Sobre el juego

sin recompensa.  Se encuentra también en la naturaleza, o mejor dicho lo imponemos a esta. Recordemos que así funciona mucho el asunto: creemos que las palabras describen, y aunque no nos equivocamos, rara vez remitimos a algo existente de verdad. He escrito casi todo lo que hay que decir sobre la impotencia del lenguaje, mejor volver al juego. No al juego de palabras, ese no, al juego sin palabras que es pesamiento. O sentir, no sé si se me autorice a definir al pensamiento como “sin palabras”. Por motivos morales o no, ustedes entienden. Juego.

Juego. Juegas. Jugamos. Es decir que hay órden y simulacro ¿no? Medida, discriminación. No estoy convencido que el juego esté rotundamente delimitado. Los juegos son reales, en la medida que enfrentan algo con otra cosa. Los estrategas compétentes suelen usar bien las tácticas de tablero, los deportistas son capaces de proezas físicas más allá del deporte. El juego no se borra al terminar, no abolimos su permiso de divertirnos, apasionarnos y discutir con él. Es rico en sentido, si es pobre en palabras. Entonces llega el juego de palabras, el esfuerzo de traducir el gozo del juego mismo a frases. Lo real a la ficción.

Hay algo fundador en el juego. Todos jugamos, las bestias primero, porque aprendemos mucho de jugar. Es arduo admitir una línea entra el aprendizaje y el juego, casi podemos decir que el juego sería cualquier método de experimentación. La más rústica ciencia. ¿El juego tendrá muchísimo que ver con la religión? ¿podemos sorprenderse viéndonos describir el universo a través de él?

Solo que el juego no es de la conclusión, esto puede perturbar a nuestra mente perfectiva. Así nacieron los premios (hasta los literarios). La idea de que en un juego cierto método, cierto órden, determinadas metas cumplidas, implican la victoria. Una victoria que se deleita en su arbitrariedad. Lo raro tal vez de ganar es que en su vacío sémantico nos llena de satisfacción. Nos gusta ganar por ganar, tenemos la costumbre de soñarnos siempre ganadores. Y bueno, no tengo qué explicar cómo la relación entre nunca cometer errores y aprender se presenta problemática.

A través de la victoria el juego se derrota a sí mismo. Curioso: al vencerse el juego encuentra sus propios límites y él mismo aprende. La modernidad literaria se copió el principio. Y caemos en cuenta a qué nivel el juego revela la inteligencia que los seres vivos pueden llegar a tener. Un juego vuelto muy complejo se vuelve onanista. Es casi como un tipo ¿no? Cuando llega a ser algo listo se emociona con sus propias palabrerías y se pone a contar cosas que a nadie en su sano juicio le interesan. Intelectuales masturbatorios.

¿Por qué me miran así?

El juego ataca al juego de otras maneras, su dimensión temporal es tal (o nuestra pobreza sería el problema) que no se practican varios juegos a la vez. Varios juegos a la vez es otro juego , estamos en el concentrado de experiencia que pertenece a un solo dominio, que definimos, como de costumbre como género. Solo que la pureza del juego hace que incluso ir al género sea llegar lejos, dos juegos no pueden convivir, son para nosotros experiencias discretas e indisociables, totales. Vienen del jugador, vienen de los jugadores. No es el mismo juego al jugar bajo las mismas premisas con personas diferentes, por ende nunca es el mismo juego. Pero igual se le trata como tal: la identidad del juego tal vez sea una adición tardía a su necesidad pulsante y vital que nos ha formado. Yo decido calificarlo de homenaje, para no referir aún a nuestras pobrezas.

Como el juego es complejo, nuestra relación a él y al premio se vuelve forzosa e innecesariamente compleja. Esto me hace pensar en la poesía. Monetariamente la poesía no se define en la medida de un “premio”, no vende, nadie la quiere. Hay mucho de ella que es juego, y en la práctica, o mejor dicho en la construcción de la poesía, todo es juego. El hecho de que la reflexión lírica no sea en puros términos “razonable” o “comunicable”, me invita a sugerir que el juego tampoco responde a dichas tésis. Más no hay manera de olvidar que el poema es juego de palabras por excelencia, un juego que se quiere serio además.

Y entonces encontramos la dimensión lúdica del juego, que postula bastantes problemas. A quién engaño, en la literatura hay por lo menos tantos problemas por esas mismas razones. La diversión por un lado y por el otro el humor, agreden mis simplificaciones groseras que buscan comprender el juego como objeto autónomo, útil y sensible. O no. Más bien agreden la posibilidad de cerrar este análisis de una manera convincente, pues el espacio que le dedico no podrá dar cuenta de ello en modo alguno.

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s