Gorjeo recargado

Una parte que me aburre de la discusión érudita sobre las letras es su tendencia fatigosa a la referencialidad, como si cualquier texto serio tuviera que volverse wikipedia. Por ejemplo, la frase con la que quería iniciar esta entrada sería más literatuosa, si la pudiera acompañar de un “dijo Borges” o “cómo argumentó Calvino”, y si se puede añadir una nota de pie de página con la fuente precisa a lo mejor hasta te lo publica una revista científica. La cosa es, que si no me gusta este detalle, es que soy pésimo en ello. Decía pues:

Un hombre de letras comentó alguna vez que no se podía ser escritor en el siglo veinte, sin sentir un profundo interés por el cinematógrafo. O por las películas, ya justifiqué penosamente mis inexactitudes (este blog, como el otro que alguna vez hice, requiere una clásula sobre mi voluntad de ser increíble), tanto abusar de ese penoso efecto. Me parece que el argumento no puede ser tomado literalmente, pero tiene muchísimo de cierto: si no te interesas por el género de tu tiempo, te encuentras siempre desfasado con la realidad. Mi sentir respecto al internet es análogo: así fue como decidí bloguear y discutir sobre la web durante multiples de las entradas que he publicado. Temo ser de la opinión que no se ha agotado dicho tema.

Ana Montes, que ya he citado, me dijo una vez la fiaca que era chutarse en Twitter la vida de los demás. Como si fuera importante. Citando a Sophie, citando a Dostoievski decía que hablar de la propia vida era de las personas grandes, no de los simples mortales. Aquí entreveo una deriva fatal que estigmatiza(rá) los blogs y los canales de videos web por generaciones a venir. Uno los emplea para mostrarse a sí, frente a todos los otros, y no por ello se es una gran persona.

He tratado mi posición: Twitter es espacio literario, no se puede abandonar el barco sin zarparlo. No se puede gratuitamente malhablar de los poetuiteros, sin admitir que igual el poeta de barrio suele tocar los mismos techos razos con sus letras disminuídas. El medio aquí no es el problema y hoy quiero en cierto modo, subir la apuesta. La ciencia sufre de lo mismo, porque ciertos científicos no encuentran en Twitter la herramienta de vulgarización masiva que este puede ser. La incomprensión de estos hechos fabrican, por los prejuicios, la mejor sopa de miedo al medio que conlleva por fuerza su propio deshecho.

Ahora me voy a tomar la molestia de tratar el género. Me he ensayado a los experimentos literarios por internet, sé que el tiempo es por mucho la variable que cuenta. Va de la mano con todo: estoy empezando un blog de cero, porque sé que objetivamente mi blog anterior murió al ser abandonado por un tiempo determinado. Esto no responde a una lógica de visibilidad, es una finalidad estética como prácticamente toda mi producción actual. La variable del tiempo, del cambio, de la transformación de identidad, son cosas que conforman el corazón de la web. El primer problema es la asiduidad: en un blog o en twitter, uno no puede escribir la gran obra de una vida y esperar que así dure, esto es desconocer la materia del medio que se utiliza, la volatilidad de internet es un hecho.

¿Con qué autoridad me permito hablar de que internet no cambiará y que twitter no se volverá el archivo de las futuras letras? Una noción así de optimista lleva mucho en su contra. Ya se ha perdido mucho de los primeros sitios web que existieron, twitter como lo conocemos ahora, es apenas uno de los abuelos prehistóricos de los medios de comunicación masivos basados en la informática. Tan vertiginosas son las transformaciones y los usos de estos cuerpos masivos de información, que la evidencia que nos presentan hoy estas formas pueden desvanecerse en el paso de apenas unos años. La tecnología restringe el uso de la palabra. La restricción no es de órden de espacio o incluso de formato: ahora nuestros textos son información y en esto difieren para siempre de la noción de obra. Una obra, lo sabrá cualquier universitario paisano, es algo muy distinto a tan solo datos.

En el tiempo nuestras obras van perdiendo la identidad, acaso compensamos esta formalidad casando al usuario con su obra en un grado que va más allá de la simple autoría literaria. En twitter, se viven las palabras, nuestros datos son más de la vida que de la ficción. La volición es su virtud, el momento es su medio. Y como el órden es externo todo nos suena a una inconsistencia. La seriedad de una comunicación tal, es nula. Más aún, el desdibujarse del propietario de cada discurso es un problema para la comunicación en sí. Al gorjear -usar twitter- recibimos información de nadie: todo está en lo que se envió. Ni es sorprendente que el principio de transmitir los datos con regorjeos se trate de una práctica común.

Lo que me pesa, es que incluso en esta órbita de nada, sin persona, eso de regorjear se parece a las citas literarias que tanto fastidian.

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