interioridad de ningún autor existe y todos son máquinas secuenciales que combinan al azar palabras y formas, entonces me parece justo decir que ninguna diferencia sería válida.

También está la parte que concierne a la dudosa validez del oficio. Un autor no-profesional, hace otra cosa, puede publicar muchos libros y muchos libros mejores que el que de eso vive, pero de lunes a viernes dedica su existencia a actividades que comparte con otros mortales. Este profesionalismo le presta un punto de vista distinto, una proximidad particular al resto del género humano que no viene del dudoso vínculo cómplice -¿culpable?- de lector/redactor. La cadencia de su escritura no responde puramente a la necesidad fisiológica, seguro producirá pobres textos de cuando en cuando pero no serán regidos por el intestino. Moral y teóricamente estoy completamente a favor de este tipo de autor. En un sentido un poco más práctico, me aburre infinitamente la idea de tener que trabajar en cualquier cosa -la literatura incluída-, y preferiría nacer en una época donde ni una opción ni la otra es eligible. Supongo que los que viven de becas se acercan más a ese sueño que las plumas mercenarias. Que malo que aceptar una beca es como ser la mascota de alguien.

A veces pienso que nuestro concepto de autor es puramente un invento del marketing moderno, está bien pagado porque sirve como espantapájaros de los comunicadores de tiempo completo y se sabe que la publicidad tiene dinero para tirar. Hay ciertos autores que tal vez vivan de su escritura, solo que no es importante, no los definimos como el individuo que está presumiendo su calidad bohemia o intelectual prestada por una falsa idea de valía que el mercado librero proporciona. Existe ese espacio extraño y feliz en el que la gente ya no se define por su oficio, donde apenas se es escritor y donde no se es profesional en nada. Estos genios, va sin decirlo, quedan exentos de todo juicio de valor que los simples puedan tratar de imponerles.

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