Los détectives menores

Después de partir en divagaciones que incluyen o critican el mundo editorial, siento un poco de culpa pues en el fondo ignoro casi todo de dicho universo.

Mi conocimiento es básico: los ingleses no leen, los gringos no traducen casi nada, la mayor editorial francesa está ligada a una feliz corporación que vende armamento y los monopolios éditoriales ayudan mucho a la ruina de las librerías. Cosas que me parecen accesibles a cualquiera que tenga un mínimo de curiosidad, pero que yo admitiblemente aprendí en la universidad. Los estudios me han sensibilizado bastante a las realidades de los empleos literarios que no son la escritura directa, y he dejado de verlos como en mis años jóvenes como un montón de parásitos, proxonetas y prostitutos en grados variantes.

Pensaba en la poca traducción de los gringos como uno de los factores déterminantes en la fama providencial de la obra de Roberto Bolaño. Nadie ignora hoy en día que el chileno es un escritor válido, mas existen en su generación otros autores igual de buenos -o mejores ¿no?- que no tienen tan felizmente tapizado el camino a la “posteridad”. Este azar, o esta predestinación, si se quiere, nos interroga sobre los elementos que llevaron a la obra de Bolaño a ganar los adeptos que llegó a tener antes de estar en todo sitio.

Y esto de cierto modo recae en los Détectives Salvajes. A notar primero que nada: no es la mejor obra del autor ni tampoco es la más traducida. Al momento en que se publica, sin embargo, su proyecto es revolucionario. Busca sin duda una totalidad que comunica especialmente con la audiencia hispanoparlante del autor. Este valor principal es lo que la sostiene, lo que la vuelve valiosa y lo que eventualmente la empujará a cierto olvido. Porque es una obra memoriosa y con una función histórica importante, por eso su posición es insostenible.

En un futuro cercano ya no será sencillo restituir la evidencia con que los Détectives Salvajes entra en diálogo con una época literaria. Varias generaciones de escritores pueden reconocerse en aquellas paginas, ver un espejo fiel de la literatura en español, autores que incidentalmente fueron los primeros y los más fieles lectores de esta obra. Acaso la evaluarán incluso sobre las otras obras “superiores” del autor. Estos lectores selectos tienen el mejor concepto para juzgar aptamente la obra, otros menos agraciados responden a cierta moda en la cual la presencia de escritores/héroes en la literatura se tiene como un elemento romántico y atractivo en una trama.

La extensión de la obra resiste al análisis superficial y a la lectura perezosa. Tal vez la mejor analogía es tratar de comparar este texto con la obra de Proust, que tiene infalibles lectores en cada generación y goza de un poder de convocatoria que permanece casi intacto. Con Proust la calidad desigual de cada libro hace que la saga de La Recherche no sea leída a cada tomo con la misma asiduidad, hay cierto síndrome de que una obra sirve como escalón para la otra y es en parte durante esta interconexión que los lectores se aplican a abordarla sin timidez. Los Détectives también tiene este extraño problema de servir como escalón, no solo a la obra de Bolaño sino a la de otros autores, a aquellos que hace ecos y que incluye o recomienda durante el desarrollo del libro. Tal vez el caracter de transición de los Détectives es un accidente editorial más que una realidad, mas no creo equivocarme al considerar la lectura de esta obra se hará cada vez más precisa y menos generalizada incluso dentro del corpus del chileno.

Trato de hacer argumentos que suenen más o menos objetivos, pero constato mi rotundo fracaso en este respecto. Tal vez la cita de autoridad se precisa, hablar de la sempiterna idea de libro clásico dejada por Jorgito Borges, donde un texto capturaría el imaginario de sus lectores por generaciones a venir. Los Détectives Salvajes no es el texto de Bolaño que te persigue cuando terminas de leerlo. Tal vez tratar de perseguir más la inmortalidad hubiera traicionado la efectividad que el texto posee a pesar de su longitud. Esto tal vez sirva de testimonio para autores que admiten lo extraño: la proeza técnica muchas veces pierde en poder ante la brutal imperfección.

El juicio desfavorable que la posteridad tendrá con esta obra será en cierto modo una validación del trabajo que Bolaño efectúo. Ya ven, hay muchos autores que sufren el estigma de volverse famosos por un libro y nunca tocar de nuevo los imaginarios de sus lectores así de profundamente. Si Bolaño hubiera principalmente fundado su mito gracias a una obra de memoria y de generación, el espacio que representa su propio discurso para el futuro sufriría en consecuencia. Sus lectores leales e inteligentes, lo han salvado de un destino tan deleznable, despreciando este libro en justa medida.

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Sin título

Basta con el cine. Sin duda en los años a venir solo estará más y más a la moda tomando lo que cuestan las cámaras hoy en día, la presencia de medios masivos de distribución por la web y la inquietud siempre creciente de los jóvenes. Esto no es, no requiere, debería decir, de mi atención inmediata. Volvamos a la literatura primaria, al libro de papel, a las éditoriales y sus vicios, a los géneros que casi venden.

No creo en el autor profesional. Esto es un problema primeramente porque los autores que viven de su pluma llevan como cuatro siglos existiendo, y luego por ser una opinión tan groseramente impopular. Me dicen seguido que si quiero publicar mis libros, y les digo que estaría bien (parte de la organización que les impongo es para eso), pero que no hay prisa alguna, que no los escribo a esos en la esperanza de un premio. No diría tampoco que el texto es un logro en sí, ciertamente requiere un mínimo de atención y dedicación para no salir absolutamente asqueroso, mas no te granjea tampoco su peso en orgasmos una vez que lo redactas finalmente y te parece -en lo íntimo, sin que otros lo lean- digno de existir. Sin ponernos metafísicos sobre el ser o no ser de la obra, en cierto nivel uno se desentiende de ella cuando no tiene más que darle, y ahí pensamos un poco en su destino, en la guillotina editorial o el cajón polvoriento. Parece absurdo que nuestro destino se ligue a la suerte de esos garabatos, como esperar que te regalen riquezas por haber educado a tu hijo como a una persona decente.

Ciertos principios económicos se aplicarán sin duda al autor profesional, por un lado necesitará ser un mínimo prolífico para sobrevivir, lo cual en mi opinión es deseable, por el otro, su control sobre el flujo de ideas que publica se reduce considerablemente. Admiro a los escritores prolíficos pues sus voluntades van acompañadas de la seguridad de completar sus objetivos, de mandar a sus hijos al mundo y haberles cumplido, mientras que el escritor lento se carcome en dudas para lanzar sus obras al mundo. Habrá quienes pensarán que dicha duda se parece al amor, yo creo también que se explica con la falta idea de que la obra es de nuestra posición y nos negamos a abandonarla. Cualquier autor debe producir circundando sus más grandes carencias, el tiempo limitado que implica el escribir para vivir suele acentuarlas, mostrarlas obscenamente como llagas expuestas para que el mundo las vea. No es casual que los telenoticieros tengan una pobreza verbal significativa, en parte se llega a créer que no importa.

Esto es un enigma para mí, en lo que concierne a este téorico autor profesional. ¿Cree realmente que no importan los libros médiocres que se hace editar cada año o cada dos años? ¿íntimamente siente que no es diferente a aquel que cree sinceramente en cada página que produce por poco atróz o pobre que esta sea? Yo sinceramente lo ignoro, sospecho que el autor piensa que su trabajo tiene un valor, independientemente de su obra y que por ello es pagada. Tal vez no hay ningún autor cínico, todos creen cagar pepitas de oro en intervalos regulares. Acaso la costumbre es peor que la remuneración en lo que respecta a créer y matarse por la propia calidad. O la interioridad de ningún autor existe y todos son máquinas secuenciales que combinan al azar palabras y formas, entonces me parece justo decir que ninguna diferencia sería válida.

También está la parte que concierne a la dudosa validez del oficio. Un autor no-profesional, hace otra cosa, puede publicar muchos libros y muchos libros mejores que el que de eso vive, pero de lunes a viernes dedica su existencia a actividades que comparte con otros mortales. Este profesionalismo le presta un punto de vista distinto, una proximidad particular al resto del género humano que no viene del dudoso vínculo cómplice -¿culpable?- de lector/redactor. La cadencia de su escritura no responde puramente a la necesidad fisiológica, seguro producirá pobres textos de cuando en cuando pero no serán regidos por el intestino. Moral y teóricamente estoy completamente a favor de este tipo de autor. En un sentido un poco más práctico, me aburre infinitamente la idea de tener que trabajar en cualquier cosa -la literatura incluída-, y preferiría nacer en una época donde ni una opción ni la otra es eligible. Supongo que los que viven de becas se acercan más a ese sueño que las plumas mercenarias. Que malo que aceptar una beca es como ser la mascota de alguien.

A veces pienso que nuestro concepto de autor es puramente un invento del marketing moderno, está bien pagado porque sirve como espantapájaros de los comunicadores de tiempo completo y se sabe que la publicidad tiene dinero para tirar. Hay ciertos autores que tal vez vivan de su escritura, solo que no es importante, no los definimos como el individuo que está presumiendo su calidad bohemia o intelectual prestada por una falsa idea de valía que el mercado librero proporciona. Existe ese espacio extraño y feliz en el que la gente ya no se define por su oficio, donde apenas se es escritor y donde no se es profesional en nada. Estos genios, va sin decirlo, quedan exentos de todo juicio de valor que los simples puedan tratar de imponerles.

Enfrente del enfrentamiento

Otro género efectivamente cinematográfico es el cine de artes marciales.

Podríamos generalizar aún más: la película de acción es en realidad, por méritos propios, ya una empresa fílmica. Su nombre más o menos lo indica, con la acción pensamos de inmediato en el movimiento, en el ritmo sostenido, en la secuencia de improbabilidades aumentadas. Esta descripción nos admite una paralelo literario que acaso ni al caso viene, que la novela de aventuras sea puesta al mismo nivel que el cine de acción. La distinción remite a la variedad: la variedad en lo que sería una película de aventuras se halla en el centro de la ecuación. En las películas de acción se encuentra implícita la repetición mecánica de los mismos elementos, la acción que es una y que por ente es todas sus variantes. Nadie se sorprenda que el género se admita formulaico ya de entrada.

Diríamos pues que las artes marciales serían una posible acción entre todas, una reducción del espectro de actos posibles en lo que respecta a las películas que buscan emocionar con su movimiento. Si elijo el género es naturalmente porque presenta múltiples puntos de interés, que abordaré ahora mismo para imponer al educado lector menos introducción.

El origen se halla sin duda en el combate individual o en grupo que es finalmente una simulación o preparación a la guerra. Los espectáculos de sangre son quizás los ejemplos más primitivos, no se trata sino de enmarcar un verdadero enfrentamiento para el placer de una audiencia. A decir verdad, el cine se inspira más directamente del artificio, de la escuela que enseña sus preceptos de maestría física en la forma de breves conflictos como los que aún pueden hallarse en las competencias deportivas. El deporte espectáculo, el circo o la lucha, ya son etapas maduras del proceso que lleva al cine de arte marcial.

Mi lector regular sabrá que la idea de un deporte espectáculo es un poco contradictoria, pues puede suponer que el deporte ha existido desde hace mucho tiempo. La actividad física es propia de todo animal, el deporte es una invención mucho más reciente, que se populariza en el siglo XIX. Porque la escencia del deporte no es el espectáculo, ni siquiera la competencia, sino la constante prueba del deportista por superarse y volverse un experto en el arte que practica. La automejora está implícita en toda actividad física, solo que el deporte la coloca en el centro de su paradigma, y sugiere una guía para generar competencias justas donde el desarrollo de cada quien se considera tanto interna como externamente. De ahí la división en categorías de muchos deportes profesionales: el asunto jamás ha sido sobre volverse absolutamente el mejor, sino poder probar la propia mejora. La competencia no solo es esperada sino necesaria.

El deporte espectáculo pues supone cierta paridad entre los contrincantes que fomenta la duración y la calidad del encuentro presenciado, ayudando a que este sirva de entretenimiento. Una película de artes marciales lucirá más sus colores cuando oponga a dos peleadores de similar calibre, dignos de presentarse oposición mutuamente -por supuesto, dicha calidad técnica puede ser más o menos ilusoria gracias al medio empleado-. Naturalmente, cuando se trata de un arte visual, los principios del espectáculo son mucho más dominantes que los del deporte mismo: se pueden mostrar elementos dispares (como la diferencia de tamaño entre Kareem Abdul Jabar y Bruce Lee) con el afán de acrecentar la extrañeza producida por el encuentro y marcar la mente.

Espectáculos de combate tales como la lucha libre funcionan sobre principios enteramente análogos y sus distinciones con el cine definivitamente se prestan a análisis. Tenemos que notar por ejemplo, la lentitud y la verticalidad de los combates de lucha: como el espectador se halla a una distancia considerable las acciones de cada peleador deben ser visibles y marcadas, los gestos abiertos y perceptibles. Esta limitación que definitivamente pertenece al ojo humano, es reducida radicalmente por la comodidad de colocar la cámara en ángulos distintos para dar un lugar privilegiado al punto de vista en un enfrentamiento. Así pues, movimientos que podrían ser demasiado sutiles para el ojo, pueden ser mostrados con claridad, los movimientos tienen una cadencia casi musical y la construcción del plano fílmico transforma el trabajo de coreografía.

En este cine no se representa al actor, al menos no en el sentido de que su imagen transforma la propia identidad en un personaje ficticio. Son los actos del cuerpo que dominan la pantalla, en este cine claramente se distingue la disciplina real del cuerpo que la capacidad a comunicar por medio del engaño y el subterfugio. El cine de acción tampoco es un cine de actor, solo que la realidad de un cuerpo que se reproduce realmente en la pantalla queda minimizada en favor de la ilusión de movimiento que el medio presta a la narración por efectos prácticos u otros. Sigue presentándose la necesidad frecuente de usar dobles que tengan verdadera disciplina física aparte de actores que se encarguen del diálogo o la personalidad.

Una vez más es momento de mencionar el ángulo literario. Las películas de artes marciales pueden trasladarse a la tira, mas su aplicación a la palabra pura es bastante árdua. En efecto: la descripción sucesiva de acciones es todo excepto veloz y espectacular en las letras, difícil transmitir una coreografía coherente o comunicar la sensorialidad y la fuerza que se puede mostrar simplemente por medio de los movimientos. De por sí una literatura del combate físico parece bastante dudosa, resulta que además es un tipo de literatura muy difícil de escribir. Si somos francos, tiene algo de poético, tanto por la economía que requiere como por el carácter profundamente estético que quiere comunicar. Hay ejemplos de narración de acción física (principalmente en la fantasía), solo que se subordonan casi siempre al principio de la narración. Esto tal vez ya sea un menoscabo de la literatura, que por fuerza editorial se empecina en la novela, y en un modo narrativo secuencial de convención. ¿No es más experimental describir una novela de dos tipos golpéandose por horas y hacer de esto una obra de belleza?

De mi entrada (superficial, reductora, digna de un blog) sobre la Serie B y el Western, se me ocurren por lo menos dos discusiones válidas que abordar. La primera es el tema de hoy, uno que definitivamente nos mantiene en el tema de “hablar el cine” y por lo tanto no parecerá tan improvisada como en realidad es. Quiero discutir sobre el subgénero fílmico conocido como Gore.

Los orígenes del Gore son teatrales, lo que no debe extrañarnos en lo más mínimo. Recordemos que uno de los principios del teatro de Clásico era de evitar mostrar las muertes en escena, pues se trata de un simulacro grosero que irrumpe en el espacio de representación de la pieza. Podemos argumentar también, de un punto de vista judeo-cristiano, que el acto de mostrar sangre o héridas en escena es algo impuro e incluso sádico. La existencia de dicha regla sugiere inevitablemente su violación, en la voluntad doble de provocar al expectador por medio de cierta “obscenidad” y de realmente abordar espacios que estan implícitamente censurados en el arte. Históricamente, puede admitirse que una voluntad de progreso se reconoce detrás de este teatro carnal: discutirán aún hoy, los teoristas de la escena, que fue más o menos gratuito.

Me parece idiota insistir demasiado en el carácter marginal del Gore teatral. Mi argumento recurrente sobre que el artista busca en el margen puede parecer extraño en esta conjugación, ya que la marginalidad realmente toma el espacio de la representación y no solo sirve de tema. No es exacto decir que las entrañas sangrientas enuncian de inmediato la corporalidad de la vida, y el silencio de los cuerpos ausentes que tanto se predica en buena parte de la poesía contemporánea. Además, el teatro ya es un espacio donde la expresión del cuerpo domina, y la carne y sangre mostradas en escena no son partes verdaderas del cuerpo, sino artificio. Considerado todo esto, clasificar el Gore como un elemento extraño o incluso casual dentro de la representación, es justificado aunque insuficiente.

Hasta aquí me aplico a consolidar la identidad de este fenómeno, sin realmente concentrarme en el objeto práctico que es el Gore fílmico, o los Splatter films. La genealogía entre cine y teatro no puede ser pasada por alto, ambos utilizan efectos prácticos para proponer una ilusión al espectador, no obstante, en el cine es toda una segunda naturaleza que comienza a insistir de inmediato, desde que el ojo constituye el primer y más importante efecto práctico de toda puesta en escena en el cine.

Pocos efectos prácticos sirven a un fin tan evidente como los que conciernen al gore: la idea de desmembrar o matar a un actor durante una grabación no puede aceptarse convencionalmente, dichas heridas o accidentes deben simularse de modo artificial si se quiere tener acceder a un mínimo de realismo. El aparentar heridas o destrucciones va de la mano con el arte fílmico, el gore sería pues una vertiente que magnifica este aspecto profundamente visual de dicho arte hasta el punto de volverse su centro de interés.

No es de extrañarse pues, que el gore sea más un placer para los cinéfilos que para el espectador casual: aquí el asunto no es simplemente divertir y aparentar realismo, sino realmente provocar volteando la tortilla y rallar en el espacio de una imposibilidad que solo la imágen cinematográfica puede comunicar. Recordemos que muchos efectos prácticos son proezas técnicas en lo que refiere a materiales y al uso de la cámara. Interesan a los aficionados: tomen un segundo para buscar por internet discusiones sobre la sangre o los órganos en las películas y encontrarán recomendaciones, anécdotas y observaciones generalizadas sobre “cómo” crear la ilusión de heridas. ¿Alguna vez se han preguntado como sustituir la cabeza de un muñeco por una calabaza y hacer que al reventarla parezca que le vuelas la cabeza a alguien en pedazos? Si se han hecho esta pregunta, pueden hundirse sin dudar en el imaginario del Gore.

Este imaginario expresa el punto de unión de la Serie B y el Gore: no siempre el objetivo de la violencia gráfica es buscar un realismo. La exageración en gore, el ridículo y la desproporción son marcas de fábrica que satisfacen a muchos fans del género. Muy frecuentemente el gore descree de la narración y la actuación convencional, subordenando la trama y la calidad actoral a la aparición o la generación de escenas donde la sangre/violencia esté grandemente representada. Por compartir de cierto modo una censura análoga, no pocas veces se mezclan el sexo y la violencia, aunque el arte de representar el sexo en un película tenga una historia menos robusta, sigue proponiendo dificultades técnicas y sigue oscilando entre la provocación y el simple entretenimiento.

Ahora me permito el obligatorio apartado literario: el gore es incomunicable en el texto, por trabajar en un sistema de ilusión a dos niveles (apariencia/plano fílmico) que no puede reemplazarse en ningún nivel simplemente por la palabra. Se puede describir violencia con letras, e incluso aplicarse en una descripción inspirada en los films, no obstante el efecto obtenido dista de satisfacer la sensorialidad que presentan las texturas y deformaciones que suceden dentro de la imagen. No solo se trata de entrañas, sino que son entrañas en plena acción, en plena expresión, cargadas de sentido inmediato.

Existe el gore en la pintura, en la escultura y así mismo en la tira, tal vez el caracter “muerto” que tienen estas artes en su origen -trabajar sin actores “vivientes” excepto en los casos de escultura o pintura experimental- hace que el gore fílmico se manifieste mucho más naturalmente y comunique con públicos de intereses diversos.

A dos series

Rompamos otras de las viejas reglas: hablemos de cine.

Ya hemos hablado un montón de cine en realidad, reseñas, pornografía, teoría literaria sobre cine, su efecto en la mirada, todo eso. Igual no es mucho si comparamos con mis exposiciones filosóficas o literarias. El lector promedio de este blog -en su no-existencia- ignora probablemente mis gustos fílmicos. Tampoco hay mucho de qué escribir en ese sentido: me gustan los filmes serie B y los western.

Todo el mundo ama los filmes Serie B, excepto aparentemente los espectadores “promedio” del cine masivo creado en California. Esto me confunde tanto como me alegra. Ni siquiera puedo decir que estoy bromeando, los cineastas comen estas pequeñas gemas como si fueran golosinas, tienen tanto de efectos prácticos, de experimental y de visualmente magnético que sencillamente estimula el proceso creativo. Piensen un poco al respecto: la mala literatura no sirve para absolutamente nada, pero el cine siempre tiene cierta absurdidad que evoca a los sueños y que nos saca de nuestras casillas.

Ahora, no todo es mal cine es bueno, tanto va sin decirse. Lo interesante de las Series B son las groseras reinterpretaciones, las inspiraciones tiradas de los cabellos y la manera de relatar tan poco convencional que va con ellos. Son un exceso de elementos contrastantes, verdaderamente un regocijo sensorial. Pierden mucho de estas elogiosas virtudes cuando son lentos, cuando los efectos visuales son poco inspirados o cuando la narración es poco ingeniosamente incomprensible. Por eso la Serie B brilla en lo descabellado: el terror, la ciencia ficción, la fantasía, las películas de aventuras, el policial. Ahí encuentra los recursos tan propios del cine donde se distingue lo poco atractivo de lo extrañamente magnético. Accidentes virtuosos: la Serie B funda sus principios en estas felices coincidencias.

Mi exposición gratuita es también una excusa disfrazada, porque resulta árduo explicar todas las virtudes visuales que amo en el género de blog que manejo -de vez en cuando- estos últimos años. Porque escribo mucho. Lo habré tratado acaso: el texto es adecuado para describir el texto, mas es pobre materia para sustituir la visualidad y la sonoridad de otros medios precisos. Consideré emplear videos y edición visual para llevar a cabo mis análisis visuales… Solo que mi experiencia con los podcasts no fue el idilio que esperaba que fuera y la tarea del video se presenta mayor. En eso, otra cosa que me encanta del cine: es el trabajo de varias personas, y la colaboración para mí es un misterio fantástico cuya materia polisémica da mucho a interrogar. También me permite seguir siendo un mediocre editor de multimedia. Gracias por su comprensión.

Si la Serie B es el jorobado que da mamadas baratas en una taverna con la justificación de que no tiene dientes, el Western es el gigolo profesional, o dicho de otro modo, el príncipe medieval. El western es como realeza, muchos directores importantes se ensayan a sus códigos carismáticos ya sea para hacer homenaje o tratar de revolucionar espacios pasados. No podría ser más adecuado: en un medio masivo acaparado por los discursos gringos, al menos un género mayor debería tener su identidad ligada irremediablamente con dicho espacio. Aunque México también está masivamente representado en este género, coincidencia feliz para el tercer mundo. Extiendo mi interés generalizado al western a su contraparte asiática: la película de Samurais. En el cine y los juegos de video tengo una deuda cultural con el Japón, mucho de mi entretenimiento ha sido machacado por esos encantadores nipones y les atribuyo una belleza bien particular y propia, aunque reconozca que su influencia mutua con el cine gringo (pensemos Tezuka y los western).

Las virtudes del Western son un poco más difíciles de reducir que la Serie B, porque irónicamente hay menos variedad. Con menos variedad, la diferencia estética se encuentra en el detalle, cada western presume diferentes virtudes que le son propias. Una cosa casi generalizada, extrañamente, es que es menos un género teatral que uno cinematográfico, el trabajo de actor en estas películas es generalmente menor. Realmente estamos hablando de un trabajo de la imágen, de la música, de atrapar los inverosímiles espacios del desierto y el pueblo improvisado del Oeste gringo. La tensión, el ritmo, la trama que llega a una confrontación inevitable. Ahí tenemos muchos puntos comunes en cada westerns, con diferentes variades que incluyen desde la precariedad a los extranjeros, los amerindios, los negros o las mujeres, dependiendo el tema que decidamos tratar.

Este breve análisis que se centra en mis gustos personales revela una verdad delicada que hubiera podido argumentar antes, aunque no la halla pensado en términos tan precisos: el cine no me gusta por el trabajo de actor, para mí esta figura tan controvertida e inevitable pertenece más bien al imaginario del teatro y no a la pantalla. O tal vez simplemente me disgustan las narrativas basadas en personaje, porque mi crítica a la lectura romántica de Shakespeare no es menos hostil.

Viviendo se aprende.

Implicando respuestas

Me estoy aplicando (lento pero seguramente) a darle una identidad a este blog distinta a mis primeras bentilaciones. No quiero variar tanto porque muchos de mis planes originales fueron muy exitosos, y no quiero cambiar una respuesta ganadora. Me fusilo, con el permiso implícito de Israel Pinto, un cuestionario que atañe precisamente a la actividad de los blogs. Porque sí.

 

¿Quién desearías que te leyera alguna vez?

Cécile.. Parece banal pero como su fiaca a leer cosas en español no ha sido superada aún, me aqueja su ausencia como publico. No escribo para ella, ni nada por el estilo, mas añadir mis letras a nuestras cotidianas discusiones seguramente sería placentero. En la misma medida, más gente en Francia como lectores sería una ventaja general, hablar en viva voz sobre lo que escribo, o tener incluso gente física y orgánica para discutir literatura es del todo. Sin embargo es demasiado pedir, así que me conformaré con el señor Carlos que ha sido un lector irremplazable en mis primeros años de bloguear.

 

¿Cómo te imaginas los gestos de los lectores que te han leído alguna vez?

Similares al cabeceo cuando uno está por dormir. O con pausas constantes, releyendo partes que no logran tocar en vez primera.

 

Un día despiertas y ya no eres tú, eres tu mascota y tu mascota está en tu cuerpo. ¿Qué haces para recuperar tu cuerpo?

Me comportaría como una mascota ejemplar, tal vez con esa crítica Aventura se hartaría de mi actitud y regresaría a su cuerpo por pura fuerza de voluntad.

 

Si pudieras elegir tener un súper poder, ¿cuál sería?

Amar sin poder llegar al exceso, sin que sea ruptura, sin autodestrucción, sin mal. Ya con eso tengo para vencer cualquier cosa.

 

¿A qué le tienes miedo?

A la *****. Por supuesto, no voy a revelar mi único punto débil en publico.

 

Enlista, por lo menos, tres placeres culposos.

Tomar mate. La yerba está cara por acá, por ello lo culposo.

Las pelis serie B. No son buenas, por eso es lo culposo.

El amor. Es inaceptable socialmente, por eso es culposo.

 

¿A qué autor has leído siempre y por qué?

He leído siempre a Isaac Asimov, es un hombre que propicia el placer al momento de la lectura, una mente analítica y ordenada que tiene muchas lecciones que darle a la mayoría de los escritores cotidianos. He pasado momentos muy gratos con él, sin que sean momentos literarios. Tengo otros lectores predilectos: solo Asimov es de tan larga data para poder ganarse ese “siempre” tan categórico de la pregunta.

Borges tiene un par de paginas válidas.

 

¿Cuáles son los tres libros que cambiaron tu vida?

Glosa, Elogio de la Sombra, Hombres de Maíz. Aunque creo que en vez de Glosa podemos poner, por ejemplo, el Proceso, pues las lecciones tiradas de ese libro no son exclusivamente literarias, y esto es acorde con los demás libros de mi lista.

 

Un huevo y una cuchara sopera van al cine. Al huevo le gusta la chuchara. ¿Cómo se la liga?

Empieza diciéndole cómo el tiempo no existe, y parte en discusiones filosóficas que confunden y distraen a la cuchara de la peli. Para disculparse de esta situación lamentable, la invita a tomar una cucharadita de azúcar. Luego el amor nace.

 

¿Qué cosa de este mundo tiene el poder de siempre hacerte reír?

Gas hilarante.

 

¿Qué libro no debería leer nadie?

Todos. Hay que releerlos, leer no vale gran cosa.

 

—–

 

Entonces, la idea de este cuestionario está ilustrada bien por el don Pinto, cuyo blog ya mencioné allá arriba. Tengan otra liga a este, flojos. Es como una cadena entre blogs que no son leídos por mucha gente.

Por supuesto, yo no pertenezco a esta cadena porque mi blog es muy, pero muy leído, solo que en espíritu de… ¿generosidad? Decidí tirarle un hueso a esos blogueros carismáticos que tienen el mérito de no haber abandonado sus blogs cuando otra ilusión les sonreía. En cierto modo este es mi homenaje, ¿no es esto todo premio finalmente?

Cierta reinvención de mi identidad en línea me ha inclinado a abrir un poco la cortina en lo que sería la ficción personal de mi historia literaria. Primer objetivo: evitar la triste tentación de los libros autobiográficos, no tengo tantas anécdotas para poblarlos ni se prestan a los formatos que me interesan. Ventaja adicional: desmitificar un tanto mis comentarios, que parecen plagados de ideas que falsifican mis credenciales literarias. Soy un aprendíz tardío de las letras, mi historia es reciente.

Anticipando una reseña a venir de cierto autor à la mode, me he puesto a pensar en cómo abordé su obra por primera vez. Disgusto generalizado por las lecturas lineales se aplica a las obras de cada autor, no me gusta la idea de leer cada “obra mayor” y descontar el resto o agotarlo a reseñas. Además las jerarquías de género de las editoriales me inspiran fiaca, me gusta tanto más la forma corta que su hermana novela, de carácter más comercializable. Sobre aviso (a mis editores) no hay engaño.

Mi encuentro es en cierto modo triple: entonces en Buenos Aires, cursando literatura en español por primera vez, me expuse a las figuras que son Saer, Bolaño y Bellatín, tres autores que por “modernos”, ignoraba. Mientras mis pasos urdían su incalculable laberinto en el sur, comencé a reconocer ciertos huecos en mi magra educación que debía mucho a mis esfuerzos autodidáctas. Yo había ingresado a las letras américanas por la vía de mis padres y mis tíos, sin duda letrados más no tan voráces como uno, tal vez limitados por la vida profesional u otros intereses conflictivos. Esta literatura de una generación atrás era aún la del siglo XX en la que me formé, incluyendo algunas plumas más antiguas como Borges o Bioy. Este encuentro en Buenos Aires fue providencial, pues no solo descubrí las virtudes de Asturias en manos del don Blanc, sino que tuve un aprecio de generaciones anteriores y posteriores en todo lo que refiere a las letras del continente. Mi lección tal vez mayor, fue que no podía agotar dichas fuentes y que la literatura estaba toda por conocer. Digamos que descubrí América.

Si describo mi experiencia como un triple encuentro, fue porque Bellatín, Saer y Bolaño ingresaron a mi horizonte literario más o menos bajo la misma expectativa. No creo que la hayan defraudado de forma alguna, lo que también los separa de otros contemporáneos que he tenido el gusto -o la fatiga- de leer. Esto para decir que son muy buenos narradores, yo los conocí en primera instancia como novelistas. Más tardíos fueron mis encuentros respectivos con Piglia y con Aira, esperando de cierto modo lo peor del primero y una identificación primaria por el segundo. Estos segundos encuentros no me influenciaron tanto. Para mí las letras latinoaméricanas recientes consistían en aquellos dos muertos y en el manco.

Comencé, por predestinación humorística, en órden alfabético. Bellatín tiene libros con un formato de lectura que me resulta cómodo. Caen en el lado corto del espectro, no obstante la cadencia interna del relato, lleno de pausas y elipse, permite a estos un impacto adecuado. Aunque temáticamente Bellatín no refleja mis puntos de interés, hay una coincidencia extraña en nuestras elecciones estéticas. Los libros de Bellatín, fraccionados en cortos capítulos que desintegran la unidad del relato, responden a muchos principios de construcción que yo mismo practico. Reconozco en estos textos un tipo de redacción que siempre he estado tentado a hacer, y que al verla en papel de la mano de alguien más, me doy cuenta, no me conviene al punto que la teoría podría sugerir. Esta afinidad curiosa tiene como consecuencia un interés moderado de mi parte hacia dicho autor. Cuando escribo mis propios textos me releo lo suficiente para meterme a textos que podría sentirme tentado a corregir. Fuera de esto, un autor excelente, con temas un poco recurrentes a fuerza de escribir multiples novelas cortas. No considero esta capacidad prolífica como algo malo.

Leyendo a Bolaño empecé por Estrella Distante, un libro adecuado para entrar al autor a mi parecer. He leído más a Bolaño que a los otros dos a fuerza de la longitud de sus textos, ciertas obras del chileno son monolíticas. ¿Es esto malo? En situaciones normales diría que sí, mas ayuda bastante al caso el hecho de que los largos textos de este autor son también de los mejores libros monolíticos que he tenido el gusto de leer. Y no es un pequeño elogio, es complejo mantener el interés de un lector tan difícil como yo, el libro gordo me indispone antes incluso de abrirlo. Después de Estrella Distante me aventuré a 2666, un poco como un desafía, y otro tanto por la promesa de un libro incompleto: para mí esos son los mejores. El amor de Bolaño por las letras es manifiesto, estos libros en su longitud logran incluir ciertos aspectos de manifestos literarios que los hacen muy gratos para los que nos empecinamos en la crítica. Hay lecturas que hacer después de leer este autor, esto en sí me inclina a su relectura.

Con Saer tuve quizás el encuentro más fortuito y más importante. A diferencia de con los autores anteriores, entré a sus obras con un texto que realmente captó mi atención. Glosa no es un libro que se asemeja a lo que escribo, mas bien es uno que quisiera haber escrito. De entrada, nunca había leído un libro con un estilo semejante en español, luego quedé maravillado por el órden y los principios detrás de cómo está construído. Desde entonces he perseguido los textos de este autor, y la búsqueda no ha sido précisamente feliz. Aunque mi gusto por el cuento es más generalizado que por la novela, las historias cortas de Saer no me causaron la misma catársis. Fuera de estos breves encuentros no he logrado tener entre mis manos otras de sus obras, de hecho mis relecturas de Glosa han sido en bibliotecas o por libro virtual. Han sido también relecturas gratas.

Tras conocer a estos autores comprendí cómo los textos contemporáneos son más que la abstracta promesa de palabras convincentes. Allí están, es solo de buscarlos, no son tan accesibles como un expatriado en Francia podría desear… Mas su existencia concreta me reconforta. La lección de estos autores era necesaria para mí, especialmente la víspera de mi salido definitiva de Sudamérica, con la amenaza constante de perder la parte de identidad latinoaméricana que aún habita mi imaginación.

Discutí entonces con otros estudiantes de letras que hablaban mi lengua, y pienso que de esto no tendré ya lo suficiente en lo que resta de mi existencia. Ya no se puede en cierta época jugar a hacer cursos por siempre. Estudiar por suerte si se puede, y la experiencia se ha prestado a guiarme un poco en el sentido que puedo aplicar esos esfuerzos. Se nota a estas alturas, el gusto que me dio y que me sigue dando, estudiar a estos tipos, en privado o en público, como el día de hoy.