Tres tigres

Cierta reinvención de mi identidad en línea me ha inclinado a abrir un poco la cortina en lo que sería la ficción personal de mi historia literaria. Primer objetivo: evitar la triste tentación de los libros autobiográficos, no tengo tantas anécdotas para poblarlos ni se prestan a los formatos que me interesan. Ventaja adicional: desmitificar un tanto mis comentarios, que parecen plagados de ideas que falsifican mis credenciales literarias. Soy un aprendíz tardío de las letras, mi historia es reciente.

Anticipando una reseña a venir de cierto autor à la mode, me he puesto a pensar en cómo abordé su obra por primera vez. Disgusto generalizado por las lecturas lineales se aplica a las obras de cada autor, no me gusta la idea de leer cada “obra mayor” y descontar el resto o agotarlo a reseñas. Además las jerarquías de género de las editoriales me inspiran fiaca, me gusta tanto más la forma corta que su hermana novela, de carácter más comercializable. Sobre aviso (a mis editores) no hay engaño.

Mi encuentro es en cierto modo triple: entonces en Buenos Aires, cursando literatura en español por primera vez, me expuse a las figuras que son Saer, Bolaño y Bellatín, tres autores que por “modernos”, ignoraba. Mientras mis pasos urdían su incalculable laberinto en el sur, comencé a reconocer ciertos huecos en mi magra educación que debía mucho a mis esfuerzos autodidáctas. Yo había ingresado a las letras américanas por la vía de mis padres y mis tíos, sin duda letrados más no tan voráces como uno, tal vez limitados por la vida profesional u otros intereses conflictivos. Esta literatura de una generación atrás era aún la del siglo XX en la que me formé, incluyendo algunas plumas más antiguas como Borges o Bioy. Este encuentro en Buenos Aires fue providencial, pues no solo descubrí las virtudes de Asturias en manos del don Blanc, sino que tuve un aprecio de generaciones anteriores y posteriores en todo lo que refiere a las letras del continente. Mi lección tal vez mayor, fue que no podía agotar dichas fuentes y que la literatura estaba toda por conocer. Digamos que descubrí América.

Si describo mi experiencia como un triple encuentro, fue porque Bellatín, Saer y Bolaño ingresaron a mi horizonte literario más o menos bajo la misma expectativa. No creo que la hayan defraudado de forma alguna, lo que también los separa de otros contemporáneos que he tenido el gusto -o la fatiga- de leer. Esto para decir que son muy buenos narradores, yo los conocí en primera instancia como novelistas. Más tardíos fueron mis encuentros respectivos con Piglia y con Aira, esperando de cierto modo lo peor del primero y una identificación primaria por el segundo. Estos segundos encuentros no me influenciaron tanto. Para mí las letras latinoaméricanas recientes consistían en aquellos dos muertos y en el manco.

Comencé, por predestinación humorística, en órden alfabético. Bellatín tiene libros con un formato de lectura que me resulta cómodo. Caen en el lado corto del espectro, no obstante la cadencia interna del relato, lleno de pausas y elipse, permite a estos un impacto adecuado. Aunque temáticamente Bellatín no refleja mis puntos de interés, hay una coincidencia extraña en nuestras elecciones estéticas. Los libros de Bellatín, fraccionados en cortos capítulos que desintegran la unidad del relato, responden a muchos principios de construcción que yo mismo practico. Reconozco en estos textos un tipo de redacción que siempre he estado tentado a hacer, y que al verla en papel de la mano de alguien más, me doy cuenta, no me conviene al punto que la teoría podría sugerir. Esta afinidad curiosa tiene como consecuencia un interés moderado de mi parte hacia dicho autor. Cuando escribo mis propios textos me releo lo suficiente para meterme a textos que podría sentirme tentado a corregir. Fuera de esto, un autor excelente, con temas un poco recurrentes a fuerza de escribir multiples novelas cortas. No considero esta capacidad prolífica como algo malo.

Leyendo a Bolaño empecé por Estrella Distante, un libro adecuado para entrar al autor a mi parecer. He leído más a Bolaño que a los otros dos a fuerza de la longitud de sus textos, ciertas obras del chileno son monolíticas. ¿Es esto malo? En situaciones normales diría que sí, mas ayuda bastante al caso el hecho de que los largos textos de este autor son también de los mejores libros monolíticos que he tenido el gusto de leer. Y no es un pequeño elogio, es complejo mantener el interés de un lector tan difícil como yo, el libro gordo me indispone antes incluso de abrirlo. Después de Estrella Distante me aventuré a 2666, un poco como un desafía, y otro tanto por la promesa de un libro incompleto: para mí esos son los mejores. El amor de Bolaño por las letras es manifiesto, estos libros en su longitud logran incluir ciertos aspectos de manifestos literarios que los hacen muy gratos para los que nos empecinamos en la crítica. Hay lecturas que hacer después de leer este autor, esto en sí me inclina a su relectura.

Con Saer tuve quizás el encuentro más fortuito y más importante. A diferencia de con los autores anteriores, entré a sus obras con un texto que realmente captó mi atención. Glosa no es un libro que se asemeja a lo que escribo, mas bien es uno que quisiera haber escrito. De entrada, nunca había leído un libro con un estilo semejante en español, luego quedé maravillado por el órden y los principios detrás de cómo está construído. Desde entonces he perseguido los textos de este autor, y la búsqueda no ha sido précisamente feliz. Aunque mi gusto por el cuento es más generalizado que por la novela, las historias cortas de Saer no me causaron la misma catársis. Fuera de estos breves encuentros no he logrado tener entre mis manos otras de sus obras, de hecho mis relecturas de Glosa han sido en bibliotecas o por libro virtual. Han sido también relecturas gratas.

Tras conocer a estos autores comprendí cómo los textos contemporáneos son más que la abstracta promesa de palabras convincentes. Allí están, es solo de buscarlos, no son tan accesibles como un expatriado en Francia podría desear… Mas su existencia concreta me reconforta. La lección de estos autores era necesaria para mí, especialmente la víspera de mi salido definitiva de Sudamérica, con la amenaza constante de perder la parte de identidad latinoaméricana que aún habita mi imaginación.

Discutí entonces con otros estudiantes de letras que hablaban mi lengua, y pienso que de esto no tendré ya lo suficiente en lo que resta de mi existencia. Ya no se puede en cierta época jugar a hacer cursos por siempre. Estudiar por suerte si se puede, y la experiencia se ha prestado a guiarme un poco en el sentido que puedo aplicar esos esfuerzos. Se nota a estas alturas, el gusto que me dio y que me sigue dando, estudiar a estos tipos, en privado o en público, como el día de hoy.

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