Entrañas expuestas

De mi entrada (superficial, reductora, digna de un blog) sobre la Serie B y el Western, se me ocurren por lo menos dos discusiones válidas que abordar. La primera es el tema de hoy, uno que definitivamente nos mantiene en el tema de “hablar el cine” y por lo tanto no parecerá tan improvisada como en realidad es. Quiero discutir sobre el subgénero fílmico conocido como Gore.

Los orígenes del Gore son teatrales, lo que no debe extrañarnos en lo más mínimo. Recordemos que uno de los principios del teatro de Clásico era de evitar mostrar las muertes en escena, pues se trata de un simulacro grosero que irrumpe en el espacio de representación de la pieza. Podemos argumentar también, de un punto de vista judeo-cristiano, que el acto de mostrar sangre o héridas en escena es algo impuro e incluso sádico. La existencia de dicha regla sugiere inevitablemente su violación, en la voluntad doble de provocar al expectador por medio de cierta “obscenidad” y de realmente abordar espacios que estan implícitamente censurados en el arte. Históricamente, puede admitirse que una voluntad de progreso se reconoce detrás de este teatro carnal: discutirán aún hoy, los teoristas de la escena, que fue más o menos gratuito.

Me parece idiota insistir demasiado en el carácter marginal del Gore teatral. Mi argumento recurrente sobre que el artista busca en el margen puede parecer extraño en esta conjugación, ya que la marginalidad realmente toma el espacio de la representación y no solo sirve de tema. No es exacto decir que las entrañas sangrientas enuncian de inmediato la corporalidad de la vida, y el silencio de los cuerpos ausentes que tanto se predica en buena parte de la poesía contemporánea. Además, el teatro ya es un espacio donde la expresión del cuerpo domina, y la carne y sangre mostradas en escena no son partes verdaderas del cuerpo, sino artificio. Considerado todo esto, clasificar el Gore como un elemento extraño o incluso casual dentro de la representación, es justificado aunque insuficiente.

Hasta aquí me aplico a consolidar la identidad de este fenómeno, sin realmente concentrarme en el objeto práctico que es el Gore fílmico, o los Splatter films. La genealogía entre cine y teatro no puede ser pasada por alto, ambos utilizan efectos prácticos para proponer una ilusión al espectador, no obstante, en el cine es toda una segunda naturaleza que comienza a insistir de inmediato, desde que el ojo constituye el primer y más importante efecto práctico de toda puesta en escena en el cine.

Pocos efectos prácticos sirven a un fin tan evidente como los que conciernen al gore: la idea de desmembrar o matar a un actor durante una grabación no puede aceptarse convencionalmente, dichas heridas o accidentes deben simularse de modo artificial si se quiere tener acceder a un mínimo de realismo. El aparentar heridas o destrucciones va de la mano con el arte fílmico, el gore sería pues una vertiente que magnifica este aspecto profundamente visual de dicho arte hasta el punto de volverse su centro de interés.

No es de extrañarse pues, que el gore sea más un placer para los cinéfilos que para el espectador casual: aquí el asunto no es simplemente divertir y aparentar realismo, sino realmente provocar volteando la tortilla y rallar en el espacio de una imposibilidad que solo la imágen cinematográfica puede comunicar. Recordemos que muchos efectos prácticos son proezas técnicas en lo que refiere a materiales y al uso de la cámara. Interesan a los aficionados: tomen un segundo para buscar por internet discusiones sobre la sangre o los órganos en las películas y encontrarán recomendaciones, anécdotas y observaciones generalizadas sobre “cómo” crear la ilusión de heridas. ¿Alguna vez se han preguntado como sustituir la cabeza de un muñeco por una calabaza y hacer que al reventarla parezca que le vuelas la cabeza a alguien en pedazos? Si se han hecho esta pregunta, pueden hundirse sin dudar en el imaginario del Gore.

Este imaginario expresa el punto de unión de la Serie B y el Gore: no siempre el objetivo de la violencia gráfica es buscar un realismo. La exageración en gore, el ridículo y la desproporción son marcas de fábrica que satisfacen a muchos fans del género. Muy frecuentemente el gore descree de la narración y la actuación convencional, subordenando la trama y la calidad actoral a la aparición o la generación de escenas donde la sangre/violencia esté grandemente representada. Por compartir de cierto modo una censura análoga, no pocas veces se mezclan el sexo y la violencia, aunque el arte de representar el sexo en un película tenga una historia menos robusta, sigue proponiendo dificultades técnicas y sigue oscilando entre la provocación y el simple entretenimiento.

Ahora me permito el obligatorio apartado literario: el gore es incomunicable en el texto, por trabajar en un sistema de ilusión a dos niveles (apariencia/plano fílmico) que no puede reemplazarse en ningún nivel simplemente por la palabra. Se puede describir violencia con letras, e incluso aplicarse en una descripción inspirada en los films, no obstante el efecto obtenido dista de satisfacer la sensorialidad que presentan las texturas y deformaciones que suceden dentro de la imagen. No solo se trata de entrañas, sino que son entrañas en plena acción, en plena expresión, cargadas de sentido inmediato.

Existe el gore en la pintura, en la escultura y así mismo en la tira, tal vez el caracter “muerto” que tienen estas artes en su origen -trabajar sin actores “vivientes” excepto en los casos de escultura o pintura experimental- hace que el gore fílmico se manifieste mucho más naturalmente y comunique con públicos de intereses diversos.

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