A dos series

Rompamos otras de las viejas reglas: hablemos de cine.

Ya hemos hablado un montón de cine en realidad, reseñas, pornografía, teoría literaria sobre cine, su efecto en la mirada, todo eso. Igual no es mucho si comparamos con mis exposiciones filosóficas o literarias. El lector promedio de este blog -en su no-existencia- ignora probablemente mis gustos fílmicos. Tampoco hay mucho de qué escribir en ese sentido: me gustan los filmes serie B y los western.

Todo el mundo ama los filmes Serie B, excepto aparentemente los espectadores “promedio” del cine masivo creado en California. Esto me confunde tanto como me alegra. Ni siquiera puedo decir que estoy bromeando, los cineastas comen estas pequeñas gemas como si fueran golosinas, tienen tanto de efectos prácticos, de experimental y de visualmente magnético que sencillamente estimula el proceso creativo. Piensen un poco al respecto: la mala literatura no sirve para absolutamente nada, pero el cine siempre tiene cierta absurdidad que evoca a los sueños y que nos saca de nuestras casillas.

Ahora, no todo es mal cine es bueno, tanto va sin decirse. Lo interesante de las Series B son las groseras reinterpretaciones, las inspiraciones tiradas de los cabellos y la manera de relatar tan poco convencional que va con ellos. Son un exceso de elementos contrastantes, verdaderamente un regocijo sensorial. Pierden mucho de estas elogiosas virtudes cuando son lentos, cuando los efectos visuales son poco inspirados o cuando la narración es poco ingeniosamente incomprensible. Por eso la Serie B brilla en lo descabellado: el terror, la ciencia ficción, la fantasía, las películas de aventuras, el policial. Ahí encuentra los recursos tan propios del cine donde se distingue lo poco atractivo de lo extrañamente magnético. Accidentes virtuosos: la Serie B funda sus principios en estas felices coincidencias.

Mi exposición gratuita es también una excusa disfrazada, porque resulta árduo explicar todas las virtudes visuales que amo en el género de blog que manejo -de vez en cuando- estos últimos años. Porque escribo mucho. Lo habré tratado acaso: el texto es adecuado para describir el texto, mas es pobre materia para sustituir la visualidad y la sonoridad de otros medios precisos. Consideré emplear videos y edición visual para llevar a cabo mis análisis visuales… Solo que mi experiencia con los podcasts no fue el idilio que esperaba que fuera y la tarea del video se presenta mayor. En eso, otra cosa que me encanta del cine: es el trabajo de varias personas, y la colaboración para mí es un misterio fantástico cuya materia polisémica da mucho a interrogar. También me permite seguir siendo un mediocre editor de multimedia. Gracias por su comprensión.

Si la Serie B es el jorobado que da mamadas baratas en una taverna con la justificación de que no tiene dientes, el Western es el gigolo profesional, o dicho de otro modo, el príncipe medieval. El western es como realeza, muchos directores importantes se ensayan a sus códigos carismáticos ya sea para hacer homenaje o tratar de revolucionar espacios pasados. No podría ser más adecuado: en un medio masivo acaparado por los discursos gringos, al menos un género mayor debería tener su identidad ligada irremediablamente con dicho espacio. Aunque México también está masivamente representado en este género, coincidencia feliz para el tercer mundo. Extiendo mi interés generalizado al western a su contraparte asiática: la película de Samurais. En el cine y los juegos de video tengo una deuda cultural con el Japón, mucho de mi entretenimiento ha sido machacado por esos encantadores nipones y les atribuyo una belleza bien particular y propia, aunque reconozca que su influencia mutua con el cine gringo (pensemos Tezuka y los western).

Las virtudes del Western son un poco más difíciles de reducir que la Serie B, porque irónicamente hay menos variedad. Con menos variedad, la diferencia estética se encuentra en el detalle, cada western presume diferentes virtudes que le son propias. Una cosa casi generalizada, extrañamente, es que es menos un género teatral que uno cinematográfico, el trabajo de actor en estas películas es generalmente menor. Realmente estamos hablando de un trabajo de la imágen, de la música, de atrapar los inverosímiles espacios del desierto y el pueblo improvisado del Oeste gringo. La tensión, el ritmo, la trama que llega a una confrontación inevitable. Ahí tenemos muchos puntos comunes en cada westerns, con diferentes variades que incluyen desde la precariedad a los extranjeros, los amerindios, los negros o las mujeres, dependiendo el tema que decidamos tratar.

Este breve análisis que se centra en mis gustos personales revela una verdad delicada que hubiera podido argumentar antes, aunque no la halla pensado en términos tan precisos: el cine no me gusta por el trabajo de actor, para mí esta figura tan controvertida e inevitable pertenece más bien al imaginario del teatro y no a la pantalla. O tal vez simplemente me disgustan las narrativas basadas en personaje, porque mi crítica a la lectura romántica de Shakespeare no es menos hostil.

Viviendo se aprende.

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